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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.81 n.4 Santiago ago. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41062010000400002 

Rev Chil Pediatr 2010; 81 (4): 300-303

ARTICULO HISTÓRICO/HISTORIC ARTICLE

 

A Propósito de la Casa Nacional del Niño

 

DR. LUIS CALVO MACKENNA1

Anuario Médico Social de la Casa Nacional del Niño. Año 1935


Es útil, sin duda, resumir en breves páginas la orientación que la Casa Nacional del Niño debe seguir para dar cumplimiento al rol que debe desempeñar en la asistencia del huérfano y del abandonado. Séame permitido, al abordar esta cuestión, recordar algunos de los preceptos que me fue necesario estampar en la Memoria que en Mayo de 1934 tuve oportunidad de presentar a la Honorable Junta Central de Beneficencia, en la cual se resume la labor que durante siete años había entonces desarrollado el que esto escribe, como Director del Establecimiento.

El programa de trabajo de todo orfanato debe inspirarse en un precepto fundamental e inviolable que, si no es respetado, malogra—casi en totalidad su eficacia social.

Me refiero a que el orfanato debe propender, ante todo, a la extinción de la casta del huérfano.

Todos los demás principios que rigen la asistencia del huérfano y del abandonado, no son sino aquellos que pretenden llevar a la práctica esta necesidad primordial.

El niño que vive desde las primeras semanas o los primeros meses de su vida en los claustros de un asilo, hasta llegar a la pubertad o la edad adulta, se desvincula totalmente de la sociedad en que más tarde ha de actuar, a la cual se adapta con dificultades a veces insalvables.

No puede acontecer de otro modo. Ello se explica fácilmente cuando analizamos la psicología de un grupo de niños que se desarrolla en ese ambiente.

A medida que los años pasan, cuando llega la edad escolar, y con mayor razón en la adolescencia o cuando alcanzan la madurez del adulto, domina en ellos la idea de libertad y. de vivir su propia vida, en medio de aquel mundo, lleno de promesas, que ellos desconocen en absoluto.

Saben ellos que son los parias de la sociedad y que forman la parte de la más baja estrata social.

Como no han conocido más ambiente que el que los rodea y los ampara tan caritativa, generosa y, hay que reconocerlo, tan tiernamente, se imaginan, a pesar de todo, que ellos están en peores condiciones que los demás, que aquellos privilegiados del cielo y de la naturaleza que pueden gozar de las caricias de una madre y del calor de un hogar.

Piensan, esos desheredados de ternuras y de afectos familiares que los demás, los hijos de familia, por muy pobres o miserables que sean, están en condiciones materiales similares o superiores a las suyas y, en todo caso, aventajados por un ambiente miliar del cual ellos nunca podrán gozar.

Creen que están mal, aún cuando se pretenda instruirlos acerca de la realidad. En sus pequeñas mentes, amoldadas al marco que las ha aprisionado desde su más remota infancia, no se adapta la idea de que la vida pueda desarrollarse en otra forma que la única que conocen: en patios amplios y brillantes de aseo, en dormitorios llenos de aire y de luz, en camas albas, en comedores impecables, con comidas suculentas a las cuales se acude cuando, con regularidad matemática, invierno y verano, llama la campana que interrumpe el bullicioso recreo. Cuando el huérfano asilado llega a la adolescencia o a la edad adulta, y cuando abandona el orfanato y se incorpora a la sociedad en que debe ganar su vida, sufre el más trágico de los trastornos sentimentales y morales. La realidad muerde con dientes de fuego.

El patio amplio, limpio y alegre se trueca en pequeño, oscuro y maloliente; el dormitorio higiénico, en tugurio; el comedor espacioso, en rincón de sucia cocina; la blanca sábana del lecho en desmantelada pallasa; la comida abundante y agradable, en escasa. La campana, que llamaba regularmente a todas las reparticiones del día, ha desaparecido para siempre. La maternal compañía de la abnegada religiosa ha sido reemplazada por la severa autoridad de un amo, adusto porque desconfía del huacho que empieza a servirle.

Desconcertado y amargado, al verse sumido en las rigideces de tan cruel realidad, el huérfano, de suyo huraño y desconfiado, se torna en regañón y rebelde.

En la gran mayoría de los casos acontece que ni empleador ni empleado, se toleran.

De aquí proviene, entre muchos otros factores, el universal desprestigio de que goza el huérfano que siempre vivió asilado y el establecimiento que lo amparó tan defectuosamente.

Que el huérfano que crece en un asilo piensa y cree siempre que está mal, lo prueba, tal vez como caso extremo, aunque no es excepcional la anécdota que paso a referir.

En una ocasión, por cierto que sin testigos, se me aproximó en un rincón de uno de los grandes patios de la Casa Nacional, un niño de 8 o 9 años, de edad y me dijo textualmente: "Doctor, aquí nos tratan como a perros". Alarmado ante tan grave confesión, hecha en la intimidad que siempre he procurado mantener con la población infantil de la Casa, inquirí las razones que conducían a tan seria acusación y averigüé paternalmente, de sus propios labios, si ese niño había sufrido algún reproche, castigo o maltrato. Nada de esto había en el fondo de la cuestión; pero el niño tímido y confuso sin aducir razones, porque sí, insistía en que se le trataba como a un perro. ¿No es esto una prueba evidente del falso concepto que el huérfano asilado, a medida que va creciendo, se forma del ambiente artificial en que vive?

¿No demuestra a las claras, que piensa que en cualquiera otra parte estará mejor?

A medida que el huérfano crece, se concentra más y más en sí mismo, pierde toda tendencia a las expansiones de su espíritu y su rostro revela, su expresión acusa y sus actividades evidencian una desconfianza invencible. ¡Qué difícil es saber lo que piensa!

Si abandonamos este aspecto del problema del asilamiento del huérfano y nos referimos al puramente afectivo, nos será permitido medir la tragedia sentimental que aplasta el ambiente del orfanato, recordando algún episodio de los muchos que he tenido la triste suerte de vivir entre los niños de la Casa Nacional.

Era más de medio día de un verano muy caluroso cuando llegué a uno de los patios de la Casa, —era el patio de los más pequeñitos—. Más que patio de un asilo, aquello parecía una jaula de pajaritos cantores. Dominaba allí el encantador ambiente de siempre, alegre y bullicioso bajo las sombras de árboles frondosos que cobijaban un medio ciento de juguetones chiquitines. Era el ambiente de siempre, cuanto más risueño, más enternecedor; cuanto más grato, más triste; cuanto más dulce para el niño, más amargo para quien mide los jolgorios de un inconsciente infortunio. Era, repito, el ambiente de siempre, ese ambiente que no pueden imaginar quienes nunca han visitado un orfanato y que piensan triste, muy triste, porque no saben de todos los halagos y ternuras con que las religiosas en su maravillosa y divina abnegación saben rodear a sus frágiles protegidos.

He hecho referencia al inconsciente infortunio del huerfanito y al decir así no estoy en la verdad, lo demostrará la anécdota que refiero.

Acusado de llorón uno de los chiquitines presentes, porque llorando protestaba de que se le hiciera lavarse con agua fría hasta la cintura, hube de decir que de seguro ese niño, ese niño ya tan grande (!), se afligiría por otras causas, más no por ese temor al agua fría. Para convencernos de mi acertó, invité al chico a que se quitara sus repitas y se lavara, como era costumbre, hasta el cinto. No hay palabras, con qué pintar las risas, la algarabía, los saltos de júbilo de los más y la quieta y muda contemplación de los menos. Apretujados todos contra mí, nos aproximamos al lavatorio y vimos como, haciendo de tripas corazón, como se dice vulgarmente, aquel pequeñito, ante la admiración general, lavó su cuerpo con agua fría sin derramar una lágrima siquiera. ¡Inocente beneficio del amor propio!

En ese momento, en esos instantes de camaradería encantadora y de exagerada alegría, se produjo un detalle revelador de una ignorada y tierna, más que tierna, desgarradora tragedia sentimental. Brusca e impensada mente, uno de los más pequeñitos que a mi lado tenia, hambriento sin duda, de ternuras paternales que nadie le ofrecía, sin decir una palabra, taciturno de emoción, tomó una de mis manos con las suyas pequeñitas para acariciarse con ella sus mejillas... y en esos mismos instantes aquel niño reía... ¡Cuánto engaña la alegría de esas almas infantiles!

La atrofia de la personalidad, por su parte, llega a veces a extremos insospechados. No puede acontecer de otro modo en aquel ambiente anormal en donde, quieras que no, cada niño no es sino un número que completa un pequeño o un grande rebaño humano.

Un ejemplo elocuente de atrofia de la personalidad es este: una huérfana, en plena adolescencia, fue colocada por la Casa como empleada doméstica. Como se le diera una escoba para que barriera, —cuenta su empleadora—, la niña, toda confusa, mira a su rededor y llena de inquietud, pregunta: ¿Y con quién vaya barrer?

Sólo entonces aquella muchacha supo que ella podía valerse por sí misma, individualmente.

La absoluta regularidad y la, falta de inquietudes de orden material en que vive y crece el huérfano asilado, trae como consecuencia inevitable el total desconocimiento de las más elementales dificultades de la vida diaria y la más crasa inexperiencia del mundo en que viven los demás.

Citaré como demostración de este aserto, otro ejemplo personal.

El chauffeur del que esto escribe, empleado bondadoso y de espíritu caritativo, conocedor de las miserias del huérfano, apadrinó, si así puede decirse, a uno de los asilados de la Casa y se preocupó de él mientras de adolescente pasaba a hombre.

Llegó el día en que aquel muchacho, un buen muchacho, abandonó— el Establecimiento llamado por el servicio militar. Fue un buen soldado. En premio a su buena conducta, el cuartel lo autorizaba para salir durante los días Domingos y festivos. Almorzaba muchas veces en casa de su padrino y muchas veces, también, en mi casa.

En una de estas últimas oportunidades, me manifestó que le habían dado salida "con noche", permiso que él deseaba aprovechar durmiendo en mi casa. Lamentándolo muy sinceramente hube de decide que no tenía lecho para él. Así era, por desgracia, la verdad. Entonces él, asombrado más que confuso, prudente como es, excusó su natural y espontánea audacia diciéndome que como no conocía más vida que la del asilo y la del cuartel, en donde se improvisa una nueva cama abriendo simplemente el respectivo guardadero, no se imaginaba que en casa del Director del Establecimiento, como en cualquier parte, no fuera posible, en igual forma, instalar un nuevo lecho.

Para corregir, aunque sea en parte, esta grande inexperiencia de lo que es la vida, la—progresista directora de la Escuela Primaria Fiscal que funciona dentro del Establecimiento, una de las religiosas de la Congregación, pedagoga titulada y nombrada por el Estado, tuvo la feliz iniciativa de crear un pequeño almacén; "El Arca de Noé", en donde se simula la compra y venta de toda clase de artículos caseros y de cocina. Para que las niñas conozcan la materialidad del dinero, se les proporcionan billetes y monedas 'con las cuales acuden a hacer sus compras, (arroz, azúcar, escobas, etc.), que devuelven luego de abandonar la puerta del pequeño negocio, Está demás decir que la cajera recibe los pagos y entrega el vuelto con gran formalidad, después de anotar en el libro respectivo el artículo vendido y el monto de la venta.

Se ve, pues, cómo ha sido indispensable simular en el interior del gran orfanato, un rincón de la vida real del mundo exterior, que el asilo desconoce en absoluto.

Tímidamente, por escasez del presupuesto, más no por falta de amplitud de miras, la Casa Nacional ha matriculado en varias escuelas de la ciudad una quincena de niñas que acuden en seguimiento de una instrucción superior. Van solas, en tranvía, vestidas con el uniforme, de los respectivos establecimientos de educación, como va cualquiera hija de familia.

Asombra la personalidad que en breve tiempo adquieren esas niñas y hemos de confiar en que pronto el presupuesto podrá aumentar en cantidad muy amplia el número de esas educandas.

Bajo el punto de vista higiénico y de la medicina preventiva, es en la sección de lactantes en donde la tarea es más ardua.

No debo silenciar que cuando me hice cargo de la Dirección de la Casa Nacional. El Io de Enero de 1927, la mortalidad de los niños de pecho subía a la espantosa cifra de 55 por 100. Mediante todas las reformas materiales que se pusieron en práctica, mediante el aumento del personal técnico y su magnífica colaboración, así corno mediante la abnegada y progresista asistencia de las religiosas, aquella mortalidad ha descendido rápidamente y oscila entre el 10 y el 15 por 100. Cifra muy elevada aun, como se ve, que sólo podrá descender a sus proporciones normales cuando se inaugure el Pabellón de Lactantes, en construcción, ese Pabellón inevitable, cuya edificación obtuvimos después de tan larga gestación.

Las consideraciones enunciadas en las páginas' anteriores tienen por objeto demostrar, como en resumen de lo expuesto, que creo haber estado en la razón en 1927, cuando puntualicé el programa de trabajo que debe orientar las actividades de la Casa Nacional del Niño, estableciendo sus siguientes finalidades:

1.— Hacer la profilaxia del abandono
2.— Asistir o asilar transitoriamente, mientras sea indispensable, aquellos niños cuyas familias atraviesan situaciones aflictivas de naturaleza económica, higiénica o moral, y
3.— Asistir al huérfano, al abandonado y al encontrado, de modo a obtener de ellos elementos sanos de cuerpo y alma, debidamente preparados para la lucha por la vida y útiles a la sociedad, a la cual deberán incorporarse tan precoz, tan sólida y tan insensiblemente como sea posible.

A mi juicio, en el programa futuro de la actual Casa Nacional del Niño, deben contemplarse los recursos enumerados en la Memorias que he debido citar repetidas veces y que atañen, sin considerar el Policlínico de Medicina Preventiva, actualmente en funciones, a la asistencia de preescolares, a la de huérfanos y huérfanas devueltos; a la vigorización de la adopción: a la ampliación de la Escuela de Servicio Doméstico; a la creación de una Escuela de Cuidadoras de Niños; a otra de Enfermeras de Niños; a la organización de un Pensionado para Huérfanos, empleados y obreros, de ambos sexos; a la creación de Hogares Dispersos (Scattered Homes), en la ciudad y en los campos; a la realización de Familias Cooperativas Agrícolas, etc. Todas estas materias están expuestas con algún detalle en aquella Memoria. No vale la pena insistir sobre ellas

 

1. Gentileza Sr. Carlos Sánchez, archivos de la Casa Nacional del Niño.

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