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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.30 n.91 Santiago dic. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612004009100005 

 

Revista eure (vol.XXX, N°91), PP.67-86, Santiago de Chile, diciembre 2004

ARTICULO

La guerra de la basura de Santiago: desde el derecho a la vivienda al derecho a la ciudad***

 

Francisco Sabatini*, Guillermo Wormald**

* Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales, Pontificia Universidad Católica de Chile. E-mail: fsabatin@puc.cl
** Instituto de Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile. E-mail: gwormald@puc.cl



ABSTRACT

Based on a case study, the paper discusses collective political initiatives on the part of popular groups in Santiago, Chile, and makes a comparison with the mythical "pobladores movement" of the sixties –pobladores being the name given in Chile to low-class settlers of the urban periphery. Current mobilizations show up as being reactive, geared at practical goals, inspired by conservatism (the defense of what exists or is possessed) and loaded with cynicism towards political parties and the political system. Nevertheless, and paradoxically enough, these collective endeavors may comprise democratic traits which the pobladores movement, crossed as it was by the clientelist logics put forward by political parties, lacked off. Current popular initiatives could even include social change potential to a great extent unsuspected.

Keywords: urban popular movements, local environmental conflicts, Santiago de Chile.


RESUMEN

Con base en un estudio de caso, este artículo discute las características de las movilizaciones populares urbanas en la ciudad de Santiago, Chile, comparándolas con el mítico "movimiento de pobladores" de los años sesenta. Aquéllas aparecen como reactivas, persiguiendo fines prácticos, animadas de cierto espíritu conservador (de defensa de lo que existe o se tiene) y cargadas de desconfianza hacia los partidos y el sistema político. Sin embargo, y paradójicamente, el estudio pone de relieve la existencia de trazos democráticos de los que carecía el movimiento de pobladores, cruzado por la lógica clientelista que impulsaban los partidos políticos. Incluso, las actuales iniciativas populares podrían contener potencialidades de cambio social en gran medida insospechadas.

Palabras clave: movimientos populares urbanos, conflictos ambientales locales, Santiago de Chile.


1. Introducción

Santiago parece ser, hoy por hoy, un verdadero desierto en materia de movilización social de los grupos pobres, especialmente si se lo compara con la efervescencia que mostraran los años ‘601. En los tiempos más cercanos tal vez lo más masivo, persistente y organizado han sido las movilizaciones de vecinos en contra de los proyectos de nuevos rellenos sanitarios. Para muchos profesionales e investigadores de las ciencias sociales, sin embargo, no parece tratarse de un fenómeno políticamente relevante. Ni siquiera mencionan estas movilizaciones cuando son interrogados por las nuevas formas de movilización popular existentes en la ciudad. En realidad, no mencionan ninguna.

La seguidilla de conflictos ambientales por la basura comenzó en rigor el año 1984, con las protestas de los vecinos de barrios pobres contra el relleno sanitario Lo Errázuriz, proyecto que las autoridades inauguraron sigilosamente y que produjo impactos severos sobre la salud de los vecinos y la higiene de los barrios circundantes. Podemos afirmar que desde entonces Santiago ha sido testigo de una suerte de Guerra de la Basura jalonada por una serie de conflictos ambientales puntuales. Surgidos en diferentes municipios pobres del Área Metropolitana, estos conflictos han llegado ocasionalmente a las páginas de los periódicos.

No deja de ser decidor lo que costó a los firmantes de este trabajo convencer a otros, y en cierta medida a sí mismos, que el conflicto de la basura que moviliza a los vecinos de Maipú era merecedor del título de "nueva forma de movilización popular" (Figura 1). La de Maipú no parece calzar con la que imaginamos como una "verdadera" movilización popular urbana, ciertamente más parecida a aquellas en que fue pletórico el Santiago de los sesenta. Es cierto: la movilización de los vecinos de Maipú no tiene el carácter político abierto, ideológico, de transformación social, la composición clasista ni la articulación con los partidos políticos que eran característicos del llamado "movimiento de pobladores" de esos años.

Nos ha parecido adecuado comenzar con una breve caracterización del "movimiento de pobladores" de Santiago. Antes que los hechos mismos enfatizaremos las interpretaciones teóricas y políticas con que se los evaluaba, para terminar levantando algunas dudas sobre estas ilaciones. Así podremos reconocer las diferencias con la situación actual, y sorprendentemente, algunas líneas de continuidad que creemos existen entre ambos periodos. Consideraremos los años ‘80 marcados por movilizaciones populares contra la dictadura del general Pinochet, por el trabajo comprometido de muchas ONG en proyectos de desarrollo en "poblaciones" y por el nacimiento del ecologismo chileno, como un periodo intermedio o de transición entre los ‘60 y el tiempo presente.

El cuerpo de este artículo estará destinado a discutir los resultados de nuestro estudio de caso de Maipú, que se basó en entrevistas grabadas a quince personas, incluyendo igentes y vecinos integrados a la movilización e informantes claves de fuera de la comuna, y en visitas a terreno y revisión de prensa. Buscamos contribuir a develar las claves del nuevo tipo de movilización popular que los conflictos por la disposición final de desechos representan. Antes, entregaremos una breve radiografía de lo que ha sido la Guerra de la Basura de Santiago.

El conflicto ambiental de Maipú nos parece, en medida importante, representativo de los cambios que han sobrellevado el sistema y la cultura política chilena después de los años ’60, y específicamente desde la recuperación de la democracia en 1990. La evaluación más acuciosa de estos cambios quedará, sin duda, pendiente. Nuestro propósito es más modesto: mostrar los contrastes, y por cierto también las persistencias, entre las movilizaciones de los pobres de Santiago de los ‘60 y las actuales.

Figura 1. Área Metropolitana de Santiago.
Fuente: elaboración propia


Los conflictos de la basura presentan, sin embargo, un atributo que no se encuentra en muchas otras de las movilizaciones actuales de vecinos en defensa de su calidad de vida amenazada por proyectos de inversión privada, obras públicas o políticas estatales. Se trata de conflictos en torno a un tipo de proyecto que virtualmente no conlleva beneficios para el lugar donde se emplaza. Proyectos de otro tipo, como carreteras o plantas industriales, suelen implicar externalidades positivas y no sólo negativas, como empleo, mejoramiento de infraestructuras urbanas o activación de la economía local. El hecho de ser proyectos tan marcadamente negativos para su entorno limita el espacio de las negociaciones que estos conflictos ambientales desencadenan entre vecinos, autoridades e inversionistas, parte integrante de las nuevas formas de la política que parecen estar emergiendo en Santiago. Habrá que tener en cuenta esta peculiaridad a la hora de interpretar el conflicto de Maipú y las acciones organizadas de los vecinos para resistir los rellenos sanitarios que se han intentado construir en esa comuna en los últimos años.

2. El movimiento de pobladores de Santiago en los años ‘60

El ascenso del "movimiento de pobladores" de Santiago fue constante desde que tuviera lugar la primera "toma" en 1948, acelerándose en los años ‘60. Esa "toma" originó la población Los Nogales, uno de los barrios pobres que se vería envuelto 36 años después en el conflicto con que se inició la Guerra de la Basura de Santiago en 1984.

Las "tomas" correspondían a ocupaciones ilegales de terrenos urbanos organizadas por partidos políticos, y la expresión "movimientos de pobladores" fue introducida al léxico político chileno por el Partido Comunista. Esta agrupación estuvo detrás de numerosas e importantes "tomas" en todo este periodo, incluidas la pionera "toma" de Los Nogales y la de La Victoria del año 1958, movilización que se sindica como la más grande invasión ilegal de tierras ocurrida hasta entonces en alguna ciudad del continente (Cáceres, 1993). Por lo general, cada "toma" era organizada y apadrinada por un partido político, y el pluralismo político en el asentamiento producido por ella era muy limitado. Los partidos formaban "comités sin casa", organización que realizaría la "toma" y encabezaría la organización y funcionamiento del asentamiento en su primera etapa.

Las "tomas" crecieron exponencialmente durante el gobierno de Frei Montalva (1964-70), formando parte de las movilizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y de pobladores que antecedieron al triunfo de Salvador Allende en las urnas en 1970. Durante el gobierno de Allende (1970-73) los pobladores organizados políticamente invadieron una cantidad sin precedentes de terrenos, varios de ellos en el corazón del "barrio alto" de la ciudad, zona residencial de las elites. Distintos partidos y agrupaciones de izquierda dieron lugar a "campamentos" en esa zona, como el enorme Ho-Chi-Min en las cercanías del actual shopping Parque Arauco y el combativo Che Guevara en la avenida Las Condes.

La teoría social, que también crecía en los años ‘60 en Chile y en Latinoamérica, intentaba dar cuenta de las peculiaridades de la pobreza urbana en el continente. Las teorías de marginalidad de distinto signo ideológico coincidían en asignar a los "marginales" de las ciudades una condición subversiva en relación con el orden social. DESAL, centro de estudios de inspiración social-cristiana encabezado por el sociólogo y sacerdote belga Roger Vekemans, advertía que las migraciones rural-urbanas habían puesto a los marginales "frente a la vitrina, pero sin poder de compra", agregando que "este proceso es irreversible, total y absolutamente incontrarrestable; han pasado cuatro siglos y frente a este nuevo hecho es necesario actuar para que la vitrina no estalle violentamente" (DESAL, 1969a: 61). Este enfoque "reformista", que promovía el cambio social como antídoto a posibles nuevas revoluciones castristas, tenía su contraparte en conceptualizaciones de inspiración marxista que, comprometidas con una parecida imagen apocalíptica de la marginalidad urbana, alentaban la transformación socialista de las sociedades latinoamericanas.

Es cierto que hubo una discusión encendida sobre si los pobres de nuestras ciudades eran lumpen-proletarios o grupos políticamente relevantes en la lucha por el socialismo, pero al menos en Chile esa fue más bien una cuestión de intelectuales. Los principales partidos de izquierda habían decidido tempranamente que los pobres de las ciudades tenían esa relevancia política. Las teorías de marginalidad de igual inspiración elaboraron una interpretación ad hoc de la teoría marxista. La "masa marginal" (Nun, 1969) que crecía en las ciudades del continente no era asimilable al concepto de "ejército industrial de reserva" que Marx elaborara para entender la relación entre la economía capitalista competitiva y los excedentes de población. La masa marginal no cumplía las funciones de reserva ni salarial del ejército de reserva; esto es, no era fuerza de trabajo disponible para la fase ascendente del ciclo económico ni contribuía a deprimir los salarios en la fase descendente. La marginalidad urbana latinoamericana expresaría más bien los límites estructurales del sistema capitalista en su etapa "monopolística" y su nivel "dependiente" (Nun, 1969).

El "proceso de marginalización" latinoamericano (Quijano, 1977) era visto como irreversible. Igual cosa que con el enfoque de DESAL, y más allá de una cierta argumentación dialéctica defectuosa, se terminaba en la idea de un cuerpo social escindido en dos que atribuía a los marginados un carácter redentor en lo político. La marginalidad urbana era vista como expresión específica de la agudización de las contradicciones sociales implícita en la evolución del capitalismo; en definitiva, como una manifestación latinoamericana de la retroalimentación entre crecimiento de la riqueza y pauperización social que Marx (1959: 546) había enunciado como "ley general, absoluta, de la acumulación capitalista".

La preeminencia de esa visión de dualismo social y la interpretación política "terminal" de la marginalidad que estaban implícitas en los enfoques social-cristianos y marxistas, favorecieron una evaluación reduccionista de los resultados de la investigación empírica que se hacía por entonces en las ciudades de América Latina, principalmente en "poblaciones" de Santiago. Los investigadores de la marginalidad fueron sorprendidos por los resultados de las encuestas a "poblaciones". Los estudios mostraban una realidad que cuestionaba la imagen de dualismo social en que descansaban las teorías de marginalidad, tanto las de izquierda como las social-cristianas. En particular, la composición social de las "poblaciones" mostraba una alta proporción relativa de hogares encabezados por obreros sindicalizados y asalariados en la industria manufacturera, y una proporción de inmigrantes no más alta que la de la ciudad como un todo. Entre los estudios hechos en América Latina destacan los siguientes, todos realizados en Santiago: el de Portes (1969) a cuatro "poblaciones"; uno de la misma DESAL (1969b); un estudio de la Consejería Nacional de Promoción Popular de Chile (1970); el de Rosenbluth (1963) y uno del CIDU (1972) que encuestó a una veintena de asentamientos originados por "tomas".

La pobreza urbana demostraba ser heterogénea, contradiciendo la imagen de una "masa marginal". Si bien el desempleo y subempleo eran elevados entre los residentes de las "poblaciones", el rango de ocupaciones era diverso y no se limitaba a las de menor calificación e ingresos. A pesar de que el nivel de educación no era alto, tampoco lo era en el resto de la ciudad. En otro plano, el quebrantamiento de la ley y el orden que solía asociarse a la marginalidad demostró no ser más frecuente en las "poblaciones" que en el resto de la ciudad.

La idea misma de la marginalidad quedaba así impugnada. Los pobladores de asentamientos periféricos estaban integrados a la ciudad, ya sea mediante el trabajo, la educación de sus hijos o la realización de actividades religiosas (Mangin, 1967). En último término, la misma capacidad de acción política de los pobres en torno al problema de la vivienda era una forma específica de integración a la sociedad (Golrich, 1968 y 1970).

Según los investigadores de DESAL, la alta proporción de ocupados en la industria manufacturera entre los pobladores no debía ser interpretada "como indicador de un mayor nivel de productividad de la mano de obra marginal, ya que sus niveles de calificación son inferiores a los promedios de ese centro urbano [Santiago] y por consiguiente es lógico suponer que tanto en el sector secundario como en el terciario se desempeñe en las actividades de menor productividad" (Mercado et.al., 1967: 35; subrayado nuestro). Lo notable de esta explicación era que se siguiera denominando "marginal" a la mano de obra por el solo hecho de resi en "poblaciones", a pesar de que los datos mostraban su integración a la economía urbana formal. El marco teórico se hacía prevalecer por sobre los datos que lo controvertían.

Para los teóricos de izquierda los estudios también resultaron sorpresivos. Mostraban que la distinción entre ejército de reserva y población marginal no era clara y que de hecho, los supuestamente marginales cumplían las funciones asignadas por Marx al ejército de reserva (Sabatini, 1976: 207-8). Por otra parte, los estudios mostraron que en las zonas "ecológicamente marginalizadas", donde se concentraban los marginales, "se encuentran gentes que participan de la marginalidad ecológica sin pertenecer a la marginalidad económica", y que esa condición de vecindad jugaba un papel importante en la conformación del "mundo de la marginalidad" (Quijano, 1973). Sin embargo, en último término los teóricos de izquierda se alineaban con el paradigma dominante en las ciencias sociales del momento. Las "superposiciones actuales" (Quijano, 1970: 17) entre ejército de reserva y marginalidad, lo mismo que la cohabitación entre marginales y no marginales, tenderían a desaparecer como producto del desarrollo capitalista futuro, el que empujaría inexorablemente hacia una más acentuada marginalización de actividades económicas y de población. Las fluctuaciones entre empleos marginales y no marginales irían decreciendo en importancia para la masa de los marginales (Quijano, 1973: 147). El papel que, en los hechos, juegan la vecindad y las relaciones espaciales en las oportunidades de integración social de los grupos urbanos pobres o discriminados era subvalorado en las teorías de marginalidad, demasiado comprometidas –explícita o implícitamente- con la idea de que la sociedad estaba estructurada en el dualismo (Sabatini, 1981).

De tal forma, la significación política revolucionaria o apocalíptica que se atribuía a los "marginales" estaba asentada en enfoques teórico-ideológicos que hasta cierto punto forzaban la interpretación de los hechos o eran inmunes a ellos.

¿Qué ha sucedido más recientemente con los pobladores de Santiago? ¿Qué queda de las movilizaciones populares por el "derecho a la vivienda", de su impronta colectiva y organizacional y de sus objetivos de transformación profunda del orden social?

Un primer hecho notable es que la vuelta a la democracia en 1990 no significó, como muchos auguraban, una multiplicación de las "tomas". El déficit de vivienda había crecido durante la dictadura y la represión policial necesariamente se relajaría. Los equipos que se preparaban para asumir el primer gobierno democrático en los meses que intercedieron entre el triunfo electoral de Aylwin y el cambio de mando presidencial, tenían a las futuras "tomas" como una de sus principales preocupaciones políticas y sociales. Sin embargo, llegó la democracia y las "tomas" no se produjeron y nunca más volvieron a multiplicarse.

Este error de apreciación acusaba una falla de diagnóstico nada menor. Un primer elemento de diagnóstico que ameritaba ser escrutado a fondo se refiere a la motivación detrás de las movilizaciones. La integración a la sociedad y no la transformación social parece haber sido, y parece ser hoy, el objetivo primordial de los pobladores.

La serie de estudios a "campamentos" realizada en 1971 por el Equipo de Estudios Poblacionales del CIDU mostraban una realidad social bastante tradicional (CIDU, 1972). Aun en los casos de mayor radicalización política e ideológica, como en el campamento Nueva La Habana, apadrinado por el ultraizquierdista Movimiento de Izquierda Revolucionaria, predominaba entre los residentes el individualismo y la aspiración a la vivienda propia (en Castells, 1983: 199-209, se hace una relación más detallada de estos hallazgos).

La movilización de los pobres tenía como propósito ganar un espacio en la ciudad, siendo la propiedad de una vivienda, o al menos de un sitio, clave para ello (Goldrich, 1970; Mangin, 1967). Los migrantes no se encaminaban a las ciudades para trabajar en la industria, como era usual que se interpretaran las fuertes corrientes migratorias que hacían crecer las ciudades, sino que el objetivo principal parecía ser el de vivir en la ciudad, siendo los medios para alcanzar ese fin, secundarios (Faletto, 1964).

Como las "tomas" de terrenos constituían un medio concreto para acceder a la propiedad de la vivienda, numerosas familias pobres se integraban a esas movilizaciones. El discurso ideológico era preferentemente asunto de los igentes y de una minoría de pobladores más politizados. De tal forma, la movilización política de los pobres de los sesenta puede ser descrita como una "adaptación racional a la situación social existente" (Portes, 1976).

Esta realidad de clientelismo político mezclada con lucha confrontacional, o revestida de ella, quedaba al desnudo al reparar en el trabajo político que el Partido Demócrata Cristiano hacía entre los pobladores. Este partido también alentó y apoyó "tomas", pero su objetivo era integrar a los pobladores al sistema social y no a la lucha por su reemplazo. Carente del componente confrontacional, la relación clientelista entre base y partido se hacía más evidente. Es cierto que la Democracia Cristina también agitaba objetivos de cambio social, pero se trataba de la reforma que impeía la revolución.

Existía, por lo tanto, un revelador y decisivo equívoco entre las motivaciones de los líderes y aquellas de las bases. Para los primeros la "toma" era parte de un cuadro de agudización de las contradicciones y de lucha anti-capitalista, mientras que para los pobladores la "toma" y la organización, y los apoyos políticos que la sustentaban, probablemente constituían un camino para llegar a la "vivienda propia". La vinculación de los pobres con los partidos era más instrumental que ideológica. La incertidumbre, la inseguridad económica y la inestabilidad propia de economías inflacionarias, como las latinoamericanas, hacían de este objetivo algo masivo y central para las familias urbanas, especialmente las más pobres. La propiedad inmueble es, de hecho, una fuente de ahorro y seguridad para muchas familias latinoamericanas hasta el día de hoy, lo que explica que el porcentaje de propietarios de sus viviendas sea, comparativamente con otras regiones del mundo, tan alto en América Latina, y podría explicar además que el precio del suelo en sectores de la periferia urbana sea tanto o más alto que el que es posible observar en ciudades de Estados Unidos, como ha constatado Smolka (2003).

Bajo distintas formas, este equívoco ha perdurado, como aquel que surgía en los años ‘80 entre los objetivos de "desarrollo alternativo" y transformación social de las ONG activas en las "poblaciones" de Santiago, y los propósitos de movilidad social personal de los igentes locales que en parte motivaban su colaboración con los profesionales de esas ONG (Silva y Sabatini, 1992). La "población" es un medio limitado sin muchas posibilidades de progreso personal, y ejercer funciones de igente vecinal suele ser una vía de escape a esa limitación (Sabatini, 1995). Los propósitos de transformación social se imbricaban de formas sutiles e inesperadas con objetivos tradicionales e individuales de movilidad social. Este atributo del rol de igente social posiblemente sea una de las continuidades más claras que muestran las movilizaciones populares de Santiago a través del tiempo y sus distintas épocas.

Un segundo elemento de diagnóstico que debe ser revisado se refiere a la significación que tiene la participación de los pobres en organizaciones, tanto las de base como los partidos políticos. En los ‘60, y en gran medida todavía en los ‘80, se asignaba a la participación un valor absoluto. Tal vez implícitamente, la integración al trabajo colectivo y organizado era visto como una experiencia anticipada y una escuela de vida colectiva y solidaria. La continuidad y la duración de las organizaciones eran, de hecho, asumidas como objetivos fijos, incuestionables.

Hoy parece claro que la relación de los pobres con las organizaciones es más bien pragmática, y que probablemente nunca fue de otra manera. El carácter transitorio e instrumental de las organizaciones que surgen de las movilizaciones reactivas y "temáticas" que hoy predominan, como las que producen los conflictos ambientales, nos empuja a cuestionar lo que antes dábamos por hecho, esto es, que la participación y las organizaciones constituían un objetivo en sí mismas.

La relación entre conflictos ambientales y participación encierra algunas claves en este sentido. La participación muestra increíbles altibajos según cuáles sean las características del conflicto y la fase en que se encuentra. Cuando los ciudadanos perciben un cambio que afectará sus vidas en forma importante (un proyecto que modificará los usos del suelo y producirá externalidades negativas) y cuando, además, ellos tienen la expectativa de poder afectar las decisiones y el curso de los hechos, entonces se integran masivamente a la acción colectiva organizada (Sabatini, 1998). La pasividad que muestra muchas veces la población frente a esos proyectos debe ser vista, entonces, como la ausencia de una de esas dos condiciones antes que como un rasgo cultural o absoluto. Como las organizaciones y la participación carecen de valor por sí mismas, las personas no parecen dispuestas a perder su tiempo en actividades y reuniones inconducentes. Las más de las veces ello es efecto de que se generalice la percepción de que "todo está cocinado", y que las autoridades y los "proponentes" de cualquier manera impondrán el proyecto cuestionado a los vecinos.

Podemos afirmar entonces que la participación en organizaciones de todo tipo era –y sigue siendo- en medida principal, una cuestión altamente instrumental para los pobres, careciendo del valor per se o ideológico que se le atribuía desde las posturas de izquierda y social-cristianas que dominaban el panorama de los ‘60, y que en buena medida se le siguió asignando desde las propuestas de desarrollo alternativo que animaban el trabajo de las ONG de los ‘80. Es cierto que la mera integración a una organización de base puede traer beneficios a una persona, como el caso de la mujer pobre afectada por el encierro machista que al integrarse a una organización de barrio toma conciencia que su desdicha no es un problema personal sino que condición de muchas mujeres, ayudándole a reemplazar su queja del opresor por un cuestionamiento de su poder. Sin embargo, tales beneficios son específicos y no justifican el discurso genérico que convierte a la participación en una panacea.

Incluso más, como insistiremos más adelante, las movilizaciones populares actuales pueden ser vistas como portadoras de semillas de cambio más significativas que las movilizaciones de los ‘60. La emergencia de expresiones de autonomía frente al Estado y la economía corporativa, tanto individuales como colectivas u organizadas, nos hablan de formas de ciudadanía a nivel de la base social que en los sesenta no existían. Los pobladores que apoyaban o se integraban a las movilizaciones de los ‘60, lo mismo que los partidos que las igían, estaban imbuidos de una idea de "democracia social", consistente en exigir del Estado el cumplimiento de una serie de "derechos sociales", principalmente el acceso a la salud, la educación, el trabajo y la vivienda propia. La satisfacción de estos derechos se hacía equivaler a una situación plenamente democrática, cuando en realidad comportaba una relación paternalista entre los ciudadanos y el Estado que se alejaba de la condición de autonomía que, según Cohen y Arato (1994), hace a la sociedad civil y a un sistema político plenamente democrático.

Las que dominan el panorama urbano actualmente son movilizaciones contra proyectos y decisiones de la agencias estatales y las grandes empresas que atentan contra derechos ciudadanos que se resumen en un concepto amplio de calidad de vida, en la línea del enfoque de Sen (1996). Según éste, en la calidad de vida no están involucradas sólo cuestiones ambientales, sino en general el acceso a condiciones mínimas, desde las materiales a las libertades políticas, que hacen posible a las personas desplegar sus propias potencialidades de crecimiento y bienestar individual y social.

El cambio en las formas de movilización popular que se observa en los últimos cincuenta años en Santiago podría estar acusando un cambio profundo en la cultura política chilena. Mientras que antes el ejercicio de la democracia consistía mayoritariamente en exigir del Estado que se hiciera cargo de la solución de los problemas y necesidades o en desplegar con igual fin estrategias de negociación subordinadas, como el clientelismo y el populismo, hoy asoma en la escena pública un tipo de movilización que enarbola derechos individuales y colectivos que serían anteriores al Estado, como los relativos a la calidad de vida.

En lo concerniente a los rellenos sanitarios, los vecinos de Maipú batallan para que el Estado retire de la comuna esos proyectos, para que los deje tranquilos y no les arruine la calidad de vida que con esfuerzo han ido logrando poco a poco. En lo general, su movilización parece encaminada a lograr del Estado acciones y decisiones que respeten sus intereses y que tomen en cuenta sus puntos de vista, los que incluyen destacadamente el "derecho a la ciudad", una demanda que contrasta con la de décadas atrás por el "derecho a la vivienda". Las movilizaciones no se reducen, como en el pasado, a llamados al Estado para que se haga cargo de sus carencias. La lucha actual parece ser, en medida importante, la de quienes buscan ser reconocidos como ciudadanos con plenos derechos, como vecinos de Santiago más que como "pobladores", denominación que en último término los estigmatiza. Es una demanda enarbolada con relativa autonomía frente a los partidos políticos y al Estado por distintos grupos y organizaciones populares de Santiago.

3. La Guerra de la Basura de Santiago

En 1984 se construyó el primer relleno sanitario de la ciudad en la comuna de Cerrillos bajo el nombre de Lo Errázuriz. Hasta entonces los desechos sólidos se depositaban en "vertederos" o "botaderos". A fines de los ‘70 habían comenzado a funcionar tres nuevos vertederos, los cuales años más tarde serían transformados en rellenos sanitarios: Lo Errázuriz, Cerros de Renca y el Pozo La Feria (Figura 2).

Parece un signo de los tiempos el que este mejoramiento técnico haya coincidido con el primer gran conflicto de la basura en la ciudad, el de Lo Errázuriz. Hubo, por cierto, disputas anteriores por la disposición final de las basuras, pero esta fue la primera que llegó a ser un evento de notoriedad pública, recogido en la prensa, y que movilizara a tantas personas y organizaciones de la ciudadanía –entre otros, a los grupos ecologistas, que en esa ocasión hicieron su estreno en sociedad. Sin duda, la conciencia ambiental crecía más rápido que las mejoras técnicas en el manejo de la basura. Otros hechos que facilitaron el desasosiego de estos pobladores fueron la pobreza y el desempleo que campeaban por esos años en los barrios pobres de Santiago, y la inauguración de movilizaciones abiertas y masivas contra la dictadura.

Figura 2. Sitios de disposición de residuos sólidos domiciliarios (1978-2003)

Fuente: elaboración propia.


En noviembre de 1984 la comunidad de la Escuela Pública Nº 227 alegó que emanaciones de gases provenientes del relleno Lo Errázuriz recién construido enfermaban a los niños, lo que desencadenó numerosas movilizaciones callejeras de vecinos de las poblaciones Santiago, Villa Francia, Villa Corhabit, Robert Kennedy y Los Nogales. En contraste, las poblaciones Oreste Plath y Presidentes de Chile, también cercanas, no participaron e incluso se opusieron a las movilizaciones. Muchos de sus vecinos se habían involucrado en la economía de la basura (reciclaje) durante el largo periodo de crisis económica y alto desempleo que comenzara en 1976 y terminara recién hacia 1985, cuando la economía chilena inauguró un ciclo de 14 años de alto crecimiento.

Desde inicios de los años ‘90, cuando las autoridades comenzaron a buscar sitios para nuevos rellenos –la vida útil de Lo Errázuriz terminaría en 1995–, ha tenido lugar una seguidilla de conflictos ambientales generados por vecinos organizados que rechazan esos proyectos. Esas movilizaciones han incluido a las de los mismos vecinos de Lo Errázuriz, relleno que recién fue cerrado en 1999. Como parte de las negociaciones que este conflicto generó, las autoridades construyeron un parque de tres hectáreas en el sitio yermo de 27 hectáreas que el relleno dejara como herencia. Luego sobrevendría el atiborramiento y cierre del relleno Cerros de Renca, agudizando aún más la Guerra de la Basura en la ciudad.

Con la vuelta a la democracia, la movilización de la población en defensa de su calidad de vida y la acción de los grupos ecologistas se facilitaron enormemente. Típicamente, estos conflictos se han suscitado en Santiago entre las empresas que manejan y lucran con la disposición de la basura (EMERES y Cerros de Renca, formadas por la asociación de distintos grupos de municipios de Santiago), las autoridades públicas a cargo de resolver el problema de dónde depositar los residuos sólidos de Santiago (Intendencia, Comisión Regional del Medio Ambiente, Servicio de Salud del Ambiente, etc.), y las comunidades territoriales y autoridades municipales de los lugares escogidos. La Empresa Metropolitana de Tratamiento de Residuos Sólidos Domiciliarios EMERES fue creada en 1986 justamente como respuesta al conflicto de Lo Errázuriz, y por la imperiosa necesidad de establecer una gestión del problema de una escala espacial mayor que la que corresponde al municipio, donde radica por ley la tarea de recolección y disposición de desechos sólidos. EMERES está compuesta por 21 de los 35 municipios de la ciudad, y Cerros de Renca, formada años después, acoge a los municipios restantes.

Hacia 1995, y con el fin de hacer frente a la multiplicación de conflictos que generaba en ese momento el tema de la basura en Santiago, el Gobierno Regional, a través de su Comité Regional de Infraestructura y Ordenamiento Territorial CRIOT, definió criterios para la localización de los probablemente tres o cuatro grandes rellenos sanitarios nuevos que se debía construir. En un contexto de juego de intereses y presiones, especialmente marcado por la influencia de EMERES, la CRIOT decidió finalmente que esos rellenos deberían estar en comunas de la periferia norte, sur y poniente de la ciudad. Los proyectos en Maipú se inscriben en esta decisión.

La periferia oriente, donde se concentran los grupos de más altos ingresos que más basura per capita generan, quedó fuera de la búsqueda. Siendo los costos de transporte tan importantes en la recolección y disposición de basuras, resulta injustificada dicha omisión. Los mayores precios del suelo en la periferia oriente no parecen un argumento suficiente, pero sí la fuerza de vecinos influyentes para oponerse a un posible relleno sanitario (Lerda y Sabatini, 1996). En 1970 el gobierno chileno había encargado el primer estudio técnico para determinar el emplazamiento de futuros proyectos que adoptarían la tecnología del relleno sanitario. Cinco sitios fueron identificados, dos de los cuales estaban en la zona Oriente (AICE, 1972).

Los conflictos ambientales, incluidos los que suscitan los proyectos de relleno sanitario, son en realidad conflictos político-distributivos con dimensiones ambientales (Sabatini, 1998). La concentración de los proyectos ambientalmente más agresivos, como cárceles o rellenos sanitarios, en la periferia más pobre de las ciudades, se trate de Santiago, Los Ángeles en Estados Unidos o cualquier ciudad de América Latina, justifica denominar como "popular" a toda movilización ciudadana de oposición a esos proyectos.

Los vecinos de Til-Til, comuna pobre del norte de Santiago, resistieron varios intentos por construir en su comuna rellenos sanitarios para Santiago durante la segunda mitad de los ‘90. Sin embargo, a pesar de esos esfuerzos, fue allí donde se construyó el primero de los nuevos rellenos sanitarios para Santiago. En diciembre de 1995, a poco de estar aquél en funcionamiento, el alcalde se quejaba de que los vecinos de Til-Til, por ser pobres, habían recibido en los últimos años tres proyectos que los afectaban negativamente: además del enorme relleno sanitario, un tranque de relave de la mina de cobre La Andina y la cárcel de alta seguridad de Punta Peuco (Sabatini, 1998).

4. La movilización de Maipú contra los rellenos sanitarios

4.1. Anatomía de un movimiento social

La búsqueda de nuevos sitios para la disposición de residuos sólidos domiciliarios se había tornado en una cuestión urgente y políticamente caliente a fines de los ‘90. Del total de nuevos rellenos sanitarios a construir las autoridades asignaron dos a la comuna de Maipú. El primero de ellos sería el relleno El Olivo, en el sector de Casas Viejas, al nor-poniente de la comuna, y el segundo, el relleno Santiago Poniente en Rinconada de Maipú, al sur-poniente (ver Figura 2).

La primera movilización se produjo a fines de 1999 en el sector residencial Casas Viejas. Allí viven cuarenta familias de escasos recursos. Supieron del proyecto El Olivo sólo cuando los periodistas de un programa de televisión inquirieron su opinión sobre el mismo. Los residentes de Casas Viejas quisieron dar a conocer su malestar, y de esa movilización surgió el Comité de Defensa del Medio Ambiente, actualmente Consejo de Defensa del Medio Ambiente. La segunda movilización se produjo a fines del año 2002 cuando la Comisión Nacional de Medio Ambiente (CONAMA) aprobó la evaluación de impacto ambiental del relleno sanitario Santiago Poniente.

La instalación y puesta en marcha de este relleno no han estado exentas de críticas y manifestaciones contrarias por parte de la comunidad. Los siguientes cinco elementos dan continuidad a esas dos movilizaciones: (a) la calidad de vida, la justicia y el valor de las viviendas constituyen en ambos las razones que empujan a la acción, motivaciones que analizaremos con detención más adelante; (b) la solidez y fundamentación de los argumentos técnicos presentados por la comunidad con asesoría de profesionales fueron claves en dar fuerza a ambas movilizaciones; (c) en ambos conflictos los dos Intendentes que ha tenido la región Metropolitana han actuado en forma parecida. Han exhibido una capacidad de diálogo muy escasa con la comunidad. Incluso, ni siquiera los magros mecanismos de participación ciudadana que el Reglamento de Evaluación Ambiental estipula fueron aplicados en forma completa; (d) también ha sido común a los dos conflictos el hecho de que el accionar de los vecinos de Maipú haya sido autónomo de los partidos políticos; y (e) en ambos casos las movilizaciones han sido capaces de congregar a niños, jóvenes y adultos. A pesar del rol preponderante que tienen los adultos-propietarios en el movimiento –lo que se refleja en la edad de nuestros entrevistados-, los jóvenes participan activamente en las movilizaciones.

Si bien es cierto que existen elementos que dan continuidad a las dos movilizaciones, hay también otros que establecen importantes diferencias entre ambos conflictos. Así, en términos sociales, mientras el primero movilizó a una amplia variedad de actores de distinta condición social y actividad, el segundo movilizó casi exclusivamente a personas pobres. Por otra parte, en términos geográficos, un relleno se localizaría cercano a zonas urbanas y el otro más alejado del borde urbano. El Olivo se proyectó construir a escasos metros de áreas residenciales urbanas. Los residentes de Casas Viejas vivían a menos de cien metros del futuro relleno, y a menos de seiscientos metros existían condominios residenciales de clase media. Santiago Poniente, en cambio, se localiza en un área agrícola de la comuna, comparativamente más alejado de zonas residenciales, y los barrios urbanos afectados son exclusivamente de bajos ingresos.

La distinta suerte que corrieron los vecinos de Maipú en su resistencia a los dos proyectos hace de estas dos diferencias algo teóricamente relevante, al menos en principio. Una menor segregación espacial de los pobres y una mayor densidad de actividades y usos del suelo parecen elevar la posibilidad de éxito de movilizaciones suscitadas por conflictos ambientales como los de la basura.

Los pobres de Santiago son hoy mayoritariamente propietarios de residencias construidas a través de los programas de vivienda social. Entre el 70 y el 80% de las familias pobres de la ciudad son propietarias, con o sin deuda, en conjuntos de vivienda social, incluidos los "allegados" (sin casa), que por lo general son parientes del jefe de hogar (Tironi, 2003, entrega algunas estimaciones cuantitativas más específicas). Según el Censo del 2002, un 72,5% de los hogares chilenos ocupaban una vivienda que era propia o que estaban pagando.

En las últimas décadas, y especialmente desde 1990, Chile ha reducido sensiblemente sus niveles de pobreza. Según datos de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional CASEN, en 1990 los hogares pobres representaron un 33,3% de la población chilena, y en el año 2000, un 16,6%. En Santiago los hogares pobres representaban en 2000 sólo el 10,9% de la población.

Coincidentemente, las cifras del último Censo de Población y Vivienda (2002) muestran un fuerte crecimiento de los niveles de vida entre los chilenos en la década anterior, lo que se refleja, por ejemplo, en el equipamiento del hogar. Los hogares que contaban con TV color aumentaron desde un 52,6 a un 87,0% del total de hogares del país entre 1992 y 2002; los con lavadora, desde 48,2 a 78,8%; los con teléfono celular, desde 1 a 51%; y los con telefonía de red fija, desde 23,6 a 51,5%. En 2002 un 23,9% de los hogares contaba con conexión a TV Cable o satélite; un 10,2% tenía acceso a Internet, y un 20,5% tenía computador.

De acuerdo al mismo Censo, la comuna de Maipú era la segunda con mayor población en Santiago, después de Puente Alto. La tasa de variación intercensal entre 1992 y 2002 fue de 82,6%, lo que significó un aumento de 200.000 habitantes aproximadamente. Según los datos de CASEN 2000, del total de 90.769 hogares de la comuna, un 6,2% eran pobres (Mideplan, 2000).

De tal forma, los "sin casa" de los ‘60 han sido reemplazados por familias de pobres-propietarios como sujetos principales de los movimientos populares urbanos. Los "sin casa" de hoy viven allegados en casas de parientes-propietarios, y no se organizan porque el camino hacia la vivienda propia más claro no son las "tomas", sino que la Libreta de Ahorro para la Vivienda que permitirá acceder a un Subsidio Habitacional.

Las demandas públicas de los pobres de Santiago se refieren hoy principalmente a la calidad de la vivienda social, al equipamiento e infraestructura urbana de su sector, a los servicios de transporte público, a la protección contra la delincuencia y al rechazo u objeción a proyectos de inversión u obras públicas que puedan amenazar la calidad de vida de su barrio y sector, afectar su salud y su principal inversión económica, su casa.

La primera movilización en Maipú significó la creación de un Comité de Defensa del Medio Ambiente a fines de 1999. Este Consejo está conformado por un número variable de juntas vecinales, actualmente unas veinticinco, y por socios que hoy alcanzan a cincuenta y cinco, provenientes de diferentes villas y "poblaciones".

Las acciones de movilización que ha organizado el Consejo han incluido marchas, protestas en las calles del Centro de Santiago y en lugares públicos de la comuna, "velatones" en las noches, asambleas masivas en el Municipio y otros recintos, recolección de firmas de respaldo a cartas enviadas a las autoridades, quemas de imágenes del Intendente de la Región Metropolitana, caravanas de vehículos hacia el Centro de Maipú, eventos artísticos, campañas de obtención de firmas de respaldo al movimiento en el Centro de la ciudad, etc. Otras acciones han sido las siguientes: recursos de amparo, envíos de cartas a los Tribunales de Justicia y entrega de peticiones a la Conama, Corema, Intendencia y al Presidente de la República. Recurrir a la prensa o a la televisión es una de las estrategias recurrentes de los vecinos de Maipú.

Además, el Consejo realiza periódicamente distintas clases de reuniones. Cada quince días se reúne la ectiva con los representantes de las juntas de vecinos afiliadas, cada mes y medio el Consejo realiza una asamblea con los socios y las juntas de vecinos, y ocasionalmente organiza reuniones masivas en el salón auditorio de la Municipalidad, abiertas a todos los vecinos de la comuna. En todas esas reuniones se debaten los problemas que afectan a la comunidad, se evalúan las acciones ya realizadas y se conversa sobre futuras acciones.

¿Qué motiva a los pobladores a ser parte y encabezar una organización como el Consejo de Defensa del Medio Ambiente de Maipú? Ellos dicen que es su vocación de servicio a la comunidad. Es probable que, además, haya motivaciones más personales, como la de hacer una carrera personal de igente que les permita proyectarse más allá del medio relativamente limitado de su barrio e incluso de su comuna.

En este sentido, los perfiles de algunos de nuestros entrevistados nos permiten argumentar que la pertenencia a alguna organización sigue siendo el medio a través del cual los pobres de ayer y de hoy se movilizan e intentan lograr sus objetivos sociales o políticos. Además, todo parece indicar que el cargo de igente les abre oportunidades de desarrollo personal que otros pobladores no tienen, una motivación individual que parece tradicional entre los igentes pobladores de Santiago (Sabatini, 1995).

4.2. Motivaciones para participar

Los entrevistados, todos participantes en el movimiento –fueran igentes, vecinos, empresarios, autoridades locales o agentes externos-, coinciden en señalar a la defensa de la calidad de vida como la motivación principal de su acción. En palabras de Ernesto, cabeza del movimiento de vecinos de Maipú:

"Nosotros nos movilizamos y creamos el Consejo de Defensa del Medio Ambiente para ayudar a impulsar una política ambiental en la comuna, para mejorar nuestra calidad de vida como habitantes de la comuna y hacer que las autoridades se hagan responsables del tema; para defender a nuestros vecinos en contra de estos proyectos que amenazan contaminar la comuna".

La justicia y la equidad fueron otros motivos mencionados por la mayoría de los entrevistados. Renata es residente de la villa Los Héroes de Iquique I, conjunto de vivienda social considerado como uno de los barrios más pobres de la comuna:

"Uno se moviliza para pelear contra las cosas que no son justas, para jugársela por la gente. Como el dueño de casa [el Alcalde] no lucha mucho, el resto de la familia tiene que moverse..."

Un tercer motivo para actuar contra los rellenos tiene que ver con los posibles impactos negativos sobre el valor de las propiedades. Pamela, auxiliar de enfermería y presidenta de la Junta de Vecinos de El Maitén, asentamiento de escasos recursos en el borde rural de Maipú, argumenta:

"Para nadie es agradable vivir cerca de un basural. Tenemos problemas por la circulación de camiones, problemas de salud para las personas y una baja en el valor económico de los sitios y de las casas. El impacto ambiental es muy grande".

Los ciudadanos de Maipú establecen conexiones entre estas motivaciones mencionadas: la instalación de un relleno sanitario podría afectar desde la salud hasta el valor de las propiedades y es, al mismo tiempo, injusta en el sentido de que Maipú está recibiendo los desechos de otras comunas.

Sin embargo, otros vecinos opinan que lo injusto del proyecto radica precisamente en que, como contaminará las napas freáticas, afectará la actividad agrícola de la zona haciendo perder su fuente de trabajo a muchas personas modestas que viven en las "poblaciones" más periféricas de Maipú.

4.3. Anatomía de las motivaciones: reactivas, territoriales e imprecisas

Tal vez la peculiaridad más relevante de la movilización de los vecinos de Maipú contra los proyectos de relleno sanitario sea su carácter reactivo, y unido a ello, su esencia conservadora. Álvaro Gómez, presidente de la Red Nacional de Acción Ecológica RENACE, señala genéricamente de estas disputas ambientales, tanto la de Maipú como las que están ocurriendo en otros lugares del país:

"El movimiento es espontáneo porque los primeros que se movilizan son los que están ectamente afectados o los que tienen información".

El carácter reactivo de las movilizaciones se relaciona con la esencia conservadora de las motivaciones que tienen las personas para actuar. La defensa de la calidad de vida, de la diversidad biológica, lo mismo que la defensa de los derechos humanos, de la diversidad étnica y los pueblos originarios, y hasta la defensa de la democracia representativa frente a la corrupción y otras amenazas, son movimientos sociales que han crecido bajo el capitalismo agresivo de las últimas décadas. Todos esos movimientos sociales tienen en común una esencia conservadora. Defienden algo que existe frente a las fuerzas que lo amenazan. Ahora bien, es cierto que la calidad de vida en Maipú, especialmente en sus barrios más pobres, dista de ser un paraíso, pero podría ser peor. Específicamente, los proyectos que los vecinos cuestionan podrían interrumpir los procesos de progreso que ellos sostienen en gran medida sobre sus hombros, por débiles y frágiles que esos procesos nos parezcan.

Una segunda cualidad que presentan las motivaciones detrás del movimiento de la basura de Maipú es que apuntalan la constitución del actor territorial como sujeto de la acción política. Esta es una marca o trazo de gran relevancia. El sujeto popular tenía una definición social o clasista en los ‘60 que ahora va trastocándose parcialmente en una identidad territorial. Ya no es el pobre el desheredado que lucha por una vivienda y un lugar en la ciudad; en definitiva, por su carta de ciudadanía, sino que se trata del maipucino que lucha porque no lo vuelvan más pobre y por su derecho a una ciudad mejor, a una más elevada calidad de vida.

La ambigüedad entre las identidades sociales de poblador y de pobre siguen sin resolverse, pero parecen haber cambiado su centro de gravedad. Antes se trataba de los "sin casa", personas pobres de origen proletario o sub-proletario, integrantes de los llamados "sectores populares", que luchaban por un título de dominio sobre un sitio urbano. Pero igual se los denominaba "pobladores", a pesar de que no tenían una tierra que poblar. Recordemos las palabras de Vekemans, tan dramáticas hoy como cuando las formuló: los marginales urbanos "no se encuentran en el campo, que los expulsa, ni en la ciudad, que no los acoge; no pertenecen al sector primario ni al secundario, no son nadie, no hacen más que estar, poblar un pedazo de tierra, que es tierra de nadie" (DESAL, 1969:44).

En cambio, los pobres urbanos que se movilizan hoy lo hacen más en función de su identidad como pobladores plenos, como propietarios inmobiliarios, que como pobres o desheredados. Por eso y porque los tiempos son distintos, sus demandas, alianzas y formas de lucha han cambiado tanto. Según Angélica María, tesorera del Consejo –quien carece del pasado de militancia política que posee Ernesto-, la organización que lidera el movimiento contra la basura...

"...la integran vecinos de Maipú, aquellos que somos maipucinos de corazón".

El poblador era antes un proyecto; hoy el poblador es una realidad, y su lucha es dejar de ser poblador y transformarse en santiaguino o chileno. El estigma territorial, que opera como una amplificación peligrosa del estigma social, es su peor amenaza. Por eso la segregación espacial de los pobres hasta conformar grandes zonas homogéneas en pobreza, es tan peligrosa hoy y más peligrosa que ayer (Sabatini, Cáceres y Cerda, 2001). Para el poblador de hoy, su norte es el derecho a la ciudad; y la integración espacial y política con otros grupos sociales es un elemento crítico para tener éxito.

En contraste con las movilizaciones fuertemente clasistas de los ‘60, los pobladores de hoy se involucran en movilizaciones pluriclasistas. La diferencia de resultado de las movilizaciones populares contra los dos proyectos de relleno sanitario de Maipú demuestra la importancia de integrar movilizaciones populares en que "lo popular" sea sinónimo de masivo más que sinónimo de pobre o proletario. Los grupos pobres de Santiago buscan, igual que los pobladores de los ‘60, la integración a la sociedad, pero las claves para lograrlo son distintas que las de décadas atrás. La lucha contra la segregación residencial, creemos, irá creciendo cada vez más en tanto los pobres vayan tomando conciencia que al estar segregados de otros grupos disminuye sensiblemente su posibilidad de defender sus derechos ciudadanos y su calidad de vida frente a proyectos y decisiones ambiental y socialmente agresivas.

Un tercer rasgo de las motivaciones que tienen los vecinos de Maipú es una cierta imprecisión que, como argumentaremos, resulta ser ventajosa. Distintas personas presentan sutiles y no tan sutiles variaciones en las razones que arguyen para actuar, en las motivaciones compartidas que revisamos antes. Entre otras posibles, hay especificidades de género y las hay ideológicas. Entre las primeras destaca el que las mujeres den un giro práctico al concepto de calidad de vida, vinculándolo preferentemente a la salud, cosa que los hombres no hacen.

Las variaciones ideológicas, por su parte, no son menores, aunque no alcanzan a amenazar la unidad del movimiento o, incluso, posiblemente la fortalecen. Como no hay manifiestos ni documentos programáticos tan elaborados como los que son usuales cuando las movilizaciones populares son comandadas por partidos o grupos políticos, las variaciones del discurso resultan funcionales al objetivo de convocar a un número mayor de personas. Cierta ambigüedad y falta de definición en las razones para actuar colectivamente hacen posible que concurran más personas y energías al movimiento. Las acaloradas discusiones orales y escritas que fragmentan a la izquierda en grupos pequeños es tal vez lo más alejado de lo que ocurre hoy con estos movimientos populares reactivos y conservadores. Es notable, por ejemplo, el contraste entre las razones "instrumentales" dadas por el vicepresidente del Consejo, actual militante del Partido Comunista, y las razones de genuina preocupación ambiental de los demás igentes y miembros. Edgardo, el vicepresidente, dice:

"A nosotros, que vivíamos más lejos [de los proyectos de relleno sanitario] nos interesaba el tema del medio ambiente. Es un tema transversal que nos afecta a todos: a los rojos, blancos y negros. Es un problema que invade a toda la sociedad [...] De ahí nació el Consejo. La idea era formar algo que tuviera que ver con la calidad de vida de toda la comuna".

Por último, un aspecto notable de este caso es cómo la movilización popular contra la basura de Maipú ha ofrecido espacio a sus igentes. En medida importante, ello ha sido así porque a nivel de la base social los discursos de la defensa del medio ambiente, del derecho del pueblo a la justicia y el bienestar y de la razón que asiste a los propietarios al proteger su patrimonio económico, están mezclados de maneras impensadas y sorprendentes. Sin duda, conocer esas imbricaciones es una tarea de investigación pendiente.

4.4. El papel de las organizaciones políticas y de base en la movilización

Cuando iniciábamos este estudio nos asaltaba la duda de que tal vez la movilización de Maipú estaba secretamente fomentada y guiada por el Partido Comunista, al menos en alguna medida. Entonces decidimos funcionar con la "hipótesis nula" de que, efectivamente, había ese protagonismo de esa agrupación política.

Sin embargo, encontramos que la mayoría de los igentes del movimiento de Maipú son claros y explícitos en describir su relación con los partidos: el movimiento no es "político" sino que "social"; los partidos políticos, si quieren apoyar, son bienvenidos pero no ocupan ningún lugar en la definición del trabajo y bien pueden permanecer ausentes, como de hecho ocurre la mayor parte del tiempo.

Este rol subordinado de los partidos a las organizaciones de base tiene antecedentes en otros sectores de actividad. Por ejemplo, la ectiva de la Asociación Chilena de Ferias Libres, ferias dedicadas a la venta de frutas y verduras en las calles de los distintos barrios de las ciudades chilenas, presenta similar situación. Varios de sus igentes son militantes o ex militantes de distintos partidos políticos, pero eso se maneja como una cuestión personal que no tiene mayor peso en la marcha de la organización (Stillerman, 2003).

Rechazar la hipótesis nula nos sirvió para avanzar en la formulación de una hipótesis alternativa: las movilizaciones de los pobres son hoy más autónomas, más "sociedad civil" que en los ‘60. Como sucede con varios de los temas que levantamos a través del trabajo en terreno, por cierto entendemos que ésta es una conjetura que requiere ser estudiada con más profundidad.

Las nuevas formas de movilización popular están basadas en una prestancia política de las organizaciones de base que parecen inéditas en el panorama chileno. En los ‘60 el panorama estaba dominado por organizaciones dependientes de los partidos, intermediarios principales en la relación entre sociedad civil y Estado, e incluso entre sociedad civil y la economía corporativa. En la elección de la ectiva de cualquier junta vecinal, centro de madres, centro de alumnos universitario o de liceos, sindicatos, bomberos e incluso clubes deportivos en los barrios, entraba a tallar la política partidista. Había una suerte de omnipresencia de los partidos políticos en la vida social. En este contexto, aunque asumiera muchas veces la forma y el contenido de una lucha por sus derechos, la acción de las organizaciones de la sociedad civil era altamente dependiente de los partidos políticos. Sólo a través de ellos se podía acceder a la distribución de recursos y prebendas estatales. Incluso más, esas organizaciones solían ser creadas por los partidos o por el Estado vía éstos. El clientelismo estaba vivo y se combinaba con las acciones y luchas contestatarias. La autonomía de la sociedad civil no era un hecho para nada claro.

Sin embargo, cabe hacer notar que no es que estemos considerando la actual ausencia de los partidos políticos como algo bueno per se. Queremos llamar la atención sobre el cambio en la relación entre los grupos pobres movilizados y los partidos políticos. Antes que representar a la base social, el partido la movilizaba. En buena medida la sociedad civil era creada por los partidos, de la misma forma como la sociedad chilena es, hasta cierto punto, una creación histórica del Estado, que la antecede. Hoy, ante la ausencia relativa del partido político como mediador "clientelista" entre la base social y el Estado, y más allá de los motivos que dicha ausencia tenga, emerge más genuinamente una sociedad civil. Los pobres parecen ser hoy actores políticamente más autónomos de lo que eran en los ‘60.

Pero, ¿quién sustituye actualmente a los partidos políticos en la función de intermediación entre las luchas locales y puntuales que emprenden las organizaciones voluntarias, por una parte, y el Estado y las políticas públicas, por otra? La integración a redes de organizaciones de base, como RENACE en el campo ambiental, parece la única alternativa existente hoy en Chile. ¿Es mayor la autonomía política entre estas organizaciones de base en comparación con la de los ‘60? Todo parece indicar que sí. Los comités "sin casa" operaban como verdaderos apéndices de los partidos políticos, mientras que los "comités de defensa de algo" parecen a todas luces más independientes. Sin embargo, es improbable que el clientelismo haya sido erradicado del todo.

4.5. Potencial de la movilización

Movilizaciones tan locales, efímeras, específicas en sus demandas y que raramente son recogidas por los medios parecen condenadas a no tener mayor impacto sobre el sistema político, las políticas públicas y las formas de actuar del Estado y las empresas inversionistas. Sin embargo, tal vez por tratarse de disputas político-distributivas que emanan de la repartición social y territorial de los beneficios y los costos generados por proyectos de inversión u obras públicas, conflictos ambientales como el de Maipú están estimulando cambios importantes, aunque sutiles, en la manera de practicar la política en Chile.

El que las demandas populares apunten a necesidades o preocupaciones universales tiene implicancias políticas favorables. Por una parte, más y más vecinos pueden integrarse a las movilizaciones, y por otra parte, las movilizaciones pueden despertar simpatías y apoyos fuera de la comuna. En el extremo, las demandas por calidad de vida son globales. Además, el movimiento puede ir sumando nuevos temas relativos a la calidad de vida, dado que ésta es bastante amplia y con límites poco precisos. Precisamente, lograr involucrar a más vecinos que los perjudicados ectamente por el proyecto es un objetivo político clave. Ernesto señala:

"En principio se movilizan los ectamente afectados pero luego, gracias a nuestras actividades y conexiones con los presidentes de las juntas de vecinos, vamos absorbiendo y reuniendo a un número importante de personas de todas partes de Maipú".

El objetivo de trascender el ámbito comunal es explícito y parece realizable. En palabras de Edgardo:

"Desde siempre hemos planteado que no podemos trabajar solos. La idea es que uno nace para vivir en sociedad. Por eso somos socios de RENACE y del Instituto de Ecología Política. Además, ellos nos ayudaron, sobre todo el Instituto de Ecología Política, en el caso de Lo Errázuriz [...] En este tema de las organizaciones uno siempre tiene que tener ayuda, por lo que va armando redes para tener más fuerza de solidaridad".

El poder amplio de convocatoria que tiene la demanda por la defensa de la calidad de vida es valorado por los líderes de las movilizaciones. Ellos dicen moverse por objetivos "sociales" y no "políticos". La política divide; las demandas sociales unen. Paradójicamente, afirmar el carácter "social" y no "político" del movimiento parece clave para darle más relevancia política. Hasta ahora el movimiento de Maipú y el conjunto de movilizaciones populares de resistencia a la instalación de rellenos sanitarios han empujado algunos cambios en la gestión pública, entre los que se cuentan el cambio de escala de la gestión desde la comunal a la metropolitana, la cancelación de una serie de proyectos ya decididos –incluso ambientalmente visados, como El Olivo en Maipú- y la instalación aún tenue de las cuestiones de justicia distributiva que comporta la localización de los rellenos sanitarios, casi invariablemente cerca de áreas residenciales pobres, en la discusión pública.

Sin embargo, las autoridades siguen estableciendo relaciones con las comunidades locales dominadas por el lenguaje del experto que comunica decisiones técnicas inapelables. Incluso en el caso de Maipú, las autoridades han llevado los conflictos al campo del clientelismo. Al respecto, una manifestación de clientelismo ocurre cuando los proponentes de los proyectos o personas interesadas en su realización tratan de comprar voluntades entre sus opositores potenciales o manifiestos. Estos intentos de cooptación son habituales en los conflictos ambientales locales, y sobre ellos descansa un tipo informal, no explícito de negociación ambiental (Sabatini, 1998). Es usual que en la América Latina estos conflictos den lugar a negociaciones de este tipo en que se establece una suerte de extorsión cruzada entre los proponentes de los proyectos, usualmente apoyados por las autoridades del gobierno central, y las organizaciones de la comunidad local. Los vecinos entregan silencio sobre el tema ambiental a cambio de una serie de donaciones y ventajas que financia el proponente e incluso las autoridades. En el caso de ambos conflictos las empresas ofrecieron este tipo de tratos a grupos de vecinos. Pero el clientelismo puede ser identificado, aislado y derrotado en conflictos concretos, como el que desencadenó el proyecto El Olivo.

Los arreglos clientelistas que hemos denominado de extorsión cruzada, sin embargo, promueven el desaliento, debilitando la movilización. Igual resultado tiene el que cunda la sensación entre los vecinos de que "todo está ya resuelto", y por lo mismo, nada se saca con hacer movilizaciones.

5. Conclusiones

Las actuales movilizaciones populares en Santiago, ejemplificadas en las que han tenido lugar en Maipú en torno a la basura en años recientes, exhiben una serie de rasgos que las diferencian del movimiento de pobladores de los años ‘60.

Se trata de movilizaciones populares antes que de movilizaciones de pobres. Involucran o pueden involucrar a grupos sociales no pobres. En segundo lugar, se trata de movilizaciones de propietarios más que de familias "sin casa", y de residentes de una zona más que de personas de una determinada condición social. Canalizan, por lo tanto, demandas que tienen más de territoriales que de reivindicaciones "clasistas".

La ausencia de los partidos políticos es, sin duda, una de sus notas más sobresalientes, especialmente si se piensa en la importancia que tuvieron aquellos en los años ‘60. Sin embargo, el menor peso de aquellos en las movilizaciones populares de hoy no debe hacer perder de vista que muchos de los líderes de éstas se formaron en las verdaderas escuelas de igentes que fueron los partidos en el pasado. Existe un capital social que se construyó antes y en que participaron activamente los partidos políticos, que inevitablemente irá menguando con el paso del tiempo y deberá ser sustituido de alguna forma.

La emergencia de un grado apreciable de autonomía política en las movilizaciones actuales nos permite hablar con propiedad de sociedad civil. Posiblemente, esa robustez de la sociedad civil se deba, en gran medida, a la retirada de los partidos políticos y el retroceso de las relaciones clientelistas que ellos establecían con la base social. Hoy los partidos parecen estar relativamente encapsulados en el Estado, participando en las negociaciones con que se va construyendo y remozando la alianza estratégica entre Estado y economía corporativa, alianza que parece pie forzado de la globalización y las estrategias de elevación de la competitividad de las economías nacionales.

Un reciente estudio comparativo sobre movimientos sociales, sociedad civil y democracia en cinco países del Cono Sur arribó a conclusiones coincidentes con los rasgos que exhibe la movilización de Maipú: (a) han emergido "nuevos" actores políticos en las últimas décadas, como ambientalistas, mujeres, indígenas o vecinos de la periferia urbana popular; (b) han surgido nuevos espacios de acción política centrados en temas que movilizan a distintas clases sociales, como el medio ambiente, la exclusión territorial y las discriminaciones de género y raza; (c) se ha iniciado la construcción de una nueva cultura centrada en los derechos de los ciudadanos y en la participación, en reemplazo de la matriz discursiva asociada a propuestas de transformación social de tiempo atrás; (d) se han abierto camino nuevos estilos de hacer alianzas políticas en torno a la búsqueda de resultados concretos, aun cruzando diferencias ideológicas; y (e) se han afirmado, como valores de los nuevos actores sociales, la autonomía frente al Estado y los partidos políticos (Albuquerque, 2004).

Estos cambios son de tal envergadura que nos plantean preguntas de fondo sobre el futuro de la democracia en nuestros países y ciudades. ¿Cuál será el rol de los partidos políticos en la canalización de las demandas de los ciudadanos movilizados por los nuevos temas? ¿La debilidad que exhiben hoy los partidos en este rol de mediación es causa o efecto de las nuevas formas de movilización "desde abajo" que proliferan en las ciudades? ¿El clientelismo que canalizaban y organizaban los partidos en su relación con los movimientos de base, una vez que esta relación se ha debilitado tan radicalmente, simplemente ha desaparecido? ¿O habrá adoptado otras formas? ¿Cuáles?

Las movilizaciones locales o barriales que hoy tienen lugar en las ciudades chilenas exhiben desconfianza hacia los partidos, incluidos los de la izquierda extra-parlamentaria, y parecen contener prácticas radicalmente más democráticas que las antiguas organizaciones (Garcés y Rodríguez, 2004: 133). Las movilizaciones de los vecinos de Maipú que hemos estudiado avalan esta conclusión. Sin embargo, ¿cuánto de este cambio no se deberá a que nuestros antiguos esquemas de análisis no nos dejaban ver lo que siempre hubo: acción colectiva que mostraba realidades idiosincráticas y populares, que trasuntaban demandas de reconocimiento e integración social? ¿Acaso los afanes de integración social no han sido siempre las motivaciones de fondo de las movilizaciones populares, lo mismo hoy que ayer? ¿Pueden las nuevas formas de movilización popular explicarse como reacciones frente a las formas de agresión ambiental, étnica, laboral y territorial del capitalismo de nuevo cuño? ¿Cuánto más agresivo es el capitalismo actual con los grupos populares en comparación con la sociedad clasista, autoritaria y centralista tradicional de la América Latina?

Parece algo formal decir que los nuevos modos de movilización popular proliferan ante la ausencia de los partidos políticos. En este sentido, no debemos descartar una influencia en la otra ección: que los cambios en las movilizaciones populares urbanas hayan ayudado a hacer superfluos a los partidos. Por ejemplo, en comparación con la lucha por la vivienda, la lucha por la ciudad genera un escenario político distinto, tendiente a formas más locales y variadas, menos ideologizadas y clasistas de acción política.

Es cierto que las movilizaciones actuales de los pobres de Santiago siguen teniendo un innegable componente de clase. Los rellenos sanitarios y otros proyectos rechazados localmente (cárceles, aeropuertos o cementerios) se localizan por lo general en áreas pobres de la ciudad, y la segregación residencial de gran escala según condición socioeconómica, un rasgo marcado de Santiago, hace que la resistencia territorial sea al mismo tiempo una resistencia "clasista". Sin embargo, el cambio que está experimentando el patrón de segregación residencial de la ciudad, específicamente la reducción de su escala –un cambio impulsado tanto por el desarrollo del sector inmobiliario privado de los últimos veinte años como por las estrategias desplegadas por grupos pobres para defenderse de la inseguridad económica (Sabatini, 2003; Sabatini y Cáceres, 2004)-, ayuda a impulsar la transición desde las identidades de clase a las identidades territoriales entre los grupos pobres de la ciudad. Debe advertirse, en todo caso, que la segregación residencial que afecta a la mayoría de los hogares pobres presenta aún la gran escala tradicional, y al mismo tiempo, que los efectos negativos de la segregación para estos grupos se han agudizado con la precarización del empleo de las últimas décadas, dando pie a que se pueda hablar de que el fenómeno ha cobrado "malignidad" (Sabatini et al., 2001).

La resistencia exitosa al relleno sanitario El Olivo fue fruto de una movilización popular territorial antes que de una movilización "clasista". Como dijimos antes, en estas movilizaciones lo popular es sinónimo de masivo más que sinónimo de pobre. Sin duda, ayudó a ese resultado el hecho que el espacio urbano que iría a ser afectado por el relleno sanitario estuviera ocupado por residentes de clase media y actividades comerciales modernas, y no sólo por residentes pobres. Una menor segregación social del espacio, o una segregación de menor escala, es un factor clave en el éxito de las nuevas formas de movilización de los pobres de Santiago, éxito que sin duda define, en sí misma, una forma de integración social. La periferia popular de Santiago está acogiendo proyectos comerciales e industriales y conjuntos residenciales para grupos medios o altos en muchos sectores, como es el caso del área próxima al frustrado proyecto El Olivo, ayudando así a mejorar las posibilidades de éxito de las nuevas movilizaciones de los pobres de la ciudad.

El panorama que se nos presenta es sin duda desafiante y lleno de interrogantes. El futuro de los movimientos sociales urbanos, y en general, de la democracia en América Latina, es abierto, y hasta cierto punto, incierto. La "política movimientista" (Uggla, 2000) que ha emergido en las últimas décadas, y de la cual las movilizaciones de Maipú son un buen ejemplo, expresan vitalidad democrática pero también desconfianza en el sistema político y distanciamiento respecto de los partidos. Resulta paradójico que, aun cuando la democracia política se ha consolidado a pesar de condiciones sociales y económicas tan adversas, los sistemas políticos muestren debilidades tan graves como las señaladas (Uggla, 2001). ¿Son movilizaciones como la de Maipú reveladoras de cambios de fondo en nuestra manera de hacer política, o más bien llamados de atención de una población abandonada por el Estado y los partidos políticos? ¿O ambas?

Lo que hemos conocido en terreno, y lo que la "guerra de la basura de Santiago" nos muestra, nos hace abrigar la esperanza de que hay en marcha modificaciones sustantivas en la forma de practicar la política y de expresar las demandas ciudadanas.

 

Notas

*** Este artículo resume resultados de investigación realizados en el marco del proyecto Latin American Urbanization at the End of the Twentieth Century, coordinado por Bryan Roberts de la Universidad de Texas, Austin y Alejandro Portes de la Universidad de Princeton. Los autores desean agradecer a Yasna Contreras y a Viviana Salinas por su participación en el equipo de trabajo que llevó adelante el estudio de caso sobre la movilización contra la construcción de rellenos sanitarios en el municipio de Maipú. Una versión completa de este trabajo y los testimonios recogidos en terreno están disponibles según solicitud.

1A la manera en que lo hace Hobsbawm con su "siglo XIX largo", definiremos unos largos años ‘60 que abarcan el periodo de las "tomas" de terrenos organizadas políticamente en Santiago: desde 1948, cuando se verifica la primera de esas "tomas", hasta 1973, año del golpe de Estado.

 

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Enviado el 1 de septiembre de 2003, aprobado el 15 de julio de 2004.

 

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