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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.33 n.99 Santiago ago. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612007000200010 

 

Revista eure (Vol. XXXIII, N° 99), pp. 104-106. Santiago de Chile, agosto de 2007

EURE RESEÑAS LIBROS

 

Alicia Lindón, Miguel Angel Aguilar & Daniel Hiernaux (Coords.) Lugares e Imaginarios en la Metrópolis.

 

Barcelona: Anthropos - UAM-I (2006).

Frente a una mayoría de trabajos sobre la metrópolis caracterizados por hacer énfasis en las componentes físicas y materiales, directamente observables de las sociedades urbanas, ha surgido un particular interés por abordar la dimensión subjetiva e imaginativa de las ciudades. En Lugares e Imaginarios en la Metrópolis se recupera justamente el estudio de la ciudad desde el poco explorado punto de vista del individuo: cómo la ciudad es vivida e imaginada por las personas, y cómo a su vez esas vivencias y subjetividades compartidas reconfiguran la materialidad urbana. La dimensión subjetiva-imaginativa de la ciudad se analiza en su articulación con los lugares: porciones de espacio socialmente significadas, sujetas a la dinámica de las redes de relaciones y sentido que las constituyen (p. 13).

En la ilustrativa introducción al libro, los coordinadores Alicia Lindón, Miguel Ángel Aguilar y Daniel Hiernaux presentan de manera clara y sustantiva un marco teórico para el estudio de la metrópolis desde la perspectiva de la espacialidad y los imaginarios. La espacialidad entendida como una compleja dimensión de la vida social que abarca la componente afectiva, simbólica e imaginativa de la relación entre las personas y el espacio habitado, y los imaginarios entendidos no como una representación mimética de la realidad, sino como imágenes y sentidos atribuidos a una exterioridad que no tiene por qué coincidir con esas imágenes y sentidos (p. 14). Lo relevante es que, como develan los trabajos que componen al libro, esos imaginarios orientan la actividad de las personas, modelando la materialidad de las metrópolis analizadas.

El libro está compuesto, principalmente, por tres grupos de trabajos. El primer grupo aborda el tema de los centros históricos de las ciudades como lugares de encuentro y contraste de personas, prácticas, símbolos e imágenes. Así, Daniel Hiernaux (p. 27) analiza la confrontación de dos imaginarios dominantes en los centros históricos de varias ciudades: uno patrimonialista, que idealiza al pasado y que busca preservar formas espaciales de culturas urbanas anteriores; y otro posmoderno, que con el rompimiento de la continuidad espacio-temporal contemporánea lleva a la pérdida de la memoria y de la tradición, facilitando así la coexistencia de distintos estilos arquitectónicos fragmentados de distintos tiempos. Ambos imaginarios parecen ser resultado del cambio en la velocidad de la vida del presente, sólo que mientras el imaginario patrimonial busca referentes temporales que parecen perderse, el imaginario posmoderno acepta la no-referencia temporal (p. 35). Ambos imaginarios son reforzados y reapropiados por el espectáculo y la comodificación: el patrimonialista lleva a ver a la historia como algo mercantilizable y se busca así la privatización de la historia patrimonial. La visión posmoderna refuerza la idea de transformar para aumentar el consumo, sin preservar necesariamente el patrimonio histórico.

Analizando los imaginarios más representativos de ciudades latinoamericanas, Armando Silva (p. 43) encuentra que tanto la iconografía urbana como los habitantes de la ciudad, miran al centro histórico como sitio de autorreconocimiento (p. 54), lo cual quizá lleva a que las manifestaciones políticas aún otorguen centralidad al centro histórico, a pesar de las nuevas urbanizaciones que miran al centro sólo de lejos. En La Paz, movimientos sociales de sublevación se combinan con lo festivo y con el arte público, recuperando la calle del centro como espacio político. Sin embargo, La Paz es imaginada por lo general, al igual que Quito y Santiago, como triste; Buenos Aires y Montevideo como ciudades cansadas; Bogotá, Lima, México y Santiago son imaginadas como peligrosas; Caracas y Sao Paulo por otro lado se ven alegres. Sin embargo, esta clasificación debe ser matizada, pues cada ciudad tiene distintas caras y los imaginarios varían según las prácticas que realizan las personas en sus espacios de la vida cotidiana. Esto se puso de relieve en la investigación de Anna Ortiz (p. 67) en los barrios de Prosperitat y El Raval de Barcelona, quien estudia cómo ambos barrios pasaron por un proceso de transformación para contribuir a reforzar la pertenencia y el sentido de lugar. Sin embargo, sólo en Prosperitat el sentido de lugar se ha reforzado considerablemente en la mayoría de la población, pues la gente estuvo involucrada en el cambio a través de sus prácticas. En El Raval ha aumentado también el sentido de pertenencia con la renovación de los espacios públicos, pero como en esta renovación la gente no fue consultada, se encuentran mayores confrontaciones. Este estudio deja ver que la cercanía de las políticas urbanas a la práctica cotidiana local ayuda a una mejor integración.

El segundo grupo de trabajos explora la metrópolis desde los imaginarios que construyen espacios del miedo, que se convierten también en espacios de poder para ciertos grupos sociales. Alicia Lindón (p. 85) presenta un estudio muy original sobre el paso de un imaginario del suburbio paradisíaco americano al imaginario de la periferia del miedo en la ciudad de México a través de un proceso de difusión y resemantización. Así, por ejemplo, la idea de la apertura como elemento de libertad del suburbio, adquiere en la periferia latinoamericana el significado de mayor oportunidad de circulación para el potencial agresor. Los sujetos van construyendo a través de su experiencia marcas e hitos en un territorio supuestamente homogéneo y se pueden generar miedos a lugares específicos. Un territorio caracterizado por la ausencia de límites es entonces paradójicamente delimitado simbólicamente por los significados que los sujetos otorgan a los lugares a partir de su experiencia (p. 94). La investigación apunta a que estas topofobias periféricas comienzan a generar fantasías geográficas de mudanza a otro lugar de la ciudad, llevando así a un nomadismo residencial que añade dinamismo y complejidad a la gran ciudad.

Rosa María Guerrero (p. 107) encuentra también el miedo como una presencia constante en los universos simbólicos compartidos de dos barrios periféricos de Santiago de Chile, uno de clases acomodadas y otro de clases marginales. En este caso, en ambos barrios el peligro no está en el barrio, sino fuera; sólo que en el caso de Cerro Navía, el barrio de clases más marginales, no tiene un territorio definido. El sentido de seguridad se da en el nosotros, como una comunidad que comparte valores. Sin embargo se refuerza así un imaginario urbano excluyen te y fragmentado. Roxana Martel y Sonia Baires (p. 119) encuentran en su trabajo sobre una periferia de San Salvador algo más cercano a lo que encontró Alicia Lindón: la gente se siente más segura fuera de su lugar de residencia. Se ha generalizado entonces un imaginario de miedo y temor a la violencia y a las amenazas. Este sentido de inseguridad se encuentra también en el Macrocentro, una zona comercial central donde se marca la presencia constante del otro peligroso. El espacio público se debilita como espacio de convivencia y se anhela un espacio público de calidad.

Esto se vincula con el tercer grupo de trabajos: aquellos que abordan el espacio público como una faceta compleja de la metrópolis contemporánea. Miguel Ángel Aguilar (p. 137) presenta una sugerente reflexión sobre la dimensión estética de la experiencia urbana, dando pautas para desarrollar una sensibilidad en el estudio del espacio público. Hace énfasis en la estética urbana, no como lo que ya está hecho sino como la ciudad practicada, aquellas prácticas urbanas que dan sentido a la ciudad. Las marcas urbanas pueden abordarse así desde múltiples lecturas y las alteraciones ciudadanas al espacio público pueden verse entonces como un diálogo con la ciudad. Abilio Vergara (p. 149) encuentra en el parque posibilidades para un espacio público de calidad, donde a pesar de la permanencia de cierto temor a la inseguridad, es posible el contacto con el otro, usar el espacio y principalmente estar en, y no únicamente transitar por el espacio público. Reivindicados como espacios del tiempo libre, aparece como "uno de los pocos espacios donde se hace ciudad; paradójicamente negándola" (p. 154). Por otro lado, Liliana López Levi, Eloy Méndez e Isabel Rodríguez (p. 161) presentan un interesante trabajo sobre los fraccionamientos cerrados, vinculados a la pérdida del espacio público como lugar de interacción. Sugieren que el fraccionamiento cerrado se nutre de construcciones simbólicas recuperadas del castillo medieval amurallado idealizado. Sin embargo, esa imagen medieval no tiene un referente arqueológico, sino simbólico -un simulacro difundido por las reglas del consumo que termina por suplantar a la realidad, en términos baudrillardianos.

Camilo Contreras (p. 171) muestra la manera en que las relaciones de poder se materializan en el espacio urbano a partir de un análisis de los imaginarios asociados al puente atirantado de la ciudad de Monterrey. El puente se ve como una imposición paisajística del poder político y las clases dominantes. Frente a ese poder político hay resistencias simbólicas de otras clases sociales de la ciudad que se materializan a través de apodos y pseudónimos que asignan al puente. Marlene Choque (p. 187) continúa esa exploración del vínculo entre la espacialidad y el lenguaje en un sugerente trabajo que presenta la manera en que el espacio puede convertirse en un referente de identificación para las personas de una localidad. Identifica así que sólo los dirigentes vecinales se presentan con su nombre completo ante un programa de radio de La Paz, Bolivia; mientras que la mayoría de los vecinos construyen un yo espacial en el que anteponen a su persona el lugar de residencia. Rosalía Wincour (p. 203) completa esta serie de trabajos con una investigación sobre el imaginario de la computadora en el hogar de una colonia periférica, semi-rural, de la ciudad de México. Al significar la computadora como una tecnología para abrir posibilidades de movilidad social, encuentra Rosalía Wincour que se busca abrirle un espacio particular en la casa. Se piensa por lo general a la computadora y a la Internet como algo de carácter público, pero que llega al dominio privado del hogar. Vemos entonces con estos trabajos que el límite entre lo público y lo privado se desdibuja y que surgen nuevas formas de sociabilidad urbana que merecen ser estudiadas.

La división entre estos tres grupos de trabajo es también difusa, pues se puede encontrar una interesante articulación entre distintos fenómenos analizados en distintos trabajos y en distintas ciudades. También se encuentran ciertas diferencias en las varias interpretaciones presentadas en el libro, lo cual es ilustrativo de la diversidad que caracteriza a las ciudades. No obstante, es relevante observar que casi todos los autores usan metodologías cualitativas y muestras no representativas, y a pesar de ello encuentran situaciones similares, algunas encontradas, pero que finalmente llevan a pensar que este tipo de trabajos contrastados ayudan a dar solidez epistemológica al estudio de la subjetividad de la espacialidad urbana.

Eduardo Nevé1

1 Universidad Autónoma Metropolitana — Iztapalapa. E-mail eduardoneve@gmail.com

 

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