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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.56 no.197 Santiago Jan. 2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902002019700006 

 

Misiones y omisiones.
A propósito de los Festivales de Chiquitos

por
Cergio Prudencio

Hablando de música, preguntémonos ­por ejemplo­ ¿por qué en los Festivales de las Misiones no cuenta para nada la música de los indios? ¿Es que acaso no había música en esas Misiones antes de ser Misiones? ¿Es que acaso ahora mismo los nativos de allá no hacen su propia música? ¿No será que la misión de las Misiones ha revivido en sus propósitos de origen?

Veo en un canal de televisión nacional1 un reportaje sobre el Festival de Chiquitos 2000. Empieza con imágenes de un concierto del rockero Marilyn Manson (aparentemente), sobre las que el reportero comenta como una barbarie contemporánea creada para "evadirnos de la realidad". Súbitamente, sigue con imágenes del concierto de canto gregoriano presentado por el conjunto de Fernández de la Cuesta aquí en La Paz (extensión del Festival), a las que califica como un paradigma de la espiritualidad, la belleza y los altos valores.

Pero, ¿no fue la música misional precisamente un factor de evasión de la realidad para los indígenas de esos territorios? ¿No fue una manera de sustraerlos de su cultura para imponerles una cultura supuestamente superior?

Y esto no es majadería. Veamos. En un informe al virrey del Perú, el visitador general José Antonio de Areche, citado por Boleslao Lewin (La rebelión de Tupac Amaru y los orígenes de la independencia de Hispanoamérica. Buenos Aires: Sociedad Editorial Latinoamericana, 1967), establecía lo siguiente: "Quedan prohibidos de hablar en lenguas nativas, quedan prohibidos de usar nombres y apellidos de la nobleza indígena, no se les permitirá vestirse a la usanza india, ni peinarse a su manera, ni celebrar fiestas que no sean las que manda nuestra santa religión católica. ¡Tenéis razón, si deseamos mantener estas Colonias para siempre, es preciso que nadie se llame como se llama, que nadie hable como habla, ni piense como piensa! ¡Eso, que nadie piense como piensa!"... Siniestra lucidez, ¿verdad?

No menos apologético (aunque bastante más banal) otro canal de televisión2, celebra la realización del Festival, al que considera un avance hacia el desarrollo del turismo en Bolivia. Yo creo que antes que el turismo, nos debería preocupar la historia. Y en esta perspectiva no se puede omitir a los indios ­los de entonces y los de ahora­ como protagonistas centrales de los hechos, más allá de que hubieran perdido aquella guerra; ni se puede omitir, en el análisis, el verdadero sentido político de las Misiones con todos sus productos culturales, hoy insólitamente convertidos en delikatessen de intelectuales, señoras "finas" y hasta de algunos ministros de estado.

Aún más insólito y ofensivo es el texto de un artículo de Mariana Machicao publicado en una revista de a bordo en línea aérea boliviana3, donde sostiene ­entre otras aberraciones (sintaxis incluida)­ cosas como "...sacerdotes e indígenas encaraban la vida de una manera muy satisfactoria para ambos, los primeros haciendo su papel de padres, gobernantes y dueños con capacidad de decisión sobre vida y hacienda y los segundos bajo tutela de la congregación a cargo obedeciendo de manera dócil, sumisa y hasta alegre cuya única responsabilidad era la de simple obediencia y entrega a sus labores..." (sic). En un país que acaba de aceptarse constitucionalmente como pluricultural y multilingüe, un pensamiento semejante es inaceptable. Concédannos ­al menos­ que la libertad es un instinto humano, seguramente implantado en un gen imborrable del genoma, también en los indios, y que nadie puede ser feliz sometido. Rechazo aquella iniquidad con vehemencia e indignación, por su ignorancia, su arrogancia y su renovado sentido colonial, no como un enunciado perdido en el aire, sino en tanto ideología implícita en la formulación misma del Festival.

Pues sí, ahora resulta que es una celebrada proeza el proyectar a los indios de la Chiquitanía hacia las prácticas de la música que paradójicamente neutralizó a sus ancestros. A los ojos y oídos de una sociedad ciega y sorda, los niños son presentados como macacos, hábiles por su capacidad de aprender un lenguaje, sin cuestionarse el verdadero significado histórico de éste. Así, no se los ayuda a entender su propia historia, y menos a decidir cómo quieren seguir haciéndola. Así se los coloniza. ¿Obtendrían tanta aprobación esos mismos niños si nos demostraran sus talentos en sus propios instrumentos y música? Con seguridad, no. Nos enorgullecemos de los indios de aquellos tiempos, que manejaron el contrapunto y el sistema armónico tonal, sin preguntarnos ­ni por curiosidad ­ ¿cómo habrá sonado la música de ellos, ésa brotada de su propia visión del universo? Porque ­convengamos­ "el idioma es un privilegio, un don extraordinario y una deuda, un compromiso de por vida", tal como lo señaló el escritor Jorge Edwards a tiempo de recibir el Premio Cervantes de Literatura. ¿No es acaso la música un idioma, un lenguaje?, ¿un privilegio?, ¿un don extraordinario?, ¿una deuda?, ¿un compromiso de por vida?; también la música de los indios, se entiende, o entiende al menos quien admita sinceramente nuestra diversidad.

Está bien, si la música que los oídos de los conquistadores escucharon al llegar a estas tierras, está definitivamente perdida, no están perdidas sus supervivencias. Y por ellas intercedo, para que tengan voz propia en el así llamado Festival de Música Renacentista y Barroca Americana de Santa Cruz de la Sierra, como una contribución consustancial a la comprensión de nuestra identidad verdadera, y ­sobre todo­ a la construcción sólida de nuestro futuro. ¿Por qué resignarnos a perder esa herencia cultural tan indiferentemente, como si no tuviera valor, y peor aún, como si no existiera? Pareciera que el nudo del asunto es justamente ése: nuestro bloqueo espiritual para valorar lo otro, lo del otro, aunque esté al lado nuestro hace siglos.

Porque si de aplaudir habilidades se trata, pongámoslo a la inversa, a ver si aplaudiríamos. ¿Habrán intentado los misioneros de entonces (y también los de ahora) aprender a hacer la música de los indios? ¿Habrán podido hacerla? Ya me los imagino ­ por ejemplo ­ tratando de impostar la voz a la manera de los cantores ayoréode, o de tocar la compleja rítmica de los tambores de la danza de los macheteros de Moxos, por sólo citar un par de casos vivos. Y si finalmente consiguieran hacerlo, ¿a quién le importaría? ¿Los premiaría la Unesco? ¿Los apoyaría la Cooperación Española? Soy escéptico. Lo digo desde esta otra orilla; desde los 20 años de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos (OEIN), con la cual venimos propiciando el desarrollo de un lenguaje musical contemporáneo, basado ­sin embargo­ en la asimilación del lenguaje musical de las antiguas comunidades altiplánicas. Y ­hay que decirlo­ mientras más ponemos en práctica esa metodología de trabajo, más conciencia tomamos, no sólo de la enorme dificultad técnica de aprender ese otro idioma musical, sino de la inmensa riqueza intrínseca de éste, como pensamiento sonoro, como noción de tiempo, como expresión del espíritu humano, como belleza, como algo distinto. Pero para llegar a encontrar valor en esas manifestaciones, antes, nos ha tocado romper unos cuantos prejuicios y aceptar que los seres humanos, unos y otros, pensamos diferente y representamos nuestro pensamiento de diferentes maneras; y que entre esas representaciones ninguna es superior a otra, como ninguna es universal respecto de las demás. Lo universal no existe. Es una presunción que forma parte de los argumentos con los que nos convencieron y convencen de los beneficios de estar sometidos.

Bajo esa supuesta universalidad de la música misional, estamos aceptando como válidos y valiosos unos hechos históricos que son ­por decir lo menos­ cuestionables. Por supuesto que los archivos misionales son un legado importante de nuestro pasado. Importante, mientras no sea para seguir colonizando. Porque también hay que decir que en ese legado no todo es artísticamente bueno. Algunas obras son excepcionales, otras no tanto, y muchas otras son sencillamente pobres, precisamente en el manejo del idioma, es decir, del sistema de composición armónico tonal. En términos de valor, seguramente encontraríamos en la música de los indios (no se ofenda nadie con mi insistencia), obras de mayor interés propiamente musical, antes y ahora.

Tanta energía, tanta atención, tanto dinero para descubrir, analizar y difundir esos archivos, y tan absoluta omisión del otro legado, que no hace presencia en el Festival ni siquiera en los niveles de discusión musicológica, como si los bolivianos de hoy no fuéramos hijos de ambos padres, realidad que todavía hoy muchos siguen negando empeñosamente.

Y menciono este aspecto, porque otro de los problemas conceptuales del Festival en cuestión se anuncia ya en su nombre. Pretende descubrir un supuesto "barroco" musical americano generado en las Misiones, extensivo en el tiempo ­lo que es más absurdo­ hasta el Renacimiento. Empecemos por llamar a las cosas por lo que son y no por lo que quisiéramos que sean. ¿Renacimiento boliviano, o americano? Mientras Europa "renacía" en la América se producía el mayor genocidio de la historia de la humanidad. ¿Algún paralelismo? El barroco en Europa fue una consecuencia del desarrollo tecnológico y estético del Renacimiento, dado por la estabilidad socioeconómica de los tiempos, por cierto financiado desde la América; algo así como una eclosión de bonanza y bienestar. En la América ­en cambio­ el "barroco" no fue otra cosa que la erección a sangre y fuego de los símbolos paradigmáticos del conquistador, sobre la destrucción de las culturas aborígenes estigmatizadas. ¿Algún otro paralelismo?

El Festival de las Misiones no puede sustraerse de las responsabilidades que de facto ha contraído con la cultura boliviana y latinoamericana. Tiene obligaciones con la historia y con la reflexión presente de esa historia; así como las tiene con el futuro, en la medida en que sólo comprendiendo lo que somos y cómo nos hicimos podremos formular un porvenir más coherente, más cierto, más trascendente. Rompiendo falsos esquemas de "estilo", "temática" y "especialidad", el Festival tendrá que abrirse no sólo a la música de los indios, sino también a la música culta contemporánea, esa que justamente proviene de la línea histórica misional, pero que en muchos casos ya ha entendido al país en su verdadera e integral dimensión. Si no lo hace, se condenará por sí solo a la superficialidad y ­lo que es peor­ a la inutilidad esencial; un lujo que no podemos permitirnos, cuando las generaciones en perspectiva nos exigen consistencia formativa para poder confrontarse en un mundo donde sólo serán fuertes los pueblos culturalmente potenciados. Es decir, aquellos que puedan mostrar un mismo rostro ante los demás y ante el espejo.

Y hacemos públicos estos criterios, porque quisiéramos ver a esta iniciativa cultural cruceña sobreviviendo a la circunstancial curiosidad europea por el tema de las Misiones, y permaneciendo como un espacio de verdadera reflexión sobre la música en Bolivia y en la América. Se trata de eso, nada más.

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1A.T.B. (Asociación de Televisoras Bolivianas).

2P.A.T. (Periodistas Asociados Televisión).

3"El III Festival de Música Renacentista y Barroca Americana", Pasajero, la revista de a bordo de Aero Sur, N 18 (junio-julio) 2000, pp. 26-30.

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