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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.31 n.94 Santiago dic. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612005009400007 

 

Revista eure (Vol. XXXI, N° 94; pp. 119-127, Santiago de Chile, diciembre 2005)

Eure tribuna

 

A la búsqueda del "Urbanismo Europeo": un reporte desde Berlín

 

Ignacio Farías*

* Estudiante de Doctorado en Etnología Europea, Universidad Humboldt de Berlín; DFG-Fellow en Centro de Investigación Metropolitana, Universidad Técnica de Berlín: E-mail: ignacio.farias@metropolitanstudies.de


En los últimos años las ciudades europeas han constituido foco de crecientes debates (entre otros, Kazepov, 2004; Le Galès 2002). Un importante eje de discusión, del que participan principalmente historiadores, arquitectos y urbanistas, refiere a la forma de estas ciudades: ¿existen criterios formales o ideales que distingan a las ciudades europeas? ¿Cuáles son los desafíos urbanísticos que enfrentan las ciudades europeas contemporáneas? ¿Presta la idea de "urbanismo europeo" o "ciudad europea"1 algún tipo de guía para el futuro? Entre los días 8 y 10 de septiembre de 2005 tuvo lugar en Berlín el primer congreso internacional del Consejo de Urbanismo Europeo (CEU), una red de académicos, urbanistas, arquitectos, políticos, representantes de asociaciones ciudadanas y movimientos sociales de distintos rincones de Europa, reunidos por su búsqueda de respuestas a preguntas como éstas. Este artículo busca dar cuenta de éstos, los más actuales movimientos en el urbanismo europeo, así como precisar su trasfondo histórico, teórico y político, pues considera que aun tratándose de debates un tanto lejanos, éstos incentivan la reflexión sobre las premisas -o la ausencia de ellas- en el urbanismo latinoamericano.

Como punto de entrada en la discusión se revisará la campaña "Un futuro para nuestro pasado. Herencia arquitectónica europea", llevada a cabo por el Consejo Europeo en 1974, de importancia capital para el redescubrimiento del concepto de "ciudad europea", así como la Exhibición Internacional de Urbanismo 1984-1987 de Berlín. Un poco más en extenso se analizarán tres aspectos puntuales de la discusión contemporánea en torno a la "ciudad europea": la adecuación histórica de este concepto, su adecuación política y su relación con el Nuevo Urbanismo. A continuación se describirán los motivos y objetivos del recién creado CEU, así como los análisis, casos de estudio y conclusiones del congreso "Treinta años de ciudad europea. Recuento y perspectivas", realizado en Berlín. Por último, se mencionarán algunos elementos para una reflexión crítica sobre este "urbanismo europeo" (4).

1. "Un futuro para nuestro pasado" y la reconstrucción crítica de la "ciudad europea"

Hace exactamente 30 años la "ciudad europea" fue redescubierta. En 1975 el Consejo Europeo inició uno de los programas de desarrollo urbano más exitosos de su historia. Bajo el lema "Un futuro para nuestro pasado. Herencia arquitectónica europea", el Consejo Europeo no sólo logró dirigir la atención hacia la herencia cultural de la "ciudad europea", sino además posicionarla como modelo para una ciudad mejor. El redescubrimiento o la reinvención de la "ciudad europea" se concretó fundamentalmente a través de una política orientada a la protección de monumentos (Denkmalschutz). El objetivo último de esta política era proteger a individuos y comunidades de un mundo moderno caracterizado por profundas transformaciones económicas y sociales que harían peligrar la vida comunitaria. La creciente movilidad de la población y una excesiva racionalización, así como el efecto normativo de la tecnología, que alcanzaría también a la arquitectura, eran observadas como los principales peligros que enfrentaba la comunidad urbana. Frente a ello, la protección y recuperación del tejido histórico y de las estructuras urbanas se percibía como una cuestión existencial, pues posibilitaría una mejor comprensión de la identidad histórica y política de individuos y comunidades. De la misma forma, claras diferencias entre la imagen del campo y la ciudad habrían de aumentar la atractividad urbana y fortalecer el vínculo del ciudadano a la comunidad.

La nueva perspectiva propagada por el programa "Un futuro para nuestro pasado" requería incluso redefinir los conceptos de protección (Schutz) y monumento (Denkmal). Un ejemplo de ello es la resolución con que el Comité Alemán para Denkmalschutz (DND) aprueba la campaña: "¿Qué debe ser protegido? La Denkmalschutz apunta al todo: No sólo se aplica a los detalles o a lo documental, sino que busca conservar la plenitud y diversidad de los distintos aspectos de nuestra vida -el entrelazamiento de presente y pasado, la visibilidad de la historia, que afecta nuestras vidas así como nuestro entorno. Materia de la Denkmalschutz es tanto el objeto particular como el conjunto, la calle como la plaza. Un barrio completo o incluso una ciudad completa pueden también requerir protección [...] También edificaciones de los siglos 19 y 20 deben ser protegidas hoy, y bajo el concepto de protección del entorno (Umgebungsschutz), también un paisaje cultural puede devenir materia de la Denkmalschutz [...] Denkmalschutz no sólo quiere decir conservar en un sentido museal, sino ante todo, en el marco de una política moderna de desarrollo urbano, integrar nuestra herencia en el mundo de hoy" (Deutsches Nationalkomitee für Denkmalschutz, 1974: Apartado I, traducción propia).

La campaña del Consejo Europeo contribuyó de manera capital a la imposición en Europa de nuevos principios de desarrollo urbano: protección de ciudades y pueblos históricos, cuidadosa conversión del tejido urbano y reutilización de viejos edificios, reconstrucción de edificaciones destruidas, limitación del tránsito motorizado y promoción del tránsito peatonal, recuperación del espacio público, mixtura en los usos de suelo, promoción de la diversidad social, etc. Si bien todavía no se hablaba aquí explícitamente de "ciudad europea", este giro en la política urbana era percibido como una revitalización y reinterpretación de los principios europeos tradicionales de desarrollo urbano.

Una importante consecuencia de esta campaña fue la emergencia en Alemania del así llamado método de la "reconstrucción crítica" de la ciudad. Entre 1979 y 1987, durante la Exhibición Internacional de Urbanismo (IBA) de Berlín Oeste, se llevaron a cabo 28 concursos de arquitectura y urbanismo con el objetivo de recuperar el centro urbano como zona residencial, en particular aquellas zonas amenazadas desde 1961 por la construcción del Muro de Berlín. Entre los principios básicos del método de la "reconstrucción crítica" contaba el trato respetuoso de pautas y estructuras históricas, la idea de una ciudad compleja y diversa y la participación ciudadana, pero por sobre todo la restauración de calles históricas, de fachadas y de principios de diseño urbano tradicionales (como alturas, anchos de calles y de veredas), así como el retorno a estilos y pautas arquitectónicos tradicionales (como la fachada continua) (ver Hoffmann-Axthelm, 1994). La particularidad de la "reconstrucción crítica" queda en evidencia cuando se contrasta con otras tendencias de reconstrucción que emergieron durante las décadas de 1980 y 1990, como la reconstrucción arqueológica, también llamada reconstrucción simple, o la construcción neo-clásica o tradicionalista, ambas defendidas por grupos conservadores (Binder, 2001). Durante la década de 1990, el método de la "reconstrucción crítica" de la "ciudad europea", más que una designación académica devino un modelo para una mejor ciudad futura, y en ciudades como Berlín, un criterio para la toma de decisiones políticas (Will, 2001; Senatsverwaltung für Stadtentwicklung, 1999; Stimmann, 1994).

2. ¿De qué "ciudad europea" hablamos?

Cuando permanecemos en el ámbito académico y volvemos los ojos a las formas y funciones de las ciudades de la región al Oeste de los Urales, los contornos y tradiciones de esta "ciudad europea" se vuelven un tanto difusos, y por lo mismo, objetos de discusión. En el debate actual en torno al proyecto urbanístico "ciudad europea" es posible reconocer tres cuestiones clave: primero, la pregunta por la adecuación histórica de este concepto; segundo, la pregunta por los rendimientos que éste puede prestar hoy como imagen-guía o idea-fuerza para el desarrollo urbano; y tercero, la pregunta por las similitudes y diferencias entre un urbanismo europeo y el Nuevo Urbanismo norteamericano. La siguiente revisión del estado del arte en torno a estas preguntas permitirá evidenciar de qué hablamos cuando hablamos de "ciudad europea".

2.1.

Cuando se trata de inspeccionar detalladamente los tejidos urbanos europeos, incluso los más acérrimos partidarios de la "ciudad europea" reconocen la imposibilidad de nombrar principios sustantivos que caractericen a todas estas ciudades por igual. El historiador urbano Dieter Hassenpflug (2002) -quien en la defensa de la "ciudad europea" representa a la facción más tradicional- reconoce por ejemplo que no es posible encontrar una forma urbana general que predomine en Europa. Hassenpflug sostiene, sin embargo, que la pregunta correcta no es por la unidad de las ciudades europeas, sino por el concepto de "ciudad europea". A su juicio, este concepto remite ante todo a una herencia cultural olvidada por la primera modernidad europea, a saber, la centralidad de lo político, de los asuntos comunes y del espacio público. De esta forma, si bien la idea de "ciudad europea" no se vería reflejada en las ciudades europeas contemporáneas, ésta sí designaría un núcleo cultural duro, al cual todas estas ciudades de una u otra manera aspiran, o al menos, debieran aspirar. En palabras de Hassenpflug, la "ciudad europea" encontraría su unidad en torno a un telos particular: "Este ‘telos’ es la ciudadanía [bürgerliche Gesellschaft] como nexo de individuos (ilustrados). De esta forma, la pregunta por la identidad de la "ciudad europea" se transforma en una pregunta por aquel espacio que la sociedad civil produce y que al mismo tiempo requiere. Desde una perspectiva urbana, este espacio es ante todo la plaza de mercado [Marktplatz]" (Hassenpflug, 2002, p. 16, traducción propia)

El argumento de Hassenpflug no es nuevo. Max Weber y Jürgen Habermas también han buscado en la plaza de mercado los orígenes de dos fenómenos específicamente europeos: la emergencia de principios modernos de organización social y el surgimiento de lo público. Los estudios de Weber (1987) sobre la ciudad destacan dos características específicas de las ciudades europeas: estar estructuradas en torno a una plaza de mercado y poseer autonomía política. A juicio de Weber, estas características harían de la ciudad un factor clave para explicar por qué justamente en Europa tiene lugar un proceso de racionalización formal que conduce a la modernidad. De hecho, Weber no explica la formación del espíritu del capitalismo sólo a partir de sus famosas tesis sobre el protestantismo. En buena parte, modernidad y capitalismo serían consecuencia también de este particular invento europeo: la ciudad burguesa. El argumento de Habermas (1994) es ampliamente conocido. La plaza de mercado constituiría una institución total que traería consigo, en forma todavía indiferenciada, todos los elementos de la vida burguesa. Fundaría las figuras del burgués y del ciudadano, y sería medio de la racionalización del mundo de la vida, del surgimiento de la opinión pública y de la individualización.

El sociólogo urbano Walter Siebel (2005) sostiene que la fórmula weberiana (ciudad = mercado + autoadministración) no basta para dar cuenta de la particularidad histórica de la "ciudad europea". A su juicio, la "ciudad europea" encarnaría ante todo una esperanza de emancipación. Tanto para burgueses como para otros grupos representaría la búsqueda de un reino de libertad más allá del reino de la necesidad. En segundo lugar, la "ciudad europea" produciría un estilo de vida urbano particular, basado en la separación radical de lo privado y lo público, entre lo íntimo, corporal y emocional y un mundo habitado por extraños, el cual exige una puesta en escena de la identidad. Una tercera característica de la "ciudad europea" sería su forma, de la que resaltarían tres elementos: centralidad, oposición al campo y mezcla funcional y social. Cuarto, la "ciudad europea" sería una ciudad planificada, no comprensible sin atender a las generaciones de urbanistas que una y otra vez la han remodelado. Por último, la "ciudad europea" estaría llena de historia y su cotidianidad estaría cruzada por vestigios materiales de épocas pasadas, característica ante todo relacionada con la existencia de un grupo adinerado dispuesto a invertir en conservación como forma de reproducir su posición e identidad. La tesis de Siebel es que si bien ninguno de estos elementos es exclusivo de las ciudades europeas, en conjunto sí permiten definir las particularidades de la "ciudad europea".

Por su parte, Wolfgang Kaschuba (2003), destacado etnólogo urbano, ha criticado severamente el modelo habermasiano de espacio público europeo, por considerarlo basado en una esencialización que no da cuenta de los contextos políticos y sociales en los que éste habría emergido, ni del carácter procesual e histórico de lo público. A su juicio, una mirada más acuciosa del tipo de espacio público que emerge junto a la plaza de mercado revelaría que se trata de un espacio tremendamente restrictivo: "Aquella plaza de mercado de los ciudadanos no se estructuraba tan abiertamente frente a los Otros: ni frente a trabajadores o pobres de la ciudad, ni frente a jóvenes o mujeres. Éstos podían, a lo sumo, estrujarse unos con otros bajo la custodia de los ciudadanos ‘adultos’" (Apartado II, traducción propia). Desde esta perspectiva resulta al menos cuestionable que la "ciudad europea", caracterizada de hecho por una significativa segregación estamental, sea actualmente exaltada como ejemplo de integración social. En ella prevalecía, además, una significativa especialización del espacio, la que comenzaba precisamente con este espacio público monolítico. Según Kaschuba, la plaza del mercado no sería entonces el modelo de espacio público que permitiría explicar con suficiencia la efectiva relación de la ciudad con los movimientos proletarios de fines del siglo 19, con los movimientos feministas de comienzos del siglo 20, con las revoluciones estudiantiles de la década de 1960, ni con las ciudades europeas contemporáneas.

2.2.

La pregunta por el concepto de "ciudad europea" no remite sólo al pasado histórico, sino que contiene una dimensión eminentemente política, que remite a los principios bajo los cuales debe guiarse el desarrollo urbano. A juicio de Hassenpflug (2002), por ejemplo, la reconstrucción de la "ciudad europea" permitiría corregir la pérdida de tradiciones europeas en la planificación urbana que habría tenido lugar durante el tránsito hacia el siglo 20. El reemplazo de calles por vías para automóviles, de plazas y parques por lugares de estacionamiento, de frontis arquitectónicamente ricos por fachadas homogéneas prefabricadas y de espacios públicos por otros funcionales habría conducido a procesos de suburbanización, de contracción (shrinking cities) y de expansión urbana descontrolada (urban sprawl). Desde esta perspectiva, el abandono de los principios europeos de planificación urbana habría significado la muerte de la ciudad y el abandono masivo de las mismas. Hassenpflug apela entonces a las tesis de la segunda modernidad o modernidad tardía para señalar que la sociedad contemporánea sólo puede modernizarse en el medium de la tradición (ver Giddens, 1993). En ese sentido, el futuro no sería sino una imagen que recuerda aquello que la primera modernidad habría negado: la tradición. La unidad de la distinción tradición/modernidad justificarían teóricamente la reimaginación de la ciudad del siglo 21 como reconstrucción de la vieja ciudad europea. Modernización y desarrollo urbano consistirían entonces en retradicionalización y protección de monumentos (Denkmalschutz).

A juicio de Siebel (2000), esta apología a la "ciudad europea" constituye una utopía retrógrada, incapaz de ofrecer un modelo de desarrollo sustentable para las ciudades de hoy. Los defensores de la "ciudad europea" serían incapaces de reconocer cuáles fueron las condiciones que hicieron posible la ciudad compacta del siglo 19: pobreza, servidumbre, dependencias personales, sistemas de transporte deficientes, etc. La tendencia al desmoronamiento de la ciudad compacta, señala Siebel, tiene en ese sentido fundamentos infra y socioestructurales, y no es por lo mismo controlable políticamente. De hecho, la obsolescencia del modelo de la "ciudad europea" habría comenzado junto con la emergencia de la sociedad industrial y se habría visto radicalizada con el largo proceso de suburbanización que ha caracterizado la historia de las ciudades europeas del siglo 20.

Los apologistas de la "ciudad europea", añade Siebel, serían además incapaces de reconocer las ganancias asociadas a la vida suburbana. Tal como ha mostrado soberbiamente Robert Fishmann (2004), las formas contemporáneas de expansión urbana deben entenderse menos como estructuradas en torno a un centro urbano, y más como una nueva forma de ciudad con su propia ecología, economía y cultura. Aunque a una escala mucho menor, la tendencia a la descentralización y a la suburbanización ha primado también en Europa (para el caso Berlín, Reif 2002), produciendo un declive significativo del centro de la ciudad y con él, del espacio público. Sin embargo, tal como argumenta Kaschuba (2003), lo que desaparece es una forma específica de lo público caracterizada por estar estructurada en torno a la plaza de mercado y por ubicarse al centro de la mancha urbana. En las ciudades europeas contemporáneas, lo público habría cambiado de forma y se reproduciría en torno a nuevos espacios locales, híbridos y fragmentados. La ciudad actual contaría con una red de espacios públicos, en cierta medida despolitizados y desprovistos de dinámicas centrípetas, y en ella la oposición entre lo público y lo privado dejaría de hacer el mismo sentido que en la ciudad del siglo 19.

A juicio de sus críticos, la única alternativa para construir la "ciudad europea" en las ciudades europeas contemporáneas sería en cuanto isla, la cual "debería ser mantenida a salvo de visitantes indeseados y de aspectos indeseados de la vida urbana a través de medios estéticos, técnicos, jurídicos y policiales cada vez más complejos" (Siebel 2000, p. 30, traducción propia). La reconstrucción de la "ciudad europea" sólo sería posible en cuanto paisaje urbano orientado al consumo y a la producción de ambientes para estilos de vida determinados. Se trataría entonces más de una burbuja o enclave turístico (Judd, 1999) que de una estructura sustentable de asentamiento humano.

2.3.

Hassenpflug (2002) es radical y no está dispuesto a comparar el proyecto "ciudad europea" con las estrategias de ficcionalización y escenificación de lo urbano características del Nuevo Urbanismo (NU) norteamericano, el cual adolecería de una visión estratégica de la vida social: "Se trata de pura escenificación o envoltorio [...] Marcuse tiene razón cuando señala que se trataría de una visión sentimental, antidemocrática y antiurbana de la pequeña ciudad antigua para clases medias de alto ingreso y homogéneas social y étnicamente" (p. 13, traducción propia). A su juicio, el NU sería expresión de la nueva industria de lugares e imágenes urbanas que habría emergido para cubrir el vacío urbano dejado por la ciudad industrial, automovilística y funcionalmente diferenciada. Se trataría sin embargo sólo de una ficcionalización de la centralidad urbana y de la mezcla social, tal como lo muestra Celebration, la ciudad escenario construida por Disney y mayor ejemplo de esta forma inversa de ciudad, completamente privada y escenificada. La tesis defendida por Hassenpflug es que, a diferencia de lo que sucedería con el NU, la creciente centralidad política y cultural de la "ciudad europea" no sería simplemente escenificación, producción estratégica de experiencias o puro préstamo de servicios. Detrás de las imágenes "se oculta la esencia de la ciudad europea, su específica urbanidad. Ella es la que le presta fuerza a las imágenes que la hacen atractiva para su explotación medial, consumista y teatral" (p. 42, traducción propia).

Harald Bodenschatz (2003 y 2001), sociólogo y urbanista, considera en cambio que el urbanismo europeo tiene mucho que aprender de lo que sucede al otro lado del Atlántico. A su juicio, la comparación del NU con Disneyland, habitual entre muchos críticos europeos, es demasiado simple y tiene como causa un profundo desconocimiento de las propuestas y logros del NU. Más que una simple campaña antimodernista, este movimiento urbanístico sería el principal portador de profundas críticas a la ciudad norteamericana y a su expansión descontrolada. Entre sus propuestas para contrarrestar la desintegración de la ciudad no sólo contaría una forma de planificación basada en los principios de la ciudad histórica -esto es, incentivando la mezcla social, densidad urbana y variedad arquitectónica-, sino que además la priorización de la planificación urbana por sobre la arquitectura. Si bien muchos proyectos del NU son severamente criticados por abandonar la ciudad central, Bodenschatz señala que esta orientación a los suburbios se explica porque se busca también su reestructuración. De esta forma, el NU busca superar la alternativa "ciudad o suburbio" y aspira a mejores ciudades y a mejores suburbios, tal como habría quedado establecido en 2001 con la publicación de The regional city. Planning for the end of sprawl, de Calthorpe y Fulton. La lucha, explica Bodenschatz, no es contra el suburbio, sino contra la expansión urbana descontrolada.

Si bien en términos sociales, superación de la ghettización o producción de mezcla social, los éxitos americanos no resultarían exactamente revolucionarios para ojos europeos, quienes "tienen una mayor experiencia en la regeneración de las ciudades interiores, en particular en el desarrollo urbano de ciudades en contracción en antiguas regiones industriales" (Bodenschatz, 2003, p. 278, traducción propia), la búsqueda de alternativas que vayan más allá de la dicotomía ciudad/suburbio, como la ciudad regional, son movimientos de los cuales Europa tendría mucho que aprender. Sin embargo, a juicio de Bodenschatz, la cuestión de mayor interés para Europa sería el movimiento mismo del NU. Especialmente revolucionario para la realidad europea, sería el encuentro de múltiples actores de distintas tendencias -arquitectos neotradicionalistas y críticos de la arquitectura, grandes inversores y grupos ecologistas, políticos de alto nivel e iniciativas ciudadanas locales, etc.-, en torno a una misma instancia institucional de reflexión, exposición y discusión de los nuevos desarrollos del urbanismo norteamericano.

En la Europa de hoy, argumenta Bodenschatz, se habría perdido la capacidad de formar redes de intercambio de información y de propagación de reformas en planificación urbana. Los medios tradicionales de discusión europea -exposiciones internacionales y megaeventos como Olimpíadas o Ferias Mundiales- habrían perdido la centralidad que alguna vez tuvieron. Por esta causa, las herramientas de evaluación y el nivel de debate sobre proyectos clave de desarrollo urbano -como la regeneración del centro de Bolonia a fines de la década de 1970, los resultados de la Exhibición Internacional de Urbanismo 1984/1987 en Berlín Oeste o la transformación de Barcelona durante la década de 1990- serían sumamente pobres. Los únicos grupos organizados en Europa serían los representantes de un desarrollo urbano neotradicional, a través de redes tales como A Vision of Europe o INTBAU, cuyo potencial programático Bodenschatz cuestiona seriamente: "¿Tienen estas redes neotradicionales algún efecto significativo? ¿No son acaso las organizaciones de neo-tradicionalistas europeos un grupo de arquitectos auto-referentes dedicados a felicitarse mutuamente? ¿Hacen alguna distinción entre arquitectura y planificación urbana? ¿Están realmente luchando por el establecimiento de una red programática y supra-profesional que persiga activamente un diálogo promisorio con otros grupos que también buscan mejorar las condiciones de las ciudades europeas?" (Bodenschatz, 2003, p. 272, traducción propia).

3. Consejo de Urbanismo Europeo

Impulsado entre otros por Harald Bodenschatz, el CEU fue fundado en 2003 en Estocolmo por actores sumamente heterogéneos y de diversa relevancia pública con el objetivo de generar una instancia crítica y programática para las políticas de planificación urbana europea contemporánea. Los problemas y desafíos que el CEU observa en las ciudades europeas muestran un panorama desolador. Las ciudades europeas estarían siendo destruidas a manos de "la exclusión y aislamiento social, la expansión urbana descontrolada, el desperdicio de tierra y de recursos culturales, el desarrollo mono-funcional, la falta de competitividad y la pérdida de respeto por la cultura local y regional" (Council for European Urbanism, 2003, p. 1, traducción propia). El espacio público estaría en crisis, desintegrado de la función comercial y localizado en espacios residuales. La política de transporte estaría orientada al automóvil, con excesivo énfasis en el diseño de calles y carreteras intraurbanas, y poco orientada al peatón. La política habitacional no pondría freno a la expansión en baja densidad, dejando importantes infraestructuras urbanas vacías y fomentando desarrollos urbanos con cortos ciclos de vida. Centros históricos de ciudades y villas se verían además amenazados por una zonificación disfuncional, una ausencia de regulaciones para la construcción y una edificación disruptiva (Council for European Urbanism, 2005). En este contexto de crisis urbana, el CEU propone unos principios de desarrollo urbano sumamente cercanos a los del NU, basados como ya está dicho en la lucha contra la expansión urbana. A pesar de ello, el CEU está lejos de comprenderse como la extensión europea del Consejo de Nuevo Urbanismo (CNU) e intenta, por el contrario, invertir la relación de prioridad entre ambos movimientos. Los principios urbanísticos que defiende no son considerados en absoluto "nuevos", sino como tradicionalmente europeos. En palabras de George Ferguson, del Instituto Real de Arquitectos Británicos, "lo que ha devenido Nuevo Urbanismo es de hecho un antiguo urbanismo, tal como ha sido practicado en Europa por milenios" (Parham, 2005, p. 7, traducción propia).

Durante los días 8, 9 y 10 de septiembre de 2005, representativos de Suecia, Noruega, Gran Bretaña, Italia, Polonia, Austria, Bélgica, Holanda, Eslovenia, Suiza, Irlanda, Portugal, España, Canadá, Israel, Estados Unidos y una significativa mayoría alemana se reunieron en Berlín para discutir tres preguntas centrales para este nuevo-viejo urbanismo europeo: ¿Cuáles son la tradiciones del urbanismo europeo? ¿Cómo debe desarrollarse un urbanismo europeo hoy? ¿Cuáles son las tendencias y métodos de best practice contemporáneas? El tema general propuesto, "Treinta años de ciudad europea. Recuento y perspectivas", analizado especialmente a la luz de las políticas de reunificación y regeneración urbana de la ciudad de Berlín, debía servir precisamente para dar respuesta a algunas de estas preguntas.

La perspectiva urbanística defendida por el CEU quedó en evidencia desde la primera sesión del congreso, titulada "Adiós al desarrollo urbano modernista en el Berlín dividido" y dedicada a rememorar las primeras formas de resistencia ciudadana a las políticas urbanas modernistas predominantes en ambos Berlines. El barrio de Kreuzberg, en Berlín Oeste, fue destacado como pionero de una nueva modernidad urbana en la cual primaría rehabilitación sobre demolición, mientras que la reconstrucción del barrio histórico Nikolaiviertel, así como la oposición de grupos ciudadanos a la construcción de vivienda social prefabricada (Plattenbauten) fueron destacadas como ejemplos de que el giro en la política urbana hacia la ciudad compacta también habría alcanzado Berlín Este. En estas discusiones se sostuvo que la "reconstrucción crítica" iniciada hace 30 años no consistía en la reconstrucción nostálgica de la ciudad histórica, sino en la reconstrucción de la ciudad moderna. Se enfatizó además que este movimiento surgió de los habitantes de la ciudad y de las revueltas estudiantiles, y que se trata, todavía hoy, de un proyecto de izquierdas.

El desarrollo urbano en Berlín desde 1990 fue analizado a través de cinco ejemplos emblemáticos: la "reconstrucción crítica" del Potsdamer Platz, la "cuidada renovación" del Hackescher Markt, la transformación creativa de vivienda social prefabricada (Plattenbauten) de Alemania del Este, la elaboración de un nuevo concepto de parque regional Berlín-Brandenburgo y la creación de un suburbio, Kirschsteigsfeld, inspirado por la imagen de la "ciudad europea". Las discusiones giraron, sin embargo, en torno a una misma pregunta general: ¿cuáles son los elementos arquitectónicos, urbanísticos, económicos y sociales que en cada uno de estos casos han contribuido para el éxito de la regeneración y conversión urbana? En este contexto, Berlín fue analizado como ejemplo de best-practice en la política urbana. Dos elementos destacarían la transformación urbana de Berlín. Primero, los objetivos de la política urbana berlinesa apuntarían al futuro y no a problemas del siglo 19 ya solucionados, como vivienda, higiene, transporte, infraestructuras sociales, etc. El desafío actual no sería infraestructural, sino locacional, menos cantidad y más calidad. Segundo, en condiciones en que la política ha perdido su capacidad de controlar procesos urbanos, Berlín sería un ejemplo de un acoplamiento exitoso de política y mercado en torno a la transformación urbana.

El resto del congreso fue dedicado a la presentación de diversos casos de estudio a partir de los cuales se discutieron cinco tesis fundamentales. Primero, el poder destructivo de las estrategias modernistas sería algo que une a Europa con el resto del mundo. John Norquist, CEO del CNU, comparó las distintas oleadas de demolición de Berlín con la demolición de Detroit, y enfatizó la similitud de los problemas urbanos en ambas costas del Atlántico. Los casos de Tel Aviv, con su herencia de arquitectura Bauhaus, y de Varsovia, con su herencia arquitectónica comunista, mostrarían también las consecuencias perversas del modernismo. Segundo, tal como enseña la "Nueva Varsovia", la crítica al modernismo habría surgido a partir de la década de 1970 simultáneamente en Europa del Este y del Oeste. Tercero, las transformaciones urbanas de Lisboa, Bilbao y de algunas ciudades holandesas serían testigos de que el llamado ‘"efecto guau" de la arquitectura no es suficiente para construir una ciudad sustentable y que, tal como Drijver y Bosse mostraron para la ciudad periférica holandesa, el nuevo objetivo sería mas bien "crear arquitectura más invisible en cuanto objeto" (Parham, 2005, p. 6, traducción propia). Cuarto, la integración de todos los actores locales relevantes en el proceso del diseño urbano y en la toma de decisiones, a través de procesos como el charretté, sería de importancia capital para crear mejores ciudades. Por último, incorporar nuevas tecnologías, menos dependientes de recursos como el petróleo, sería uno de los grandes desafíos para la ciudad del futuro.

4. Coda: ¿Premio al "Logro Urbanístico" a la Ciudad Sin Forma?

En su primera edición, el premio al "Logro Urbanístico" del CEU fue concedido al Dr. Hans Stimmann, Director de Desarrollo Urbano de Berlín desde 1992, creador del Plan Maestro para la Ciudad Interior (Planwerk Innenstadt), férreo defensor de los principios de la "reconstrucción crítica" y figura clave en la trasformación urbana del Berlín reunificado. El otorgamiento de este premio no sólo supone un positiva valoración de las transformaciones berlinesas, sino ante todo distinguirlas como ejemplo de y para el urbanismo europeo; una perspectiva un tanto inquietante. Una pequeña revisión de la literatura relevante (Bodenschatz, 2005; Zohlen, 2002; Strom, 2001; Becker y Binder, 2001; Häußermann, 1999; Wise, 1998; Marcuse, 1998) revela una situación menos ejemplar. En cualquier caso, si Berlín ha de constituir ejemplo de algo, pareciera que antes que de un urbanismo europeo, Berlín ejemplificaría un "urbanismo automático" (Oswalt, 2000), para el cual no hay política, tradición o planificación posible.

Tal como propone Philip Oswalt en su maravilloso libro Berlín. Ciudad sin forma, "Berlín es un experimento sin hipótesis [...] No hay una sola idea, un solo concepto, una sola geometría, que pueda caracterizar a esta ciudad por completo" (Oswalt, 2000, p. 28, traducción propia). Berlín sería una ciudad de estructuras urbanas superpuestas y en la cual todo intento por imponer orden, coherencia y homogeneidad sería absorbido por su trama urbana diversa, múltiple, compleja. Su heterogeneidad sería el resultado de una compleja red de relaciones, conflictos y oposiciones producidas por las sucesivas generaciones de planificadores, que una y otra vez se han levantado contra las obras de la generación anterior y procedido a su destrucción ritual. En este aspecto, el urbanismo contemporáneo no habría sido excepción. La herencia arquitectónica del socialismo ha sido liquidada -¡en los años noventa se demolieron anualmente hasta un millón de metros cuadrados de superficie construida! (Oswalt, 2000)- y los espacios públicos de Berlín Este han desaparecido. La política urbana es aquí política de demolición y la demolición, crítica de arquitectura.

En esta ciudad sin forma, argumenta Oswalt, la "reconstrucción crítica" iniciada por Stimmann ha sido absorbida automáticamente por la ciudad y reintegrada a unos principios urbanos anteriores que no se dejan planificar. Así, la reconstrucción de calles históricas o la recuperación de fachadas continuas no habría conducido sino a aumentar la heterogeneidad de este entramado urbano complejo y diverso llamado Berlín. A juicio de Oswalt, se trata sin embargo de una heterogeneidad creativa, que produce algo nuevo, una plusvalía, un urbanismo automático, una identidad plural y reflexiva, una ciudad para la segunda modernidad. Berlín sería entonces "un espacio de posibilidades, sin estructura, forma o dirección. Donde nada hay, todo es imaginable" (Oswalt, 2000, p. 62, traducción propia).

 

Notas

1 En este artículo las referencias al concepto de "ciudad europea" se escribirán siempre con comillas y en singular, mientras que las referencias a las ciudades europeas contemporáneas serán sin comillas y en plural.

5. Referencias bibliográficas

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