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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.57 n.200 Santiago jul. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003020000017 

Revista Musical Chilena, Año LVII, Julio-Diciembre, 2003, N° 200

Alguna vez en Chile

por
Agustín Cullell

Año 1935. La situación política en España se deteriora aceleradamente. Un odio enconado multiplica los enfrentamientos entre bandos con ideologías irreconciliablemente antagónicas. La proliferación de huelgas, asesinatos y atentados masivos presagian el inexorable camino hacia la Guerra Civil.

Me encontraba en el paseo de cubierta, con mis manos aferradas a la baranda tratando de asomar mi cabeza a través de los barrotes mientras dirigía la mirada, fijándola inmóvil, en aquel muelle del que poco a poco nos estábamos alejando. Instintivamente desplegaba mis esfuerzos en el intento de evitar que la gente apretujada a mi alrededor me desplazara del sitio donde me había colocado mi madre. Ella, ubicada a corta distancia, sostenía a mi hermana en brazos y blandía un pañuelo blanco. Por un momento me volví para indicarle que yo no tenía pañuelo, y entonces me entregó el suyo que comencé a mover desesperadamente por encima del pasamanos, sitio al que mi pequeña estatura no podía llegar. Y torné a concentrar mi vista en las cuatro figuras que allá en el muelle agitaban sus brazos difuminadas por la exigua luz de aquella tarde invernal. En pocas horas finalizaría una etapa irrecuperable de mi niñez truncada por el desarraigo de un viaje cuyo nuevo destino se iniciaba precisamente el día de Noche Vieja del año 1935. En aquel instante una profunda congoja volvió a invadirme. De hecho la sobrellevaba a partir del momento en que mis padres, junto al abuelo, me comunicaron su decisión de abandonar Barcelona para trasladarnos a un país muy lejano -más allá de todos los mares, según mi rudimentaria manera de entender-, país que solían mencionar con frecuencia contando historias del tiempo en que ellos habitaron allí y donde residían familiares próximos. Además, una nueva y preocupante inquietud dominaba mis pensamientos: yo no sabía expresarme en aquel idioma "extranjero" al que llamaban castellano y que mis padres sí hablaban correctamente. Mi hermana y yo sólo conocíamos el catalán, nuestra lengua materna.

A mi deseo casi obsesivo por realizar un largo viaje en barco, surcando grandes océanos, se oponía la incertidumbre ante un futuro que apenas aceptaba con resignación, sino más bien con hostilidad. Pronto me situaría en un escenario desconocido del cual sólo poseía escasos referentes. Mi primera impresión la obtuve desde una de las pasarelas laterales que en la cubierta de proa se utilizan para maniobrar en los muelles: me hallé de pronto observando ensimismado como nos acercábamos lentamente hacia nuestra "tierra prometida". Aún lejos, la visión de Valparaíso con su imagen de ciudad vertical extendida en forma de abanico; aquel enjambre inverosímil de casas superpuestas partiendo casi a ras de mar, dando la impresión de querer arañar el cielo en su alocado ascenso a la cima de los montes, suponía -luego lo confirmé- mi encuentro con uno de los más fabulosos puertos donde los hubiere, puerto legendario por excelencia entre sus iguales de los mares del sur, cuyas fantásticas historias, reales o no, glosaban los marineros en sus bucólicas correrías por todos los bares del mundo. Y si bien durante aquella mañana del 25 de enero no podía menos que admirar el asombroso paisaje desplegado ante mi vista, por otra parte no experimentaba emoción alguna al contemplarlo. En aquel instante mi capacidad de conmoverme se encontraba bajo mínimos y un sinfín de ideas confusas rondaban por mi cabeza. Aquellos temores que surgieron antes de iniciar el viaje ocupaban otra vez mis pensamientos. Llegaba la hora de enfrentarme a una realidad inédita para mí, a un nuevo hábitat de costumbres y modos de vida completamente ajenos a los que había conocido, y sobre todo en los que me había formado durante la etapa inicial de mi infancia.

Como le ocurre a cualquier inmigrante superado al fin ese primer sentimiento de amor/odio hacia la tierra de adopción, en el caso de un niño el período de ajuste suele ser breve. Para mí lo fue. Cierto es que Chile en aquellos años, y en todos los aspectos deseables, era como un refugio balsámico para quienes tuvieran que abandonar su lugar de origen y encontrar otro donde vivir. Nación privilegiada, poblada por gente hospitalaria y afable; un medio grato, próspero a la vez que estimulante, con un sorprendente desarrollo en los campos de la educación y la cultura, todo ello configurando el distintivo de una admirable sociedad; entonces y por varios años más ejemplo de democracia estable para el conjunto de Iberoamérica. El país donde se educó mi madre a comienzos del siglo XX mientras cumplía su primer exilio (nuestra familia no es otra cosa que una historia continua de desarraigos); el lugar que me proporcionó durante 38 largos años todo cuanto he logrado conseguir personal y profesionalmente en el curso de mi vida y que ahora, como epílogo de aquel pasado irrepetible, sólo me resta una inmensa deuda de gratitud de la cual quiero dejar expresa constancia en estas líneas… porque hubo un 11 de septiembre.

Aquel martes negro emisarios del terror y la barbarie asolaron la nación transformándola en un gran Archipiélago Gulag. El más abyecto de los totalitarismos urdió una siniestra trama de agujeros negros que engullía asesinados y desaparecidos como si de venganzas tribales se tratara, con violencia irracional fanática e inmisericorde, causando la tortura a miles de víctimas, engendrando en millones la metálica viscosidad del miedo… con un claro mensaje: "Señores, la muerte no hace prisioneros". A partir de ahí, el mismo asfalto por el que un día transitó la esperanza fue profanado por los cuervos. Queda para la eternidad el apocalíptico espectáculo de "La Moneda" en llamas, aquella horrible visión que impregna nuestra memoria y nos ahoga en una marea de humo. Como a los supervivientes de los grandes naufragios aún me persigue el gran silencio sepulcral que a modo de Requiem se extendió por toda la ciudad de Santiago al finalizar la Obertura de aquel sangriento drama. Con el estallido de odio y muerte la fisonomía de Chile y de nuestras conciencias quedó para siempre mutilada, y ¡quién sabe si al fin y al cabo no fuera ésta la mayor de todas las derrotas! Para muchos ya no hubo más alternativa que abandonar el país. Fruto de la urgencia -fui exonerado de todos mis cargos- una invitación oportuna cursada por la Universidad de Costa Rica y gestionada a través de familiares nos facilitó a mí y a mi gente la salida del infierno. Pero esta vez no haríamos el viaje en busca de ninguna "tierra de promisión", ese ámbito supuestamente mágico y extraordinario que debería colmar nuestras vidas en el horizonte de una nueva realidad, sino la simple y apremiante búsqueda de un sitio donde buenamente se pudiera vivir en paz.

Al mencionar este hecho no quiero eludir la reflexión que tantas veces me he planteado durante estos años. ¿Es justo entender por exilio sólo aquello con lo que más directamente lo identificamos, es decir, desarraigo, inadaptación, temor a lo desconocido, añoranza, dificultades para iniciar una nueva vida, etc.? Y la respuesta es no. Hay circunstancias que si bien no son comparables con la tragedia del propio destierro, sus manifestaciones originan, sin embargo, profundas grietas en nuestro equilibrio emocional y se entrelazan con aquél. Suelen aparecer progresivamente cuando los valores que nos forjaron, a los que uno sirve y de los que aún se nutre, comienzan a deteriorarse irremisiblemente hasta que nos golpean el alma y nos remueven las entrañas a golpe de sueños fallidos. Entonces tratamos desesperadamente de recuperarlos sobrecogidos por el infortunio existencial, la angustiosa certeza de protagonizar sólo el epitafio de una época que se cierra definitivamente con la pérdida irreparable de estos mismos valores, que nos margina sin compasión, donde incluso el lenguaje con el cual solíamos entendernos ya no es ni siquiera el mismo.

Un accidentado viaje, un nuevo territorio, una sociedad diferente. Este segundo exilio -luego vendrían otros: Colombia, un regreso frustrante a Chile y finalmente la reinserción en mi patria de origen, si bien no en mi tierra natal- sería con mucho el más amargo de todos. Lo mejor de nuestras vidas había quedado atrás, anclado en aquel bello país de geografía disgregada junto a una multitud de recuerdos desperdigados por cada uno de sus rincones. Afortunadamente para el conjunto de refugiados que llegamos a nuestro nuevo destino formando parte de aquella inmensa diáspora que se repartió por todo el mundo -muchos perdidos ya en el tiempo - Costa Rica era, y sigue siéndolo, un increíble oasis en el contexto de la convulsa Centroamérica. El entonces presidente, José Figueres, mantuvo junto a su pueblo una excepcional actitud de generosa hospitalidad hacia el exilio procedente del Cono Sur, particularmente el nuestro. Confieso que no imaginé que en aquel pequeño país, cuya divisa era su culto a la paz, la libertad y los valores democráticos, pudiera coincidir un número tan elevado de profesionales y artistas chilenos. Universidades, empresas, televisión, música, teatro -sobre todo este último, que experimentó un auge inusitado debido en gran medida a la incorporación de 20 actores y actrices de primer nivel- nos abrieron las puertas, no sólo para que pudiéramos ganarnos el sustento, sino también para ofrecernos con ello un admirable acto de desagravio.

Recién llegado la Universidad de Costa Rica me designó catedrático en su Escuela de Artes Musicales, con la misión de planificar y coordinar la labor del Departamento Instrumental y de Canto. Tiempo después me correspondió simultanear otras actividades, éstas con el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes: la Dirección del Programa Orquesta Sinfónica Juvenil fundada en 1970 (modelo importado de Chile desarrollado en La Serena por el malogrado músico y mártir de la dictadura, Jorge Peña Hen, muy pronto imitado en otros países); la Dirección del Centro Interamericano de Estudios Instrumentales, organismo internacional dependiente de la OEA con sede en Costa Rica, y en 1980 tomar el relevo como titular de la Orquesta Sinfónica Nacional. Por otra parte reanudé mi actividad como director invitado participando regularmente en temporadas de conciertos con diversas orquestas del continente, así como varias españolas.

Los refugiados chilenos llegamos a Costa Rica muy abiertos de alma, muy dispuestos a lo que fuera menester y pronto nos constituimos en una de las colonias más activas de todo el exilio. Dentro de los límites que brindaba una semi clandestinidad, nuestro principal objetivo era naturalmente la lucha contra la dictadura. Ésta se llevó a cabo mediante la organización de asambleas, desfiles, denuncias, manifiestos y homenajes diversos, entre los que debo destacar por su trascendencia el acto solemne ofrecido en el Teatro Nacional en conmemoración al quinto aniversario de la muerte de Pablo Neruda. Bajo la dirección de Alejandro Sieveking, con la plana mayor de nuestros actores, texto de Mario Céspedes y fondo musical con trozos de obras chilenas grabadas de mis conciertos con la Orquesta Sinfónica de Chile, las repercusiones de este acontecimiento traspasaron las fronteras del país.

Por las noches un punto de reunión era El Rincón Chileno, especie de taberna situada en una de las calles principales de San José. Con frecuencia al salir el ritual consistía en dar unas vueltas por el Parque Morazán, en esa época corazón de la ciudad. Paseando una noche junto a un grupo de amigos -el Dr. Hugo Behm, ex Director en Chile del Servicio Nacional de Salud, con un año de prisión a cuestas; el actor Marcelo Gaete; Mario Céspedes, con una larga estancia en un campo de concentración, y el pintor Julio Escámez- nos topamos, conversando en una esquina del parque, con los senadores Anselmo Sule y Renán Fuentealba; cerca, les esperaba un auto y junto a éste un radio-patrulla de la Guardia Nacional velaba por su seguridad.

Yo conocía a Anselmo a raíz de su participación en alguna de las reuniones celebradas por la izquierda chilena en Costa Rica. En cuanto a Renán se encontraba temporalmente en el país previo su exilio en Venezuela y esa noche era mi primer contacto con él. Se notaba un hombre visiblemente abatido, ofreciendo una imagen reveladora de su precario estado de salud. Por considerarlo de valor testimonial intentaré reproducir parte de aquel encuentro.

- "Alta es la noche y Morazán vigila…", exclamó Céspedes al saludar a ambos en alusión al poema de Pablo Neruda dedicado al prócer en su Canto General

- Senador, dije al estrechar su mano, nunca imaginé que el destino me proporcionara la ocasión de conocerle precisamente aquí, en este parque, y en tan penosas circunstancias para todos nosotros.

- Hice cuanto pude por evitar aquello, fue la inesperada respuesta de Fuentealba a mi saludo (según supe luego era su leit motiv exculpatorio). Lo he afirmado siempre y muchos lo saben; pero nunca se imaginarán cuánto, y a continuación añadió con cierta tristeza: Lo terrible es que las profundas heridas y secuelas de nuestro drama no se cerrarán en decenios…y este es un hecho real que difícilmente se podrá evitar.

- No podemos ser pesimistas y aventurar un futuro tan negro, respondió Anselmo. Ahora sólo debe preocuparnos nuestra lucha para derribar la dictadura con todos los medios a nuestro alcance y el apoyo internacional; eso es lo que importa por encima de cualquier otra consideración.

- Sin duda; pero una cosa ya no tiene vuelta: nuestro rotundo fracaso…Todos fracasamos estrepitosamente …por los motivos que fueran, y estamos pagando el precio. Ojalá las generaciones futuras tengan más suerte y no se dejen manipular por los intereses de siempre, ni por radicalismos -fueron las últimas palabras de Fuentealba antes de despedirnos-. Yo aún seguí caminando un trecho en compañía de Hugo Behm. Por un buen rato lo hicimos en silencio. De pronto mi amigo se detuvo y tomándome del brazo me dijo:

-¿Te das cuenta, Agustín? Estamos jodidos…¡y éramos los buenos! ¿No te parece un cruel sarcasmo? ¡Vaya!, siquiera ello nos permite llevar dignamente la cabeza en alto y tener nuestra conciencia limpia.

-Sí, es un consuelo, fue mi respuesta. Como en Cyrano de Bergerac, sólo que en plural: "ya podemos morir a solas con nuestro orgullo".

En 1979 inicié una estrecha relación con la Orquesta Filarmónica de Bogotá, ejerciendo hasta 1982 el cargo a distancia de director artístico. Ese mismo año una fuerte crisis económica afectó gravemente a Costa Rica, cuyo impacto más elocuente se produjo en el área de la cultura. En pocos meses la Orquesta Sinfónica Nacional perdió a la mayoría de sus profesionales y no se disponía de recursos para solucionar la tragedia. Como en tantos lugares hubo que acudir a la improvisación. Naturalmente ello causó un profundo deterioro en el rendimiento del conjunto. Habían pasado 11 años y en ese momento me di cuenta que mi tiempo útil estaba concluido. Tampoco tenía fuerzas ni mucho menos ánimo para protagonizar el tormento de Sísifo. Fue justamente en aquella etapa cuando recibí otra proposición de Colombia, esta vez de Cali, para organizar su actividad sinfónica, oferta que por cierto acepté. Como si se tratara de un hecho inevitable la operación éxodo entraba a formar parte de mi vida.

Tenía ante mí un nuevo camino que recorrer y lo emprendí casi con alivio. Tal vez porque representaba un claro avance el hecho de arrastrar cajas de un lado para otro sin la pesadumbre a cuestas. También deseaba con ello aminorar -y si fuera posible acabar- con el sentimiento de angustia e impotencia que es el hecho de hallarse partido en dos, que no otra cosa es el destierro: en un extremo el problema de la integración y en el otro un recuerdo torturante del pasado. Por aquel tiempo mi mujer y yo comenzamos a viajar con frecuencia a España. Nuestros hijos terminaban allí sus carreras y el país, a la muerte de Franco, había logrado consolidar su futuro instaurándose por fin un nuevo régimen democrático. Fue durante aquellos viajes cuando comencé a percibir la posibilidad de un regreso a mi punto de partida, un reencuentro providencial con mis raíces de origen; pero en cuanto a lo segundo la realidad se encargaría posteriormente de transformarlo en otra frustración.

Mi estadía en Cali como director titular de la Orquesta Sinfónica del Valle duró 7 años; años fructíferos en los que una pequeña orquesta de 35 músicos se convirtió en una verdadera sinfónica con un bien ganado prestigio en el ámbito nacional y más allá de sus fronteras. Mientras, proseguía mi actividad como invitado dirigiendo orquestas en diferentes países. De pronto (1987) recibí una sorpresiva invitación para dirigir dos conciertos con la Orquesta Sinfónica de Chile. Habían transcurrido 14 años desde que me ausentara de aquellas tierras gobernadas aún por la dictadura. Como lo suponía, aquel regreso temporal resultó en extremo emotivo. Me dispensaron un caluroso recibimiento. Todos…, incluso quienes días después del golpe pasaban a mi lado evitándome. Para mí fue como rescatar por breve tiempo el ayer al calor del afecto y la amistad con los amigos de siempre. En cuanto a lo demás…, bueno, la vida, los comportamientos, la manera de hablar (la gente por temor tuvo que aprender a expresarse en voz baja) mucho había cambiado; además, un alto índice de pobreza se advertía sólo con recorrer las calles de Santiago. A su vez la Orquesta Sinfónica era un conjunto que luchaba angustiosamente por la supervivencia. El derrotismo y la depresión hacían presa en sus filas; pero con todo ofrecieron lo mejor de sí para que mis conciertos obtuvieran un buen resultado.

Tres años más tarde, al caer la dictadura e iniciado el proceso de recuperación democrática, la Universidad de Chile me propuso asumir el cargo de director titular por el período de dos años. Era una oferta más que tentadora, emocionante. Significaba quizá la posibilidad de reactivar mi ya descartada reinserción en aquel país; así que acepté. Sin embargo, durante este último tiempo y a raíz de problemas endémicos (económicos, artísticos, directivos, además de otros), la atmósfera de su ambiente musical se había enrarecido notoriamente. De igual modo, a causa de deserciones por jubilación o contratos en el extranjero, la plantilla orquestal presentaba notables cambios y se hallaba compuesta en su mayoría por jóvenes. Pero muchas más cosas habían cambiado en Chile durante mis años de ausencia que no pude detectar la vez anterior. Para mí se trataba ahora de un país diferente, extraño, desconcertante, desconocido. Era otro país. Tampoco hubo esta vez un cálido recibimiento. Un sector importante de la orquesta junto a la directiva del Centro de Extensión Artística y Cultural (CEAC) al que la Orquesta pertenecía, había rectificado el acuerdo favorable a mi candidatura como titular y se decantó por otra opción, si bien la autoridad universitaria mantuvo el compromiso original. De ahí en adelante me esperaba una ingrata tarea. Excepto para un reducido grupo de amigos, mi relación con colegas, ex compañeros de ruta y demás gente conocida, resultó claramente forzada. No cabe duda que en semejante situación yo no era la persona idónea, ni mucho menos era el momento adecuado, para cumplir con éxito mi cometido. Es cierto, los músicos habían luchado contra la dictadura, sufrido por ello momentos muy amargos, pero mi impresión es que no sabían qué hacer con la libertad, y como en el "Síndrome de Estocolmo" añoraban inconscientemente -aún odiándola- la dureza del verdugo. Por supuesto yo ahí no encajaba.

Al término de mi contrato quedaba explícito que ya no tenía nada que hacer en Chile, salvo con motivo de alguna que otra visita puntual. Paradójicamente mi estadía se había transformado sólo en otra prolongación más del desarraigo. Sin embargo no por ello dejé de experimentar una cierta satisfacción. Había logrado finalizar mi extensa cruzada americana en el lugar donde ésta se inició, al mismo tiempo que cerraba también allí mi capítulo como director titular. La próxima parada sería ya el regreso definitivo a la Península Ibérica.

Pero deambular por el mundo dejando en cada sitio jirones de vida, ser una especie de desterrado perpetuo, un tránsfuga, suele pasar una costosa factura. Al final uno se transforma en ciudadano de ninguna parte (decir ciudadano del mundo sería pretencioso). Y eso nos ocurrió a mi mujer y a mí al regresar a España. No teníamos vivencias en qué apoyarnos y todo nos resultaba ajeno; porque ser de un país implica no sólo el acto de nacer en él sino el de convivir, tener raíces verdaderas con el suelo que se pisa; pero en mi caso las había perdido. Durante todo este tiempo cuando me dirijo a alguien siempre me enfrento a la eterna pregunta: ¿Usted no es de aquí, verdad?, y yo suelo contestarles: "Mire usted, mi pasaporte reza español, pero, en realidad, yo sólo soy un ciudadano del exilio".

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