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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.51 n.188 Santiago jul. 1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27901997018800008 

Que el bosque deje ver los árboles

Es un hecho curioso para quien escribe estas líneas ser invitado a participar en un foro escrito sobre música y neoliberalismo, a propósito de las notas publicadas en la Revista Musical Chilena, Nº 187, del primer semestre de 1997. Como también es curioso el hecho de que, siendo un sociólogo especialista en problemas sociales de la vida de pescadores y marinos, haya sido invitado a trabajar como Director de Extensión de la Universidad de La Serena, puesto en que he debido asumir algunas tareas de lo que hoy en día se ha dado por llamar "gestión cultura" o "administración de la cultura". Es decir, organizar el trabajo sucio del arte en general, y de los conciertos y exposiciones en particular. Lo he llamado así, pues se debe asumir la "venta" de un producto, debiendo lidiar no sólo con los músicos y aceptar sus "requiebros", sino también poner la cara ante las instancias de financiamiento, como pueden ser las agencias gubernamentales de apoyo al arte, las fundaciones, los consejos regionales y las vilipendiadas empresas privadas.
       La experiencia puede servir como testimonio para realizar una reflexión y, a la vez, un comentario fundamentado acerca de las ideas expuestas por los autores de las notas mencionadas, las que en sus líneas generales se centran en una crítica muy dura contra la carencia de políticas culturales de parte de los estados y contra la tendencia dominante en lo económico, social y cultural: el neoliberalismo, el que llevaría a considerar la música como un producto regido por las leyes del mercado y no como una expresión estética y fuente de la identidad de un pueblo.
       La acusación mencionada es cierta, pero puede ser a la vez terriblemente tramposa, pues puede ocultar algunas verdades que se esconden en el bosque de la ideología neoliberal. Al revés del proverbio tradicional, "los árboles no dejan ver el bosque", aquí podría ocurrir que el bosque no dejara percibir la inmediata realidad de los árboles.
       El bosque es una abstracción, un conjunto, una escala de percepción. Pero los árboles son su base. Como lo es también su medio ambiente, el suelo, el clima, el ecosistema. De igual modo, me parece importante mirar a la música, en sus árboles, en su ecosistema, en su clima. La música nace en el impresionante clímax de la creatividad, que se provoca en las pasiones de la confrontación humana, las que pueden explicarse parcialmente por el ambiente del neoliberalismo, pero no sólo allí. Algo más está detrás de la necesidad de cada persona de encontrar las notas que interpreten y expresen sus sentimientos, su dolor, sus angustias, sus partos, sus abortos.
       Es deber del estado asignar los recursos para que los músicos y los artistas puedan llevar a cabo sus obras, para que puedan "vivir" de su trabajo, y de esta manera, la cultura de un pueblo sea la base de la identificación de sus ciudadanos. Parece cierto. Pero puede convertirse también en una nueva trampa del paternalismo. ¿Qué estado puede, con todo el dinero del planeta, constreñir a sus "artistas" para que produzcan cultura, si acaso en ellos mismos no arde el fuego de la pasión creativa?
       En la cultura del Tercer Reich o la cultura de los estados socialistas pro-soviéticos existía una cultura subterránea que emergía de los campos de concentración o de los ghettos de perseguidos. No es necesario ser muy ducho para evaluar estos tipos de cultura.
       Los árboles son la unidad productiva del bosque. El ecosisterna les permite encontrar los elementos para su desarrollo. Los músicos deben ser los productores y la sociedad debe aportarles la luz, el oxígeno y los nutrientes para que sigan adelante en su crecimiento. Pero esa luz y esos nutrientes no son necesariamente dinero, fondos, proyectos. Me parece que esos nutrientes debieran ser la vida real de cada pueblo, de cada persona, sus misterios, sus mitos, sus utopías, sus creencias, los ocultos deseos de sus corazones, sus pasiones. Hace falta que los músicos se miren en su pueblo, que sufran con él, que lo levanten más allá y no importa que sea con un tango, un bolero, una ópera o una sinfonía.
       Me parece que el hambre de nuestra sociedad no es consumir ni comprar cualquier tipo de belleza. Los hombres buscan aquello que les llegue de acuerdo a su edad, su situación social, su modo de vida, su aldea o ciudad. Más aún, estoy seguro que desean expresarse por ellos mismos a través de ritmos y compases que les nazcan de su experiencia, de cómo sienten el nacer de un amor, el canto de las aves, el amanecer en la montaña, el chillido rutinario del metro santiaguino, la angustia de sus bajos salarios.
       Quizás desearían aprender a cantar, a jugar con algún instrumento, a conocer las reglas básicas de la técnica musical o de la historia de este arte. Las culturas ancestrales se han expresado musicalmente y muchas de sus canciones han pasado, a través del folclore o de la religión, a las partituras de la música perenne, clásica. Es preciso recuperar esa experiencia ancestral.
       Mi drama personal es que un teatro se llena con motivo de la inauguración de un maríachi y se queda vacío durante la presentación de una sinfonía. No sé sí la culpa proviene de la pobreza cultural del pueblo o del exceso de riqueza artística de los músicos y directores de la orquesta. Sin embargo, se llena un estadio con una obra de ballet, acompañada de orquesta y coros. Digo en un estadio, pues en La Serena no hay un teatro adecuado; hubo uno, pero fue demolido para hacer un estacionamiento, algo más rentable; no se ha construido uno nuevo porque las autoridades y los notables no se han puesto de acuerdo en dónde y con qué fondos. Esto lleva a pensar que, de todas maneras, la música bella, si es bien presentada y promovida, no solamente vendida como si se vendieran hamburguesas, gusta a toda la gente. No sólo a los doctos gusta la música docta o a los charros la música charra.
       Al fin de cuentas, esta gestión, que no debería ser un negocio de dineros, es un terrible negocio humano, en su amplia acepción, en el que una gran necesidad de las personas puede ser satisfecha a través de piezas que interpreten sus sentimientos y su vida. La misión social y ética del músico y del artista es hacer obras bellas; la del estado, el aportar la infraestructura y la educación para que la cultura musical se integre en la vida de la gente; y la de los agentes o administradores culturales, el encontrar los espacios, mecanismos y recursos para que esas obras sean puestas al alcance de cada grupo y sector, no necesariamente vendidas como un producto, aunque deba ser un negocio el realizarlo.
       Ojalá el bosque deje ver los árboles y que se sienta el olor del humus creativo. Que los músicos, todos, les den la mano a las masas y a las elites, que sientan su pulso y su temperatura, que traduzcan los ciegos impulsos de la especie en bellas cantatas y sinfonías. Éstas serán el alimento de utopías, una invitación a la vida, un camino bello hacia la muerte, un testamento para la cultura de su descendencia.

Héctor Morales

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