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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.57 no.200 Santiago July 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003020000015 

Revista Musical Chilena, Año LVII, Julio-Diciembre, 2003, N° 200

Música en el exilio
(segunda parte)

Las raíces de una voz desenraizada

por
Hanns Stein

Cuando empecé a pensar en qué título le pondría a este artículo (lo cual hice _como todo en mi vida_ con la ayuda de mi esposa), ya sabía, muy grosso modo, lo que quería decir. Sabía que no quería hablar sobre mi voz, respecto de la cual nunca me sentí especialmente vanidoso, sino que quería reflexionar acerca de la antigua y la nueva pertenencia cultural, acerca de raíces, desenraizamiento y formación de nuevas raíces. Cuando comencé seriamente a organizar todo esto, me di cuenta de cuán complicada era esta empresa.

Una de las grandes dificultades derivadas de la subjetividad del tema, es conservar una relativa objetividad. Creo, incluso, que es casi imposible. Pese a ello, quiero intentar relatar mis vivencias relacionadas con esto de la manera más honesta posible. Para ello, al parecer es más fácil quedarse en la verdad objetiva, en relación con las vivencias externas; sin embargo, también allí mucho se desvanece tras el velo de los años transcurridos y uno tiende a idealizar o atribuirse a sí mismo el haber jugado un papel más relevante que el que realmente jugó. Como he dicho, quiero hacer todo lo posible por mantenerme cerca de la realidad.

El 21 de enero de 1990 se cumplieron 50 años de mi llegada a Chile junto a mi familia a bordo del barco Orduña. Yo tenía 13 años de edad y la emigración era para mí una gran aventura. ¿Qué sabía yo entonces acerca de raíces y de identidad cultural? Me parecía, según recuerdo, que todo volvía a comenzar.

Provengo de una familia en la cual se hablaba alemán por el lado paterno y checo por el lado materno. Nací en Praga, pero vivíamos en una pequeña ciudad, Nyrsko, muy cerca de la frontera con Bavaria. Primero asistí al colegio alemán, después al colegio checo. Nuestra fuga comenzó cuando ya no cupo dudas de que Hitler ocuparía los Sudetes. Desde septiembre de 1938 hasta marzo de 1939 vivimos en la cercana ciudad checa de Klatovy, y dos semanas después de la ocupación de Checoslovaquia seguimos viaje hacia Inglaterra. No totalmente sin problemas, de manera que mi padre estuvo en la clandestinidad durante dos semanas y, en ese espacio de tiempo, de alguna manera misteriosa consiguió el timbre de la Gestapo que autorizaba nuestra salida del país. En Inglaterra asistí al colegio _ya iba en mi tercer idioma_ y a fines del '39, al ver que la guerra no terminaría tan pronto como esperaban los optimistas al comienzo, partimos hacia Chile.

En Chile los inmigrantes llevaban en su mayoría una vida cultural y social como de ghetto. Mis padres nunca aprendieron bien el nuevo idioma, y creo que nunca leyeron un libro en castellano. También nosotros, los niños, vivimos al comienzo parcialmente aislados. Ibamos al colegio judío y entre nosotros hablábamos alemán. Ya el primer año ingresé al movimiento juvenil sionista-socialista Hashomer Hatzaír. Sólo un par de años más tarde comenzaron a ingresar también jóvenes nacidos en Chile, hijos de judíos de origen ruso o polaco, que habían llegado al país 30 años antes que nosotros.

Muy pronto eso iba a adquirir para mí un significado muy especial, ya que entre esos jóvenes estaba también Choly, mi esposa. Gradualmente el castellano se convirtió en nuestro idioma normal. Como consecuencia de mi ideologización en el Hashomer Hatzaír, a los 14 años decidí "proletarizarme", no ir más al colegio y empezar a trabajar. Pronto, empero, se impuso mi único gran interés en la vida, mi vocación: ser cantante. Esto significó las primeras diferencias con el movimiento, me dijeron que "en el kibbutz se necesitan campesinos y no cantantes". Apenas tuve la edad necesaria comencé con clases de canto. Luego canté varias veces en actos del movimiento, pero finalmente se vio que no había forma de compatibilizar una preparación consecuente para la vida en un kibbutz y la formación como cantante.

Trabajé en varios oficios para financiar mis estudios. Debo confesar que nunca fui un buen obrero ni un buen empleado. Lo único que me interesaba era el canto y todo lo demás lo hacía sin ganas y sin convicción. Fuera de eso simplemente no tenía la menor habilidad para los negocios, además de que los negocios no calzaban con mi pensamiento socialista. Cuando más tarde, estando ya casado, perdimos toda la herencia de mi esposa en el intento de levantar una pequeña empresa, se decidió que yo me dedicaría definitiva y principalmente a la música. Es lo que hice entonces con gran entusiasmo y energía. Empecé a cantar cada vez más en todo el país, principalmente recitales de canto, y pronto me ofrecieron en la Escuela Vespertina de la Facultad de Ciencias y Artes Musicales de la Universidad de Chile un puesto de profesor.

Esto significó también el final definitivo de mi aislamiento y mi ingreso a la vida diaria chilena. Junto con integrarme al acontecer cultural del país, llegué a la conclusión de que también debía activarme políticamente. Desde hacía mucho tiempo que en Chile el arte y la lucha política estaban muy cerca uno de la otra, y además, tenía la impresión de que los acontecimientos me pasaban de largo debido a que no pertenecía a ninguna organización. El paso lógico para mí fue entrar al Partido Comunista, que me resultaba muy cercano debido a la formación política recibida en el Hashomer Hatzaír y al cual pertenecía la mayor parte de los artistas con los cuales entretanto me había hecho amigo. Diría más bien que la mayor parte de los artistas del país.

Con esto empezó para mí un período muy interesante y pleno de acontecimientos. Comencé a cantar mucha música contemporánea, en especial la de compositores chilenos. Muchos de ellos me dedicaron canciones, la mayoría sobre textos de Neruda y de otros poetas progresistas. Y así me fui sintiendo cada vez más integrado a la vida cultural chilena. Mi actividad como cantante tenía una orientación muy política, tanto por su contenido como porque yo, paralelamente a mi actividad normal de conciertos, cantaba en muchos actos, en muchos locales sindicales, en recintos mineros, etc. En ese tiempo se produjo mi descubrimiento de las canciones de Hanns Eisler, compositor hasta entonces desconocido en Chile, canciones que se convirtieron en importante parte de mi repertorio.

Yo estaba consciente de que resultaría determinante realizar estudios de perfeccionamiento en el extranjero, en lo posible en Europa. En Chile había tenido buenas profesoras, algunas también inmigrantes, pero sentía fuertemente que me había quedado estancado y también que era hora de medirme a nivel internacional.

Como conocido miembro del Partido Comunista difícilmente podía obtener una posibilidad de estudio en Estados Unidos o en un país de Europa Occidental. De manera que hice gestiones para lograr una beca en Checoslovaquia. Me moría por conocer un país socialista, dominaba el idioma y por último había nacido allá. Y Praga tiene una conocida reputación de detentar un alto nivel musical. Tuvieron que pasar algunos años hasta que _con ayuda del partido_ lo logré, y en septiembre de 1966 llegué con mi familia (tengo tres hijos) a Praga, mi ciudad natal.

La impresión, el shock, que experimenté, fue colosal y totalmente inesperado. Todo me parecía conocido, la ciudad vieja, los aromas de las comidas, la música del idioma. Fue fantástico y al mismo tiempo terrible. Todas mis reflexiones y sentimientos respecto a pertenencia, patria, etc., se desmoronaron y se convirtieron en una mentira. De pronto todo era diferente; por primera vez, como persona adulta, me sentí en casa. Una y otra vez me vuelve el recuerdo de ese sobrecogedor sentimiento, de la opresión en mi pecho. Junto con este maravilloso reencuentro con mis orígenes, tenía muy claro que mi permanencia allá sólo podía ser pasajera. ¡Qué terrible!

Los dos años de mi beca fueron años hermosos, plenos, llenos de vivencias inolvidables. Mi esposa también, tal vez contagiada por mi felicidad, se sintió muy a gusto. Ello no obstante, el encuentro con el socialismo "realmente existente" fue bastante chocante, aunque yo estaba preparado para algo así. Fue un año de acontecimientos que llevaron a la "primavera de Praga", al "socialismo con rostro humano" de Dubcek. Las cosas se veían diferentes de lo que la utopía había prometido, la gente aparecía indiferente y descontenta. Tratamos de mantener los ojos bien abiertos y formarnos una opinión objetiva. Y luego vivimos llenos de esperanzas la primavera, y también su predeterminado final. Y todo ello habría de tener una gran influencia en mi posterior desarrollo político. Declaré abiertamente no estar de acuerdo con la posición de mi partido, que aprobó la ocupación de Checoslovaquia. Probablemente éste fue el primer impulso que muchos años más tarde me llevó de nuevo a independizarme políticamente.

Mis estudios en el Conservatorio de Praga no sólo fueron exitosos, sino que además me depararon una gran felicidad. Tuve excelentes profesores, con los cuales me liga hasta ahora una estrecha amistad. Me sumergí, literalmente, en el mundo checo de hacer música, y en ese mundo me sentí muy, muy a gusto. Todo lo que fui conociendo me llegaba muy adentro, también el enorme repertorio checo.

También fuera de la música hubo muchas cosas que me conmovieron profundamente y que despertaron en mí el sentimiento de pertenencia. Parientes que conocí y a través de los cuales me enteré de lo ocurrido con la familia durante los años de guerra. El reencuentro con ex compañeros de colegio con quienes se inició una estrecha amistad (teníamos 12 años de edad cuando yo emigré). Y ver los nombres de mis abuelos, tías, tíos y primos que aparecían en el listado de las víctimas del nazismo impreso en los muros de una sinagoga de Praga.

Domino cuatro idiomas, pero no hablo ninguno de ellos sin acento. Este hecho es para mí simbólico, es un signo de nuestros tiempos. Y en Praga, eso se me hizo claro. ¡Cuántas preguntas van surgiendo! Nuestras raíces fueron violentamente arrancadas con el entronizamiento del nazismo, cuando nos vimos obligados a abandonar los países donde habíamos nacido. A juzgar por mi experiencia, mucho de la tierra natal quedó adherido. Pero, ¿son nuestras raíces tan profundas como las de nuestros compatriotas no judíos? ¿Cuán grande es la respectiva influencia de nuestras nuevas patrias sobre nosotros? ¿Tiene algo que ver el desarrollo cultural de estos países con la medida de esa influencia, o bien con el crecimiento de nuevas raíces? ¿Cuán grande puede ser nuestra contribución a la cultura de la nueva patria? ¿Tenemos la capacidad _o el derecho_ de participar en discusiones en torno a problemas tales como, por ejemplo, la identidad cultural de nuestra nueva patria?

Lo más probable es que ante éstas y muchas otras preguntas no haya respuestas únicas ni de validez general. Depende demasiado de cosas específicas, qué edad se tenía al emigrar, a qué origen cultural pertenecen el cónyuge y los hijos, y mucho más.

De manera que en ese período praguense muchas cosas me daban vueltas en la cabeza. El primer impacto me hizo pensar que en primer término yo pertenecía a mi tierra natal. Pero pronto comprendí que para mí, "tierra natal" no significaba sólo Praga, sino Europa Central en general. Empezando por el hecho de que desde el punto de vista del idioma y también de una tradición cultural de la familia, reforzada por mi desarrollo musical, yo me encontraba también ligado a la herencia cultural germano-austríaca.

Después de que mi ser interior recibiera ese primer impacto _ sorprendente y que aparentemente lo cambiaba todo_ la vida siguió su curso. Tuve que hacer frente a las realidades que hasta entonces habían sido parte de mi vida. La mayor parte de mi existencia se inició en Chile, mi esposa y mis hijos habían nacido allá. Y previsiblemente, mi futuro también proseguiría allá. ¿Y me siento yo en Praga, o en Viena, o en Leipzig tan en casa como los demás que viven allá? Al menos ante esta pregunta la respuesta es clara: ¡no!

Todo se volvió más complicado a raíz de los acontecimientos descritos, pero me acercaba a la verdad y ésta rara vez es simple. No quisiera, sin embargo, dar la impresión de que Praga de 1966 a 1968 fue un punto final en mi desarrollo. Seguramente fue un hito, que me confrontó muy brutalmente con la realidad. Desde ese momento en adelante tuve que encarar en forma consciente esa realidad y tratar de sacar las conclusiones más positivas posibles.

Regresamos a Chile bajo el impacto directo de la entrada de las tropas del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia. Por lo demás, esa fue la segunda ocupación que me tocaba vivir allá. Los primeros meses después del retorno a Chile fueron tiempos muy difíciles, y sufrí una verdadera depresión. Las causas eran numerosas: tener que comenzar de nuevo las vivencias políticas que me habían insegurizado mucho; pero con seguridad la principal fue tomar conciencia de tener que reintegrarme a mis tareas bajo condiciones totalmente nuevas, de que mi actitud hacia mis colegas, hacia mis tareas artísticas, pedagógicas y políticas tenía que ser completamente distinta.

Gracias al hecho de que llegué con mi diploma del Conservatorio de Praga, como también certificados del estudio de interpretación de la música vocal de Bach en Leipzig y de música isabelina en Londres obtuve un cargo de profesor titular en canto en la Facultad de Ciencias y Artes Musicales y Escénicas de la Universidad de Chile. Contribuí a fundar la Opera Nacional y no faltó qué hacer. Como cantante, y también como pedagogo intenté _y creo que en parte lo logré_ llevar a la práctica tanto los resultados de mis estudios como mis vivencias y reflexiones. Tal vez gracias a eso mis clases se volvieron más interesantes y obligaron a mis alumnos a pensar, ocupación que en general no resulta muy difundida entre cantantes.

Comenzó la campaña electoral para la presidencia, y las fuerzas progresistas unidas llevaron por cuarta vez como su candidato al Dr. Salvador Allende, quien era socialista, un verdadero demócrata y con reales posibilidades de ganar. Mi entusiasmo volvió a despertarse y colaboré en la campaña como artista. Como todos saben, Allende sí ganó las elecciones. En ese momento no podía ni soñar cómo influiría ese acontecimiento y su desarrollo ulterior sobre mi vida.

Durante los casi tres años de Gobierno Popular se lograron muchas cosas positivas, o al menos honestamente se intentó lograrlas, y también se cometieron muchos errores. Sin embargo, hasta su violento final, fue un gobierno democrático.

En el campo de la cultura tratamos de democratizar el arte; es decir, antes de todo permitir que llegara a los que por motivos económicos no conocían lo que era gozar del arte. Algo se consiguió, pero no mucho; faltó tiempo.

Pero no es el objeto de este artículo analizar el desarrollo político en Chile, el cual finalmente llevó al golpe militar. Las últimas semanas antes del 11 de septiembre de 1973 fueron dramáticas. La situación en general se hacía cada vez más vulnerable, se esperaba el fin del gobierno de Allende; pero nadie pensó que los militares chilenos actuarían con brutalidad sangrienta _innecesaria por lo demás_ como la que de hecho emplearon.

Pocos días después del golpe, organismos de seguridad militar llegaron a la Universidad buscándome tanto a mí como a varios otros colegas. Tuve que esconderme. También mi esposa y mi hija mayor estaban en peligro, y así se repitió casi exactamente el destino que habíamos sufrido tras la invasión nazi a Checoslovaquia.

Tres semanas después del golpe pudimos salir del país con la ayuda del hermano de un alto oficial. Dos días después de nuestra salida, mi esposa y yo fuimos despedidos de la Universidad; el decreto decía: "con prohibición de pisar el recinto universitario". Pero la causa de nuestra exoneración no se señalaba.

Poco después del golpe recibí de la embajada de la República Democrática Alemana (RDA) una invitación para refugiarnos en ese país. Pensamos que sería por un corto tiempo y aceptamos agradecidos. Siete años vivimos en Berlín. Yo obtuve un cargo de profesor titular de canto en la Escuela Superior de Música "Hanns Eisler" y como cantante realicé numerosos conciertos tanto en la RDA como en otros países europeos, sobre todo en la República Federal de Alemania y en Berlín Occidental. El hecho que Berlín, habiendo representado para nosotros una vez el terror mismo, se convirtiera ahora en nuestro lugar de refugio, era un verdadero símbolo de los cambios ocurridos en el mundo.

Un nuevo exilio, esta vez con plena conciencia y con todos los variados problemas que conlleva un exilio político. Organizaciones de exiliados dogmáticas, que nos complicaban aún más un destino ya de por sí difícil. En este sentido el socialismo "real existente" ofrecía las más extremas contradicciones. Recibimos una verdadera y conmovedora solidaridad de parte de las autoridades y de la población. Al mismo tiempo se daba la peculiar situación que las organizaciones de chilenos tenían un poder casi absoluto sobre los exiliados individuales, poder que a menudo fue utilizado de la manera más abusiva.

Mi trabajo musical fue en gran medida satisfactorio. El problema de mis raíces, o de mi falta de raíces, volvió a primer plano. Debido al idioma y al pasado cultural me sentía como en casa, y creo que mi trabajo en la Escuela Superior fue bastante exitoso.

Refiriéndose a mis conciertos alguien escribió en ese entonces que en mi estilo interpretativo "se ligan de una manera interesante y feliz la formación en Europa y en Sudamérica". A menudo me detuve a pensar si acaso aquello era verdad, y si lo era, en qué consistía esa ligazón; más adelante volveré sobre esta cuestión.

Los años en Berlín no fueron años fáciles, fueron años de un típico exilio político como ya hemos señalado. No obstante, sería muy injusto no recalcar que de ninguna manera fueron los peores años y que en muchos sentidos en ese período vivimos mucho de positivo, humana, social y artísticamente. Una gran parte de nuestra actividad y energía la dedicábamos a la solidaridad. Vivíamos pendientes de las acongojantes noticias de Chile y los asesinatos y torturas se referían también a amigos y conocidos. Durante los últimos años de nuestra estadía en Berlín, mi esposa y yo resolvimos retirarnos de la actividad política partidaria. No podíamos seguir tolerando la contradicción entre la lucha por la democracia y la pertenencia a un partido que en su esencia era no democrático. Las experiencias vividas en Berlín en este sentido, principalmente en nuestras propias organizaciones, fueron decisivas.

Mi esposa era de opinión de tratar de volver lo antes posible, para que nuestros hijos no vivieran como su padre, sin saber realmente adónde pertenecían. Ellos, por su parte, ya eran mayores y opinaban lo mismo.

Nuestra hija mayor vivía en Francia. Nuestro hijo se había diplomado como ingeniero en Freiberg y la menor acababa de terminar su bachillerato en Berlín. De manera que a mi alemán praguense se agregó el berlinés de nuestra Karla y la forma de hablar sajona de nuestro hijo Paul. Y así, el año 1980 resolvimos nuestro regreso.

Los primeros años en Chile fueron muy terribles. Al comienzo yo fui particularmente hostigado. Recibí "visitas" y llamadas telefónicas intimidatorias, y ocurrió que a amigos y colegas se les hizo saber que si trabajaban conmigo podrían sufrir inconvenientes. Debido a eso, por ej., no pude conseguir un acompañante ni para mí ni para eventuales alumnos particulares de canto. Los primeros alumnos llegaron de una manera casi conspirativa. Poco a poco _tomó años_ la situación se volvió más tolerable hasta que finalmente logré recuperar mi puesto en la Universidad, de la cual fui expulsado de manera totalmente ilegal.

En Chile se esperaban grandes cambios. Por primera vez después de 16 años habría elecciones en Chile, y pensé de que también en nuestro país se iba a imponer la tendencia a la democracia.

Y entonces, en un período de la vida en que una gran parte de nuestro interés y de nuestra energía va hacia los nietos, y en el cual también tenemos que destinar parte importante de nuestras fuerzas a cumplir las nuevas tareas _me refiero a la creación de una nueva vida cultural en Chile_ (y quién puede tener mejor nariz que yo para captar todas las taras que puede haber dejado un período tan largo de fascismo y militarismo), y entonces, como ya se dijo, llega la invitación a publicar este trabajo y siento la necesidad de volver nuevamente a reflexionar en torno a estas cosas que en tantas etapas de mi vida me han preocupado.

Anteriormente cité un comentario en el cual se hablaba sobre una positiva ligazón entre mi formación europea y sudamericana. Creo que el autor de ese comentario comete un error. Yo no creo que se trate de la formación. Se trata mucho más, de cómo el exilio, la emigración y todo lo que tiene relación con aquello que nos marcó: idiomas antiguos, idiomas nuevos, paisajes antiguos, paisajes nuevos, paisajes de la naturaleza y de la cultura. Es obvio que nadie puede pasar por acontecimientos tan impactantes sin que éstos dejen una huella profunda en sus pensamientos, en sus sentimientos y en lo más íntimo de su ser. Cada una de las culturas vividas forma una capa, que junto a las otras se van influenciando mutuamente. Y se agrega el elemento que las funde: la peculiaridad del destino judío de nuestra generación. La búsqueda a menudo desesperada de una pertenencia cultural, que sólo rara vez se puede hallar por completo.

Seguramente en este campo no puede haber un denominador común. Se trata de individualidades diversas, con vivencias diversas, pero de todas formas talvez se puedan encontrar ciertas características comunes más o menos marcadas, o mucho más o mucho menos marcadas.

Y para terminar, la gran pregunta: ¿se pone en evidencia todo eso? Y de ser así ¿cómo se pone en evidencia en la expresión artística del músico afectado? Siguiendo la línea de mi pensamiento debería llegar en general a la conclusión de que la respuesta es sí. Es casi imposible pensar que migraciones, transplantes, confrontaciones con una violencia cruda, luego nuevamente con solidaridad, dudas e inseguridades, y frente a todo eso el trabar conocimiento con mundos completamente distintos y con otros valores, no provoquen cambios en el sensible espíritu de un músico.

Ciertamente resulta muy difícil probar algo así, y también debería resultar difícil darse cuenta de cómo esto se pone en evidencia en cada individuo. Tampoco significa que esta manera de hacer música, resultante de todas estas vivencias, sea mejor o peor; es simplemente diferente. Y gracias a ello, un enriquecimiento.

Muchos hechos interesantes y conmovedores saldrán a luz cuando alguna vez musicólogos e historiadores investiguen la producción de los músicos forzados al exilio por el nazismo hitleriano, desde el punto de vista de la peculiaridad que les imprimió el exilio y sus consecuencias. Y debido a ello ¿cuántos hechos históricos no serán quizás vistos bajo otro prisma?

Del indecible sufrimiento que arrasó con la mitad del mundo y casi exterminó pueblos enteros, brota una pequeña flor: el aporte creativo de los artistas exiliados.

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