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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.33 n.98 Santiago mayo 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612007000100010 

 

Revista eure (Vol. XXXIII, Nº 98), pp. 142-144, Santiago de Chile, mayo de 2007

EURE RESENAS LIBROS

 

Sociedades movedizas: pasos hacia una antropología de las calles
Manuel Delgado
Barcelona: Ed. Anagrama (2007)


“En las calles, lo que encontramos es una vida colectiva que sólo puede ser observada en el instante preciso en que emerge, puesto que está destinada a disolverse de inmediato.

En los exteriores urbanos no hay objetos sino relaciones diagramáticas entre objetos, bucles, nexos sometidos a excitación permanente. No es un esquema de puntos, ni un marco vacío, ni un envoltorio, ni tampoco una forma que se le impone a los hechos, como pretenderían los urbanistas. Es una mera actividad, una acción interminable cuyos protagonistas son esos transeúntes que reinterpretan la forma urbana a partir de los estilos con que se apropian de ella. La calle es, así, una forma radical de espacio social, que no es un lugar, sino un tener lugar de los cuerpos y las miradas que lo ocupan”.

“Sociabilidad difusa, escenario predilecto para el conflicto, hilvanamiento de formas mínimas e inconclusas, ámbito en que se expresan las formas al tiempo más complejas, más abiertas y más fugaces de convivencia: lo urbano, entendido como todo lo que en la ciudad no puede detenerse ni cuajar. Lo viscoso, filtrándose entre los intersticios de lo sólido y desmintiéndolo. Un universo derretido que este libro contribuye a conocer”.

A través de esta particular mirada de la ciudad, Manuel Delgado instala una original discusión en torno al concepto de espacio público, los límites y sentidos de la planificación y los desafíos de una ciudad devenida en pluricultural, fruto principalmente de las migraciones sur-norte. Además, son del interés del etnógrafo catalán las nuevas formas de ex/inclusión social y cultural en un contexto de cambios acelerados, tomando como locus principal, pero no privativo de su reflexión, a la ciudad de Barcelona.

El autor nos presenta una reflexión crítica, de una amplitud poco común, respecto a cómo diversas disciplinas, en especial la sociología y la antropología, habituadas a enfrentar fenómenos supuestamente estables y contorneados (ej. “estructuras” – “islas” – “clases” – “etnias”) han evadido o simplemente reducido aquello que hace de la ciudad un constante acontecer y movimiento. Las multitudes, sus manifestaciones, la afluencia en sus calles, la diversidad de actividades, formas de apropiación del espacio público y trayectorias, que son expresión de lo inasible y confuso, solo ruido o movimiento browniano que es rápidamente desechado como material inútil desde la perspectiva de un estudio serio y profundo de la ciudad que privilegia el material físico, social, cultural estructurado, constante y medi-ble.

Sin embargo, cabe preguntarse, desde la perspectiva del lector sagaz, ¿cómo es posible describir/ representar (finalmente aprehender – conocer), el interminable fluir masivo de los cuerpos y cosas sobre el escenario móvil de la ciudad?

Delgado, sin caer en la tentación de proponer una sofisticada meta-teoría o un meta-método para hacer clasificables o inteligibles aquellas manifestaciones urbanas más espontáneas y dinámicas, enfatiza en la necesidad de adecuar las formas de mirar y describir la ciudad asumiendo una posición heteróclita y abierta. Se hace necesario, para quienes investigan lo urbano, reconocer que la ciudad no es un texto, abierto a ser interpretado, un límpido espejo de lo social, sino que se trata de una rica e interminable textura compuesta por los más diversos elementos, donde permanentemente se confunden los géneros, y que, incluso, se devela bajo diversos códigos y formatos (un simple paseo, un film, la novela, el graffiti, etc.).

El autor, en este punto, reivindica la vocación naturalista de los etnógrafos clásicos, sustentada en el trabajo de campo, virtud e identidad de la antropología. Dicho naturalismo -a diferencia de aquel practicado por el positivismo etnográfico del siglo XIX-, enfatiza en una concepción constructivista de la vida social, que la ve móvil y compuesta, hilvanada por una trampa poco menos que inextricable de interacciones, en la que los intereses y representaciones se concretan en “un orden de acontecimiento particulares” que pueden ser rescatados por el investigador. Estas formas espontáneas que conforman la textura urbana, este mundo-acción de cambios permanentes, puede dar paso a textos que aunque necesariamente fragmentarios permiten registrar principalmente cómo lo urbano se manifiesta y supervive, incluso a los esfuerzos de reducción y planificación del urbanismo: el barrio en decadencia re-ocupado, los ghettos de migrantes, las pandillas xenófobas o la mujer de(en) la calle.

Un segundo foco de interés para Delgado se deriva del último punto antes mencionado: las pautas que rigen el pulular de grupos, personas, mayorías y minorías, está lejos de ser un dilema academicista. La incapacidad de comprender que es posible planificar la ciudad pero no lo urbano, es una de las principales cuestiones por las cuales la función pla-nificadora de los urbanistas actuales, y en general de la ingeniería social occidental–moderna, ve fracasados sus ensayos por finalmente racionalizar los espacios y flujos, y domesticar las conductas y voces de los/las habitantes de la ciudades.

Inevitablemente, el cartesianismo y el kantismo que provee de inspiración permanente a los hacedores de ciudad, en sus distintas versiones y formatos, le permiten al autor gatillar un conjunto de críticas y reparos a las principales tendencias modernas sobre la planificación y gestión urbana. Dichas tendencias, han puesto como icono a la misma ciudad de Barcelona, específicamente aquella que surge en los años 90 como modelo de la ciudad “pensada globalmente y actuada localmen-te”. Para algunos, este tipo de experiencias urbanísticas han dado pábulo para alimentar cierta obsesión por construir ciudades competitivas y exitosas en la globalización. Dichas ciudades buscarían ser perfectamente coherentes y legibles, nómicas y rentables a la inversión transnacional, buscando explícitamente someter a lo urbano aquella maraña de indefiniciones, pasiones y desacatos, que constantemente se rebela a todo orden.

Desde este foco, el autor polemiza con lo que llama una visión ciudadanista del espacio público, que se sustenta en la aparente armonización de la ciudad actual a los poderes e intereses que confluirían en la vida pública para deliberar y consensuar, tal cual nos propone la concepción Habermasiana. Para el autor, y para Habermas también, esta visión del espacio público y del/a ciudadano/a que se desenvuelve en él, supone la existencia de condiciones de igualdad de representación, de habilidades comunicativas y argumentativas de quienes puedan acceder a la esfera de lo público, ser reconocidos y aceptados como interlocutores identificables y, necesariamente, tolerables.

Sin embargo, la experiencia cotidiana del inmigrante en la ciudad, el pobre, el joven, etc., demuestran las dificultades de su inserción e inclusión. El ejercicio cotidiano del habitante común que, como plantea George Yúdice, permanentemente discrimina a través de la racialización, etnización y tribalización de los otros culturales, muestran a las claras que las premisas de un espacio público de y para las ciudadanías deliberantes y empodera-das está lejos de consolidarse. El antropólogo catalán hace notar, además, que las formas de discriminación no sólo toman la forma obvia del skinheadismo paneuro-peo, sino que también se manifiesta en cierta tolerancia extrema propia del liberalismo cultural, que olvida que bajo la euforia por la diferencia y el exotismo, se mantienen y acrecientan día a día todo tipo de discriminaciones y radicalización de la exclusión, en especial el acceso al mundo del trabajo, la educación y la participación política.

Por su parte, Delgado, frente a esta tolerancia extrema, reivindica el Derecho a la Indiferencia o la capacidad (necesidad incluso) de hacerse anónimo en el espacio público, la cual no debe ser confundida con una aceptación de la desigualdad y las diversas formas de discriminación y exclusión que operan en la vida social. El derecho a la indiferencia permitiría resguardar a la personas y grupos de las principales formas de discriminación que se relacionan con la sobrexposición, como la sufrida por los grupos migrantes y otras minorías que se ven obligadas a transitar por la ciudad con su visa de extranjería a cuestas, mostrarse en su exostismo, reivindicar hasta la fatiga su calidad de otros, lo que los vuelve vulnerables a las miradas, al maltrato y a otras formas de abuso propias de una estructura societal, que rápidamente los ubica en las márgenes de la ciudad misma y de la pirámide social.

En el libro discurren éstas y otras imágenes que ponen en relieve la importancia de explorar la ciudad en sus movilidades por sobres sus lugares. En este sentido, se nos invita a sospechar de la planificación en su intento permanente (felizmente, y para otros lamentablemente) fracasado por ordenar y racionalizar la vida urbana, cuestionando la noción de espacio público que, al parecer, no sería necesariamente la realización de la democracia civilizatoria. Es decir de la libertad, igualdad y fraternidad entre los habitantes de la ciudad, sino el campo de manifestación de una nueva barbarie moderna.

Cabe preguntarse, finalmente, cuáles son las salidas (o entradas según se les mire) que sugiere el autor a una vida pública que debe ser re-inventada. Para ello, atisba una promesa nietzscheana, la figura del niño, símil del transeúnte anónimo que se entrega al deambular, es decir al juego, por la ciudad diseñada, producida por otros y muchas veces sólo para algunos; para, así, hacerla propia a través de su descubrimiento y reinvención permanente.

 

César A. Pagliai Fuentes1

1 Licenciado en Antropología de la Universidad de Chile. Magíster en Desarrollo Urbano, Pontificia Universidad Católica de Chile. E- Mail cpagliai@terra.cl

 

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