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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.70 n.4 Santiago jul. 1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41061999000400001 

Educación universitaria en Chile:
una visión desde la Medicina

Nicolás Velasco F.1

Desde comienzos de este siglo la región latinoamericana padece de una enfermedad crónica en su enseñanza superior. En su gran mayoría, sus universidades son unidades docentes empobrecidas y sin autonomía académica real. Si bien es cierto que varias de estas instituciones forman parte de países con múltiples problemas sociales, culturales y económicos, hay muchas que son académicamente deficientes a pesar de pertenecer a naciones con niveles de desarrollo comparables o superiores al chileno.

Con gran frecuencia la gestión y la administración son poco profesionales y las decisiones son influidas por instancias no académicas. La calidad de los profesionales que allí se forman es muchas veces inadecuada y existe una escasísima producción científica relevante. De hecho, Latinoamérica produce menos del 1% de las publicaciones científicas en revistas de corriente principal. La universidad atrae a pocos académicos de calidad, y los que logra reclutar, desarrollan su labor en jornadas parciales. A modo de ejemplo, en la especialidad que ejerzo, muchos de los médicos influyentes de países latinoamericanos están fuera de la universidad o desarrollan en ella una labor secundaria, que sólo les reporta beneficios honoríficos. Sin embargo, hay casos en el que el hecho de ser profesor universitario se usa como estrategia de mercadeo. Indudablemente existen docentes con vocación, pero estos son una minoría. El segundo gran problema de las universidades latinoamericanas es la sobrepoblación de alumnos en cantidades que muchas veces parecen increíbles, a modo de ejemplo, hay una escuela de Derecho en un país vecino que tiene 20 000 alumnos y escuelas de Medicina que admiten entre 1 000 y 6 000 estudiantes en primer año, disponiendo de campos clínicos y un número de académicos inferior a la mayoría de las escuelas de Medicina de nuestro país. El fracaso estudiantil de muchas escuelas supera el 70% y los estudios se prolongan largo tiempo, ya que los reglamentos de eliminación no se aplican. El récord que conozco es de un estudiante de Medicina que fue alumno regular de su escuela por 57 años, situaciones que obviamente inducen un derroche de recursos en países con muy escaso presupuesto para educación.

Las remuneraciones académicas son muy bajas y los profesores de jornada completa real son escasos, siendo pocas las escuelas universitarias en las cuales el profesor, aunque tenga una dedicación exclusiva, puede vivir dignamente sólo de su remuneración.

Latinoamérica es conocida en el mundo desarrollado como una región que tiene profesionales efectuando labores menores, y estos generan poca confianza. Lamentablemente, la sobreoferta de profesionales ha contribuido a la generación de problemas éticos, siendo en la profesión médica difundido el pago por derivación y el llamado "incentivo académico", eufemismo con el cual se conoce a la coima por el uso de determinados productos farmacéuticos u otros insumos en el ejercicio de la profesión.

Por supuesto, en todo el continente se pueden encontrar profesionales competentes y éticamente intachables, pero el escenario descrito es preocupante.

EL CASO DE CHILE

Nuestro país se preciaba de la excelencia de sus profesionales. La docencia universitaria se ejercía con esmero, los niveles de calidad requeridos eran exigentes y los profesionales que egresaban contaban con la confianza del público. Por otra parte, la libertad de gestión académica era restringida y las universidades públicas y privadas estaban bajo el control del Estado. Durante mucho tiempo el sistema universitario creció muy poco y la producción de profesionales era escasa para las necesidades del país.

Desde la situación previa a la actual hay enormes diferencias. El número de universidades se ha multiplicado, la libertad de gestión es amplia y los controles de calidad son prácticamente inexistentes.

El país ya tiene una sobreproducción de profesionales en diversas disciplinas y los primeros síntomas de esta nueva realidad se reconocen fácilmente: cesantía y remuneraciones decrecientes.

Existe la impresión que de alguna manera Chile está emulando a Latinoamérica por caminos diferentes; nuestro sistema universitario no admite a miles de alumnos por carrera, pero en cambio recibe cantidades menores de estudiantes en varios cientos de unidades académicas. Es curioso que el legislador ortodoxo, estatista o liberal, promueva resultados parecidos por caminos diferentes. El uno, a base de paradigmas que le dan ventaja política inunda las escuelas con alumnos, y el otro multiplica alumnos multiplicando instituciones.

La libertad de gestión es un bien que debemos conservar. Para que dicha gestión cuente con la confianza del país y sea por ende sustentable, debe garantizar la fe pública. La única manera de lograr esto es a través de sistemas objetivos de acreditación que garanticen la calidad de los procesos educacionales y de sus productos. El cómo se organice este sistema de control de calidad es importante: debe ser común para todos, imparcial e impermeable a toda influencia ajena a lo propiamente universitario. El mal que nos empieza a afectar no es sólo responsabilidad de la universidad privada. Muchas de ellas tienen proyectos de mayor solvencia que algunas de las instituciones estatales, por lo que el sistema de control de calidad es necesario para todos.

Resulta curioso que un país emergente gaste tanto tiempo y dinero para controlar la calidad de sus productos de exportación y demuestre tan poco interés por la calidad de su sistema universitario. El Ministerio de Educación de Chile tiene clara conciencia de este problema y está desarrollando en conjunto con las universidades dichos sistemas de control, sin embargo, para que estos se pongan en práctica, es necesario sensibilizar a la sociedad acerca de este tema y comprometer a los actores universitarios para que participen lealmente de él.

EL CASO DE MEDICINA

Los problemas que hemos descrito, de expansión del número de carreras en un contexto universitario desregulado, comenzaron por las carreras llamadas "de tiza y pizarrón", pero actualmente está comprometiendo a la enseñanza de la Medicina. Aunque no existen datos fidedignos que indiquen el número y el tipo de médicos que Chile necesita, hay elementos indirectos que sugieren que precisamos un número mayor. En nuestro país ejercen aproximadamente 18 000 médicos, lo que indica que ya superamos el paradigma de un médico cada 1 000 habitantes, aún así, existen numerosos cargos para profesionales médicos vacantes y en muchas regiones del país faltan varios tipos de especialistas. A modo de ejemplo de lo primero, una proporción creciente de la atención en policlínicos municipales de la Región Metropolitana es servida por médicos extranjeros.

El problema que empezamos a vivir con la proliferación de escuelas de Medicina no es una sobreoferta de médicos (aunque si siguen ingresando extranjeros al ritmo actual dicha sobreoferta podría suceder), sino que una dilución en la calidad de la formación.

Enseñar Medicina es caro y complejo. Para organizar programas de formación que cumplan con estándares de calidad adecuados, se requiere una inversión anual de aproximadamente cuatro millones de pesos por estudiante, suma que mayoritariamente representa remuneraciones académicas, pero además hay gastos importantes en insumos e infraestructura física. Estos costos reflejan la estructura tutorial de la docencia, hecho que exige una alta concentración de recursos académicos por alumno.

Los sueldos universitarios son bajos y las oportunidades en práctica privada muy remunerativas, por lo que es difícil reclutar profesores con dedicación importante a labores universitarias, debido a lo cual todas las escuelas nuevas y algunas de las tradicionales sólo disponen de plantas académicas reducidas y de tiempo parcial, particularmente para la docencia en los ramos clínicos. De hecho, en la práctica algunas de ellas sólo son escuelas de medio día y los alumnos de cursos avanzados aprenden y practican con escasa supervisión.

Nuestro país todavía conserva un liderazgo en investigación científica, incluyendo ciencias médicas, en el concierto latinoamericano. La producción científica chilena per cápita es la mayor de Latinoamérica, pero está a gran distancia de los países desarrollados. Para entrar al diálogo global en condiciones adecuadas debemos incrementar significativamente nuestra productividad científica. Dada las condiciones actuales, las escuelas de Medicina ven disminuir cada día su potencialidad científica. A propósito de esto, es significativo el hecho que actualmente dos escuelas de Medicina concentren el 80% de toda la investigación biomédica que se realiza en el país.

Abordar la situación actual exige tareas urgentes. La primera de ellas es conseguir recursos económicos para formar núcleos académicos con salario y condiciones competitivas. La segunda es optar por estándares de calidad comparables a los de países desarrollados, y la tercera es poner en práctica medidas de control de calidad (de los procesos y los productos), a fin de garantizar la fe pública y la calidad de nuestras escuelas de Medicina. Todo este proceso requiere una gestión y administración académica eficiente, en las cuales los criterios rectores son sólo de calidad.

Tal como lo expresé anteriormente, el número de estudiantes de Medicina se ha incrementado en forma sustantiva (sobre 50% en los últimos 8 años), siendo el problema, más que el número de alumnos, la calidad de los programas de formación. La tarea pendiente para rectificar las actuales tendencias es ardua pero posible. Existe un trabajo, largo y dedicado, hecho por la Asociación de Facultades de Medicina de Chile, para lograr el establecimiento de un sistema nacional de acreditación, que cuenta con el apoyo de las autoridades de Gobierno y de entidades gremiales. Debemos persistir en este camino y esperar que nuestro plan de control de calidad tenga éxito para que luego pueda propagarse por toda nuestra educación superior, como un paradigma de progreso y de la responsabilidad social de sus actores.

1. Director, Escuela de Medicina, Pontificia Universidad Católica de Chile.

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