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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.57 n.200 Santiago jul. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003020000016 

Revista Musical Chilena, Año LVII, Julio-Diciembre, 2003, N° 200

Del exilio

por
Hernán Barría

Esta reseña es el resultado de una invitación de la Revista Musical Chilena, hecha llegar a diversos músicos nacionales, que tienen experiencias personales con el exilio al que nos obligó el Demente1. En los nombres de los que tengo noticias, me parece muy justo el interés de la Revista. No es mi caso, no soy figura nacional ni creo tener fama alguna, no fui un gran ejecutante y creo que sólo me conocen los que fueron mis alumnos y unos pocos cercanos con los que tuve la suerte de trabajar. Por lo tanto será mejor que me identifique claramente antes de hilvanar los recuerdos y las experiencias de esos años de desarraigo obligado.

Soy en primer lugar normalista y maestro de música. Estudié en la Escuela Normal Camilo Henríquez, de Valdivia, la más musical de las escuelas normales del país, obtuve título de la especialidad en la Escuela Normal Superior José Abelardo Núñez. Hice clases en ambas escuelas. Estudié piano en Valdivia y violín en el Conservatorio Nacional. Toqué el violín en la Orquesta Sinfónica de Chile, enseñé en la Facultad de Ciencias y Artes Musicales de la Universidad de Chile y en el Conservatorio de La Serena, inventamos una Escuela de Música en la sede de Temuco de la Universidad de Chile, hasta que llegó un rector designado "con cara de UDI"2, el que en marzo de 1976 me comunicó que la Escuela de Música y la Orquesta Filarmónica, que constituimos con el profesorado y alumnado más avanzado "no era una necesidad en los futuros planes de Sede". Ante semejante discurso perdí la serenidad y le dije algunas cosas que me costaron muy caras, terminando con mi carrera de 28 años de hacer y de enseñar en la patria. De un día a otro todas las puertas se cerraron férreamente. Ninguna posibilidad de trabajo ni en Concepción, ni en Santiago, ni en Valparaíso, ni en Antofagasta. Me sentí vigilado y perseguido. Avisé a mi Partido, el Comunista; me recomendaron la salida del país y se iniciaron los trámites, y así aterricé con mi compañera y mi pequeño hijo en el blanco aeropuerto de Estocolmo, Suecia, en diciembre de 1976, sabiendo sólo que era la patria de Ingrid Bergman y la sede de los Premios Nobel. No sé cómo estarán allá las cosas hoy día, pero entonces Suecia era un país acogedor y comprensivo para los perseguidos del mundo y se iba llenando de latinoamericanos: argentinos, uruguayos, brasileños, guatemaltecos y chilenos que buscaban salvarse y rehacer sus vidas y junto a ellos miles del medio oriente, que ya sufrían las dentelladas de los emperadores del petróleo.

Me mandaron a estudiar el idioma para insertarme en la vida laboral y el Servicio Social me asignó un estipendio para sostenerme. Dos años luchando con el idioma sueco que estimábamos inútil, porque en nuestro trastorno no asumimos nunca lo larga que sería nuestra condena, hasta que finalmente uno de los profesores de la escuela que nos ayudaba a tratar de encontrar trabajo llegó alborozado, porque finalmente lo habíamos logrado. Más o menos en el concurso número 16 al que me había presentado en el campo de la actividad musical, llegó la noticia que en Falköping, una pequeña ciudad a 300 km al sur de Estocolmo, necesitaban mis servicios en la Escuela Municipal de Música. Sólo al llegar allá me di cuenta que no fueron mis méritos los que habían producido el milagro, sino que "ningún músico sueco se interesó por el cargo", porque con todo lo solidarios que eran, los suecos estaban primero, lo que me parece muy justo. Tuve suerte, mucha suerte. Falköping es una pequeña ciudad, centro agrícola-ganadero y por lo tanto no había población de inmigrantes, los que iban principalmente a los grandes centros industriales donde su mano de obra era requerida; por lo tanto, no tuve jamás problemas ni por mi nacionalidad ni por el pobre idioma sueco que manejaba. Al principio me batí con un folletito, que era una especie de compendio de vocabulario musical del italiano traducido al sueco, con el que fui entendiéndome con mis alumnos y con los colegas, todos los cuales fueron muy pacientes, fraternales y comprensivos; además, encontré a un colega que había trabajado veinte años en el Marruecos español y con una jovencita que era estudiante de flauta y que seguía en la secundaria un curso de idioma español. Ambos fueron una verdadera bendición para alertarme sobre lo que pasaba, lo que había que hacer y las decisiones que se tomaban en las reuniones de profesores.

El ingreso al mundo real del trabajo, separado ya de la Escuela de Idiomas y de los demás exiliados latinoamericanos, me permitió poco a poco aceptar la idea de que el regreso a la patria no sería ni fácil ni en un período breve. Me dediqué de lleno al trabajo docente como maestro de instrumentos de arco y piano.

Las escuelas municipales de música en Suecia formaban parte de un tejido social que el Estado sostenía, cuyo objetivo fundamental era el de evitar que la muchachada tuviera tiempo para callejear. Formaban parte de ese tejido distintas disciplinas deportivas y artísticas, en recintos especiales para jóvenes, los que existían en todos los barrios de todas las ciudades del país. En el caso de las escuelas municipales de música, la idea central no era la formación de músicos, sino, lo repito, la entretención del alumnado que al cumplir su jornada escolar diaria quedaba libre porque nadie llevaba tareas para la casa. Todo el trabajo escolar diario terminaba en la escuela, en la que debían hacerse todos los trabajos. Me costó mucho entender esto, y no pude aceptarlo nunca, pero como no me podía oponer a la norma general, distribuí mi tiempo ajustándome cuidadosamente en los casos en que no veía futuro y dándole a los talentosos e interesados todo el tiempo que requerían, como consecuencia de esta medida era yo el que cerraba la Escuela diariamente, sin importarme las horas extras que hacía. En Suecia nadie trabaja horas extraordinarias sin salario agregado, yo jamás lo pedí, entendí que había tenido una gran suerte en lograr un trabajo en mi especialidad, situación que fue siempre una excepción entre todos los exiliados que conocí. Sigo pensando que fue una decisión adecuada, con ella pagué en parte la acogida que me fue dispensada, y logré que un porcentaje importante de mis alumnos pudieran acceder a escuelas de música de las grandes ciudades, con el fin de continuar estudios y ser hoy violinistas, violistas, violoncelistas, profesores de música o maestros de capilla (pianistas que derivaron hacia el órgano para trabajar en las iglesias protestantes de todo el país).

Paralelamente a mi tarea docente para con mis alumnos empecé a hacer música de cámara con varios de mis colegas. A través de este trabajo enriquecimos el aporte de la Escuela al ámbito cultural de la ciudad y mis colegas elevaron su nivel profesional, con el que el alumnado en general resultó beneficiado, yo pude satisfacer mi viciosa afición a la música de cámara y hacer amigos entrañables, con algunos de los cuales aún mantengo relaciones epistolares.

Muy pronto, tanto los colegas como mis alumnos, empezaron a pedir música chilena y latinoamericana. Yo no tenía material, sólo mi memoria y debí recurrir a las más clásicas de nuestras canciones y danzas: Violeta Parra y sus hijos, Patricio Manns, Víctor Jara y las más conocidas sambas argentinas que son también patrimonio nuestro. Escribí para cuerdas con y sin piano, para trío de maderas (flauta, oboe, clarinete), siempre teniendo en cuenta los niveles de los destinatarios, con resultados que me siguen pareciendo muy positivos.

El tiempo fue pasando y nuestro hijo ya estaba por terminar la educación básica. Nos daba mucho miedo que siguiera creciendo y terminara echando raíces allá, era claro para nosotros que ese no era nuestro lugar y que la condición de extranjeros algún día nos sería cobrada a nosotros o al niño. Nuestra situación ante el gobierno de la dictadura era inaclarable, nunca pudimos obtener una respuesta clara en la Embajada de Chile en Estocolmo. Quizás esa era otra forma de tortura a la que nos sometían, pero un día, imposible de olvidar, llegué a la Embajada para darle continuidad a la vigencia de mi pasaporte y me encontré con una muchedumbre de chilenos que se la habían tomado, y que naturalmente no permitían la entrada para la realización de trámite alguno. Habían asesinado a Parada, Natino y Guerrero, éste último había sido mi alumno en la Escuela Normal J.A. Núñez. La pena de todos era muy grande y la indignación aún mayor. En la calle me encontré a un compatriota que las oficiaba de agregado cultural del gobierno sandinista en Suecia. Él me informó que en Managua estaban pidiendo un maestro que se hiciera cargo de la Orquesta de Cámara Nacional, y que el gobierno sueco había aceptado hacerse cargo del mantenimiento de la música en la tierra de Sandino, por el plazo de dos años. Me la pintó en colores3. Consultado el asunto con mi compañera, llegamos a la conclusión que esa era la oportunidad de abandonar Suecia y acercarnos a la patria, a la vez de darle a nuestro hijo la ocasión de conocer, en vivo y en directo, el drama latinoamericano, además de las razones por las que un continente tan rico estaba en niveles tan altos de pobreza e injusticia.

Mis colegas, los padres de mis alumnos y mis alumnos armaron una alharaca horrible para convencerme de la locura de ese traslado. Desde sus puntos de vista, sin duda tenían razón y mucho miedo a lo que nos esperaba en Managua. Las pocas noticias que llegaban de ahí hablaban más de los contras que de la acción del gobierno sandinista por la liberación de la patria de Rubén Darío. Sufrí muchas penas por tanto cariño y preocupación y a la vez tuve ocasión de comprobar que mi trabajo en la Escuela no había sido en vano, porque había logrado una relación muy afectuosa con todos los que de un modo u otro se relacionaron conmigo. El segundo semestre de 1985 fue lo más duro de la estancia en Suecia, porque todos estaban en contra de nuestra decisión y no perdían ocasión de manifestarse. Con todo y contra todos los plazos se cumplieron y en los últimos días del año 1985, otra vez con panorama blanco por la nevazón invernal, tomamos el tren a Estocolmo y de ahí el avión que, con escala en La Habana, nos llevaría de vuelta a nuestro idioma y de vuelta al abrazo con los hermanos de nuestra sangre latinoamericana.

Cuando finalmente llegamos a Managua se reinició inmediatamente el contacto real con el subdesarrollo y la pobreza. Nuestro hijo lo graficó en una frase que no olvido: _Papá, dijo, este no es el tercer mundo, debe ser el sexto-. En una sola gran lección aprendió él las razones de nuestro subdesarrollo y ya nunca más tuvimos que argumentar ni explicar por qué estabamos donde estábamos. La casa que nos ofrecieron no era una casa, era una pieza y ahí vivimos, trabajamos y transpiramos los dos años más ajetreados de nuestras vidas. Comimos arroz con frijoles y frijoles con arroz durante dos años, porque la nación seguía asediada por la Contra en la frontera con Honduras, financiada descaradamente por los gringos.

La Orquesta de Cámara Nacional agrupaba a todos los músicos disponibles en el país, quizás 24 o 26 incluyendo los voluntarios extranjeros, algunos enviados por sus gobiernos y otros que llegaron por sus propios medios y que volvían a su país en las vacaciones a trabajar para juntar lo necesario para seguir manteniéndose. En el primer caso estaban tres soviéticos y, en el segundo, una norteamericana. Ellos hacían clases en la Escuela de Música, donde naturalmente nadie pagaba. Todo el servicio pertenecía al Ministerio de Cultura, dirigido por un sacerdote-poeta y manejado en los niveles funcionarios por poetitas menores, no siempre buenos y no siempre eficientes. El Comandante Ortega explicaba la cosa muy gráficamente para que el pueblo entendiera cabalmente el por qué del precario presente que les tocaba vivir: "Tenemos bloqueo yanqui y bloqueo muy serio. Todo lo que recibimos de fuera viene por vía de La Habana. Tenemos que elegir entre mantener nuestra independencia y soberanía o vivir de rodillas. Por eso nuestra mejor gente está en el ejército y por eso pasamos privaciones, porque a los soldados hay que mantenerlos y ellos no producen, nos defienden".

La tarea de la Orquesta era la extensión y de la Escuela la docencia, tareas que se cumplían heroicamente. Ese era nuestro campo de batalla. Medios no teníamos, dependíamos para todo de la ayuda exterior. Repuestos para los instrumentos y toda clase de accesorios los conseguíamos desde el exterior vía La Habana. Ahí jugaron mis amigos suecos un papel fundamental: arcos, cuerdas, zapatillas, cañas, etc., llegaron cada vez que las solicitamos. Sin ellos no habríamos podido funcionar. Teníamos una biblioteca de partituras y materiales musicales que casi no podíamos usar, porque nuestra Orquesta era de características muy anormales y los materiales que había los heredamos de la Orquesta Sinfónica que mantuvo la esposa del último Somoza, que debe haber sido una señora muy especial. Ella hizo construir un teatro para conciertos, el Rubén Darío, en el centro de Managua, que fue el único edificio que resistió el terremoto, y ella mantuvo la Orquesta Sinfónica con músicos mayoritariamente extranjeros, todos los cuales salieron arrancando cuando los sandinistas llegaron a Managua. Otra vez tuve que dedicarme a escribir música ajena para hacer posible su uso; a la música para cuerdas se le agregaron maderas y bronces cuando ello era posible, porque además nadie quería quedarse sin parte y la música sinfónica debía reescribirse en un buen porcentaje, para darle participación a todos nuestros instrumentistas reemplazando hasta donde era posible a los que no teníamos. Nuestra tarea empezaba en el Rubén Darío y abarcaba todas las iglesias posibles del país en donde pudiera realizarse un concierto. Donde fuéramos nos esperaba el pueblo con interés, entusiasmo, agradecimiento y orgullo; la receptividad era siempre de alto nivel, nuestros programas siempre se dividían en dos partes: la música nicaragüense y la internacional, la primera estaba a cargo del Director Titular de la orquesta, que era un maestro con una muy sólida formación, quien se dio a la tarea de escribir o de reescribir la música nicaragüense, entre la que destacaba una gran cantidad de música de raíces vienesas, que había sido muy apetecida por la gran burguesía nacional, cuando ellos eran los dueños del país. Curiosamente, esa música de la que habían quedado a veces sólo apuntes, era muy hermosa y muy fina. El maestro titular se dedicó a su reconstitución y fue agregando muchas otras de su cosecha, porque era un excelente compositor. El pueblo nicaragüense sanamente orgulloso, disfrutaba de esas obras con verdadera unción y orgullo.

Yo he tenido la gran suerte de hacer toda mi vida lo que me gusta, trabajando siempre sin límites de tiempo y sin sobresueldos, pero nunca trabajé tanto y en condiciones tan precarias como en Nicaragua. Fueron dos años intensísimos, sin pausa, pero me quedó la sensación de que ya que nunca pude tomar un arma para defender nuestros derechos, por lo menos aporté lo mío sin restricciones y de todo corazón. Nicaragua tiene un gran compositor, contemporáneo de nuestro Enrique Soro, y que también estudió en Italia: el maestro Luis Abraham Delgadillo. En 1987 se cumplía el centenario de su nacimiento, el gobierno sandinista había recibido de la familia del maestro la valiosa herencia de su trabajo de compositor, un gran baúl de manuscritos inéditos. El Comandante Ortega pidió que se le rindieran los homenajes correspondientes con un gran concierto, eligiendo del baúl lo que nos pareciera pertinente. No se me ocurrió preguntar por qué el maestro titular dio un paso al lado ante esta petición; el caso es que debí enfrentarme con el baúl, tragar polvo y, sin ninguna información previa, buscar entre esa impresionante cantidad de partituras manuscritas del maestro. Elegimos la Sinfonía centro americana, un Concierto para guitarra y cuerdas, además de una Sinfonía para cuerdas. Con la orquesta que teníamos la tarea era imposible, pero los colegas afirmaban que si hacíamos coincidir el concierto con las vacaciones cubanas, contaríamos sin mayor dificultad con el trabajo voluntario de los compañeros de la Orquesta Sinfónica de Matanzas, con los que tenían muy buenas relaciones. Yo sabía del internacionalismo cubano, lo habíamos sentido en carne propia durante el gobierno del compañero Allende, por lo tanto no me cupo duda alguna que el proyecto era realizable. Un compañero músico que trabajaba en el Ministerio de Cultura se encargó de hacer los materiales sin disponer de fotocopiadora, su trabajo fue lo más heroico de la jornada y todo estuvo listo en los tiempos previstos, iniciamos el estudio de las obras elegidas, para que cuando llegaran los colegas de Matanzas no desmereciéramos ante su alto nivel. El desempeño de los músicos cubanos no me sorprendió, ya que tenía información y conocimiento personal previo, pero pienso que es inimaginable para los lectores de la Revista Musical Chilena. Trabajamos como el que más, nunca escatimaron su esfuerzo, sufrieron todas nuestras carencias y con la alegría que los caracteriza y la responsabilidad revolucionaria que se les reconoce en todo el mundo, contribuyeron a que todo estuviera listo en los plazos establecidos. Hicimos un concierto en el Teatro Rubén Darío, además de las principales ciudades del país, con completo éxito y orgullo. La T.V. Nacional puso su parte y grabó el concierto. Imagino que cuando sea menester lo sacarán de sus archivos, y los colegas cubanos volvieron a Matanzas cargados con nuestro agradecimiento y admiración, pero en las vísperas de su regreso me invitaron a dirigir en Matanzas por dos semanas, las que fueron quizás las dos mejores semanas de mi vida de músico. Pedí a la Embajada Sueca en Managua que me ayudaran a conseguir materiales de compositores suecos y pagué así en Matanzas una deuda impagable que tengo con la patria vikinga. El embajador asumió el asunto como propio y el gran paquete de música llegó rápida y oportunamente. A comienzos de diciembre de 1987, cuando ya mis obligaciones en Managua habían terminado, viajé a Matanzas. Avión a La Habana y auto a Matanzas para dirigir una gran orquesta con dos programas y sus correspondientes repeticiones, no me percaté del cansancio que se me acumuló en los dos años más difíciles de mi vida. Volví a Managua envuelto por el cariño y la hermandad cubana de Matanzas. Nos vinimos a Chile sin saber si podríamos entrar (en Managua no había embajada chilena). En el aeropuerto de Pudahuel, con el alma en un hilo, no nos revisaron ni los bolsos de mano.

Después de un largo período de descanso reinicié con mi entrañable amigo, el violinista Carlos Alonso, mi actividad de música de cámara, que se enriqueció con la participación del violinista Juan Encina, con los cuales hemos entregado al vecindario de La Cisterna, donde vivo, hermosos recitales a los que de otro modo jamás este vecindario habría tenido acceso. Trataremos de seguir en esa agradable tarea, mientras nos queden fuerzas. Otros más jóvenes proseguirán esta labor cuando logremos que Chile cambie.


1El general Augusto Pinochet, jefe de la junta militar que derrocó al Dr. Salvador Allende, presidente constitucional de Chile, el 11 de septiembre de 1973.

2Unión Demócrata Independiente, partido político que apoyó la dictadura militar.

3"Pintar en colores"= describir muy positivamente una situación.

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