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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.54 n.193 Santiago ene. 2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902000019300009 

RESEÑAS DE FONOGRAMAS

 

La cueca bien temperada: música desde la guitarra chilena.

Disco compacto. Obras e interpretaciones de Sergio Sauvalle y varios autores e intérpretes invitados.Ministerio de Educación, Fondo de Desarrollo de las Artes y la Cultura (FONDART), 1998.
Con el sugerente título de La cueca bien temperada, Sergio Sauvalle entrega a la comunidad un nuevo fonograma, producto de largos años de investigación en terreno y estudios académicos, en el que confluyen la cultura popular campesina y urbana, la tradición oral y escrita, la creatividad espontánea y los códigos del pentagrama. Todo ello, manifiesto en un toquido especial de la guitarra, que evoca diferentes espacios y tiempos de nuestro universo musical. Parafraseando el título empleado por Juan Sebastián Bach en su gran obra El clavecín bien temperado, Sauvalle hace una propuesta que obedece a su visión de la música chilena tradicional, rescatando el espíritu de lo más íntimo que hay en ella, usando a la guitarra como intermediario. Según lo anuncia el nombre, el eje del fonograma es la cueca, claro que no en su forma típica para cantar y bailar, sino en su forma instrumental para escuchar, aunque -por momentos- igualmente dan ganas de cantar y bailar. En todo caso, cabe señalar que entre los campesinos las cuecas instrumentales son muy bien cotizadas, pues, para ellos, puntear bien es "hacer hablar la guitarra", lo cual los invita a callar, escuchar y aprender.
Y se nota que Sauvalle ha sabido callar, escuchar y aprender, pues su propuesta penetra en los secretos y rincones de la cultura chilena, en sus dos vertientes de desarrollo: la de tradición oral -heredada del mundo indígena-, cuyos tipos de afinación y toquido dan cuenta de las particularidades de la cultura chilena, y la tradición escrita, cuya herencia hispánica se hace presente tanto por el uso de la guitarra, como por la partitura y origen mismo de la cueca (sin desconocer sus antecedentes arábigo-andaluces y africanos). En tal sentido, claramente se busca una síntesis, como lo insinúa el título: "La cueca", componente popular del mundo informal chileno-americano, y "bien temperada", componente elaborada del mundo formal chileno-europeo. Gracias a esta doble y desprejuiciada aproximación, Sauvalle se adentra en lo que, con toda propiedad, se puede denominar "música popular mestiza", dando cuenta del dualismo cultural de Chile, con raíces tanto en el viejo como en el nuevo continente.
Pero lo interesante de su trabajo es que no sólo obedece a un intento teórico por fusionar lo oral con lo escrito, sino a su propia práctica de hacer música, en la que confluye su triple oficio de compositor, investigador y guitarrista. De hecho, mucha de la música de tradición oral él mismo la ha plasmado en la partitura. A su vez, aquella música tradicional que ya está escrita, la lee en forma flexible, acorde al lenguaje y toquido oral, en el que la partitura en realidad actúa sólo como referencia, más allá de la rigidez de una lectura determinística, donde cada nota deba ser tocada tal cual está escrita. Y ello por una razón muy simple: la música popular mestiza posee abundantes riquezas rítmicas y timbrísticas, imposibles de ser registradas en el papel, cuya plasticidad, flexibilidad y (re)creación espontánea son parte del resultado vital que surge de cada ocasión particular. De allí que para interpretar esta música -y especialmente para usar bien las partituras- sea imprescindible la experiencia de terreno, tomando contacto directo con los "guitarristas de campo".
Consecuente con lo anterior, Sergio Sauvalle pone especial cuidado en el repertorio. Se trata de una selección de 17 piezas, siendo la mayoría de música tradicional popular, de origen campesino y urbano, que incluye cuecas, zamacuecas, marineras, cuecas chilotas, valses, habaneras, tonadas y anticuecas, entre otras. Claramente, el auditor es invitado a explorar dentro del universo de la cueca, con otras formas intercaladas que le dan contraste y mayor interés musical al conjunto. Hay una cueca chilota que se presenta en versión para trío, en la que junto a Sergio Sauvalle, participa su hijo Camilo en guitarra y José Cabello en rabel, lo cual permite que la música se exprese en texturas contrapuntísticas. Por otra parte, los valses urbanos se presentan a dúos de guitarra. En cuanto al origen de las obras, se incluyen de autores conocidos, tradicionales anónimas y creaciones del propio Sergio Sauvalle. En las obras de su factura se aprecia, con evidencia, el uso de códigos populares chilenos y latinoamericanos, lo cual le da perfecta coherencia y unidad al total. Es el caso de sus dos valses urbanos, su "pasaloma" -como pasacalle pero referido a pasar las lomas de Chiloé- y su obra titulada La ventana, que se basa en recopilaciones de Margot Loyola y Osvaldo Cádiz, sobre un baile precolombino relacionado con el huayno. Sin duda, sus composiciones son parte de la exploración que él está realizando sobre la música popular campesina y urbana, en la que la creación y la recreación se confunden en un mismo universo.
Pero el fonograma también incluye la Anticueca Nº 5 y Tema libre Nº 2 de Violeta Parra, y Las Pascualas de Gustavo Becerra, con lo cual se pretende cubrir un espectro amplio y representativo, con obras desde un lenguaje tradicional a otras más avanzadas y contemporáneas, aunque en ambos casos el espíritu de la cueca sigue presente. Por otra parte, respondiendo a la tradición campesina, dos de las piezas -Valses campesinos y la cueca A la una nací yo- están afinadas con la tercera alta, vale decir: la 1ª cuerda en Do#, la 2ª en La, la 3ª en Fa#, la 4ª en Re, la 5ª en La y la 6ª en Re. Asimismo, La zamacueca Nº1 de José White y La ventana de Sergio Sauvalle, están afinadas con la 5ª en Sol y la 6ª en Re. De esta manera, la propuesta del autor deja entrever que tiene un concepto amplio, abierto y dinámico de la tradición, en la que lo que hoy es presente mañana será pasado, con la posibilidad de incorporarse a un patrimonio que, día a día, está llano a continuar enriqueciéndose.
Desde un punto de vista estrictamente musical, y con el respeto que se merece el autor, hay ciertas piezas en que la cadencia final -con su tradicional acorde de dominante y/o tónica-, suena un poco pesada y a veces parece innecesaria. Se trata de piezas muy delicadas cuya conclusión ya está establecida y en las que el remate final del acorde produce una cierta descompensación que resulta extraña y no contribuye al resto. No siempre se requiere de un acorde para concluir; además, ello permite una mayor variedad de terminaciones, sin traicionar al espíritu de la música. Pero esta es una apreciación muy particular, que el autor sabrá ponderar para sus futuros trabajos, en caso que lo estime conveniente. Por lo demás, el uso de los diferentes timbres de la guitarra, los golpes en el puente y la caja, los pizzicatos, trémolos, glissandos y tantos otros, están aplicados con gran equilibrio, creatividad y pertinencia. En general, el repertorio incluido y el tratamiento del instrumento es un valioso aporte a la "guitarra chilena".
En relación a la documentación del fonograma, el autor incluye una pequeña reseña histórica sobre la cueca, junto a breves explicaciones de cada pieza. Por otra parte, no deja de ser simbólico el diseño de la carátula, con la obra Lapislázuli de Marcy Lan-franco, creada especialmente para el disco. En ella, una guitarra emerge de las entrañas de un mundo de tonos azules, verdes y amarillos, que hacen pensar en el misterio que esconden las selvas del sur, los rincones húmedos y tupidos de helechos, las quebradas, los minerales bajo tierra y las nubes que se expanden por el cielo. Sin duda, es la guitarra que sale a dar cuenta de su exploración -de su experiencia en terreno- acaso con el deseo de descubrir y compartir la belleza de las cosas simples y profundas del pueblo y su entorno natural. Por lo mismo, el autor aparece fotografiado y firmando, simplemente "con mucho afecto", saludando a los auditores y transmitiéndoles su cariño por lo que hace. De esta manera, dentro de un ambiente afectivo y respetuoso, se escucha una suerte de sano romanticismo en la propuesta de Sauvalle, acaso en busca del "paraíso perdido" del Chile y la América profunda. Con un sonido noble y timbre pastoso -que por momentos recuerda los discos de acetato- la audición de ciertas piezas evoca nuestro pasado histórico, tras las lomas, en el ritual de la trilla, en los salones urbanos, en los bares porteños de Valparaíso o en el altiplano nortino, allá donde Chile se encuentra con Perú y Bolivia. Se nota que Sauvalle ha bebido de la fuente misma, pues su música aparece diáfana, amable y sin intermediarios, provista de un "filtro" que deja fuera las estridencias del modernismo -o posmodernismo- y permite remontarnos a las coordenadas de origen de cada pieza, en su espacio y tiempo natural, en el que las raíces se mantienen vivas y profundas. En este sentido, su fina y noble artesanía hace recordar a grandes maestros como Atahualpa Yupanki y Eduardo Falú -de Argentina- y Raúl García Zárate -de Perú-. Por cierto, son paradigmas de pueblos hermanos, cuya senda está abierta para que Sauvalle continúe ascendiendo en su trabajo y los auditores lo acompañemos en la ruta.

Gabriel Matthey Correa

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