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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.75 n.5 Santiago oct. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41062004000500001 

 

Rev Chil Pediatr 75 (5); 417-419, 2004

EDITORIAL

La Medicina Clínica: Una Visión Personal

 

Vicente Valdivieso D.1

Para Daniela García y su familia con profunda admiración y aprecio

La Dra. Sofía Salas, Profesora Jefe de este curso de Introducción a los Estudios Médicos, me ha pedido que converse con Uds. para darles mi visión personal acerca de la Medicina Clínica que he practicado y enseñado por muchos años.

Me parece conveniente que comencemos por definir: La Medicina Clínica es un saber práctico (Arte) con fundamento científico (Ciencia) al servidor del ser humano (Humanismo). Esta definición de mi profesión no cubre sino una parte de lo que constituye el concepto global de la Medicina y su relación con la Salud. Entre otros significados adicionales, se encuentran la Medicina Preventiva y la Salud Pública; la Medicina como una ciencia particular y propia, que investiga los mecanismos de la enfermedad (Patología Humana), o el rendimiento de los métodos de diagnóstico y tratamiento (Epidemiología Clínica), etc, etc. Pero en esta conversación nos limitaremos sólo a la Medicina Clínica, aquella que se practica en directa relación con nuestros pacientes y sólo tiene sentido si está a su servicio.

Podemos entenderla como el espacio de interacción de las tres esferas mencionadas en la definición: ARTE, CIENCIA Y HUMANISMO, que se representan en la figura anexa. Durante el ejercicio clínico, estas tres áreas o esferas de nuestra actividad experimentan una interacción permanente y fructífera que no sólo las suma, sino que las potencia; y deben mantener un equilibrio que requiere de un celoso cuidado para que no se hipertrofie ni atrofie ninguna de las tres. De hecho, cualquier acto médico por simple y rutinario que parezca, contiene siempre elementos de cada una de ellas. Las analizaremos por separado sólo por razones docentes.

La esfera de la Ciencia y de su hija la Tecnología, es la más aparente en la cultura actual: la que brilla con más fuerza en los medios de comunicación, la que goza de mayor publicidad en el mercado. A ella se le atribuye (con mucha simpleza) el fundamento racional de nuestra profesión y el origen de todos sus éxitos.

Me parece conveniente contarles que el fundamento racional de la Medicina es mucho más antiguo que su desarrollo científico. Hace 2 500 años la Medicina Clínica logró la hazaña de convertirse en una actividad guiada por la razón, separándose de los mitos, exorcismos y brujerías. Fueron Hipócrates y sus compañeros quienes al practicar la observación reiterada y cuidadosa de sus pacientes, alcanzaron conclusiones que expresaron como aforismos, algunos de los cuales todavía conservan vigencia. La influencia del pensamiento hipocrático en la medicina fue y sigue siendo tan potente y fructífera que aún merece nuestro respeto y agradecimiento. Gracias a Hipócrates, aprendimos a apreciar el frágil equilibrio en que descansa la Salud; y a valorar el profundo sentido de los buenos hábitos y de la prevención en el cuidado responsable de este, nuestro principal bien en este mundo.

La Medicina se incorporó tardíamente al desarrollo científico moderno iniciado por Galileo y Descartes en el siglo XVII y ello no se debió a los médicos, quienes lo resistieron; fueron Claude Bernard (un fisiólogo) y Pasteur (un químico) los que iniciaron en el siglo XIX el desarrollo científico de la Medicina, el que ha alcanzado niveles espectaculares e inimaginables en los últimos 50 años. Apoyada en la Física, la Química y la Biología y con la ayuda creciente de la informática moderna, la Medicina ha desarrollado innumerables drogas para corregir y regular exitosamente las funciones de diferentes órganos y sistemas: Ha logrado increíbles progresos en la obtención de imágenes de toda la Anatomía Humana, tanto normal como patológica; ha conseguido reemplazar órganos irrecuperables mediante trasplantes, gracias a trucos farmacológicos que engañan al organismo para que acepte tejidos extraños regulando su respuesta inmunológica; e incluso ha logrado modificar nuestras emociones y curar o al menos aliviar enfermedades psiquiátricas, interviniendo en la actividad bioquímica del cerebro.

Pero es injusto y superficial pensar que toda la Medicina Clínica se reduce a la Ciencia y la Tecnología; y es ingenuo creer que ellas convierten a los médicos en sujetos infalibles para “derrotar” al dolor, la enfermedad y la muerte, que como sabemos, son consustanciales a nuestra existencia. En el mejor de los casos, si se dispone de los recursos necesarios, los Médicos podemos aspirar a prolongar la vida y a mejorar su calidad.

En la esfera del Arte, los médicos clínicos desarrollamos a lo largo de la vida las habilidades y destrezas que nos permiten obtener información del paciente, de sus familiares y el medio en el que él vive y trabaja. Para conseguirlo, necesitamos escuchar atentamente el motivo de la consulta del enfermo, las razones de su incertidumbre y reconocer los factores psicológicos que influyen en sus síntomas. Conseguida la información mediante la historia y el examen físico, ella debe ser racionalmente procesada para formular una hipótesis de diagnóstico, solicitar responsablemente los exámenes complementarios que la apoyen o la descarten y elegir un tratamiento fundamentado, seguro y económicamente posible. Todo este proceso, tan hermoso y complejo, se realiza en un tiempo limitado, sin perder de vista el motivo original de la consulta y el respeto debido a quien, en un acto de gran confianza, se pone en nuestras manos. Para dominar el Arte se requiere de un largo entrenamiento que Uds. comienzan hoy, pero que no tiene fin: ¡Siempre se puede atender mejor!.

Conviene recordar que el diagnóstico y tratamiento se fundan en hipótesis que descansan sobre probabilidades. La medicina clínica no es y no será nunca una ciencia exacta, y siempre habrá un considerable margen de error en todos nuestros actos.

La medicina occidental “oficial” que aplicamos y los fundamentos racionales en que ella descansa no excluyen otras formas de aliviar y de curar. Múltiples “medicinas alternativas” que no se basan en el método cartesiano suelen obtener resultados sorprendentes y gozan a menudo de la confianza de la población. Debemos aprender a convivir con ellas con una mente abierta y a la vez prudente, sin prepotencia ni apresurada descalificación.

Vivimos tiempos en que las apariencias han tomado una preponderancia inusitada sobre el pensamiento reflexivo y maduro. El enorme peso del mercado, de la “industria de la salud” y del culto a la imagen corporal se ha traducido por una inundación de ofertas para curarlo todo o corregirlo todo, olvidando con frecuencia uno de los aforismos básicos de la medicina hipocrática: “Primum, non nocere”... En primer lugar, no hacer daño. Entre tanta información, ¿como separar la paja del grano?.

La Epidemiología Clínica, ciencia relativamente nueva en la Medicina, nos permite a menudo distinguir lo que realmente sirve de lo inútil o incluso perjudicial, mediante un instrumento que espero que Uds. lleguen a conocer y practicar: la Medicina Basada en Evidencia.

Y llegamos a la tercera de nuestras esferas: La del Humanismo: Si estamos al servicio de nuestros semejantes, tenemos que conocer los rasgos propios de la condición humana, para aplicar este saber al ejercicio de la medicina.

Nuevamente volvemos a Hipócrates y sus compañeros, que en tiempos de generalizado desprecio por la persona nos enseñaron a respetarla, fuera hombre o mujer, libre o esclavo.

¿ Cuáles son los rasgos que hacen de la persona humana algo tan valioso y respetable?.

Cada uno de nosotros encierra un misterio interior que lo hace único e irrepetible, no sólo genética sino también espiritualmente. Este recinto privado contiene nuestra memoria personal y la historia de un proyecto de vida que se desarrolla y perfecciona sin fin. Este mundo interior se asoma a través de la palabra, el gesto, de los silencios, y lleva el sello espiritual de cada uno. Somos todos radicalmente diferentes y aunque tratamos de acercarnos, nunca logramos una identificación total del otro. El lenguaje, y los símbolos nos aproximan, pero no pueden fusionarnos. El Médico debe respetar este misterio, esta condición de único de cada ser humano y al mismo tiempo ayudarle a expresar su incertidumbre, sus temores y esperanzas.

Somos vulnerables: nuestra vida es un continuo riesgo de sufrimiento y de pérdida de la salud física y la estabilidad emocional. Y estos episodios de pérdida son además, imprevisibles. Muchas veces no podemos cambiar los acontecimientos: los sufrimos con impotencia y aprendemos de ellos. El Médico es particularmente sensible a la vulnerabilidad del prójimo: la sufre a diario y la comparte, porque también es humano. Nada más torpe entonces que la autoidolatría y la soberbia, frecuentes de observar en nuestra profesión.

Somos racionales: seres pensantes, capaces de explorar la realidad que nos rodea e investigarla metódicamente. Es evidente que no somos pura razón: también vivimos emociones, intuiciones, imaginación y juego. Además nuestra razón es tan vulnerable como su dueño: puede ser fuente de error y nunca seremos infalibles. Pero el Médico debe reconocer y respetar la capacidad de pensar del enfermo: Explicar, disipar la niebla del temor, iluminar, aclarar. Es lo que los pacientes más agradecen.

No estamos solos. Vivimos en comunicación con los demás y edificamos nuestro proyecto interior en contacto con ellos y gracias a ellos, lo que vale tanto para las generaciones anteriores como para la propia de nuestra época. De aquí la necesidad de saber comunicarnos mediante el lenguaje verbal y corporal, aunque nuestro ser íntimo se resista a menudo a la reciprocidad. Gracias a la comunicación recibimos la tradición, las normas sociales y los valores del espíritu desarrollados por quienes nos precedieron y por muchos de quienes nos rodean.

El buen Médico practica con generosidad la comunicación con sus pacientes: escucha atentamente y solicita el aporte del enfermo y de sus familiares en áreas que a menudo ignora; valora sus experiencias y sus sugerencias.

Somos libres. Es cierto que se trata de una libertad limitada, porque somos una síntesis de posibilidades y necesidades. Y como vivimos en sociedad, la pluralidad determina los límites de nuestra libertad: ella no se puede concebir sin la responsabilidad por el bien común. Pero aunque sea escasa, nuestra libertad es preciosa e indispensable para construir un proyecto personal.

La imaginación complementa a la libertad, le abre espacios, le busca soluciones. Es como la sal de la tierra, como el aceite del motor, que no puede funcionar sólo con la bencina. Gracias a ella cada vida es una obra original y no sólo una copia. Debemos respetar la libertad y la imaginación creativa de los pacientes, valorar su autonomía y encausarla de modo que en lo posible ellos participen en el manejo de su enfermedad.

Finalmente, tenemos sed de trascendencia. Aunque a primera vista no lo parezca, el ser humano vive inquieto por las preguntas fundamentales: ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?. Buscamos más allá de nosotros mismos y de nuestro tiempo. Ello explica nuestro natural sentido de religiosidad, aunque no esté necesariamente vinculado con un credo específico.

En los momentos más críticos de la vida de los pacientes, el buen médico comprende y estimula su inquietud de trascendencia, entregando tiempo, paciencia y esperanza.

Una medicina dominada sólo por la ciencia y la tecnología se deshumaniza, se fragmenta y se encarece, un médico que sólo vibra con el dominio de su arte, puede caer en una vanidad a veces superlativa, olvidando sus deberes para con el paciente y con la sociedad; y una medicina orientada sólo por la compasión, puede ser inútil, puesto que carece de la base científica responsable. Busquemos el equilibrio de los tres componentes que les he descrito, ¡sin descuidar ninguno!. Si Uds. se guían por este principio durante sus estudios y en la práctica de su profesión, lograrán una vida plena y feliz, y no tendrán nada que temer en el futuro.


1. Profesor Titular. Facultad de Medicina. Pontificia Universidad Católica de Chile.

 

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