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Revista chilena de infectología

versión impresa ISSN 0716-1018

Rev. chil. infectol. vol.32 no.6 Santiago dic. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-10182015000700013 

Nota Histórica

 

Un tributo al género: abnegadas esposas de intrépidos investigadores

A tribute to the gender: Devoted wives of intrepid investigators

 

Walter Ledermann

Centro de Estudios Humanistas Julio Prado.

Correspondencia a:


Starting from the unfortunate words of Nobel Prize Tim Hunt about the presence of women in laboratories, we remember the stories of some devoted wives of intrepid investigators. Surely, more of someone, like Fanny Eilshemius or Mary Elizabeth Steele, never received the merited acknowledgement, working side by side with her husband in the house and in the lab; in a better stage, another one investigated as well as him, in the same or in a different field, like Mary Ethel Hayter Reed or Rebecca Craighill; and, finally and undoubtedly, most of them, being only simple housekeepers, like Emilie de La Salle, Win Warren or Adrienne Marshall, gave moral and kindly support to their men or... making an awful exception, betrayed these bored genius running away with an artist, with or without justification.

Key words: Fanny Eilshemius, Mary Elizabeth Steele, Rebecca Craighill, Mary Ethel Hayter Reed, Emilie de La Salle, Win Warren, Adrienne Marshall.


Resumen

A partir de las infortunadas palabras del Premio Nobel Tim Hunt sobre la presencia de mujeres en el laboratorio, recordamos las historias de algunas devotas esposas de audaces investigadores. Con seguridad más de alguna nunca recibió el reconocimiento que merecía, después de trabajar toda una vida codo a codo con su marido en el hogar y en el laboratorio, como Fanny Eilshemius o Mary Elizabeth Steele; quizás otra, más independiente o en un mejor escenario, investigó tanto o mejor que el cónyuge, ya fuera en el mismo campo de la medicina o en uno diferente, como Mary Ethel Hayter Reed o Rebecca Craighill; y finalmente y sin ninguna duda, hubo una mayoría de simples dueñas de casa, ajenas al laboratorio, que dieron a su célebre y famoso compañero cálido apoyo en las buenas y en las malas, como Emilie de La Salle, Win Warren o Adrienne Marshall, sin faltar, por supuesto, alguna deliciosa malvada que dejó a su genial pero aburrido investigador por algún artista, con o sin justificación.

Palabras clave: Fanny Eilshemius, Mary Elizabeth Steele, Rebecca Craighill, Mary Ethel Hayter Reed, Emilie de La Salle, Win Warren, Adrienne Marshall.


 

Durante la Conferencia Mundial de Periodistas de Ciencia, celebrada en junio de 2015 en Corea del Sur, el británico Tim Hunt, Premio Nobel de Medicina 2001, se permitió hacer una broma sobre "el problema con las niñas" en los laboratorios, que a la larga lo llevaría renunciar a su puesto como profesor honorario en la University College London (UCL). "Déjenme que les cuente mis problemas con las mujeres -dijo Hunt-. Pasan tres cosas cuando están en el laboratorio: puedes enamorarte de ellas, ellas se enamoran de ti y, cuando las criticas, se ponen a llorar"1.

 

 

Aunque luego se disculpó, declarando a la BBC que sólo se trataba de una broma y que "realmente lamentaba si había ofendido a alguien"2, las mujeres, tantas veces postergadas en la historia de las ciencias, reaccionaron indignadas, "y un sinnúmero de investigadoras protestó para desmentir que ellas fueran "perturbadoras", refiriéndose una al caso de Rosalind Franklin, quien era "tan pertubadoramente sexy, que a Watson y Crick se les olvidó darle crédito por haber descubierto cómo funciona el ADN"3.

La UCL aceptó de inmediato la renuncia de Hunt. No podía ser de otra manera, ya que esta universidad pública, fundada en 1826, la tercera más antigua de Inglaterra después de Oxford y Cambridge, se caracterizó desde su inicio por su rechazo a la discriminación, aceptando estudiantes de cualquier raza, ideas políticas y religiosas, siendo apodada por esto último la "Institución Atea de Gower Street". Fue también la primera, junto a la Universidad de Bristol, en aceptar mujeres en los mismos términos aplicados a los varones, así como en tener un sindicato de estudiantes. Su divisa es Cuncti adsint meritœ que expectent prœmia palmœ (Vengan todos aquellos que por mérito merezcan la mayor recompensa). Es la 5a mejor universidad del mundo, junto a la Universidad de Oxford, en el QS Woorld University Ranking4. Poor Hunt!

En cuanto a Rosalind Franklin, si fue postergada en vida por Watson y Crick, de ninguna manera podía ser incluida junto a ellos en el Premio Nobel 1958, pues ya había fallecido: no podemos entonces incluirla por una supuesta omisión en la larga lista que podría encabezar Fanny Eilshemius. Pero no es sólo a las postergadas a quienes nos referiremos ahora, sino también a otras que voluntariamente se marginaron, persiguiendo tan sólo el bienestar de sus maridos investigadores, tanto en el hogar como en el laboratorio, sitios que muchas veces eran uno solo. Veamos algunas de esas historias de amor, que dividiremos en tres grupos.

I. Esposas abnegadas y explotadas

Fanny Eilshemius

Angelina (Fanny Lina) Eilshemius (1850-1934) es un buen ejemplo de la postergación femenina. Nació en Nueva York, en el seno de una familia de origen germánico que había hecho fortuna en el comercio. Un día llegó al puerto el doctor Walter Hesse, quien aprovechaba el viaje que hacía como médico del buque para visitar a su hermano Ricardo, también médico, establecido hacía algunos años en América. Éste le presentó a la joven Fanny, ocasión en que Cupido, escondido tras unos arbustos, arrojó a los jóvenes sendas flechas envenenadas, una con feromonas y la otra con endorfinas, atentado que repetiría cuando Fanny fuese a turistear con su familia a Europa. Así las cosas, en 1874 se casaron Walter Hesse y Fanny Eilshemius, estableciéndose en Alemania, acción que al poco tiempo revolucionaría la bacteriología. Walter, hombre de múltiples inquietudes, fue médico militar durante la guerra franco-prusiana y luego médico naval, para terminar estableciéndose en la zona minera de Schwarzenberg im Erzgebirge, donde se dedicó de lleno a mejorar las pésimas condiciones sanitarias que afectaban a los mineros. Para estudiar mejor la contaminación microbiana del medio ambiente, que le parecía evidente, fue a Munich a estudiar bacteriología con Max von Pettenkofer, durante los años 1878-1879, completando su formación con Robert Koch en 1881-18825.

En su laboratorio casero, Hesse buscaba bacterias en el aire y en las aguas, secundado por su fiel esposa, que cocinaba y hacía medios de cultivo a la vez, dibujando también las colonias y las bacterias, cosa que hacía muy bien, como nieta y hermana de pintores célebres.

Escuchando a su marido maldecir a la gelatina empleada en los medios sólidos, que se licuaba con los 35°C de la estufa de cultivo, Fanny Eilshemius aplicó el agar-agar que su madre le había enseñado a emplear como soporte para sus postres y otros platillos, receta secreta traída de Java por unos vecinos holandeses de Nueva York. Deslumbrado con el descubrimiento, Walter Hesse se lo comentó a su maestro Koch en una carta de 1881, y éste, distraído seguramente como todos los sabios, se olvidó de nombrar a la señora Hesse en el descubrimiento, cuya autoría le fue atribuida tácitamente al figurar en los medios utilizados para el cultivo del Mycobacterium en su célebre comunicación a la Academia en 18826.

Los norteamericanos Hitchens y Leikind7, queriendo hacer justicia y reivindicar el nombre Angelina (Fanny Lina) Eilshemius, hicieron una investigación sobre esta talentosa mujer, razonando que, si descubrimientos menores se recuerdan con el nombre del autor, sería de toda justicia hablar del "agar de Eilshemius" en lugar de "agar corriente", en lo cual durante un tiempo pensamos que tenían mucha razón8, pero ahora nos hace vacilar el testimonio del nieto de Walter y Fanny, Wolfgang Hesse, internista alemán que reseñara los hechos de sus abuelos: Un día el frustrado científico le preguntó a Lina por qué sus jaleas y budines permanecían sólidos a esa temperatura (y) ella le contó del agar. Es también muy posible que al contar la historia a su nieto, la abnegada Frau, en su natural modestia, haya querido darle todo el crédito a su marido, desdeñando como mujer sensata las vanidades del mundo. Si fue así, Walter Hesse no habría hecho honor a la noble familia de la cual probablemente descendía muy lejanamente: Hesse (Hessen), Gran Ducado, monarquía constitucional, hereditaria al primogénito masculino de la Casa de ese nombre o, en virtud de un pacto de familia, trasmisible a la descendencia femenina...9 ¡Ay, Walter, merced a un pacto de familia pudiste haber puesto en una publicación ad-hoc a tu mujer como primera autora!

Emilie de La Salle

Emilie de La Salle fue la abnegada esposa de Calmette, investigador incorregible, aquel que decía: La felicidad consiste en la pasión por la investigación. Su mayor descubrimiento lo realizó en París: Emilia de La Salle, quien lo seguiría hasta el fin del mundo, partiendo por una luna de miel y de trabajo en un lugar remoto, las islas de Saint Pierre y Aquilon, posesiones francesas en el Atlántico Norte. No puede imaginarse lugar más desolado, poco más abajo de Groenlandia en el mapamundi, pero el matrimonio Calmette se adaptó como pudo al lugar, y mientras él investigaba la rouge de morue, una peste del bacalao, ella se dedicaba a las labores domésticas.

En 1890 se creó el Servicio de Salud Colonial y Calmette aprovechó la oportunidad de postular y así escapar de las frías islas. En Paris conoció a Pasteur, quien lo recomendó para una plaza de director de un laboratorio de investigación en Saigón, donde el matrimonio permaneció dos fructíferos años, durante los cuales Calmette inoculó con una vacuna antivariólica de su diseño a medio millón de habitantes, investigó y explotó en forma industrial "la levadura china" Amylomyces rouxi, y fabricó sueros contra las toxinas de las serpientes, especialmente la Cobra capel y la Naja tripudians.

Imaginemos la vida del matrimonio en Saigón: el sabio navegaba, una de sus grandes aficiones, y extraía en su laboratorio el veneno a las serpientes; ella, con ayuda de algún criado vietnamita, el típico boy en las historias de Somerset Maugham y Maurice Dekobra, ordenaba la casa y cocinaba para su maridito. Pero Emilie también era una buena microscopista y ayudaba en la investigación, lo cual nos hace suponer que en casa tendría Calmette varios especímenes y algún día preguntaría muy preocupado a su mujercita, quien se hacía la inocente revolviendo una extraña carne en la hirviente sopa:

-¿Emi... qué se habrá hecho una culebrita negra que estaba en la jaula 26?-

De regreso en Lille, Calmette ganó la gloria inmortal tras treinta años de trabajo con la vacuna antituberculosa, pero... ¿qué ganó su abnegada compañera, que lo siguió por remotos lugares, lo confortó en los difíciles momentos del desastre de Lübeck y le cuidó la salud y las serpientes?10.

II. Esposas abnegadas y reconocidas

Mary Elizabeth Steele

David Bruce era un gran atleta, alto y fuerte, hasta que un neumococo atacó sus pulmones cuando tenía 17 años. Quedando debilitado y deprimido, intentó ser ornitólogo y hasta obtuvo una medalla, para estudiar finalmente medicina, graduándose en 1881. Trabajando en una consulta en Surrey, conoció a la hija de un colega, la hermosa Mary Elizabeth Steele, que le llevaba seis años y sería el amor de su vida. Para casarse con ella ingresó al Medical Service de la Royal Army, pues necesitaba dinero con urgencia y allí podía ganar un sueldo anual equivalente a mil dólares actuales, que entonces era una buena suma.

Ya con el grado de Cirujano Capitán, su primer destino fue Malta, donde se encontró con la extraña fiebre que era endémica en la isla. Alojado con Mary en el Hospital de La Valetta, carecía de un laboratorio adecuado para investigar tan extraño mal, debiendo improvisar uno. Comenzó por comprar un microscopio; luego adquirió animales. Aquí empezó la fructífera colaboración de su esposa, que figura como coautora en 30 de las 172 publicaciones de Bruce. En una época en que no se conocían los tecnólogos médicos, Mary se improvisó como tal y aprendió microscopía; era además hábil dibujante, e ilustraba las presentaciones de su marido con bacterias, tripanosomas, tejidos. 11

Tras años de lucha tenaz Bruce dio caza al agente causal en 1887, alcanzando imperecedera gloria: los postulados de Koch se habían cumplido y Bruce envió sus resultados al Instituto Pasteur, publicándolos modestamente como "nota" en el Practitioner al año siguiente12. De regreso a Inglaterra, en 1889, envió a Mary al laboratorio de Koch, para que se pusiera al día en las últimas técnicas de microscopía, tinciones y preparación de medios de cultivo.

En 1894 tenemos al matrimonio en Natal, África, luchando contra el nagana, la enfermedad del sueño de las vacas, cuyo agente causal es descubierto por Bruce y termina por llevar su apellido: Tripanosoma brucei13 y después, por su participación en la Guerra Boer, combatiendo la tifoidea que diezmaba a los ingleses y haciendo gran cirugía durante el sitio de Ladysmith; mientras el ahora Coronel Bruce, recibía una medalla de siete puntas, su abnegada esposa -mujer y apenas enfermera- la más modesta Royal Red Cross Medal14.

En 1908 volvió a África para buscar al agente de la enfermedad del sueño y allí cuenta Paul de Kruif, autor entusiasta y harto imaginativo, la famosa anécdota de las dos moscas. Habiendo ya renunciado el investigador a la búsqueda de la mosca tsé-tsé en Uganda, paseaba por el Jardín Botánico de Entebbe cuando escuchó el grito de Mary: -¡Espera, David, llevas dos tsé-tsé en la espalda!

Se planteó Mary entonces un terrible dilema entre cazar las moscas en beneficio de la ciencia o salvar la amenazada vida de su marido. Tomó su decisión y aplastó los insectos de una palmada15.

Bruce sobrevivió sólo seis días a su adorada Mary, falleciendo de cáncer en Madeira. En su lecho de muerte, abrumado por la pérdida de su mujer expresó: Si alguna noticia de mi trabajo científico se da cuando yo me vaya, me gustaría saber que Mary ha recibido tanto crédito como yo.

Mary Ethel Hayter Reed y Margaret Jennings

Sir Howard Florey, quien compartiera con Fleming y Chain el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento y desarrollo de la penicilina, se casó dos veces, la primera con Mary Ethel Hayter Reed y la segunda con Margaret Jennings: ambas compartieron su trabajo y ninguna recibió reconocimiento adecuado.

Se cuenta que Mary inició con C.M. Fletcher los estudios clínicos de la penicilina en 1941, en medio de la indiferencia de sus colegas. La lenta obtención de la penicilina necesaria para un tratamiento, que incluso debía recuperarse de la orina de los pacientes, permitió que apenas se trataran seis, falleciendo los dos primeros y sanando temporalmente los otros cuatro.

Florey había conocido a Mary Ethel en la Universidad Adelaida, donde ambos estudiaban medicina, terminando por casarse y trabajar juntos en la investigación. Ella tenía mala salud, él era "intolerante": ella murió en 1967, tras cuarenta años de matrimonio, y él se casó con Margaret Jennings, otra colega y compañera en la investigación desde hacía treinta años. ¿Qué pensaría Mary Ethel de Margaret? Imaginemos sus celos, rabia y frustración, porque es difícil descartar una atracción entre su marido y quien sería su sucesora, cuando llevaban treinta años trabajando juntos... Margaret tenía ya 63 años...16

Fuese como fuese, fallecida Mary Ethel, tenemos a la doctora inglesa Margaret Augusta Jennings (1904-1994) instalada en la casa de Fleming, porque en su laboratorio de la Universidad de Oxford ya lo estaba desde 1938, investigando el uso clínico de la penicilina y centrando su aporte en los ensayos animales, en la bacteriología y en su toxicidad para los leucocitos. El matrimonio no alcanzó a durar un año, pues Florey falleció a los ocho meses de un infarto, de modo que vino a ser como un tardío -antes no era éticamente posible- tributo a la larga dedicación de Margaret hacia su persona1718.

Margaret, devenida Lady Margaret, mantendría sus pies en la tierra y compaginaría bien ambas actividades, las del laboratorio y las del hogar, declarando en cierta ocasión a la prensa que la vida del matrimonio no había cambiado por su contribución a la medicina: Continuamos derecho en nuestros trabajos y la vida fue la misma en todo sentido19.

Una excelente revisión de W.K. Joklik agrega interesantes datos sobre los ensayos del uso clínico de la penicilina20, señalando que Margaret y Florey condujeron los ensayos clínicos, primero en ratones y después en humanos, junto a Charles Fletcher y pronto también a Lady Ethel Florey, la cual poseía un MBBS australiano, equivalente a un MD. Es decir, la esposa titular y la esposa futura trabajaron junto al marido. Un año después Fleming le pidió penicilina a Florey para tratar a un amigo afectado por una meningitis estreptocóccica, la cual inoculó luego al enfermo mediante punción lumbar. El Times lanzó la noticia de este exitoso tratamiento llevado a cabo en el Hospital Saint Mary’s, sin mencionar nombres, pero el celebérrimo Sir Almroth Wright escribió al otro día al periódico dando todo el crédito del uso clínico a Fleming. Molesto por el revuelo periodístico que lo despojaba de su mérito, Florey reclamó al Medical Research Council, contestándole su Secretario, Edward Mellanby algo así: La olla que usted ha destapado es tan buena, que debe tragarse con una sonrisa el más bien nauseabundo pero temporal ingrediente de la publicidad. En este caso, no fueron las mujeres las despojadas, sino el hombre, pero Florey no lloró y, más todavía, demostrando un altruismo increíble, no quiso patentar comercialmente la penicilina, estimando que su hallazgo era en beneficio de la humanidad toda.

III. Trabajando de igual a igual

Rebecca Craighilly Donald Lancefield

Rebecca y Donald no trabajaron juntos, pues ella era bacterióloga y él genetista. Rebecca nacida el 5 de enero de 1895 en Fort Wadsworth, Staten Island, New York, era hija del coronel William Craighill, apellido que al casarse cambiaría por Lancefield, el de su marido, siguiendo la costumbre de su época. Terminada su educación escolar, en el college optó por estudiar literatura, pero luego se deslumbró por la zoología, ciencia que estudiaba su compañera de habitación, y así se enamoró de "los bichos microscópicos". Tras virar un tiempo hacia la química y mostrando una constante indecisión vocacional, se contrató en una escuela de Vermont para dictar clases de ciencias y matemáticas, con un buen sueldo, más habitación. La asociación Daughters of Cincinatti, que financiaba becas para hijas de oficiales del Ejército y de la Marina, vino sin saberlo en ayuda de la microbiología al ofrecerle una formación con el famosísimo bacteriólogo Hans Zinsser en la Universidad de Columbia.

Tomó la beca, obtuvo su Master of Arts, se casó, pasó a llamarse Rebecca Lancefield e ingresó al Instituto Rockefeller como asistente de Oswald Avery y Alphonse Rochez, en la investigación sobre el entonces llamado Streptococcus haemolyticus. Tras seguir como amante y obediente esposa a su marido genetista en un peregrinaje por varias universidades, terminó su doctorado con el mismo Zinsser en Columbia y volvió para siempre al Rockefeller, donde la esperaba un trabajo de toda una vida con los estreptococos21. Aunque recibió muchos honores por ser la primera mujer en esto y lo otro, nunca fue feminista: le molestaba la continua referencia a su sexo, pues estimaba que la investigación valía por sí misma y no por el género de quien la hiciera, aunque una vez confesó, despechada, que el famoso Zinsser nunca la había tomado en cuenta por ser mujer. Pero de Zinsser sólo se recuerda su libro de enseñanza, en tanto que de Rebecca nunca se olvidará "la clasificación de Lancefield" para el género Streptococcus. ¡Oh, suprema ironía! Porque para el común de los mortales no es la "clasificación de Craighill", sino la de su marido, un discreto genetista. Bueno, así lo quiso ella.

Más reciente pero menos novelesco es el caso del matrimonio de Linda y Paul Baumann, de los cuales poco sabemos, salvo que se casaron, engendrando un hijo y numerosas publicaciones, entre las cuales sus trabajos sobre Acinetobacter constituyen una minoritaria excepción22, ya que su campo principal fue el estudio de las bacterias que viven al interior de insectos chupadores de savia, organismos que llamaron endosimbiontes, pues proporcionan a los insectos elementos deficitarios en su dieta.

Fueron pioneros al aplicar técnicas de hibridización y secuenciación de ADN. Quizás sus publicaciones fundamentales sean las que hicieron con su discípula Moran a partir de 1989, presentando evidencias de que las líneas evolutivas de áfidos -un grupo de estos insectos- de Asia y América se separaron hace más de 48 millones de años, durante los cuales habrían evolucionado sus simbiontes23.

IV. Esposas comprensivas

Win Warren yAdrienne Marshall

En octubre de 2005 obtuvieron el Premio Nobel de Medicina los australianos Barry Marshall, de 54 años, y Robin Warren, de 68, por el descubrimiento del bacilo Helicobacter pylori, asociado a la etiología de la gastritis y de la úlcera gástrica. A este reconocimiento se llegó tras dos peligrosas pruebas:

La primera la realizó Warren, para terminar con la hilaridad que su hipótesis provocaba en la comunidad científica, tratando como enfermedad infecciosa la úlcera gástrica de su esposa Win, con quien compartía un feliz matrimonio e hijos.

-Mi marido estaba entusiasmado con mi úlcera- declararía ella, tiempo después y con mucho sentido del humor- Creo que podría haber tenido un poco más de compasión...24.

Por su parte, Barry Marshall, tras muchos intentos infructuosos, había logrado aislar la bacteria en cuestión con ayuda del azar, el mismo que ayudara a Fleming con su placa de Petri olvidada frente a una ventana abierta, al quedar el cultivo un fin de semana largo más tiempo en incubación25. Los autores la incorporaron al género Campylobacter; luego se le agregó el bárbaro epíteto pyloridis, que devendría en pylori, terminando la especie en Helicobacter pylori26.

La segunda prueba, destinada a demostrar el rol patógeno de su Campylobacter pyloridis en la génesis de la úlcera, la realizó Marshall, preparando y bebiendo una infusión de miles de millones de bacterias.

-Me la bebí muy rápidamente, como un tequilazo-declaró posteriormente.

El audaz investigador sintió en los días siguientes síntomas similares a una influenza, con algunos vómitos y dolor abdominal. Una endoscopia gástrica efectuada a los 14 días reveló una inflamación de la mucosa, similar a que suele verse en las úlceras. Como Marshall no tomó antibióticos, es de suponer que su sistema inmune se encargó de erradicar a la bacteria27.

Adrienne, su esposa abnegada, comentó escuetamente que había sido algo "muy propio de Barry". Se habían casado cuando ella estudiaba psicología y él medicina; tuvieron cuatro hijos, para cuya esmerada educación se esforzaron mucho, tanto que Barry, al momento del "tequilazo" trabajaba catorce horas diarias, y con el trago bacteriano, llegó a sentirse dreadfully ill.

-Para un poco -le habría dicho Adrienne- y toma algún medicamento.

Marshall continuó luchando por convencer a la todavía incrédula comunidad científica, pese a algunas tibias objeciones de su preocupada esposa, quien dijo después de obtenido el Nobel:

-Era una irresponsabilidad. Estaba enfermo; tenía una buena pega como doctor y seguía con la investigación, cuando teníamos cuatro niños pequeños...

Y, justificando los duros términos con que había defendido sus ideas, afirmaba ella que esta agresividad era un reflejo de su extrema frustración, su tremenda lucha para lograr que su trabajo fuera presentado y publicado.

Comparando el comportamiento de ambos maridos, Warren sale malparado, pues mientras Marshall arriesgó su propia salud para probar sus ideas, él experimentó con su mujer al tratarle la úlcera como infección. Podemos concluir que si Adrienne Marshall fue una esposa abnegada y denodada esposa, Win Warren fue heroica.

V. Esposas traidoras

Johanne Margrethe Tidemand

Gerhard Armauer Hansen, quien polemizara ácidamen-te con Albert Neisser sobre el descubrimiento del bacilo de la lepra, era un machista al cubo. Ateo y enemigo de la iglesia, consideraba que los dos sucesos más importantes de su tiempo eran el nacimiento de la microbiología con Pasteur y la teoría de la evolución con Darwin. Enemigo de la emancipación de las mujeres, las consideraba inferiores a los hombres en capacidad física y mental, dudando que alguna vez pudieran llegar a ser doctoras28.

Su primera esposa, Stephanie Marie Danielssen, llamada familiarmente Fanny, era hija del profesor Daniel Cornelius Danielssen, uno de los mayores expertos en lepra en 1873, fecha de la boda. Fue un matrimonio breve: ella estaba tuberculosa y murió el mismo año. Las tres hermanas de Fanny también fallecieron de tuberculosis, todas contagiadas por el padre, como si el Mycobacterium tuberculosis, entonces desconocido, lo hubiera infectado para evitar el descubrimiento de su congénere de la lepra.

Quizás buscando un mejor pasar, el viudo Hansen se casó con una rica heredera, hija de acaudalados comerciantes, Johanne Margrethe Tidemand. Gracias a esta boda adquirió status social y seguridad económica. El matrimonio tuvo dos hijos, teniendo la audacia Hansen de honrar a su suegro anterior llamando Daniel a su hijo mayor, quien llegaría a ser médico y tisiólogo. Pero la felicidad poco duró, pues Johanne no tardó en entender que para Hansen sólo existía la investigación, y pronto ambos constituyeron un matrimonio sólo de nombre, brillando en la vida social y en el mundo intelectual, relacionándose con artistas como el compositor Edward Grieg, el escritor Georg Brandes y el músico Ivo Minar: para casarse con este último la señora Hansen habría llegado a pedir el divorcio29.

Al solicitar derechamente el divorcio, Johanne fue más honesta que Olga, la segunda mujer del sabio ruso Ilia Metchnikoff, quien no advirtió, cuando estaba investigando sobre la fagocitosis en el laboratorio del sátiro Emile Roux, como éste le fagocitaba en sus mismas barbas a su traidora esposa30.

En cuanto a Hansen, que abominaba de las mujeres, cuando era un estudiante 24 años en la helada ciudad de Cristianía en 1865, solía buscar refugio en el cálido lecho de una amable costurera, quien le trasmitió la sífilis que le provocaría doce años después un accidente vascular cerebral. Esta enfermedad, celosamente ocultada por la familia, pues constituía un estigma social, contribuyó seguramente que su mujer prefiriera a Ivo Minar, hombre sano que componía hermosa música y no ensuciaba las manos con bacterias.

¿Acaso no os parece, lectoras mías, una bella venganza contra un macho que abominaba de vuestro género, al cual, sin embargo, utilizaba en su beneficio, ya fuera para cobijarse durante el frío o para escalar socialmente?

 

Referencias bibliográficas

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Recibido: 14 de octubre de 2015

Correspondencia a: Walter Ledermann Dehnhardt
oncemayor@gmail.com

 

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