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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.31 n.92 Santiago mayo 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612005009200002 

 

Revista eure (vol.XXXI, N°92), PP.29-46, Santiago de Chile, Mayo 2005

TEMA CENTRAL

Concentración financiera en la Ciudad de México (1960-2001)**

 

Gustavo Garza*

* Profesor-investigador, Centro de Estudios Demográficos y de Desarrollo Urbano de El Colegio de México. E-mail: ggarza@colmex.mx.


Abstract

The paper analyses the Mexican banking system during 1960-2001, focusing on the financial concentration at the Metropolitan Zone of Mexico City and other world’s metropolis. The statistical data presented support the hypothesis of a capitalist trend towards the territorial concentration of financial services, and that the level of concentration is higher than in the rest of producer services. At the present stage of development, the triple spatial metamorphosis which is inherent to capital accumulation is accentuated as follows: a) consolidation of the world’s urban hierarchy with the global cities at the pinnacle; b) agglomeration of services inside the metropolitan areas; and c) high concentration of financial services in one or a few cities in each country. The analysis leads to the conclusion that some producer services, such as banking and finance, constitute an historic category that has been named General Services of Production.

Keywords: Metropolitan financial concentration, banking system, México City, General Services of Production.


Resumen

Se analiza el sistema bancario en México de 1960 a 2001 y el nivel de la concentración financiera en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, contrastándolo con el de otras urbes del mundo. Los datos estadísticos apoyan la hipótesis que plantea la existencia de una tendencia del capitalismo hacia una concentración territorial del sector financiero superior al del resto de los servicios al productor. En la fase actual de desarrollo, se acentúa la triple metamorfosis espacial que es inherente a la acumulación de capital: a) consolidación de una jerarquía urbana mundial con ciudades globales en la cúspide; b) aglomeración de los servicios dentro de las estructuras metropolitanas; y c) elevados niveles de concentración financiera en una o algunas ciudades al interior de las naciones. Se vislumbra que algunos de los servicios al productor, tal como los bancarios y financieros, constituyen una categoría histórica que ha sido denominada Servicios Generales de la Producción.

Palabras clave: concentración financiera metropolitana, sistema bancario, Ciudad de México, servicios generales de la producción.


 

1. Introducción

El sistema financiero capta el ahorro y lo canaliza al financiamiento de consumidores y empresas, estimulando la producción de mercancías y la acumulación de capital. El grado de impulso al desarrollo se cuantifica convencionalmente por el coeficiente entre pasivos financieros y producto nacional (Solís, 1970). Los intermediarios bancarios adquieren también la responsabilidad de ser depositarios del ahorro monetario de la sociedad, por lo que sus actividades pueden clasificarse como Servicios Generales de la Producción (sgp)[1].

Adicionalmente a los pasivos que controlan, las instituciones bancarias acumulan capital financiero propio, con el que intervienen directamente como accionistas en todo tipo de empresas, llegando los banqueros a constituir un pequeño grupo muy influyente social, económica y políticamente. El sistema bancario, además, puede promover o reducir las desigualdades urbanas y regionales de un país. Los intermediarios financieros tienden a acentuarlas, pues al seguir el criterio de rentabilidad suelen trasladar ahorros que captan en las regiones atrasadas a las más ricas, siguiendo criterios de eficiencia, rentabilidad y recuperabilidad. Por otra parte, al invertir los bancos en bonos gubernamentales, el sector público podría canalizar los recursos captados a las regiones atrasadas mediante la inversión pública[2].

El propósito general de este artículo es estudiar la evolución del sistema bancario en México en el periodo de 1960 a 2001, cuantificando el nivel de la concentración financiera en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (zmcm), el cual se contrasta con el de otras ciudades del mundo para intentar obtener conclusiones generales sobre la tendencia hacia la concentración dentro de la “dimensión espacial del dinero”[3]. Para lograr lo anterior se tienen tres objetivos específicos: a) analizar, siguiendo una periodización propuesta, la evolución de los bancos en México según Producto Interno Bruto (pib) financiero, número de instituciones, monto de los depósitos y el coeficiente entre pasivos bancarios y producto nacional; b) sintetizar la importancia financiera de las grandes metrópolis dentro de la jerarquía urbana mundial, así como los niveles de concentración de las actividades bancarias en la principal ciudad de un conjunto de países desarrollados y subdesarrollados; y c) cuantificar la tendencia de la concentración territorial del sistema bancario en la zmcm. El primer objetivo a) se desarrolla en el inciso 2 y es importante para determinar la magnitud y características de la actividad económica susceptible de concentrarse territorialmente. Los objetivos b) y c) constituyen un tercer inciso, cuyo acápite final se refiere a la Ciudad de México.

2. Expansión desequilibrada del sistema financiero

El estudio del sistema financiero mexicano de 1960 a 2001 se realiza según las siguientes tres etapas, definidas por la dinámica del pib financiero y el monto de los depósitos: a) dinámica acelerada del pib financiero y número de bancos, 1960-1981; b) fuga de capitales, nacionalización y fusión bancaria, 1982-1991; y c) privatización, crisis y reactivación, 1991-2001.

2.1. Expansión del sistema bancario, 1960-1981

En 1960, el pib del sector financiero de México fue de 6.157 millones de pesos a precios de 1993, cifra que representó 2,6% del pib total nacional (cuadro 1). Entre 1960 y 1970, dentro de la etapa del “milagro económico”, el producto financiero se eleva a una tasa de 4,5%. Los depósitos bancarios casi se triplican al pasar de 19.046 a 47.024 millones entre 1960 y 1970 (cuadro 2). Este auge se refleja en el aumento de importancia de la intermediación bancaria en la economía nacional, al elevarse el coeficiente de participación entre pasivos financieros y producto nacional de 7,6% a 28,2% (cuadro 1)[4].


En 1960 existían 195 bancos, muchos de los cuales eran pequeñas firmas regionales, dado que la legislación sólo permitía que tuvieran una función específica (cuadro 1). El total de las instituciones aumenta ligeramente a 203 en 1970, pero se inicia una clara tendencia hacia la centralización financiera[5]: en 1960 los dos bancos principales absorbían 36,6% del total de la captación, cifra que se eleva a 50,3% en 1970 (cuadro 1).

De 1950 a 1980, periodo de auge industrial dentro del modelo proteccionista, ocurre una elevada concentración de la población y las actividades económicas en la zmcm, estimulada en parte por transferencias financieras de las regiones pobres hacia la megaurbe. Entre 1950 y 1980 la banca privada captó en promedio 29,9% en la región vii (Distrito Federal y Estado de México, entidades en donde se localiza la zmcm), pero le otorga en financiamiento 40,3% del total (González, 1982). En este periodo, por ende, el sector financiero promovió la concentración territorial en la región más rica del país, siguiendo el criterio de rentabilidad y recuperabilidad de los préstamos.

La expansión económica de los setenta fue estimulada por un creciente déficit del gasto público, pero en la crisis de 1976 intervino la severa recesión de 1973-1975 en Estados Unidos y una serie de desequilibrios que amenazan la estabilidad de las finanzas. La muy previsible devaluación se concreta en agosto de 1976, cuando terminan los 22 años de estabilidad del peso y se establece un sistema de flotación de la moneda nacional, que en los dos primeros meses se deprecia más de 100% (Tello, 1980).

A partir de 1976 se inicia un importante proceso de fusión de los diferentes bancos que prestaban servicios únicos, gracias a la modificación a la ley de instituciones de crédito de 1975 que creó la figura de la banca múltiple: de 2 bancos múltiples que había en 1976, crecen a 16 en 1977, a 30 en 1979 y llegan a 35 en 1982. En general, la centralización financiera avanza en la década de los setenta y por una serie de fusiones se reduce el número de bancos, de 203 en 1970 a 81 en 1980. El índice de concentración de dos bancos (Banamex y Bancomer) en 1980 fue de 48,1%, representando ambos casi la mitad de la banca en México (cuadro 1).

El impacto de la crisis financiera se supera gracias al gran auge petrolero de los años posteriores, elevándose en 1980 el pib financiero a 24.225 millones y a 73.188 los depósitos bancarios (cuadro 1 y 2).

2.2.   Crisis estructural, nacionalización y fusión bancaria, 1982-1991

Este periodo se inicia con el impacto político de la nacionalización de la banca privada, para culminar en vísperas de su privatización a partir de junio de 1991, iniciativa previsible por los compromisos subyacentes a la política de apertura comercial iniciada en 1988 con la entrada de México al gatt.

El crecimiento económico derivado del auge petrolero en el segundo lustro de los setenta fue incorrectamente conducido por el gobierno federal, produciendo dos grandes problemas macroeconómicos: a) un desequilibrio insostenible de la balanza comercial que evidenció la sobrevaluación del peso y promovió la fuga de capitales al percibirse su posible devaluación; y b) un creciente déficit fiscal y aumento de la deuda externa. Una vez que estalló la crisis, el gobierno federal implementó la serie de las políticas ortodoxas de ajuste macroeconómico en boga, pero todas fracasaron. Con el fin de intentar conservar la rectoría del Estado en la economía, el presidente de la República optó por la nacionalización del sistema bancario mediante decreto del 1 de septiembre de 1982.

Entre 1982 y 1988 el pib absoluto de México baja ligeramente, mientras que el valor absoluto del financiero crece en 18.118 millones (70%), mostrando los bancos manejados por el gobierno un notable dinamismo. En esos seis años de recesión ocurrió una inflación de 900%, y aunque el total de depósitos a precios corrientes se cuadruplica, en constantes se derrumba a menos de la mitad (cuadro 2). La tasa de interés real negativa y la caída del ahorro y su envío al exterior implicaron una desvalorización muy significativa de los depósitos bancarios, que a precios constantes se contraen anualmente -14,2%, constituyendo esta destrucción de ahorro uno de los mayores costos de la crisis.

En 1985 se promulga una nueva Ley Orgánica del Banco de México, que permite que todos los intermediarios puedan transformarse en banca múltiple: de las 59 instituciones bancarias que existían en 1982 (año de su nacionalización), se fusionaron las más pequeñas con las grandes, reduciéndose a 20 en 1991, además de las siete instituciones existentes de la banca de desarrollo (cuadro 1; Peñaloza, 1994). La estructura resultante no eliminó la alta centralización: Banamex y Bancomer mantuvieron su participación en casi 50% de los depósitos totales (cuadro 1; Cidac, 1990).

Entre 1988 y 1991 (último trienio de los bancos nacionales), mientras el pib total crece 4,5%, el financiero baja -5,3% y reduce su participación a 3,4% (cuadro 1). Sin embargo, los depósitos totales se elevan más del 550%, recuperándose parcialmente la confianza en el sistema bancario (cuadro 2). Como corolario, el coeficiente entre los pasivos financieros y el producto nacional aumenta de 30,2 a 40,8%, valor sólo superado en 1995[6]. No se tiene información para este quinquenio, ni hasta el fin del periodo analizado, de las transferencias regionales de recursos financieros por medio del sistema bancario. Sin embargo, como muestra el cuadro 1 y el 2, hasta 2001 la concentración del pib financiero en la zmcm es mayor que la de los depósitos bancarios, permitiendo suponer que se continúa favoreciendo a la capital de la República.

2.3.   Privatización, quiebra y banca trasnacional hegemónica, 1991-2001

En 1990 se modificaron los artículos 28 y 123 de la Constitución, para permitir la privatización del sistema de bancos públicos, y en septiembre del mismo año se crea un Comité de Desincorporación Bancaria (Ortiz, 1994). Paralelamente, mediante una serie de acuerdos para la desregulación de los intermediarios financieros, se elimina el encaje legal y liberan las tasas de interés, medidas acordes con la apertura de la economía del país al mercado global. De junio de 1991 a julio de 1992 se vende un paquete de 18 bancos, por los que el gobierno obtiene 12 mil millones de dólares (Hernández y López, 2000).

Inicialmente todo parecía marchar bien con los bancos privatizados. El pib financiero entre 1991-1993 se elevó a una tasa de 11,6%, aunque el coeficiente de participación declina de 40,8 a 31,4%, mostrando una menor captación de ahorro para financiar la inversión productiva (cuadro 1). No obstante, en 1992 la rentabilidad de Banamex y Bancomer más que duplicó a la de los grandes bancos norteamericanos (Kessler, 1999)[7]. Las instituciones financieras en México eran muy rentables desde una limitada óptica microeconómica, pero como Servicios Generales de la Producción incumplían su función de promover el desarrollo económico.

El marco macroeconómico donde operaban los bancos se caracterizó, una vez más, por dos grandes desequilibrios estructurales inherentes al paradigma neoliberal, al menos en su versión mexicana: a) la sobrevaluación del peso; y b) el gran déficit en cuenta corriente. La primera se estimaba en alrededor de 20-25%, mientras el segundo sumó la astronómica cifra de 48 billones de dólares en 1992 y 1993. Sin embargo, esto último se cubrió con un flujo de inversión extranjera de 57 billones de dólares en esos dos años. El levantamiento armado del EZLN en Chiapas en enero de 1994 y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial en campaña, produjeron una drástica reducción de la inversión extrajera, y el déficit de balanza de pagos se saldó con las reservas internacionales, que cayeron 83% hasta septiembre de 1994. Era evidente que desde 1993 se requerían ajustes en la política monetaria, que, de haberse efectuado con oportunidad, hubiesen evitado el pánico de fines de 1994, que terminó en la fuerte devaluación del peso y la quiebra del sistema bancario. El paquete de rescate de 52 billones de dólares del gobierno norteamericano y del FMI en febrero de 1995 evitó la declaración de una moratoria en el pago de la deuda y restableció la confianza en la economía mexicana (Sachs et al.,1995).

Como resultante, en 1995 se produjo un gran viraje en la evolución del sistema bancario, por el monumental rescate que implementó el gobierno federal de México vía un programa de capitalización temporal y luego la compra de cartera vencida mediante pagarés del Fondo Bancario de Protección al Ahorro (fobaproa). En diciembre de 2003 la cifra del rescate creció a un millón de millones de pesos, esto es, 91.170 millones de dólares (La Jornada, 21 de enero de 2004). El rescate bancario implico una reordenación de las instituciones financieras, cuyo número se reduce a 20 en 2000 (cuadro 1).

El pago de los bonos del fobaproa y de la deuda gubernamental externa e interna impedirá concretar el diseño de un modelo de desarrollo económico nacional, por la imposibilidad de realizar la inversión en ciencia y tecnología e infraestructura que el aparato productivo y la población requieren[8].

La competitividad del país se deteriora sistemáticamente en los últimos años, pasando del lugar 29 en 1994 al 31 en 2000 dentro de un conjunto de 47 países (en infraestructura se encuentra en la posición 40). En 2002 el declive de la competitividad mexicana se acentúa, bajando cinco posiciones hasta el rango 40 en el nivel general y al 46 según infraestructura, entre un conjunto de 60 países. En 2004 el deterioro en la competitividad es alarmante, y en el nivel general el país se derrumba al lugar 52, mientras que en infraestructura lo hace al 58, sólo superando a Filipinas e Indonesia (www02.imd.ch; World Competitiveness Yearbook)[9].

La monumental cifra del rescate bancario no constituyó una capitalización suficiente, y en 1998 se aprueba una nueva legislación que permite la total participación de inversionistas foráneos dentro de los bancos mexicanos, como solución al problema de la subcapitalización o insolvencia (Montes-Negret y Landa, 2001). Con este cambio legal, el sistema bancario se queda pronto casi totalmente en manos de bancos extranjeros, principalmente de Estados Unidos, España e Inglaterra. Si en 1994 únicamente 1,4% de los activos bancarios eran extranjeros, en 2004 estos representan 92% del total de activos del sector (La Jornada, 3 de febrero, 2004).

Aun con la casi total reconversión del sistema bancario de nacional a extranjero, entre 1995 y 2001 el pib del sector financiero se reduce en –4,4% anual, mientras el total nacional aumentó en esa magnitud, por lo que la participación del primero se desploma de 5,1 a 2,9% y su coeficiente de 47,7 a 31,3% (cuadro 1). Adicionalmente, la centralización en los dos principales bancos aumenta de 39,8% en 1998 a 49,6% en 2001, manteniendo un mercado con un fuerte carácter duopólico (cuadro 1).

Es prematuro determinar las perspectivas futuras de este nuevo sistema bancario trasnacional, pero si no logra cumplir su función primordial de ser un Servicio General de la Producción promotor de la inversión productiva, todas las reformas y el monumental costo del rescate en 1995 habrán sido infructuosos.

3. Concentración financiera: metrópolis globales, megaurbes y Ciudad de México

El rango de Servicios Generales de la Producción que adquieren los bancos se deriva de que son indispensables para el funcionamiento del aparato productivo en su conjunto, así como por ser depositarios del ahorro social. De esta suerte, sus ganancias se deben tanto al servicio que prestan al resto de las actividades económicas, como de “la manipulación de los recursos del capital” (Wood, 1991).

Interesa en este apartado considerar los niveles de concentración de las actividades financieras en una o unas cuantas metrópolis de países desarrollados y subdesarrollados con dos propósitos: a) como punto de referencia al análisis de su concentración en la Ciudad de México; y b) para apoyar la hipótesis que plantea la existencia de una tendencia general del capitalismo hacia la concentración espacial de los servicios al productor, y en mayor grado, de los financieros. Se presenta la distribución del capital bancario dentro de la jerarquía de ciudades mundiales para luego considerar su concentración en las metrópolis al interior de las naciones.

3.1.   Ciudades mundiales y megaurbes como centros financieros

La culminación de la industrialización de los países desarrollados en la primera parte del siglo xx, y su posterior servicialización[10], transformó a estas naciones en sociedades con grandes metrópolis en cuya cúspide se ubica la ciudad terciaria global.

La crisis de la deuda externa en los años ochenta en varias naciones de “nueva industrialización” (Brasil, México, Argentina, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, entre otras), y la caída de los precios internacionales de los bienes primarios, fue en parte neutralizada por la inversión extranjera directa, principalmente de las grandes corporaciones multinacionales, dentro de las cuales se encuentran los bancos internacionales. La globalización avanza impulsada por la expansión financiera a escala planetaria, siendo que los recursos de los corporativos bancarios como porcentaje del pib mundial aumentan de 6,0 a 31,9% entre 1970 y 1989 (Cook y Kirkpatrick, 1997).

Desde inicios del siglo xx, Patrick Geddes bautizó a las grandes urbes del primer mundo como ciudades mundiales, siendo caracterizadas en los sesenta como los principales centros de poder político y comercialización de productos en el mercado internacional (Hall, 1977).

Sassen (1991) analiza la función que desempeña Nueva York, Londres y Tokio como centros de alta concentración de las actividades financieras y de servicios especializados. Para situar estas urbes en una jerarquía más amplia, considera las 12 ciudades con mayor actividad financiera. Por los ingresos bancarios que concentran en 1986 se pueden constituir tres grupos: Tokio, Nueva York y Londres serían las ciudades globales de primer orden; París, Osaka y Frankfurt, las de segundo orden; finalmente, como ciudades globales de tercer orden estarían Zurich, Ámsterdam, Basilea, Hong Kong, Los Ángeles y Montreal.

Hay que diferenciar a las ciudades globales o mundiales, que controlan los circuitos capitalistas de todo el planeta, de las 50 megaciudades con más de 8 millones de habitantes definidas por las Naciones Unidas (Lo y Yeung, 1998). Se estima que 18 de éstas crecerán en más de 3 millones de personas cada una de 1996 a 2010, absorbiendo 76,0% del total del incremento poblacional de las 50 megaurbes. Las 18 se localizan en países en desarrollo, principalmente en Asia, mientras que en América Latina se encuentra la Ciudad de México con un aumento de 3,9 millones, São Paulo con 3,3 y Lima con 3,1 millones (Garza, 2000).

Las ciudades financieras globales se ubican, obviamente, en los países desarrollados que concentran los grandes flujos del comercio internacional, la inversión extrajera directa, los préstamos internacionales y el mercado de divisas. Los cinco países con mayor inversión extranjera directa entre 1981 y 1988 son Estados Unidos, Reino Unido, Japón, Alemania y Francia. El flujo absoluto de este capital financiero móvil aumenta de 71 billones de dólares entre 1961 y 1970 a 567 billones de 1981 a 1988 (Meyer, 1998). Estas cinco naciones son las grandes exportadoras e importadores de bienes y servicios, así como las que concentran las transacciones en divisas internacionales, por lo que es lógico que las ciudades que indiscutiblemente fungen como nodos financieros mundiales sean Nueva York, Londres y Tokio, a las cuales les siguen París, Frankfurt y Osaka, todas pertenecientes a los cinco países anteriores. Constituyen la cúspide de una jerarquía de metrópolis financieras en formación que subordinan urbes de segundo y tercer orden, entrelazándose para cubrir todo el planeta (Meyer, 1998).

Los enfoques para identificar un sistema mundial de ciudades se pueden agrupar en cuatro: a) ciudades que concentran los corporativos de las grandes multinacionales; b) jerarquía urbana según los requerimientos de la nueva división espacial del trabajo; c) sistema metropolitano derivado de la distribución de los servicios al productor en la economía mundial; y d) ordenamiento de las ciudades según importancia como centros financieros internacionales (Beaverstock, Taylor y Smith, 1999).

Siguiendo los dos últimos, se ha propuesto una jerarquía urbana considerando el número de oficinas en una serie de servicios corporativos: contabilidad, publicidad, financieros y legales. Combinando las cuatro características se detectó una jerarquía de 10 ciudades superiores denominadas Alfa, 10 primarias o Beta y 35 secundarias o Gamma (Beaverstock, Taylor y Smith, 1999). En la clasificación de cada uno de los cuatro tipos de servicios y en la general, la Ciudad de México se encuentra dentro de ciudades primarias. Por la información utilizada, es obvio que la clasificación refleja básicamente la distribución del mercado de los servicios al productor, más que el comando de su gestión y la capitalización de las ganancias.

En general, Nueva York, Tokio y Londres son los centros principales en préstamos bancarios internacionales, transacciones en la bolsa de valores y mercado de divisas, estando después de ellos Frankfurt, París, Hong Kong, Singapur y Zurich (The Economist, 1992). Estas son las ciudades globales desde la perspectiva del control del sistema financiero mundial.

3.2.   Concentración espacial del capital financiero en naciones desarrolladas

Interesaría ahora determinar el nivel de concentración territorial que observan las actividades bancarias de las principales ciudades globales, megaurbes y algunas otras metrópolis al interior de cada país.

Nueva York, Estados Unidos. En 1830, las regiones de Nueva Inglaterra y el Atlántico medio concentraban 86% de los bancos y 72% del capital bancario del país (HM Treasury, 2003). Posteriormente, en el siglo xx, Estados Unidos establece una concentración policéntrica en Nueva York y Chicago, en la zona del Atlántico (más Boston y Filadelfia), y Los Ángeles y San Francisco en el Pacífico. En términos del manejo de fondos de inversión institucionales, se puede observar cómo las finanzas se dispersan en distintas ciudades. Nueva York absorbe 33% del total de las 10 urbes más importantes, Boston 26%, San Francisco 10% y Los Ángeles 8%, sumando las cuatro 77% del total (HM Treasury, 2003). Chicago, por su parte, se caracteriza por su mercado de futuros desde mediados del siglo xix, y en los setenta del xx controlaba 100% del mercado mundial, pero redujo a 60% su participación en 1991 (The Economist, 1992).

En 1970 sólo Nueva York controlaba casi 30% de los depósitos de los bancos comerciales (Noyelle y Stanback, 1983). En 1992, según pea, la urbe de hierro representaba únicamente 6,8% del total de los trabajadores de Estados Unidos, pero 11,5% en los servicios al productor avanzados y 12,2% del personal ocupado en instituciones de depósito. Para 1997 esta última cifra aumenta a 13,4% (Grajales, 2001). Suponiendo que Boston, San Francisco y Los Ángeles guarden la misma proporción con Nueva York que en los fondos de inversión institucionales antes señalados, las cuatro urbes tendrían 37% de la pea financiera en Estados Unidos en 1997. Considerando que agrupan a las instituciones con mayor productividad, en términos del pib se tendría una concentración policéntrica en cuatro ciudades norteamericanas con más de 40% del valor de las actividades financieras.

La mayor especialización neoyorquina en sectores específicos se tiene en el personal que trabaja en bancos extranjeros, en que eleva su participación de 70,9 a 82,1% del valor nacional entre 1992 y 1997. El número de sucursales de bancos internacionales en el estado de Nueva York en 1987 es de 254 de un total de 543 (47%), pero concentran más de 75% de sus activos (Key y Terrell, 1989).

Londres, Inglaterra. La región sureste de Inglaterra eleva la concentración de oficinas generales de las 1.000 empresas más grandes de 58,6% en 1972 a 62,2% en 1977, estando más concentradas las comerciales y de servicios que las manufactureras (Howells y Green, 1988). La megalópolis londinense absorbió 46% del incremento en el empleo de los servicios al productor de 1978 a 1981, cifra que eleva a 49% en seguros, banca y finanzas.

En los noventa, únicamente Londres concentró 271 (54%) de las 500 mayores empresas del Reino Unido (Williams, 1997). En 2000 existen 539 oficinas de bancos extranjeros localizadas en la capital inglesa, más que en cualquier otra ciudad, y concentra 70% del mercado mundial primario y secundario de bonos internacionales, 65% de los ingresos en acciones extranjeras y 32% del cambio de divisas (www.lfc.co.uk).

En términos de pea, el Gran Londres eleva su participación en servicios avanzados al productor en el total nacional de 26,0 a 26,5% entre 1991 y 1996, y en servicios financieros totales de 30,6 a 33,2%. Si absorbe un tercio del personal ocupado, y considerando que tiene las firmas bancarias con mayores coeficientes de valor agregado por trabajador, es muy seguro que en términos del pib supere fácilmente el 40% del total nacional. Adicionalmente, en actividades auxiliares bancarias y en correduría de valores representa 67,0 y 75,7% en 1991, magnitudes que reduce a 65,9 y 69,0% en 1996, pero se mantienen altamente concentradas (Grajales, 2001).

Tokio, Japón. La Zona Metropolitana de Tokio (zmt), con 26,4 millones de personas en 2000, es la urbe más grande del mundo (Garza, Filion y Sands, 2003). De partida, por ser una nación de territorio relativamente pequeño y muy montañoso, Japón tiene altas concentraciones demográficas y económicas.

En 1970 la zmt absorbió 53,2% de las actividades bancarias, cifra que eleva a 83,4% en 1988. Por el contrario, Osaka reduce su participación de 24,3 a 9,4% entre esos años (Takahashi y Sugiura, 1996). En conjunto, las dos metrópolis elevan su participación de 77,5% en 1970 a 92,8% en 1988, pero tiende a conformarse una gran aglomeración unipolar en la zmt. Esta creciente superconcentración ocurre también en el número de empleados en bancos extranjeros, en donde la participación de la zmt aumenta de 66,9 a 86,6 entre 1969 y 1986; en oficinas de corporativos extranjeras de 58,1 a 62,5% de 1972 a 1986; y hasta en pib manufacturero, que lo hace de 20,4 a 24,8% entre 1970 y 1988 (Takahashi y Sugiura, 1996). Incuestionablemente, la zmt constituye una de las más sorprendentes aglomeraciones del mundo, la cual es aun más impresionante si se considera el conjunto de la región de Tokaido, su ámbito megalopolitano.

París, Francia. Ile-de-France, la región de París, concentra más de 400 instituciones financieras del país, 70% de las compañías aseguradoras y 96% de sus bancos. En términos de empleo en aseguradoras, la ciudad central de París representa 26% del total nacional, siendo que 90% de su fuerza de trabajo es terciaria (ccp-Délégation de París, 2002).

Frankfurt, Alemania. Desde los sesenta Frankfurt es la sede favorita de los bancos nacionales e internacionales en Alemania. Si en 1960 absorbió 30% del total de sucursales de bancos extranjeros en el país, para 1977 concentró 65% de ellas (Grote, 2000). En 2000 mantuvo un 60,5% (204) de las 337 sucursales de instituciones financieras extranjeras en Alemania. Esta cifra es menor que las 419 de Londres y las 237 de Nueva York (Grote, 2000), pero ejemplifica por qué Frankfurt se suele clasificar dentro de los principales centros financieros mundiales.

Al interior de Alemania, Frankfurt observa una creciente participación del empleo en el sector financiero, que se eleva de tan sólo 2% en 1950 a 12% en 1999. Más representativo de su centralidad es que la ciudad participa en este último año con 80% de las transacciones del mercado de valores alemán (Grote, 2000). Igualmente, 13 de los 30 bancos más grandes de Alemania tienen su matriz en Frankfurt, además de que posee el segundo lugar europeo según el número de los mayores 500 bancos, tan sólo después de Londres. Sin embargo, es la región Rhine Main en su conjunto, cuya principal ciudad es Frankfurt, la que tiene el mayor índice de concentración de bancos en Alemania, con una participación superior a 50% (Grote, 2000)[11].

Toronto, Canadá. La más poblada ciudad canadiense es el principal centro financiero del país, al ser sede de la mayoría de los bancos nacionales y extranjeros, compañías de seguros, empresas intermediarias de fondos de inversión e instituciones de servicios de apoyo financiero (Economic Development and Parks Committee, 2001). Específicamente, en Toronto se localiza 80% de las oficinas matrices de los bancos extranjeros y absorbe 25% del total de empleados del sector financiero en Canadá, constituyendo el tercer centro financiero más importante de Norteamérica en términos de empleo (Economic Development and Parks Committee, 2001). La concentración financiera general en Toronto respecto a Canadá ha crecido aceleradamente: en 1950 absorbía 28,8% de los cheques cobrados del sistema bancario nacional (cheque clearings), cifra que eleva a 67,2% en 1983 (Porteous, 1999).

Milán, Italia. Se observa una fuerte concentración territorial en Milán y el triángulo industrial del noroeste italiano. En el área metropolitana de Milán se ubica 18% del empleo en empresas de finanzas y seguros en 1991, pero en las seis principales regiones se tiene 70% (Cavola y Martinelli, 1995). Además de Milán, el segundo centro financiero es Roma, pero mientras el primero opera principalmente con flujos financieros privados, la segunda lo hace con los del sector público. Así, Lombardía (para Milán) y Lazio (para Roma) son las dos regiones con el sistema bancario más avanzado: en 1996 la primera concentró 25,4% de las sucursales bancarias del país (38,4% como región noroeste), mientras que la segunda 10,7% (Alessandrini y Zazzaro, 1999).

Lisboa, Portugal. Existe una elevada concentración de los empleos en servicios financieros, seguros e inmobiliarios en Lisboa, a pesar que reduce su porcentaje del total nacional de 61,4 al 56,1 entre 1970 y 1981. Oporto sube su participación de 16,6 a 17,5% en esos años, por lo que en 1981 ambas representan 73,6% de los empleos portugueses en esos servicios (Ferrao y Domingues, 1995).

Viena, Austria. Los servicios avanzados al productor en Viena representan 75% de sus grandes firmas en el país. En bancos, según empleo, la ciudad reduce relativamente su participación de 46,0 a 40,2% entre 1976 y 1988, sucediendo cierta desconcentración hacia las ciudades de Graz y Linz, localizadas a menos de 200 kilómetros de distancia (Tödtling y Taxer, 1995).

Las anteriores concentraciones financieras metropolitanas, en el caso de los países europeos, permiten visualizar que en la medida que avance su integración, “uno puede predecir una mayor consolidación del sistema europeo de intercambios hacia un solo lugar a nivel nacional, como Ámsterdam, Bruselas, Frankfurt, París, Roma, Zurich y Londres como centro Europeo internacional” (Gehring, 1998: 21). La tendencia bancaria a aglomerarse espacialmente permite establecer la hipótesis de que la concentración nacional de tipo unipolar se fortalecerá en Estados Unidos y Canadá, así como que en Japón se mantendrá muy elevada.

3.3.   Concentración financiera en metrópolis latinoamericanas

En la etapa del modelo de sustitución de importaciones en América Latina, la principal ciudad en los países más grandes experimentó una rápida industrialización, que conformó sistemas urbanos preeminentes con una elevada concentración demográfica y económica, tal como ocurrió en Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Lima, São Paulo y la Ciudad de México. Al avanzar la industrialización en los años setenta, se observó una desconcentración relativa de las manufacturas hacia otras ciudades del sistema urbano, en especial a las cercanas de la metrópoli central. A partir de los ochenta los principales países latinoamericanos observan un proceso de servicialización al incorporarse a la corriente neoliberal. Interesa, en este apartado, conocer el nivel de concentración de los servicios al productor –en particular los bancarios- en las más importantes ciudades latinoamericanas, para compararlos con los existentes en los países desarrollados y con la Ciudad de México, que se analiza en el siguiente inciso.

Santiago, Chile. Dentro del crecimiento económico de corte neoliberal en Chile, se observa el retorno hacia la elevada concentración en el Área Metropolitana de Santiago (ams). La Región Metropolitana de Santiago (rms), una de las 13 regiones en que está dividido el territorio chileno y cuyo centro es el ams, concentraba 47,6% del pib nacional en 1970, cifra que se reduce a 42,1% en 1985 para volver a elevarse a 47,4% en 1995. En términos de la producción industrial, la rms tiene una mayor participación, pasando de 52,1 a 43,5 y 50,5% en los años mencionados (De Mattos, 1999). Se trata, verdaderamente, de una superconcentración económica que en parte está determinada por las peculiaridades demográficas y geográficas de Chile.

En la etapa neoliberal ocurre adicionalmente una reestructuración de la producción que implicó “una nueva base económica, donde los servicios comenzaron a adquirir una creciente importancia” (De Mattos, 1999: 11). Las actividades terciarias más dinámicas, principalmente vinculadas a la economía internacional, tales como las funciones de dirección general, planificación y servicios al productor, tendieron a localizarse en el ams. La concentración ha sido más intensa en el sector financiero que, en forma paralela a su significativo proceso de modernización y diversificación, alcanza altos porcentajes en el ams: de 1980 a 1992 absorbió entre 71 y 76% de los depósitos y captaciones, mientras que los préstamos en la urbe superan 80% (De Mattos, 1996). Estas elevadas cifras han ido aumentando, y para enero de 2004 Santiago concentró 78,2% de los depósitos bancarios nacionales y 82,7% de los prestamos (www.sbif.cl)[12]. Igualmente, 97% de las operaciones del mercado de valores se realizan en la Bolsa de Comercio de Santiago (De Mattos, 1996).

Buenos Aires, Argentina. La Región Metropolitana de Buenos Aires (rmba) absorbe en los años noventa 53% del pib argentino y 35% de la población nacional. Se ha reiniciado la tendencia hacia la concentración industrial que ya había declinado: en los setenta 50% de las inversiones industriales se concentraban en la rmba; en los ochenta la proporción se derrumba a 20%; en la década siguiente, en el auge del modelo neoliberal, alcanza 55% (Ciccolella, 1999).

En Argentina existe una elevada concentración territorial del sistema financiero, y las tres principales regiones representan 83% de los depósitos bancarios (Amado, 2000). No se consiguieron cifras de los depósitos para el Gran Buenos Aires, pero constituye evidentemente la mayor concentración, absorbiendo 51,7% del total de sucursales bancarias del país (www.bcra.gov.ar).

São Paulo, Brasil. La ciudad observó una creciente concentración industrial hasta los setenta, pero posteriormente baja su participación en el total nacional de 43,5 en 1970 a 30,6% en 1987 (Cuce, 2000). Paralelamente, Brasil experimenta un claro proceso de servicialización de su economía: su producción industrial representó 40% del pib nacional y los servicios 49% en 1980, cifras que se transforman en 31% y 57% en 1995 (Cuce, 2000). El país tiene una elevada concentración en dos ámbitos espaciales: el Área Metropolitana de São Paulo (amsp) y el Estado de São Paulo (esp), donde se localiza la primera. Éste último representa alrededor de un tercio del pib y más de 50% de la producción industrial de Brasil (Azzoni, 1999). De esta forma, en los ochenta se inicia un proceso de desconcentración concentrada de la ciudad al resto del Estado de São Paulo. El amsp, por su parte, atrae a las actividades de servicios al productor, al fungir como nodo telemático, y es sede del 50% de las 500 mayores empresas brasileñas (Cuce, 2000).

El amsp concentra en 1996 las siguientes actividades de servicios modernos que realizan las principales firmas: 64% de los 50 bancos según activos, 50% de las 50 empresas con más ventas al sector industrial, 48% de las 50 aseguradoras y 40% de las empresas comerciales mayoristas o minoristas, así como 84% de las firmas de servicios de consultoría (Cuce, 2000).

Caracas, Venezuela. Hacia finales de los noventa la ciudad concentró 19% del valor agregado industrial nacional, pero eleva de 73% a 79% la participación del empleo terciario en su estructura ocupacional. Esto ha significado una centralidad indiscutible de los servicios al productor ligados a la economía internacional: Caracas absorbe 49% del empleo nacional y 59% del de los intermediarios financieros (Barrios, 2001).

Bogotá, Colombia. En 1960 la capital colombiana tenía 67,7% del pib en el sector terciario. En los siguientes 35 años continúa lenta y firmemente la servicialización de su aparato productivo, y en 1995 el sector avanza a 70,4% del pib total de la urbe (Cuervo, 2002).

La concentración territorial del pib financiero en Bogotá respecto al país es de 44,1% en 1990 y se eleva ligeramente a 45,7% en 2000 (Departamento Administrativo Nacional de Estadística, www.dane.gov.co/regionales/regionales.htm). Adicionalmente, la ciudad absorbe 71% de los movimientos bursátiles nacionales, 40% de los depósitos bancarios y 60% de las ventas de seguros (www.mpl.ird.fr/suds-en-ligne).

Lima, Perú. La zona metropolitana de Lima tiene 7,4 millones de habitantes en 2000, absorbiendo 28,9% de la población total de Perú. En Arequipa, la segunda ciudad del país, viven 750 mil personas, por lo que el índice de primacía de dos ciudades es de 9,9, uno de los más altos del mundo. No debe sorprender que exista una elevada concentración económica; en efecto, alrededor de 50% del pib y 75% de la infraestructura en telecomunicaciones se localizan en la capital peruana (Chion, 2002). No se consiguió información de la concentración financiera en la ciudad, pero seguramente supera ampliamente al 50% que representa del producto nacional.

La reversión de la alta primacía urbana de la principal ciudad de los países de América Latina debida a la desconcentración manufacturera ocurrida hasta la primera mitad de los ochenta parece detenerse, al menos desde una óptica económica. La servicialización de las metrópolis les imprime una nueva dinámica concentradora, aunque la revolución terciaria dependiente impacte muy poco a las otras ciudades de cada país. Estas podrán crecer en la medida que logren atraer a la inversión extranjera de las grandes trasnacionales que descentralizan su proceso manufacturero a algunos países del tercer mundo, o a grandes flujos del turismo internacional. En México, en el primer caso se encuentran las ciudades situadas en la frontera de México con Estados Unidos, como Tijuana, Ciudad Juárez o Nuevo Laredo, y en el segundo, Cancún, Puerto Vallarta y Acapulco.

3.4.   Superconcentración financiera en la Ciudad de México

En 1960 la zmcm representó 49,3% del pib financiero del país, por lo que en el cenit del desarrollo económico acelerado, la mitad del sector financiero se localizó en la urbe, la cual absorbía 47,1% del pib manufacturero (Garza, 1985)[13].

En las décadas de expansión del sistema bancario (1960-1981), la aglomeración en la zmcm prácticamente se mantuvo invariable, con un 48,9% del pib financiero nacional en 1982 (cuadro 1). El sector financiero tiende a localizarse en la cumbre de la jerarquía de ciudades, pero también al interior de la estructura física de la urbe principal, dando lugar a un proceso de concentración concentrada, como se desprende de la distribución del 48,9% anterior: 44,4% en el Distrito Federal y 4,5% de los municipios del Estado de México.

La zmcm bajó de 46,6 a 38,7% del total de depósitos de la banca comercial entre 1960 y 1980, esto es, durante la expansión financiera acelerada. Sin embargo, ante el derrumbe de los depósitos por el crac de 1982, paradójicamente la urbe se recupera relativamente al alcanzar 45% en ese año (cuadro 2). En 1980 los depósitos bancarios se concentran también en el Distrito Federal (34,9%), mientras los municipios mexiquenses solo representan 3,9%.

En el periodo de crisis estructural, nacionalización y fusión bancaria (1982-1991), el pib financiero se elevó significativamente, pero los depósitos se derrumban entre 1982 y 1988, para recuperarse totalmente en 1991. En términos espaciales, la zmcm observó un aumento en la concentración del pib financiero de 48,9 a 52,8% entre 1982 y 1991, pero en los depósitos bancarios aumenta muy ligeramente de 45,0 a 45,5% (cuadros 1 y 2).

Finalmente, en el lapso de privatización, quiebra y banca trasnacional hegemónica (1991-2001), al igual que las metrópolis latinoamericanas de Santiago, Caracas, Bogotá y São Paulo, ocurre un aumento en la participación de la zmcm en el pib financiero que alcanza 59,0% del total nacional en 2001 (cuadro 1)[14]. Los depósitos bancarios aumentan igualmente de 45,5% en 1991 a 51,5% en 2000, aunque llegaron a observar cifras superiores al 60% en 1993 y 1995 (cuadro 2). En 2001, sin embargo, cuando se generaliza la compra de bancos mexicanos por instituciones financieras trasnacionales, la concentración de los depósitos en la zmcm se reducen a 45,8%, significando que el considerable aumento absoluto de los depósitos ocurre básicamente en el resto de ciudades del sistema.

4. Concentración de los servicios generales de la producción bancarios (conclusiones)

La revolución terciaria iniciada en los países desarrollados desde mediados del siglo xx tiene una importante dimensión espacial, pues los servicios a la producción tienden a localizarse en el conjunto de sus principales metrópolis, en cuya cúspide se encuentra la ciudad global. Todos los países latinoamericanos han participado en dicha revolución en forma dependiente y subordinada, y sus ciudades experimentan transformaciones en la estructura económica y urbana derivadas de la nueva industrialización y servicialización de la economía mundial[15]. Los objetivos de este trabajo fueron precisamente explorar las tendencias espaciales de este doble proceso, considerando esquemáticamente a un conjunto de ciudades de países desarrollados y de América Latina, para ubicar en ese contexto la situación de la Ciudad de México.

Por limitaciones en la extensión del artículo, se obviarán las conclusiones sobre las características sectoriales de la evolución del sistema bancario mexicano. En términos de la concentración espacial en la zmcm, se logró cuantificar sus niveles y tendencias específicos:

-        La concentración de los depósitos bancarios en la zmcm aumenta de 47,9% en 1960 a 51,5% en 2000. Sin embargo, la cifra de 45,8% de 2001 puede indicar el inicio de un proceso de descentralización relativa, pero también ser únicamente coyuntural o producto de cambios contables en la distribución territorial de las actividades ante la constante venta de bancos.

-        Se eleva la participación de la zmcm en el pib financiero nacional de 49,3 a 59,0% entre 1960 y 2001. El diferencial entre los porcentajes de depósitos bancarios y pib financiero refleja, en parte, una transferencia de ahorro del resto del país hacia la Ciudad de México, tal como ha sido directamente cuantificado de 1950 a 1980.

Al igual que la zmcm, se mostró que otras grandes ciudades de muchos países tienden a captar elevados porcentajes de las actividades bancarias nacionales, pero su magnitud depende del rubro financiero analizado. El nivel de concentración, por otra parte, varía según los factores geográficos, económicos, históricos y políticos de cada país, así como del ámbito espacial considerado: metropolitano, megalopolitano o polinuclear.

No existe –o no se encontró- una investigación sobre los niveles de concentración geográfica de las actividades financieras por países del mundo. Se logró, no obstante, conseguir un número significativo de publicaciones sobre algunas naciones desarrolladas y subdesarrolladas que proporcionan una idea razonable del fenómeno.

Nueva York sólo absorbe 16% de la pea en el sector financiero de Estados Unidos, por lo que no se puede considerar que tenga una alta participación. Sin embargo, existe en el país una concentración de tipo polinuclear, pues las principales cuatro urbes representan 37% de la pea y seguramente más de 40% del pib bancario. Londres, la otra gran ciudad global, sí constituye un conglomerado mononuclear clásico, pues su pea financiera es 33% del total nacional y su pib más del 40%. Tokio, tercera metrópoli mundial, representa una superconcentración de 83% de los valores bancarios japoneses, que alcanza 92% si se agrega Osaka. Las otras ciudades del mundo desarrollado consideradas participan con alrededor de 40% del sector financiero nacional, por lo que se puede hablar de una clara tendencia hacia niveles altos de concentración bancaria en los países económicamente avanzados.

En América Latina, la elevada concentración de los intermediarios financieros es más nítida. Se parte de niveles del pib financiero de 46% en Bogotá y 59% en la Ciudad de México; de 59% en pea en Caracas hasta el sorprendente 78% de los depósitos en Santiago. Existen, por ende, superconcentraciones financieras en ciudades de países desarrollados, como Tokio, y del tercer mundo, como Santiago.

Se ha evidenciado, incuestionablemente, una ley tendencial del capitalismo hacia una concentración financiera superior al del resto de los servicios al productor, que en sí mismos están significativamente concentrados[16]. En la etapa de la globalización se acentúa la triple metamorfosis espacial que le es inherente a la acumulación de capital: consolidación de una jerarquía urbana mundial con ciudades globales en la cúspide; servicialización concentrada dentro de las estructuras metropolitanas; y elevados niveles de concentración financiera al interior de las naciones[17].

La concentración espacial del capital terciario en las metrópolis principales es un fenómeno derivado de las relaciones de producción prevalecientes. Se explica porque los costos y deseconomías externas que implica son absorbidos mediante la inversión gubernamental en infraestructura física, servicios públicos y formación de capital humano. El colosal tejido metropolitano resultante es la base material que soporta a las denominadas economías externas y de urbanización, que al ser interiorizadas por las firmas les permite alcanzar mayores tasas de ganancia que en el resto de localidades del sistema urbano, principalmente en las dinámicas ramas de servicios. Dichas economías externas existen únicamente desde una óptica microeconómica, pues el andamiaje infraestructural que las hace posibles requiere de monumentales inversiones públicas que se van acumulando a través de la historia. El enjambre de relaciones sociales subyacente encubre una constante transferencia de valor de los bienes públicos al proceso de acumulación de capital privado.

 Finalmente, en el nivel de abstracción común a las leyes económicas y sociales, se vislumbra nítidamente que algunos de los servicios al productor, tales como los bancarios y financieros, adquieren el rango de categoría histórica denominada en este trabajo Servicio General de la Producción. Esta peculiaridad es fundamental para entender su importancia como lo fue para explicar su patrón de localización: no sólo ofrecen el conocimiento especializado al resto de las actividades económicas como cualquier servicio al productor o al consumidor, sino que administran los ahorros de empresas y personas de toda la nación y aun de otros países, por lo que adquieren un carácter social, independientemente de su tipo de propiedad.

Además de los servicios públicos de justicia, vigilancia, gestión administrativa, salud y educación que tienen este mismo carácter y son ampliamente aceptados como tales, se podrían incluir ciertos servicios de software generalizado, telecomunicaciones y en general, el sistema telemático. En el presente, y más aún en el futuro, la organización de estructuras metropolitanas competitivas en una economía-mundo altamente interconectada, requerirá de una correcta intervención del Estado en la coordinación del conjunto de agentes y relaciones sociales que al interior de las megaurbes reproducen en forma ampliada las Condiciones y los Servicios Generales de la Producción.


** Se agradece a Estela López Aguilera su valiosa ayuda en el acopio y procesamiento de la información, así como en la búsqueda bibliográfica. Recibido el 5 de abril de 2004, aprobado el 20 de julio de 2004.

[1] En analogía con las Condiciones Generales de la Producción (cgp), los sgp pueden definirse como aquellos servicios que, independientemente que se presten en forma privada o pública, son fundamentales para que se efectúe el proceso productivo y la reproducción de la fuerza de trabajo (sobre el concepto de cgp véase Garza, 1985). En general, cumplen la función de los servicios públicos como los de salud, educación, justicia, seguridad, etc., que constituyen sgp por excelencia, pero existen otros, como se verá en este trabajo.

[2] En México, sin embargo, de 1950 a 1980 se canalizaron los ahorros de las regiones pobres hacia las ricas, lo cual tiende también a ocurrir con la inversión gubernamental, aunque en forma menos acentuada (González, 1982). Sea como fuere, hasta 1988 la Ley General de Instituciones de Crédito y Organizaciones Auxiliares, en sus artículos 11 y 27 bis, establecía “cajones selectivos de créditos” que exigían a los bancos un porcentaje de préstamos para sectores y regiones prioritarias. A partir de ese año, bajo la influencia de la desregulación bancaria mundial, se eliminó esa normatividad así como el encaje legal, por lo que en la actualidad los bancos pueden otorgar sus créditos a discreción, tendiendo a acentuar el proceso de centralización del capital y concentración espacial.

[3] Desde los años ochenta se ha desarrollado, como subdisciplina de la geografía económica, la “dimensión espacial del dinero” o “geografía del dinero” (Martin, 1999: 4).

[4] Es la relación entre el pasivo bancario más amplio (ahorro de empresas y personas) y el pib. Este pasivo está constituido por cuentas de cheques, instrumentos bancarios y no bancarios de corto plazo, más los no bancarios de largo plazo; en terminología bancaria, M4 menos billetes y monedas (Peñaloza, 1994).

[5] En este artículo se utiliza el término centralización cuando se trata de la aglomeración de la actividad financiera en cada vez menos empresas (nivel sectorial), y el de concentración en referencia al ámbito territorial o espacial; esto es, en una o algunas ciudades o regiones. Específicamente se tratará la concentración financiera en la zmcm, a la que indistintamente se le podrá denominar Ciudad de México, comprendida por las 16 delegaciones del Distrito Federal, 40 municipios del Estado de México y 1 de Hidalgo.

[6] Este valor es aún muy bajo, pues en Japón es superior al 150% y en Estados Unidos es de alrededor de 80% (Peñaloza, 1994). Entre más alto sea el coeficiente, más se ahorra en el país.

[7] Los bancos en México imponen altísimas tasas de interés en sus préstamos (activas) y pagan a los ahorradores tasas muy bajas (pasivas), siendo la diferencia entre ambas de más de 500%. Los altos márgenes de intermediación son unánimemente reconocidos, aunque algunos funcionarios públicos lo atribuyen a la falta de una adecuada reforma al sistema judicial que hace que los juicios sean “impredecibles, plagados de corrupción, largos y costosos” (Gil, 2003: 8).

[8] México se encuentra en último lugar, dentro de los 30 países miembros de la OCDE, según porcentaje del pib que invierten en ciencia y tecnología, gastando solamente 0,3% en 2002. Muy por arriba se encuentra Suecia con 4,3%, Finlandia con 3,5%, Japón con 3,0%, Estados Unidos con 2,7% y Alemania con 2,5% (Reforma, 31 de enero de 2004).

[9] El nivel de competitividad estimado por el Institute for Management Development, con sede en Suiza, considera cuatro grandes factores de competitividad: desempeño económico, eficiencia gubernamental, eficiencia empresarial e infraestructura. Cada uno de estos elementos se subdivide en 5 sub-factores, que comprenden 323 criterios específicos (www02.imd.ch, “Methodology and principles of analysis”).

[10] Si al proceso de revolución industrial se le ha denominado industrialización (industria > industrial > industrialización), con el mismo razonamiento lingüístico se le puede llamar servicialización a la revolución de los servicios (servicio > servicial > servicialización).

[11] La región Rhine-Main, o Frankfurt-Main y su área de influencia, es el principal centro de concentración de las firmas extranjeras de servicios avanzados al productor en Alemania. Así, de las 10 mayores firmas contables y de publicidad, se localizaban en Frankfurt cinco y cuatro, respectivamente, siendo además la principal región de las firmas de tecnología e informática (Schamp, 1995).

[12] Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras de Chile. Se agradece a Carlos de Mattos el envío de esta dirección.

[13] La relación entre ambas variables puede considerarse universal, pues como otras actividades económicas, las financieras tienen economías de localización e “históricamente han tendido a aglomerarse geográficamente en ciertas ciudades y regiones. Verdaderamente, la jerarquía urbana es en gran medida también una jerarquía financiera“ (Martin, 1999: 6, traducción libre).

[14] En el cuadro 1 se observa que la concentración financiera en la zmcm en 1998 es de 58,2%, cifra que contrasta con el 36,9% en servicios financieros, seguros e inmobiliarios señalado por otro autor (Parnreiter, 2002). La diferencia se debe a que en este artículo se está considerando únicamente al sector financiero, sin el inmobiliario, como lo hace Parnreiter. En 1998, el pib financiero representa únicamente 17,7% del sector servicios financieros, seguros e inmobiliarios.

[15] Esta relación de dependencia puede llevar a la confusión de creer que las megaurbes del tercer mundo tienen características de ciudades globales. Para el caso de México se afirma que “la Ciudad de México se ha transformado de una metrópolis nacional en un pivote entre la economía mexicana y la mundial. En otras palabras: la Ciudad de México adquiere en forma creciente funciones de ciudad global” (Parnreiter, 2002: 163, traducción libre). Se está en desacuerdo con esta opinión, pues que la urbe sirva de “pivote” con el mercado mundial no implica que adquiera funciones globales de control y comando de la economía, como lo supone la definición de ciudad global; más bien es un espacio funcional donde las ciudades globales ejercen su control, esto es, en condiciones de total subordinación. La apropiación por la banca trasnacional de prácticamente todo el sistema bancario mexicano –que tiene una alta concentración en la Ciudad de México- demuestra claramente esto. Al final del artículo el autor se percata de ello y afirma que “uno puede llamar a la Ciudad de México una ciudad global de ‘relevo’ (relay) –orientada y dominada por uno o dos polos poderosos (Parnreiter, 2002: 174, traducción libre).

[16] Esto se deriva contrastando los resultados de este trabajo con otros que analizan la aglomeración espacial del sector terciario, dividido en 17 ramas de servicios al consumidor y al productor. En Garza (2004) se puede ver el caso de la Ciudad de México, mientras que en el texto y en las referencias de ese trabajo la situación de otras urbes del mundo.

[17] Se ha llegado a esta conclusión al analizar los sistemas de ciudades globales: “Además, la tendencia hacia la consolidación de un centro financiero líder en cada país es función del rápido crecimiento del sector, no de decadencias en las ciudades que reducen su participación relativa” (Sassen, 2002: 20-21, traducción libre).

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