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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.74 n.3 Santiago jun. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41062003000300001 

EDITORIAL

Rev Chil Pediatr 74 (3); 253-255, 2003

Humanismo y Medicina.
La proyección humanista en la enseñanza de la
Medicina chilena del siglo XXI

Colomba Norero V.1

La medicina contemporánea ha presumido de ser una medicina científica. Por lo tanto, trata de ser lo más objetiva posible y se apoya fuertemente en lo tecnológico. Mide, cuantifica, relaciona los signos de enfermedad y deja un tanto de lado a los síntomas que sin embargo, no olvidemos, constituyen elementos diagnósticos esenciales.

Este tipo de medicina despierta sentimientos de asombro y de temor. De asombro ante su inquisitiva capacidad de llegar a la explicación última (o lo que consideramos última) de las enfermedades y ante el desarrollo de sus técnicas diagnósticas y terapéuticas. De temor, ante las implicancias éticas que tiene su capacidad de intervenir en el comienzo y el término de la vida y en las experiencias de desencuentro en la relación médico paciente. Pero al mismo tiempo, se debe concordar que también el sentimiento es de maravilla, ante la posibilidad de tratamiento y mejoría de tanta patología que se consideraba incurable.
Para este tipo de medicina la enseñanza necesariamente se ha debido modificar. De allí los grandes cambios curriculares que privilegian la comprensión, la capacidad de análisis y de captación de elementos nuevos por sobre la memorización que caracterizaba la enseñanza tradicional. Prepararse para el futuro, ese es el lema... Y esto a veces puede confundirse con prepararse para la medicina del “éxito”, con nuevas conquistas tecnológicas y aceptación de nuevos postulados éticos que son capaces de alterar el curso de la vida de los pacientes.

En la práctica, estos conceptos han significado una aterradora despersonalización de la atención al enfermo. Para ser justos, esto último no sólo se debe a la tecnología sino a las corrientes de pensamiento imperantes que borran al hombre persona para reconocer sólo al hombre masa. Prueba de ello es la incomunicación a todo nivel, el rechazo al fracaso (y la muerte se considera como tal), la falta de interioridad del hombre que se manifiesta con una sensación de disconformidad, de rebeldía no canalizada, vaga; el imperioso deseo de “felicidad” que se expresa en satisfacciones inmediatas, efímeras.

Siendo así las cosas, y formando los médicos parte de este universo desencantado, se comprende fácilmente el deterioro de la relación médico paciente, piedra angular de una buena medicina. Nuestra cultura occidental obliga a reverenciar lo objetivo, lo técnico, y a menospreciar lo subjetivo. No se establece un diálogo. Se plantean soluciones brillantes desde el punto de vista de lo científico pero se olvida de la humanidad que debe rodear los actos médicos. Y esto es aceptado y practicado por ambos protagonistas, el médico y el paciente, con un grado mayor o menor de convencimiento de que se trata de la solución correcta, que la objetividad es lo deseable, que no se deben mezclar sentimientos con acciones, que la pasión debe ser olvidada.
Como una reacción a este estado de situación, la preocupación por la recuperación de una buena relación clínica se hace cada vez más fuerte en la enseñanza y en la práctica de la medicina. Es fundamental recobrar la visión antropológica en este campo, volver a darle al hombre su sentido de ser único. Esto supone darle paso al humanismo, entendiendo como tal el estudio del hombre no sólo como ser natural sino en su totalidad como ser cultural trascendente; conocer al hombre íntegramente en su realidad más íntima.

La relación médico paciente es una relación social en que lo que importa desde el punto de vista del médico es la philia, es decir la amistad que sea capaz de desarrollar con su paciente, la preocupación que le produzca la presencia del otro como un ser integral, entendidas ambas cosas como una forma de amor. Amor correspondido por parte del paciente con su confianza, con su esperanza depositada en el conocimiento y la sabiduría del interlocutor. Esta magnífica y gratificante relación tiene pocas posibilidades de ser desarrollada en el mundo médico actual en que se trabaja en equipo y en que las decisiones, la mayor parte de las veces, son tomadas por los resultados de laboratorio.

Siempre los médicos han sido exigidos por la sociedad en convertirse en paradigmas de conducta. Ahora se les solicita además un nivel de conocimientos biológicos impresionante, el cual se incrementa día a día y se aplica casi de inmediato. De allí que el refugio ha sido la subespecialización, donde se puede cumplir con más facilidad los requerimientos de conocimiento profundo y de expertizaje técnico puntuales. Esto contribuye al desperfilamiento de los pacientes como personas y hacer del acto médico un ritual técnico. Por eso es tan importante formar médicos que se dediquen a la práctica de la Medicina General, en sus variantes de Medicina Familiar o de Medicina de adultos, de la mujer o del niño. En ese tipo de Medicina es donde más deben reforzarse los contenidos humanísticos para que se pueda producir una buena relación médico paciente y se siga considerando esta profesión como una tarea digna de ser imitada. Pero aún en aquellos casos en que se efectúe una acción muy especializada, debe aparecer el rostro humano de la medicina. Si esto no sucede, es porque nuestros esfuerzos formativos no han estado bien encauzados o hemos carecido de la metodología adecuada para lograrlo.

Por otra parte, existen generaciones intermedias de médicos que resultamos afectados en nuestra formación por el imperativo de una lógica de pensamiento constructivista que fue la respuesta ante las demandas de un exceso de conocimientos nuevos en lo biológico. Después de titulados, todos nuestros esfuerzos estuvieron dirigidos a no quedarnos atrás en los nuevos conocimientos de biología molecular, de genética, de inmunología que no nos habían sido impartidos en su concepción moderna cuando estudiantes. Y, en ese camino, se privilegió el conocimiento biológico y se dejó de lado toda la parte humanística de nuestra formación como personas. Esta omisión la hemos intentado reparar, con mayor o menor eficacia, por nosotros mismos. A lo anterior agreguemos los cambios conceptuales en nuestras convicciones éticas, producidos en parte por los nuevos conocimientos científicos y por nuestra comprensión de que existen otras formas de civilización y culturas, cuyos valores y conductas son tan respetables como la nuestra.

Se han dado importantes pasos para recuperar el sentido humano y el humanismo en la enseñanza de la Medicina. Dependiendo de las condiciones locales, algunas escuelas introdujeron primero la enseñanza de la historia de la Medicina, en otras se efectuaron talleres literarios con el estudio de obras que se relacionan con la práctica novelada de la medicina o con la interpretación de determinados estados de ánimo en poesías y cuentos clásicos notables, desarrolladas estas actividades en cursos electivos u obligatorios. Pero, sin duda, fue la introducción de temas éticos lo que produjo un profundo viraje en la forma cómo enseñar a ser un buen médico. Esta incorporación dependió mucho de la presencia de determinadas personas en el seno de las facultades. Humanistas, cultos, de amplio carisma, con personalidad y capacidad de convencimiento, fueron los que cumplieron un papel radical en hacernos volver a aspirar viejos ideales de conocimiento. Ese rol lo cumplió en la Facultad de Medicina de la U. de Chile el Profesor Armando Roa desde los años 70, en que se dio inicio a la Comisión de Ética y se introdujo la enseñanza electiva de esa disciplina en la carrera de Medicina en un contexto humanista. La evolución experimentada ha sido enorme: La modificación curricular ha permitido que desde 1998 la enseñanza de la bioética y de las humanidades se extienda desde 1° a 5° año de Medicina en el subsistema Fundamentos Antropológicos, humanísticos y éticos de la medicina del plan de estudios oficial de dicha carrera. Otro paso fundamental en la enseñanza de las humanidades médicas ha sido la creación, en distintas facultades de medicina de Departamentos de Humanidades Médicas, sea en conjunto con Ética o en forma separada .
Se ha producido desde entonces un dilema: los alumnos reciben sus conceptos teóricos en ética y humanidades en las aulas pero no los ven aplicados en la práctica clínica de todos los días. Tampoco, con alguna frecuencia, en el desempeño de sus modelos. Las quejas son constantes en ese sentido.

Por eso es que la Facultad de Medicina de la U. de Chile consideró también imperativo preocuparse de la formación de sus docentes. Las iniciativas han sido el desarrollo de diplomados en docencia médica y en bioética, esperando resultados significativos en la capacidad de humanizar primero la relación docentes-alumnos, para luego actuar de igual manera en la del médico y paciente. Creemos que la cantidad de profesores que miran ahora la práctica docente y la profesión médica de otra manera ha ido aumentando, diseminándose sus resultados en las distintas unidades de trabajo, mejorando, así esperamos, la calidad de estas relaciones.

En la práctica el humanismo ha resultado ser, tal como lo plantea Francesco Boeghesi (Ars Medica 2001; 1: 21-8), una respuesta a las deficiencias de una cultura médica dominada por miradas científicas, técnicas y administrativas, un lugar de encuentro y de equilibrio entre la razón, moralidad y sentimiento, valores y ciencia. Obtener ese equilibrio debe ser la aspiración de la enseñanza de la Medicina, de tal manera que sus egresados estén preparados para continuar su desarrollo como personas, insertándose en la sociedad no sólo como profesionales bien preparados sino como incentivo de búsqueda de conocimiento en todos sus aspectos.

Difícil tarea en un mundo tan técnico, tan materializado. Pero los desafíos constituyen la esencia del ser humano, la razón de nuestra felicidad. Un bagaje humanístico nos permitirá a los médicos una mejor comprensión del pasado, un mejor análisis del presente y una mejor visión del futuro y así lograr una perspectiva independiente de la tecnología, sin restarle a ésta el indudable valor que tiene, pero en la medida correspondiente. Nos permitirá seguir asociando el juicio humano a nuestras decisiones técnicas, en una armonía absolutamente deseable para este mundo postmoderno.


1. Vicedecana. Facultad de Medicina. Universidad de Chile.

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