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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.51 n.188 Santiago July 1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27901997018800006 

Música y sociedad

El tema es largo y complejo. Pensando en ello, estoy escribiendo un libro. De sus páginas en barbecho, les cuento algunos pensares, hijos de lo masticado en estos años. Alguien querría que me engolfara sólo en la "sociedad". Pero ello no es posible en forma aislada. La vida del músico, en sus puntos, comas y circunvalaciones, se encuentra tan almacenada en la sociedad que lo cobija, que no es lícito arrancarlo de esa órbita artificialmente. Él, como testigo de su tiempo y de su ámbito, debe estar presente allí con sus glorias y sus miserias. La madeja no puede deshilvanarse.
       Vamos andando y hablando de lo vivido. La música es un arte exigente e inflexible, ya lo sabemos. Ella urge a sus seguidores a entregarle la vida y el porvenir. Por eso, no hay criatura más inocente y menos realista que el músico. Todavía no quiere entender que siempre fue poco valorado. Ésa es la marca de quienes trabajan por vocación, dentro del género humano. Si los médicos o los ingenieros hubieran sido tratados como los músicos, hoy no existirían ni médicos ni ingenieros. No obstante, los ingenuos músicos existen. Su vocación los salva.
       Quien pregunta "¿cómo voy a vivir de la música?", ya no sirve para esta misión. Esa sola consulta significa que, en un momento de apuro, la abandonará. La música es celosa. Esta actitud no nos otorga derechos excepcionales. Nuestros problemas son idénticos a los que sufren quienes siguen otras carreras. No somos privilegiados, ni acreedores a un salario mejor que el que merece nuestro personal valer, y aún eso... La vida puede ser injusta con nosotros, como lo es con cualquier mortal. Lo he sentido.
       Ahora, entremos en sociedad. Vivimos, al finalizar el siglo, dentro de un ambiente muy diferente de aquel que me vio nacer hace ochenta años. Entonces, apenas asomaba el cine; nada de radio; nada de T.V. ¡qué suerte!; nada de grabaciones; nada de sintetizador. Dejazz, balbuceos; de rock, ni en la mente de Dios. Un poquito de música en casa, en la iglesia vecina y en la escuela con la señorita Filiberto.
        Hoy, en cambio, estamos en una sociedad que bebe música por todos sus poros. Nunca hubo más música que hoy. Nunca más dinero para ella, entre los ricos y los pobres. Ella nos sacude, nos aprisiona, hasta nos hastía. Es como el aire. El oído está siempre abierto. Sin él no existiría la música y, por consiguiente, sus compositores e intérpretes. Por eso, estoy pensando en hacer una campaña para que se paguen derechos por el uso de mis oídos, así como se perciben los derechos del autor o el intérprete que me los aprovecha gratis.
       Esta música se desplaza en dos campos muy claros. Hay algunos demagogos que se empeñan en convencernos que la música es una sola y que únicamente existe la opción entre "buena o mala música". ¿Quién puede explicarme en qué consiste tal dilema? Durante toda mi vida he topado con ambas. En esta esquina está la que yo llamo académica. Otros le dicen: clásica, docta, selecta o seria. Esa que, generalmente, exige escritura. En este otro ángulo, la popular, la folclórica, la de moda. En fin, la no académica. Yo me ocupo de la primera, con mucho respeto y aun admiración por las demás, hasta por la última.
       De inmediato, nos parece el primer producto de esta música por nacer: el compositor y su turiferario, el intérprete. Una alianza inseparable, aunque el primero suele desempeñar ambos papeles. Dentro de la música académica, ambos olvidaron sus orígenes: esa enorme generación de eminentes improvisadores de música, aquella que iba naciendo mientras se hacía. Ahora regresaron esos juglares con el jazz, el rock y el pop y la gente se fue tras ellos y tras su magia, como ocurrió siempre. Mientras tanto, nuestros doctos intérpretes nunca fueron preparados para improvisar frente a un teclado. Los sufro cada semana en las bodas y funerales.
       Se encuentran tan endiosados y aislados con sus sabios embelecos que ya se han olvidado de la sociedad en que nacieron. Unos están aún embobados en el pasado; otros delirando con aullidos marciánicos. Pocos con los pies en este Chile de fin de siglo, su gente y sus ansias. Por eso, componen o ejecutan, como decía Stravinsky, "unos para los otros, en lenguajes añejos o esotéricos" que no se entienden, ni emocionan. Para ellos no hay porvenir alguno.
       Pregunto a una muchacha: ¿Por qué manifiestas tanto entusiasmo por concurrir al estadio, sumida entre otros 60.000, para escuchar a los Soda Stéreo? Me responde: "Cuando ellos cantan, se me pone la carne de gallina, porque sé que lo están haciendo para mí y me están dando todo lo que tienen. Inclusive, cuando me dístraigo o parezco cansada, se dirigen a mí misma, y me hacen participar, con mi voz o con palmas, dentro de su propio canto". Es que la música no es manjar reservado sólo a los paladares académicos. La música es herencia y derecho de todos. Esos todos están esperando que salgamos de las páginas de esta revista y vayamos hacia sus propias vidas con nuestro don.
       Una nación musical es una nación de aficionados. Muchos de ellos poco saben de música; pero la intuyen, les gusta escucharla. Pueden ser desafinados y hasta analfabetos musicales, como algunos académicos los llaman porque no manejan sus códigos; pero, en su momento, son definitivos para la supervivencia de la música. Sin estos maravillosos aficionados, la música quedaría a muy mal traer. Es, al menos, lo que he visto.
       La existencia del aficionado, del auténtico "amateur", es tan importante que debe iniciarse en la misma propia formación del músico académico, como el "mejor de los aficionados"; es decir, el mejor y más fiel amante de la música. Yo soy uno de esos aficionados.
       Nuestro medio, para acercarnos a ese oyente que nos espera, es el llamado "concierto" o algo semejante. En él, lo hemos palpado, el elemento sorpresa es vital, como en el teatro o en el cine. Allí el auditorio espera el "qué será" y el "cómo será". Conciertos que no tengan tanto que ver con la academia, cuanto con la vida. Opinión de un pianista importante: "¿Por qué los conciertos son una cosa tan solemne y ric1ícula?". Otra agregaba: "Estamos dando las mismas cosas viejas y cansadas, a la misma gente vieja y cansada, de la misma manera vieja y cansada". Efectivamente, el rito de los "conciertos" cuenta ya con más de doscientos años. Los académicos, impertérritos, continúan sometidos a esa misma irrisoria liturgia. Hasta la iglesia católica, tan tradicionalista, reformó sus ritos. ¿Por qué la música de conciertos no ha de reformar los suyos?
       Nuestros auditores menores de treinta años irán donde haya acción. Los conciertos académicos ¿qué acción pueden ofrecer? Por mi parte desde hace cuarenta años vengo experimentando en diversas formas que unan la música netamente auditiva a elementos que se dan corrientemente en un escenario. Ejemplo típico de nuestro sistema es el concierto "Cantos para la masa, para la mesa, para la misa, para la moza y para la musa". Ya sé que los tradicionalistas y serios sonríen socarronamen te y, recelosos, sacuden su cabeza. "Circo", dicen. No pienso discutirlo; pero, la música llega y entra en su memoria emocional.
       Hasta hoy, que yo sepa, todos los conciertos, con alguna minúscula excepción, han sido siempre pasivos. La música académica lanza su sabiduría desde lo alto del escenario, separada del resto del mundo. En los míos, todos los asistentes salen con una canción a cuestas. Inclusive les proporcionamos impresos con el texto y su música. No la saben leer, la ven, y eso es más que la reiterada languidez del monólogo musical.
       En este drama, el joven músico o intérprete, no tiene culpa. Así lo hicieron: académico; pero, frío; autosupervalorado; con los pies en las nubes y la cabeza en su propio éxito personal. Decía un maestro: "¿Qué quieren que haga? Me siento frustrado y hasta culpable. Las limitaciones de mi propia formación me vuelven demasiado inflexible. Mucho de lo que anda mal se debe a que tratamos de proteger nuestra propia ignorancia". Terribles palabras, corroboradas desde el ángulo del discípulo: "Ellos han fracasado, lo saben. Nosotros lo sabemos. Ellos saben que lo sabemos". Horrible también.
       Las escuelas de música, casi todas, funcionan con mentiras congeladas acerca de la historia y la técnica, con lo que preparan robots musicales más bien que seres inteligentes y alegres que hacen música. Tanteo, desde hace muchos años, en mi trabajo diario, el peso de esta situación. Una escuela que no cambia está llamada a perecer. Ese cambio comenzará el día en que sus dirigentes se encuentren suficientemente seguros de sí mismos, como para admitir que se discutan sus métodos y acepten hasta la necesidad de su propia renuncia. Su actitud pesa fuertemente en nuestra sociedad que espera la verdad, la humanidad y la emoción de sus músicos.
       El día que los compositores, los intérpretes, los decanos, los musicólogos y los doctores pétreos se comprometan a fondo con la educación musical, desde el infante hasta el anciano, habremos llegado a la plenitud de la vida musical en Chile. Cada músico está llamado a ser un apóstol para conseguir amantes para la música. No debemos olvidar, aun por nuestra propia conveniencia, que la muchachada de una escuela, de una universidad, de los 70.000 que ven un partido de fútbol y los miles que rasguean una guitarra son presuntos músicos aficionados que aguardan a nuestra puerta. Con nuestro programa "Todos los estudiantes cantan" ya hemos conseguido que cuatrocientos cincuenta mil niños participen de la música con sus propias partituras en sus manos. Es nuestra respuesta a la sociedad infantil, esa por donde se hacen los primeros remiendos de las naciones.
       La temática de lo que he vivido excede, con mucho, la capacidad de estas páginas. Me quedan asuntos tan cercanos, cuya sola enumeración constituiría un fascinante estímulo para continuar aferrado a esta TRIBUNA. Gracias por darme la ocasión de ocuparla.

Mario Baeza Gajardo

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