SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.31 número93Ciudades-modelo: estrategias convergentes para su difusión internacional índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.31 n.93 Santiago ago. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612005009300001 

 

Revista eure (Vol. XXXI, N° 939; pp. 5-20, Santiago de Chile, agosto 2005

Tema central: Nuevas tendencias urbanas

 

El impacto socio-espacial de las urbanizaciones cerradas: el caso de la Región Metropolitana de Buenos Aires**

Guy Thuillier*

* Universidad de Toulouse II-Le Mirail. E-mail: guy.thuillier@libertysurf.fr.


Abstract

This paper deals with gated communities in the Metropolitan Region of Buenos Aires (RMBA). It objective is understanding the socio-territorial impact of these developments at local, metropolitan and national levels. After some basics elements about the history of these communities and their important and recent growth in the RMBA, this mutation is analyzed according to three categories: the architectural and urban forms; the functions of this spaces and the practices they allow or provoke; and the kind of social relationships they create. For each of these three aspects, two different points of view are successively adopted: a look at the situation inside the gated community, and secondly, the changes that it creates for its surroundings and for the rest of the metropolis. Finally, the paper comes to the idea that those developments imply a deep mutation of the representations of the city for its residents: the rise of gated communities means a deep change in the idea that people have of what cities and urban life are and should be.

Keywords: gated communities, country clubs, Buenos Aires, public space, security, residential segregation, urban sprawl, suburbanizacion.

Resumen

Este artículo trata sobre las urbanizaciones cerradas en la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA). El objetivo es entender el impacto socio-territorial de esos barrios a nivel local, metropolitano y nacional. Después de exponer algunos elementos básicos sobre la historia de esas urbanizaciones y su importante desarrollo reciente en la RMBA, se analiza esta mutación de acuerdo con tres categorías: las formas arquitectónicas y urbanas; las funciones de los espacios y las prácticas sociales que permiten o suscitan; y el tipo de relaciones sociales que se crean en esos lugares. Para cada uno de estos tres aspectos se adoptan sucesivamente dos puntos de vista: por una parte, se contempla la situación dentro del barrio cerrado, y por otra, se estudian los cambios que esos barrios implican para sus alrededores y para el resto de la ciudad. En conclusión, nos acercamos a la idea de que esos emprendimientos traducen una profunda mutación de las representaciones de la ciudad para sus residentes: el éxito de los barrios cerrados significa un cambio importante en la idea que se hace la gente de lo que son y deben ser la ciudad y la vida urbana.

Palabras clave: barrios cerrados o privados, country clubs, Buenos Aires, espacio público, seguridad, segregación residencial, desarrollo urbano, periferia urbana.


1. Introducción: consideraciones generales y problematización

En el mundo entero, los barrios cerrados –gated communities en Estados Unidos, barrios cerrados o countries en Argentina, condominios fechados en Brasil- aparecen hoy como una forma urbana emergente, presente en diversos grados en países tan diferentes como Indonesia, Rusia, Estados Unidos, Brasil, Argentina, Sudáfrica, Turquía o Egipto. En Estados Unidos, país que lidera esta tendencia, al menos ocho millones de personas viven en gated communities (Blakely y Snyder, 1997). En la aglomeración de Buenos Aires, ejemplo a partir del cual desarrollaremos más particularmente nuestra reflexión, estas urbanizaciones cerradas –presentes desde hace décadas- se han convertido recientemente en un fenómeno urbano masivo, cobrando en los últimos años una considerable importancia en las periferias de la aglomeración. Mientras que el fenómeno era marginal a comienzos de la década de 1990, se contaban en el año 2000 en la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA) 351 barrios cerrados, para una población permanente de alrededor de 50.000 habitantes. Para este puñado de privilegiados, a la escala de 13 millones de habitantes de la RMBA, estos 300 kms cuadrados de tierra loteada y enclaustrada constituyen una superficie más grande que la de la ciudad autónoma de Buenos Aires (Thuillier, 2002) (ver mapas 1 y 2).


El éxito de este nuevo objeto urbano, a punto de alcanzar a la autopista y al centro comercial en el rango de los íconos de la (post) modernidad urbana1, ha generado en el mundo una literatura universitaria, urbanística y mediática a menudo muy crítica respecto a estos ghettos, acusados de “fragmentar la ciudad”, fortalecer los contrastes sociales y “privatizar” el espacio público. Con todo, la segregación residencial entre ricos y pobres es una realidad ya antigua en la mayor parte de las ciudades del mundo. Mucho antes de la aparición de los barrios cerrados, los brutales contrastes socio-económicos golpeaban al visitante europeo de las metrópolis del Tercer Mundo en general y de América Latina en particular. Más generalmente, las elites de todos los países siempre han sabido aprovisionarse de lugares de residencia y sociabilidad privados, separados de aquellos del “populacho”.


En estas condiciones, ¿en qué es realmente diferente la ciudad “fragmentada” en islotes cerrados sobre sí mismos de la ciudad segregada tradicional, tal como la describe la ecología urbana clásica de la Escuela de Chicago, por ejemplo? ¿Son los barrios cerrados simplemente una respuesta pragmática de los ricos a la violencia urbana, una consecuencia de las crecientes desigualdades debidas a la “globalización liberal”? Por el contrario, podemos también preguntarnos si acaso estas urbanizaciones cerradas no contribuyen a su vez a la decadencia de la ciudad, y si acaso ellas no se alinean en el lado de las causas del mal: ¿los barrios cerrados resuelven o refuerzan la crisis urbana? Más allá de una segregación acentuada que se inscribe en el espacio a través de barreras, ¿cómo modifican estos barrios el funcionamiento e incluso la naturaleza de la metrópolis latinoamericana? En suma, ¿cómo afectan ellos la urbanidad de las ciudades que rediseñan?

Por “urbanidad”, entenderemos en este artículo no una cierta cualidad normativa de la ciudad, sino el conjunto de propiedades de un espacio urbano y las relaciones que establecen sus residentes con ese espacio. Para simplificar distinguiremos tres componentes de esta urbanidad –susceptibles de ser modificados por los barrios cerrados-, en el entendido que estos tres componentes están en realidad profundamente imbricados entre ellos y que es un poco artificial querer aislarlos. Consideraremos en primer lugar las formas de la ciudad o el sustrato material, la escenografía en la que se desarrolla la urbanidad y que la condiciona; en segundo lugar, la pareja funciones/prácticas urbanas, o cómo la ciudad, de un proyecto de un urbanista o un promotor, deviene un espacio vivido y apropiado por sus residentes; en tercer y último lugar, las relaciones sociales que se establecen entre los ciudadanos. Será conveniente considerar cada uno de estos tres temas en dos escalas diferentes: por una parte, situándose al interior de los barrios cerrados, tratando de entender cómo la opción residencial de vivir dentro de éstos afecta la urbanidad para sus habitantes, y por otra, mirando desde fuera cómo este encierro de unos modifica la urbanidad de los otros –aquellos que están afuera- y afecta in fine toda la aglomeración.

2. Las formas: ¿la ciudad armoniosa?

2.1. Adentro

Conviene recordar, en un primer momento, que las urbanizaciones cerradas argentinas descienden de los country clubs, modelo importado desde Inglaterra en los años ‘30. Se trataba entonces de residencias secundarias, de relativa comodidad, a menudo desprovistas de redes de agua potable y alcantarillado, construidas fuera de la ciudad alrededor de grandes equipamientos deportivos: campos de golf o de polo, courts de tenis y de paddle, gimnasio y piscina, además de un restaurante en el club house, la casa común del country. Con la creciente inseguridad de la década de los ‘70, los pocos countries existentes comenzaron a transformarse en residencias principales para las familias deseosas de alejarse de la ciudad-centro. El verdadero despegue de los barrios cerrados data sin embargo solamente de mediados de los años ’90, y coincide con la mejora y la extensión de los principales accesos de autopistas a Buenos Aires –particularmente la Panamericana, que da servicio al norte de la aglomeración, tropismo natural de las clases superiores porteñas. Desde entonces el country se multiplicó y democratizó con la aparición del “barrio cerrado”. Este también constituye un loteamiento cerrado con acceso controlado y permanentemente vigilado, aunque las áreas verdes y los espacios comunes, así como los gastos compartidos, son mucho más reducidos que en los countries. Esta oferta inmobiliaria, que se desarrolló de manera prioritaria en la proximidad de las autopistas, en un radio de 25 a 70 kilómetros del centro de la ciudad, encontró un vivo éxito entre las capas acomodadas de la población, a menudo parejas jóvenes que buscan un lugar más grande ante el nacimiento de su primer hijo, y que dejan la capital para criar a sus hijos en un ambiente natural. La “calidad de vida” es, en efecto, el argumento principal de los promotores de los barrios cerrados; la seguridad no se halla sino en un segundo lugar, como un factor entre otros de todo un conjunto de prestaciones. Los candidatos a la suburbanización quieren romper con la ciudad centro, considerada como peligrosa, sucia, ruidosa, contaminada, anárquica: los barrios cerrados, por el contrario, proponen un mundo ideal, una suerte de compromiso entre la ciudad y el campo... que al final parece confundirse con los suburbios norteamericanos.

El primer elemento de esta transformación de lo urbano en rural-urbano es una modificación de las formas. En lo que respecta al paisaje al interior de las urbanizaciones cerradas, salta a la vista del visitante que estos barrios adoptan un lenguaje arquitectural y urbanístico que pretende romper con el de la ciudad-centro. El estricto y monótono damero de Buenos Aires es reemplazado por el de las calles curvas, los cul de sac alrededor de lagos artificiales, formas típicas de la arquitectura “pintoresca”. La naturaleza, valorizada al máximo, es un elemento de ornamentación fundamental; cuando pueden, los arquitectos se apoyan en puntos llamativos del terreno que ellos habilitarán. Se conserva y valoriza una avenida bordeada de árboles, una depresión del terreno que podrá convertirse en una pequeña laguna, un bosque de árboles antiguos, una vieja casa patronal, que rehabilitada será un club house muy en boga. Todo lo que recuerda la vida de las grandes estancias, el mundo de los gauchos, lo que evoca ese folklore ruralista donde la identidad nacional argentina asienta en buena parte sus raíces, es vuelto a poner a la orden del día, contra los valores propios de la civilización urbana europea y refinada que caracteriza el imaginario de Buenos Aires.

En lo que se refiere a las formas del hábitat, las urbanizaciones cerradas están casi exclusivamente reservadas a la casa individual, a excepción de algunos dormys, departamentos en pequeños edificios bajos destinados a los visitantes de fin de semana. Las casas se presentan más o menos grandes y contiguas, según el nivel socio-económico del loteo –los lotes varían de los 500 a los 2.000 metros cuadrados en general-, pero es solamente en los proyectos más económicos, destinados a la pequeña clase media, que se encuentran casas pareadas. El tamaño y el espacio de las casas, dispersas en vastas extensiones de prado, y la ausencia de construcciones en altura, contribuyen a hacer de estos barrios zonas de muy baja densidad, lo que hace de las urbanizaciones cerradas grandes consumidoras de espacio peri-urbano. Mientras que los barrios cerrados no ocupaban más de 34 kms2 en 1991, las 400 urbanizaciones cerradas del año 2000 cubren una superficie de 305 kms2 (Maestrojuan et al., 2000). En diez años ha surgido de la tierra, a pedazos, sin el menor debate público y sin ningún plan de conjunto a escala de la aglomeración, una ciudad privada 1,7 veces más extendida que la ciudad autónoma de Buenos Aires (180 kms2).

Pero incluso, más todavía que las mismas formas urbanas, lo que diferencia a los barrios cerrados de los del centro de la ciudad y del resto del suburbio es su homogeneidad, su coherencia arquitectural y paisajística interna, garantizada por un grado muy fuerte de control comunitario sobre la producción del espacio urbano. Buenos Aires, como muchas de las ciudades latinoamericanas, se caracteriza en efecto por la debilidad del control público sobre la urbanización y la gran libertad otorgada a los actores privados. Una de las consecuencias de ese laisser faire es la variedad, la sorprendente mezcla de formas, de épocas, de estilos y de funciones en la capital argentina. Una pequeña casa italiana del siglo XIX colinda a menudo con un edificio de quince pisos de los años ‘70, en medio de una pequeña fábrica o un depósito… En las urbanizaciones cerradas, al contrario, el conjunto del barrio está concebido como un solo bloque, de acuerdo a un plan de conjunto, un masterplan-global. En el sistema de housing, cada vez más expandido, las casas son vendidas “llave en mano” y el cliente puede elegir entre cinco o seis modelos preconcebidos, a los que podrá –en el mejor de los casos- agregar algunas variantes personalizadas. En caso que el promotor se conforme con vender loteamientos no construidos, las normas arquitectónicas del barrio definen muy estrictamente las superficies mínimas y máximas de la construcción, los retiros y las alturas autorizadas, llegando incluso a imponer restricciones sobre el estilo de las casas. Un determinado country “conservador” no tolerará más que el ladrillo a la vista, más tradicional, y rechazará las casas de tonos pasteles, amarillo, rosa o verde que hoy día causan furor en los barrios cerrados. A veces el estilo es pura y simplemente impuesto: el country Aranjuez, por ejemplo, está dedicado al estilo “mediterráneo”, consistente en casas blanqueadas con cal con vigas de madera a la vista. Se observa así cómo estos barrios pueden asumir e incluso reivindicar su dimensión de “simulacro urbano”: tal como en Estados Unidos, la confusión de géneros entre la ciudad y el parque temático no resulta un tópico ajeno (ver Didier, 1997).

2.2. Afuera

Vistos desde el exterior, los barrios cerrados trastornan también el paisaje peri-urbano, a través de una curiosa mezcla de exposición y ocultación: inscriben en la ciudad el contraste social, exponiendo las desigualdades que hasta aquí eran las menos visibles claramente, debido a una distancia geográfica más radical entre ricos y pobres. En efecto, aparte de algunas “villas miseria” diseminadas, a menudo escondidas y disimuladas en medio del tejido urbano acomodado de Buenos Aires o de San Isidro –como las célebres Villa 31 o La Cava-, el paso de los barrios ricos del centro-norte de Buenos Aires a los barrios pobres de la gran periferia o del centro-sur de la capital se hacía con una degradación más o menos brusca, con sus medias-tintas y sus tonos intermedios deslizándose por todos los matices del arco iris desde el Barrio Norte hasta los “loteos populares” de la segunda corona. Mientras, en las zonas de predilección de las urbanizaciones cerradas, entre la segunda y la tercera corona suburbana, la situación es bien distinta. Antes de la llegada de los barrios cerrados, estas comunas de la gran periferia estaban, en general, particularmente desprovistas y agrupaban a la población más modesta de la aglomeración. Fuera de los centros urbanos consolidados, con sus calles asfaltadas, fuerte densidad comercial y construcción densificada de calidad suficiente, rápidamente se encontraban los “loteos populares”, vastas zonas loteadas y revendidas a bajo precio y mal equipadas, pero que de todos modos permitían el acceso a la propiedad a una gran parte de las clases populares, hasta los años ‘70. Esta forma dominante de urbanismo periférico extiende por kilómetros sus paisajes típicos: calles polvorientas en verano, fangosas en invierno, bordeadas de casas bajas, a menudo autoconstruidas, consistentes en simples cubos de ladrillos a veces estucados con techos de calamina, plantadas sobre pequeños lotes con jardín y encima de ellas sus depósitos de agua cilíndricos. A veces, en las zonas más bajas, cerca de los cursos de agua, expuestos a riesgos de inundación o incluso en los márgenes de la zona urbanizada, aparecen “villas miseria”, precarios ensamblajes de calamina y planchas apiladas las unas con las otras.

En este contexto, la llegada de las urbanizaciones cerradas (que parecen directamente salidas de las teleseries norteamericanas) en medio de estas zonas semi-rurales donde se desparramaban los loteos modestos, hace resurgir de manera creciente los contrastes socio-económicos de la aglomeración, exacerbando la envidia de un lado y el miedo del otro. Al mismo tiempo que aumentan la conciencia del otro, de la diferencia, los barrios cerrados hacen sin embargo todo lo posible por ocultar ese contraste, ocultándose del exterior y ocultando el resto del mundo a sus propios ojos. Hoy en día, la legislación no les permite rodearse de muros de ladrillos, pero las rejas que los aíslan de su medio ambiente son usualmente reforzadas con setos de ciprés o de bambúes muy densos, que protegen el interior de las miradas de los que pasan por afuera. Estos largos linderos de árboles, verdaderas fronteras intra-urbanas, miden a veces kilómetros de largo. No solamente aparecen como obstáculos a la circulación, sino que las calles que bordean estas barreras ciegas están condenadas a quedar como vacíos urbanos, como no man´s lands. Si hacia el interior producen cohesión, un sentimiento de protección y repliegue, las barreras opacas de los barrios cerrados son hacia el exterior más bien una fuente de anomia y deshacen la ciudad antes que crearla, en espacios semi-rurales que desde ya tienen dificultad para estructurarse como espacios urbanos.

3. Funciones de la ciudad, prácticas en la ciudad: ¿el orden reencontrado?

3.1. Adentro

Más allá de las formas, el control sobre el espacio en las urbanizaciones cerradas se ejerce sobre todo a partir de un control de las funciones y de las prácticas de la ciudad. Para garantizar su privacidad y tranquilidad, la ciudad cerrada se pretende como una ciudad únicamente residencial, rechazando hacia afuera todas las otras actividades (menos las prácticas deportivas). Salvo pocas excepciones, la industria, los servicios y el comercio están desterrados. Así, por ejemplo, el country San Jorge, en la comuna de Malvinas Argentinas, posee su propio colegio, y el arzobispo debió rechazar la demanda de quienes querían que el country se convirtiera en una parroquia autónoma, disponiendo de su propia iglesia… Naturalmente, esta mono-funcionalidad residencial no ha dejado de tener consecuencias en la calidad de los espacios urbanos en los enclaves cerrados: no hay cómo hablar con propiedad de espacio público, en tanto que para que éste exista realmente debe haber una mezcla de funciones y pluralidad de los usos. En las urbanizaciones cerradas, la plaza no tiene razón de ser. La calle misma está limitada a su función mínima, la de ser espacio de circulación y tránsito, pero pierde toda la riqueza de sentido y de prácticas que puede tener en la ciudad-centro. Prueba de este empobrecimiento es que las calles de las urbanizaciones cerradas, en la mayor parte de los casos, no están ni siquiera bordeadas por aceras. Un habitante de un barrio cerrado resume así este sentimiento: “En Buenos Aires uno puede pasear por la calle, caminar diez cuadras, veinte cuadras y nunca es lo mismo: hay boutiques, siempre alguna cosa nueva… Aquí, pasearse no se puede, no se pasea en el country”.

El espacio “público” de los barrios cerrados, que no es en realidad más que un espacio “común”, está además estrictamente cuidado, reglamentado y controlado. A diferencia de lo que se observa en la ciudad de Buenos Aires, estos espacios son cuidadosamente mantenidos y ornamentados. Los caminos están impecablemente asfaltados y las redes –incluidas las eléctricas- son subterráneas y se benefician de todas las últimas innovaciones tecnológicas (televisión por cable, conexión de banda ancha a Internet, etc.). Los reglamentos internos apuntan a preservar el orden establecido, a dejar congelado tanto el paisaje visual como también el sonoro. A menudo está prohibido poner a secar la ropa en lugares a vista de otros residentes, cortar el pasto fuera de ciertos horarios o dejar vagar libremente a los animales, mientras que los adolescentes no tienen derecho de circular en scooter después de las 22 horas. La velocidad de circulación de los automóviles está reducida a 20 ó 30 kilómetros por hora, lo que frecuentemente es una fuente de conflicto, pues muchos de los residentes tienen problemas con respetar ese límite.

Pero este omnipresente control suscita a veces violentas reacciones de rechazo. Recientemente se han reportado numerosos casos de vandalismo adolescente “gratuito” en los barrios cerrados: se trata de actos cometidos contra casas en construcción, que de noche sirven como lugar de encuentro para bandas de jóvenes del barrio. El control y la represión de las conductas desviadas en estos barrios toma a menudo formas arcaicas: la justicia se hace de manera pública y los que contravienen las reglas son señalados con el dedo y puestos en exposición —simbólicamente al menos- delante de toda la comunidad. En mi última visita al Mayling Country Club, por ejemplo, pude observar tres avisos en el panel de informaciones del club-house. El primero no se refería al control social sino al medioambiental (con una perspectiva ecológica, que es otra modalidad del deseo de pureza). El aviso hacía públicos los resultados de los análisis bacterianos del agua y del suelo del country. El segundo, conforme a una regla votada por la asamblea de residentes, denunciaba nominalmente a tres miembros del club que no habían cerrado todavía su piscina, como los obligaba el nuevo reglamento de construcción. El tercer aviso aludía a actos de vandalismo cometidos una noche de agosto en una casa en construcción del country. Afirmando que tales actos habían debido dejar sin duda huellas de pintura sobre las vestimentas o bajo las uñas de los culpables, el redactor de la nota solicitaba a los residentes informarse sobre sus hijos adolescentes, invitados y empleados domésticos, con el objeto de ayudar a desenmascarar a los culpables…

Todas las normas de urbanismo del barrio cerrado, todo el reglamento interior, no persiguen más que un fin: la producción de un espacio segurizado, tranquilo, purificado, un espacio ordenado, previsible e inteligible; en definitiva, un espacio descifrable, legible. En el fondo, se trata nada menos que de reencontrar el sentido de la ciudad. Medimos entonces, en esta óptica, cómo el encierro es una dimensión fundamental de este proyecto: para producir sentido es necesario en primer lugar delimitar, desmarcar, separarse de la entidad anómica que es la aglomeración de Buenos Aires. La forma y los usos del country, así como su carácter cerrado, están indefectiblemente ligados. Existe un urbanismo y una urbanidad del encierro. Éste no puede ser un acto anecdótico, un epifenómeno de estos barrios: el encierro define la esencia misma del espacio cerrado. En este sentido, los barrios cerrados se desmarcan, por su naturaleza, de barrios de nivel socio-económico equivalente pero abiertos. La utopía encerrada se construye en oposición a lo que se quiere dejar, a lo que el barrio cerrado propone superar: la ciudad-centro, el lugar del sinsentido, de la complejidad y el caos por excelencia.

3.2. Afuera

Sin embargo, su opción de mono-funcionalidad hace que la ciudad cerrada permanezca indisociablemente ligada al resto de la metrópolis, sobre la que se descarga una parte de las funciones urbanas para evitarse molestias: las actividades de producción y de consumo. Estas funciones están localizadas en gran parte en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, imponiendo a los habitantes de los barrios cerrados largas migraciones pendulares, esencialmente en automóvil, para dirigirse a su lugar de trabajo y regresar. Sin embargo, poco a poco, los servicios y las actividades migran a su vez hacia esta suburbia argentina. Sin poder aspirar al título de Edge City (Garreau, 1991), la comuna de Pilar, a 50 kilómetros del centro de Buenos Aires (que concentra e un tercio de los barrios cerrados de la aglomeración), es un buen ejemplo de este desarrollo inducido por la llegada de los barrios cerrados (ver mapa 3). En el año 2000, según cifras de la municipalidad, 15.600 de los 233.000 habitantes de la ciudad residían en barrios cerrados, o sea un poco más del 6% de la población. Esta minoría de residentes de las capas altas ha tenido, sin embargo, efectos de arrastre considerables en la economía local, alterando el crecimiento demográfico total de Pilar en la década de 1990. Entre los censos de 1991 y 2001, Pilar pasa de 144.000 a 233. 000 habitantes (INDEC, 2002): con un aumento de 61% de su población, Pilar es la comuna que ha sufrido el mayor crecimiento demográfico de toda la Región Metropolitana de Buenos Aires.


De hecho, ha nacido un nuevo Pilar, superponiendo sus estructuras e infraestructuras a la antigua ciudad. Un nuevo polo comercial ha surgido alrededor del kilómetro 50 de la Panamericana, a apenas algunos kilómetros del centro de Pilar y su plaza mayor. Hace más de diez años se instaló en este punto el pequeño centro comercial Torres del Sol (compuesto por 11.000 metros cuadrados de superficie cubierta y 152 boutiques), deliberadamente orientado hacia los residentes de las urbanizaciones cerradas. Fue imitado en 1997 por el Village Cine, un multicine de ocho salas convertido después en un verdadero centro de esparcimiento alrededor de una plaza adornada con una fuente: éste incluía bingo, videojuegos, restoranes de comida rápida, librería, rosticería fina, etc. Al otro lado de la autopista, abría en 1998 un hipermercado Jumbo (16.200 metros cuadrados y más de un kilómetro en estanterías), flanqueado por una galería comercial de 150 boutiques y de arquitectura neo-colonial y por un hotel Sheraton de 141 habitaciones, dotado de una sala para congresos. Durante ese tiempo, Torres del Sol se amplió: una clínica, un banco y dos agencias inmobiliarias se instalaron allí, y un segundo tramo de 8.500 metros cuadrados está actualmente en construcción.

Después de las residencias y los comercios fue el turno de los servicios y de las profesiones liberales de enriquecer la oferta de empleo de Pilar. Además del ya antiguo parque industrial, al norte de la ciudad, se están construyendo edificios de oficinas sobre los bordes de la Panamericana. Por otra parte, el flujo de los residentes de los barrios cerrados ha implicado un desarrollo de la oferta de educación para sus hijos. Además de sus escuelas públicas, pobres y mal equipadas, Pilar cuenta con una cincuentena de colegios privados, en general bilingües y muy orientados hacia la informática. Dos universidades funcionan también en Pilar. Se encuentra aquí un anexo de la Universidad Austral sobre un campo de 70 hectáreas, donde se instaló el Instituto de Altos Estudios Comerciales que entrega formación de Tercer Ciclo a 200 estudiantes cada año, además de una clínica universitaria ultra-moderna de 62 camas, que comparte con la Facultad de Ciencias Biomédicas una torre de ocho pisos con 45.000 metros cuadrados cubiertos. Por su parte, la Universidad del Salvador dispone en Pilar de un campus de 67 hectáreas dotado de un lago para las regatas universitarias. La oferta para los residentes de las capas altas de Pilar cubre así todas las necesidades, desde el nacimiento hasta la muerte: la ciudad cuenta también con tres cementerios privados, bastante mejor mantenidos y menos densificados que los cementerios públicos.

La autopista Panamericana aparece como el mayor eje estructurante del universo de la ciudad cerrada: es en automóvil que el residente de las urbanizaciones cerradas va a su trabajo, a hacer sus compras o a pasearse al shopping. Este archipiélago urbano, estructurado alrededor de la Panamericana, es por naturaleza excluyente para los más pobres. Está muy mal servido por los buses locales y el acceso a los peatones no ha sido ni siquiera previsto; de los dos lados de la autopista, desde las paradas de autobús, sobre los empalmes de salida, hasta la entrada del centro comercial, del hipermercado o del complejo de esparcimiento, el peatón debe seguir un sendero de tierra o un estrecho borde entre la bandeja de seguridad y la calzada. Los habitantes más modestos continúan aprovisionándose masivamente en sus barrios o en el centro de Pilar, y las entrevistas revelan que perciben al polo comercial del kilómetro 50 como un lugar caro, exclusivo, que no ha sido hecho para ellos. En sus desplazamientos hacia la capital autónoma, estos residentes siguen usando mayoritariamente el tren, eje estructurante histórico de la periferia, que se ha desarrollado en forma de rosario en torno a las estaciones del ferrocarril suburbano.

Desde del advenimiento de las urbanizaciones cerradas, en lo que concierne a las prácticas y la movilidad de los habitantes de la periferia, existen dos modos de vida y dos redes de circulación, de esparcimiento y de consumo, superpuestos pero bastante escindidos, con sus nudos y sus polos de centralidad distintos, que coexisten en la gran periferia de Buenos Aires.

4. Las relaciones sociales: ¿en la jungla de las ciudades?

4.1. Adentro

Si comenzamos por examinar las relaciones sociales en el sentido de relaciones interpersonales al interior de las urbanizaciones cerradas, nos vemos confrontados a una aparente paradoja. Por una parte, como consecuencia de las débiles densidades residenciales señaladas con anterioridad, las distancias interpersonales físicas aumentan. Finalizada la promiscuidad de las muchedumbres de Buenos Aires, el “otro” es mantenido a buena distancia. La desaparición del espacio público reduce las posibilidades de contacto no deseado. Ser empujados en la calle, encontrarse en medio de una multitud, son experiencias que el residente de la ciudad cerrada puede escoger no enfrentar nunca más. De hecho, se observa a menudo entre los jóvenes nacidos en una urbanización cerrada una real aversión por la ciudad-centro, por la muchedumbre y el ruido, acompañada a veces por una verdadera fobia por los espacios públicos centrales. Pero mientras incluso la esfera del espacio privado se dilata desmedidamente, los individuos se encuentran socialmente más próximos que en Buenos Aires. La intimidad desaparece con el anonimato de la gran metrópolis para dar lugar a relaciones de vecindad mucho más personalizadas, como se afanan en celebrar los residentes de las urbanizaciones cerradas, pero también más restrictivas, con un control comunitario reforzado, que evocan más bien las relaciones sociales de la aldea tradicional que las de la metrópolis moderna.

Aparte de estas modificaciones en las relaciones de distancia y proximidad –incluso de promiscuidad-, las urbanizaciones cerradas implican otra relación con la alteridad. En efecto, sin duda más que la seguridad, estos barrios buscan ante todo garantizar a sus residentes una cierta homogeneidad social, excluyendo de su horizonte a todos aquellos que no pueden pretender el mismo nivel socio-económico, el mismo color de piel o el mismo credo. En los countries, esta homogeneidad está garantizada incluso por los procesos de admisión, que se hacen según la forma de cooptación. El postulante a la compra de un lote, además del informe financiero realizado por la agencia inmobiliaria, debe pasar por una entrevista con una comisión especializada de residentes del country, con el fin de medir sus afinidades con la sociedad local. Además, si es aceptado, su nombre será publicado durante un mes en el panel del club-house, con el objeto de que los residentes que quieran oponerse a su admisión tengan tiempo para manifestarlo.

Existe, en consecuencia, una tendencia a la especialización “comunitaria” de los countries: dos son reservados a la comunidad judía y uno a los armenios. Los countries más “tradicionales” excluyen de entrada a las figuras del show-business o a los astros de fútbol, que estarían demasiado alejados de sus valores de clase. Esta tendencia a reagruparse entre pares es igualmente verificable en la ciudad abierta, pero la mayor diferencia reside en el hecho que en Buenos Aires, incluso si la segregación residencial es tan o más marcada que en otras partes, el espacio público, por su relativa mixtura, permite –si no el encuentro- al menos la co-presencia, el reconocimiento (en el doble sentido de identificación y de aceptación) de diversos grupos que componen la sociedad. El hecho de vivir en una urbanización cerrada implica un alejamiento de estos espacios públicos, incluso si los habitantes de los countries siguen, en su gran mayoría, frecuentando más o menos la capital. No es menos cierto que estos residentes, afectados por los largos trayectos cotidianos, se dirigen cada vez menos al centro, y frecuentan poco el sub-centro urbano de Pilar, por ejemplo. Cuando tienen necesidad de consumir o de divertirse, los residentes de los barrios cerrados utilizan en gran medida los centros comerciales de la Panamericana, donde se reúnen entre ellos. En este sentido, las urbanizaciones cerradas merecen el apelativo de “enclaves”: las relaciones que mantienen con su entorno inmediato –barrios de clases medias populares, “villas miseria”, espacios rurales- son débiles. En consecuencia, para sus residentes, la vida en el barrio cerrado significa ciertamente un empobrecimiento de la diversidad social a la cual se enfrentan en su vida cotidiana.

Desligándose de la alteridad, la comunidad purificada y homogeneizada del barrio cerrado, ¿practica a su vez la democracia entre pares? Antes bien, se observa que los mecanismos de poder en la gestión de estas entidades rompen con la tradición política universalista y ciudadana de la filosofía ilustrada, para adoptar un modelo más próximo a la estructura de poder dominante en la esfera de la economía y del sector privado. En un barrio cerrado, el comprador de un lote deviene automáticamente accionista de la sociedad anónima constituida por la entidad urbana. Si compra dos lotes gemelos recibe dos acciones, es decir, dos votos para las elecciones de las diversas comisiones internas del barrio. Mientras más rico se es, más poderoso se es también. Las estructuras de poder son además oscurecidas por una variable oculta: el o los promotores de la urbanización cerrada se reservan a menudo una gran parte de las acciones de la sociedad anónima, guardando el poder de facto largo tiempo después del inicio de ventas de los lotes. Incluso, si teóricamente deben desligarse del proyecto a largo plazo a favor de los residentes, los promotores no tienen ningún interés por dejarlos administrar el barrio antes de haber vendido la totalidad de los lotes: los residentes podrían, por ejemplo, tentarse a tomar medidas conducentes a un aumento de los gastos comunes –mejoramiento de la seguridad, construcción de nuevos equipamientos de esparcimiento, etc.-, lo que sería perjudicial para las ventas ulteriores. De este modo, para aquel que forma parte de la organización de la comunidad, las urbanizaciones cerradas reemplazan al ciudadano por el accionista, la ciudad por el mercado. ¿Puede tal concepción mantenerse sin influenciar las relaciones que mantienen estos residentes con la colectividad nacional?

4.2. Afuera

A nivel metropolitano, ¿qué cambian las urbanizaciones cerradas en las relaciones sociales entre los diferentes grupos de la metrópolis argentina? Por cierto la distancia económica y geográfica entre las clases sociales no se inicia con los barrios cerrados, pero a este propósito se pueden hacer dos observaciones. Por una parte, el desarrollo de esta forma urbana corresponde a un período de fuerte crecimiento de las desigualdades en la aglomeración de Buenos Aires, ligado a la apertura económica, a las privatizaciones masivas y al desmantelamiento del Estado-providencia que han caracterizado la década del ‘90. Desde 1995 comienza el entusiasmo masivo por los barrios cerrados; hasta el año 2000, el número de personas viviendo bajo el nivel de pobreza en la aglomeración de Buenos Aires pasó de 2,5 a 3,5 millones, es decir, un tercio de los 11 millones de habitantes de la aglomeración. Desde antes de la crisis de diciembre del 2001, la distribución de las rentas mostraba una clara tendencia a la polarización social. Según un estudio conjunto del INDEC y de la oficina de estudios Equis, citado por el periódico La Nación (13/09/2000), en la aglomeración de Buenos Aires tres cuartas partes de los habitantes han visto disminuir sus rentas entre 1995 y 2000. Los ingresos del decil superior de la población crecieron en un 10%, mientras que los del decil inferior han caído un 11%. A mediano plazo, la evolución es similar; entre 1974 y el 2000, el ratio entre los ingresos medios de los dos deciles extremos se duplicó: en 1974 el ingreso medio del 10% más rico equivalía a 12,3 veces el ingreso medio del 10% más pobre, y en el 2000, el ingreso medio del 10% más rico equivalía 24,8 veces el ingreso medio del 10% más pobre. El primer decil acaparaba entonces un 37,2% de los ingresos metropolitanos totales, el último, solamente un 1,5%.

La crisis de diciembre del 2001 no hizo más que agravar el cuadro, incluso si el país parecía recuperarse poco a poco. En 2002 la mitad de la población de la aglomeración vivía bajo el nivel de pobreza, según el INDEC (2002). Los cartoneros, indigentes venidos de las poblaciones, invadieron las calles del centro de Buenos Aires para clasificar las basuras, y los porteños descubrieron estupefactos que la malnutrición asolaba las provincias.

En este contexto de crecimiento de las desigualdades, el éxito de los barrios cerrados puede comprenderse como la inscripción espacial de la brecha –económica, cultural, política- que separa a los “ganadores” de la nueva economía argentina, post-industrial y mundializada, y los “perdedores” del juego (Svampa, 2001). No son únicamente los barrios cerrados los que materializan espacialmente esta fragmentación social, pero ellos significan su aceptación definitiva por parte de las elites y, peor aún, contribuyen a rigidizarla. En efecto, por su desentendimiento del “lugar común” que es la ciudad abierta, las clases sociales mejor dotadas económica, intelectual y culturalmente agravan la crisis urbana. Si observamos la problemática de las relaciones sociales en relación con la de la ciudadanía, vemos cómo la cohesión nacional, que implica cada uno de los derechos y los deberes hacia la colectividad, es puesta en cuestión por la aparición de los barrios cerrados. Si el lugar de afiliación, el espacio del colectivo, para una parte de la población no es ya el partido ni tampoco la localidad, ni incluso el barrio, con lo que esto implica de diversidad socio-económica; si este lugar de afiliación se reduce a un pequeño enclave socialmente homogéneo, ¿qué es entonces lo que funda el contrato social a la escala de la ciudad y de la metrópolis? La ciudad y la ciudadanía dejan entonces de funcionar en la misma escala, y la primera ya no es más el espacio de la segunda, lo que podría ser una definición de la fragmentación urbana. Síntoma de esta “desafiliación”, de esta fragmentación en curso, son las tentativas de algunos barrios cerrados de no pagar el impuesto comunal argentino –muy pequeño, por lo demás-, que no es un impuesto directo sino una tasa correspondiente a los servicios otorgados por la municipalidad: la tasa ABL (alumbrado, barrido, limpieza). Estas tentativas, justificadas por los residentes de los barrios cerrados con el argumento que estos servicios urbanos no les son proporcionados por la municipalidad, sino por la administración del barrio, a la cual ellos pagan sustantivas cargas, han sido todas objetadas; la justicia considera que el ciudadano paga por un servicio repartido en el conjunto del territorio comunal, y que no se puede en consecuencia exonerar su contribución por el motivo de que el servicio en cuestión no está asegurado hasta exactamente el frente de su puerta.

Este movimiento de desafiliación colectiva de ciertos grupos, donde la cosa pública y el interés general se desvanecen ante el egoísmo de los intereses privados, no datan solamente desde la aparición de los barrios cerrados. Aparecería más bien como un mal endémico en Argentina, que explica sin duda en buena medida la imposibilidad del país para remontar una interminable crisis social y económica, y, en el campo del urbanismo, para organizar aunque sea un poco el desarrollo urbano. En una sociedad profundamente no igualitaria, esta fragmentación social y política puede explicarse por al menos dos factores tendenciales: por una parte, el profundo divorcio entre las elites, de extracción europea, y el pueblo, a menudo más mezclados con las poblaciones indígenas del nor-oeste del país; y por otra, la inmensa brecha entre los poderes públicos y la población, herencia de setenta años de militarización a ultranza del Estado y de la mezcla resultante de autoritarismo, corrupción y represión. Hoy en día, incluso cuando los mecanismos democráticos han sido reestablecidos después del fin de la dictadura en 1983, la corrupción sigue siendo endémica y la clase política está ampliamente desacreditada: “¡Que se vayan todos!”, cantaban los argentinos durante la crisis de 2001, interpelando a los responsables políticos. El clima era por completo poco propicio para la restauración de una confianza mínima entre las autoridades públicas (el Estado, las colectividades territoriales) y los ciudadanos, que garantizara el funcionamiento normal del contrato social y permitiera a las instituciones públicas corregir un poco la tendencia al aumento de las desigualdades y un repliegue en consecuencia de los diferentes grupos.

La comuna de Pilar ilustra de manera muy clara esta impotencia de los poderes públicos. Pilar, que se ha beneficiado de una ola de inversiones comerciales e industriales muy importante en estos últimos diez años, y de la llegada masiva de 15.000 residentes de barrios cerrados con fuertes rentas; que alberga el parque industrial más importante de América Latina, con 110 empresas y 11.000 empleados, así como más de una centena de barrios cerrados, está hoy en día al borde de la quiebra financiera. La debilidad de los impuestos locales argentinos y la falta de autonomía de las comunas –las cuales consumen el 8% de los gastos públicos totales en Argentina, contra el 15% de Brasil-, sumada a la debilidad de la cohesión social, parece ser el factor dominante en esta situación. El margen de maniobra de las autoridades locales es estrecho en una comuna donde 7 de cada 10 habitantes no pagan sus impuestos, sin que la alcaldía tenga los medios para cubrir sus deudas. En cuanto al dinero, éste ingresa a pesar de todo, pero la corrupción endémica y el pillaje de los fondos públicos lo hacen desaparecer muy pronto. Tanto es así que poco después de las elecciones del 24 de octubre de 1999, el nuevo alcalde, Sergio Bivort, al asumir sus funciones realizaba una auditoría sobre los contratos firmados por el equipo precedente, y denunciaba las irregularidades contables y las zonas de sombra dejadas por su predecesor, Alberto Alberini, declarando el “estado de emergencia económica” (La Nación Pilar, 18/12/99).

En estas condiciones, el boom de los barrios cerrados benefició bien poco a la mayoría de los 230.000 residentes de Pilar. Extensos sectores permanecen aún notoriamente mal equipados: calles de tierra, ausencia de redes de agua y saneamiento, falta de escuelas, hospital deteriorado y saturado, etc. En 1999, se estimaba que el 30% de los habitantes de Pilar vivían bajo la línea de la pobreza. La mortalidad infantil, de 23%, sobrepasaba por cinco puntos la media de la Provincia de Buenos Aires, de 17,7% (La Nación Pilar, 28/8/99). El boom de los barrios cerrados y todo el desarrollo económico inducido para Pilar no compensa las carencias del Estado organizador y urbanista para la mayor parte de la población. Pero no es que los residentes de las urbanizaciones cerradas sean absolutamente insensibles a la miseria de sus vecinos; todo lo contrario. Numerosas organizaciones caritativas, como las Damas de Pilar, organizan conciertos, torneos de bridge y eventos culturales en beneficio de los necesitados de la comuna. El interés y el compromiso de la ciudad cerrada por la ciudad abierta existe, y como lo subrayan los residentes de los barrios cerrados, no es porque ellos vivan detrás de las rejas que no se preocupen por lo que sucede afuera, pero este interés se desarrolla bajo la forma de una caridad que permite a los más pobres soportar su situación, sin la posibilidad de prever una reforma urbana o social en profundidad. Al contrario, la Fundación Por Pilar, un lobby ligado a los promotores de urbanizaciones privadas y patrocinado por poderosos personajes como Carlos Ruckauf, ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires, o Fernando de la Rúa, ex Presidente de la República de Argentina, vigila prudentemente e intenta encuadrar la acción municipal, asegurándose que ésta no perjudique los intereses y el valor de las propiedades de los residentes de los barrios cerrados.

De cara a las carencias de la redistribución pública, la caridad no es, no obstante, el único modo sobre el cual se expresan los informes sociales entre los residentes cerrados y no-cerrados. El empleo asalariado directo representa una fuente de rentas no despreciable para las poblaciones pobres de los alrededores de las urbanizaciones cerradas, la construcción de una casa tipo ofrecería 60 puestos de trabajo durante 90 días, y cada casa habitada en un barrio cerrado generaría 1,8 empleos (mantenimiento, seguridad y diversos servicios) (Iglesias, 2000). Se trata, sin embargo, mayoritariamente de empleos precarios y mal pagados, y para los cuales la competencia es ruda: trabajadores provenientes de toda la periferia llegan para intentar que los contraten en las obras de la zona norte. Con ocasión de una entrevista, una joven habitante de Pilar me ha reconocido su frustración ante el hecho que los residentes de los countries exijan referencias para empleos de domésticos, y muchas veces se llevan consigo a los empleados que ya tenían en la ciudad centro.

A veces, para los excluidos, la tentación es demasiado fuerte. ¿Están bien vigilados los barrios cerrados? ¡Qué importa! La concentración de la riqueza en algunas zonas atrae mecánicamente a la delincuencia, y los sistemas de seguridad más poderosos no cambian nada. Las rejas, las patrullas de guardia y las alarmas electrónicas no pueden frenar a los más determinados. Robos e intrusiones han sido denunciados en numerosos barrios cerrados. Salvando la dificultad de penetrar al interior de estos barrios, los “piratas de la ruta” atacan a los residentes en los tramos secundarios, entre la salida a la autopista y el portal de los barrios cerrados, sustrayendo los vehículos y bienes personales de sus víctimas, hasta el punto que la seguridad en los accesos se ha convertido en una preocupación mayor de los barrios cerrados (por otra parte, los precios del suelo decrecen proporcionalmente a la distancia entre el barrio y la autopista). Una cooperación intercomunal en el dominio de la seguridad se ha instalado en el seno de un Consejo de Seguridad que integra las municipalidades de Pilar y Campana, pero también la Federación Argentina de Clubes de Campo, organismo de lobby jurídico que defiende los intereses de los promotores y residentes de los barrios cerrados. En colaboración con la policía provincial de Buenos Aires, este Consejo de Seguridad ha instalado patrullas sobre la autopista Panamericana (el Acceso Norte), verdadera espina dorsal del desarrollo de los barrios cerrados.

Estos esfuerzos han tenido una buena razón de ser. Según la Secretaría de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, en informe citado por el INDEC (2002), el partido de Pilar habría conocido, en efecto, y paralelamente al desarrollo de los barrios cerrados, un aumento drástico de su tasa de criminalidad. Esta tasa se habría multiplicado por seis en igual número de años, pasando de 25 a 151 por cada 10.000 habitantes entre 1991 y 1997. Por cierto, estas cifras deben tomarse con cuidado: contabilizan conjuntamente delitos muy diferentes y dependen de la tasa de declaración de los mismos, la que puede variar fuertemente de una comuna a otra, en función de la reputación de la policía local, de la composición socio-económica de la población o simplemente de la cobertura policial: los espacios recientemente urbanizados, numerosos en estas franjas de la aglomeración, están sub-equipados en comisarías. Pero cualquiera sea la realidad de las cifras, el sentimiento general de las poblaciones es que la inseguridad aumenta, sentimiento que se ha extensamente transmitido e incluso fomentado a través de la prensa local, siempre pronta a denunciar la inseguridad local. Nos podemos preguntar, finalmente, si los barrios cerrados no contribuyen a atraer y fomentar esta inseguridad a la que ellos mismos pretenden escapar.

5. Conclusión

Las urbanizaciones cerradas que han aflorado en la periferia de la aglomeración de Buenos Aires en la década de 1990 contribuyen pues a redefinir la urbanidad –en tanto relación de los habitantes con su ciudad- de la capital argentina. Por parte de las elites que eligen este modo de vida asistimos a un “remezón cultural” en los modos de representarse la ciudad y en los modelos implícitos de lo que debe ser la “buena ciudad”. La cultura urbana de los barrios cerrados se ha construido sobre estos aspectos, en oposición al centro de Buenos Aires. Sea que se trate de formas arquitecturales y urbanísticas, de funciones y de prácticas urbanas, del rol adjudicado a los espacios públicos, de las relaciones sociales y las identificaciones comunitarias, la fórmula de las urbanizaciones cerradas toma la contraparte de la ciudad-centro. Para simplificar, podríamos decir que esta “suburbanización tardía” de las elites (Torres, 2001) corresponde a la elección de un modelo urbano “estadounidense” en reemplazo de un modelo “europeo”2: el centro de Buenos Aires no se parece en nada a París, contrariamente a lo que sostienen ciertos clichés en boga a ambos lados del Atlántico, así como sus poblaciones no se parecen a Los Angeles. La elección de vivir en barrios cerrados significa la opción por una ciudad menos densa, segmentada en unidades funcionales y residenciales homogéneas y separadas, que valoriza la proximidad con la naturaleza: una ciudad fundada sobre la célula familiar, la casa individual y un sistema de movilidad y centralidad concebido para el automóvil, en torno a la autopista y al centro comercial. Este modelo “estadounidense” se opone a la ciudad “europea”, que era la de la ciudad-centro: una ciudad densa, multi-funcional, heterogénea arquitectural, social y culturalmente, donde el espacio público juega un gran rol como lugar fundador, símbolo, hito y referencia de la urbanidad (Gorelik, 1998; Troncoso, 2000). A través de una parte de sus elites, Buenos Aires, una de las ciudades más “urbanas” de América Latina en el sentido europeo del término, se vuelca cada vez más hacia la cultura “anti-urbana”, o mejor dicho, “suburbana”, de Estados Unidos (Ghorra-Gobin, 1992; Jackson, 1985). El rechazo de la ciudad se expresa incluso en el nombre dado a los barrios cerrados: los countries remiten en inglés a la campiña, mientras que los barrios cerrados evocan, no sin cierta nostalgia, la única escala urbana todavía aceptable, la del barrio. Los mega-proyectos contemporáneos, concebidos para millares, incluso decenas de millares de habitantes, tienen dificultades para evitar el término “ciudad”. Estancia San Miguel se ubica sin ambigüedad del lado de la estancia rural, mientras que Pilar del Este se afirma en un adjetivo redentor: se autodesigna como ciudad verde, evocando lejanamente la “ciudad jardín” de Ebenezer Howard. El éxito viene sin duda del neologismo audaz de Nordelta, el más megalomaníaco de estos proyectos (a largo plazo, espera albergar 100.000 habitantes). Nordelta es comercializado como “la primera ciudad pueblo” de Argentina, aunque literalmente ciudad pueblo significa ciudad-aldea. Crear un hábitat suburbano sin recrear la ciudad, pero como un espacio de ciudadanía, ¿es un desafío sustentable?

 

Notas

** Este artículo tiene su origen en un trabajo de terreno realizado en Buenos Aires entre los años 1998 y 2000, en el marco de un Doctorado de Geografía defendido en el año 2002 en la Universidad de Toulouse II, Francia. Los diferentes métodos de recolección de datos han sido la observación directa, la revisión sistemática de la prensa local y entrevistas con diferentes actores de los barrios cerrados: residentes y también personas que habitan en los barrios abiertos de los alrededores, urbanistas, arquitectos, comerciantes, etc. Los datos estadísticos y cartográficos provienen del tratamiento de los datos ofrecidos por la Guía de countries, barrios y chacras del año 2000 (que censa los barrios cerrados, su estado de poblamiento y su construcción, con el fin de captar la atención de potenciales compradores) así como también de aquellos ofrecidos por la Alcaldía de Pilar. Traducido por Martín Figueroa y revisado por Oscar Figueroa. Recibido el 16 de octubre de 2003, aprobado el 18 de junio de 2004.

1 A este respecto, para el caso argentino véase Capron (1998).

2 Las comillas significan que se trata de tipos ideales y no de comparaciones exactas.

6. Referencias bibliográficas

Blakely, E. y M.G. Snyder (1997). Fortress America: Gated communities in the United States. Washington D.C.: Brookings Institution Press-Lincoln Institute of Land Policy.        [ Links ]

Capron, G. (1998). “Les centres commerciaux à Buenos Aires : les nouveaux espaces publics de la fin du XXe siècle”. Annales de la Recherche Urbaine, 78: 55-69.        [ Links ]

Didier, S. (1997). “Disney urbaniste: la ville de Celebration en Floride”. Actes du colloque de l’UGI Les problèmes culturels des grandes villes. Paris, décembre.        [ Links ]

Garreau, J. (1991). Edge city, life on the new frontier. New York: Anchor Books-Doubleday.        [ Links ]

Ghorra-Gobin, C. (1992). “Les fondements de la ville américaine”. Géographie et Cultures, 1: 81-88.        [ Links ]

Gorelik, A. (1998). La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1887-1936. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes.        [ Links ]

Iglesias, N. (ed.) (2000). La fragmentación física de nuestras ciudades. Memoria del III Seminario Internacional de la Unidad Temática de Desarrollo Urbano. Buenos Aires: Municipalidad de Malvinas Argentinas.        [ Links ]

Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) (2002). Incidencia de la pobreza y de la indigencia en el aglomerado del Gran Buenos Aires, mayo 2002. Buenos Aires: INDEC.        [ Links ]

Jackson, K.T. (1985). Crabgrass Frontier. Suburbanization in the United States. Oxford: Oxford University Press.        [ Links ]

Maestrojuan, P., M. Marino y G. de la Mota (2000). Enclaves urbanos atípicos en el área metropolitana de Buenos Aires. Buenos Aires: OIKOS.        [ Links ]

Svampa, M. (2001). Los que ganaron. La vida en los countries y barrios privados. Buenos Aires: Biblos.        [ Links ]

Thuillier, G. (2002). Les quartiers enclos: une mutation de l’urbanité? Le cas de la Région Métropolitaine de Buenos Aires (Argentine). Thèse de Doctorat de Géographie, Université de Toulouse II-Le Mirail, France.        [ Links ]

Torres, H.A. (2001) “Cambios socioterritoriales en Buenos Aires durante la década de 1990”. EURE Revista Latinoamericana de Estudios Urbano Regionales, 27, 80: 33-56.         [ Links ]

Troncoso, O. (2000). “Las nuevas formas del ocio”. Romero, J.L., y L.A. Romero (eds.), Buenos Aires. Historia de cuatro siglos. Buenos Aires: Altamira, 285-294.        [ Links ]

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons