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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.57 n.200 Santiago jul. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003020000018 

Revista Musical Chilena, Año LVII, Julio-Diciembre, 2003, N° 200

Músicos y exilio

Por
Miguel Castillo Didier

El golpe de estado de 1973 significó un quiebre brutal en la historia de Chile. Se impuso a sangre y fuego un programa de destrucción de instituciones, tradiciones y valores; la persecución de ideas, el aniquilamiento de los partidos políticos, el aplastamiento de toda expresión de disidencia. En lo económico-social, se trataba de barrer con todo lo que significara algún freno a una política económica encaminada a destruir el patrimonio público y abrir vías al más ilimitado afán de lucro.

La cultura y la educación, ligadas indisolublemente a la conciencia democrática y humanista del pueblo chileno, tenían necesariamente que recibir golpes muy fuertes de la dictadura militar. Y así fue, en efecto, desde los primeros días. La intervención de las universidades tuvo por objeto sojuzgar toda expresión de pensamiento humanista y crítico. Más tarde, a aquel objetivo se unió el de limitar los medios y el radio de acción de las universidades estatales para abrir paso al negocio de la educación superior privada.

En el campo de la música y los músicos, como en todos los aspectos de la vida nacional cultural, los golpes de la dictadura y sus efectos fueron duros. En los primeros treinticinco días desaparecieron, fría y brutalmente asesinados, Víctor Jara, compositor, intérprete popular, hombre de teatro, y Jorge Peña Hen, compositor, director de orquesta, pedagogo, organizador. Ambos eran profesores universitarios; ambos, figuras de gran trayectoria en sus campos de actividades; artistas de prestigio nacional e internacional; ambos, hombres comprometidos con la visión de una sociedad más humana y más justa, en la que la música estaría al alcance de todos los sectores sociales. Muertes, separaciones forzadas, interrupciones de obras, cortes de estudios, alejamiento forzado del país, precaria sobrevivencia en otras latitudes; vida en la angustia de oscilar entre la esperanza y la desesperanza de un regreso a la patria y del reintegro a las tareas abandonadas. Miles y miles de chilenos vivieron estas experiencias. Entre ellos también músicos, compositores, musicólogos, grupos musicales, estudiantes de música. Algunos pudieron regresar. Otros debieron quedarse en el país que se transformó en una segunda patria.

El exilio del músico significó inicialmente el quiebre de su actividad en Chile, en su medio. Luego, la necesidad de acercarse y tratar de integrarse al medio musical del país donde le tocó llegar, lo que implicaba también introducirse al conocimiento de la historia de la música y más ampliamente de la cultura de esa sociedad.

A partir de este punto, tenemos que reducirnos a exponer nuestra experiencia.

La carrera de Interpretación Superior de órgano que seguíamos en el Departamento de Música de la entonces Facultad de Ciencias y Artes Musicales y Escénicas, quedó interrumpida el 11 de septiembre de 1973. Yo formaba parte en ese tiempo de la "Comisión de Instrumentos Históricos", creada por una ley de 1969. Verbalmente, se me comunicó que no podía seguir integrando esa comisión por mi presunta calidad de marxista. Mi trabajo de catalogación de los órganos del país quedó igualmente interrumpida a raíz de las dificultades laborales y personales que acarreó el golpe para mí. La idea de escribir una biografía del maestro Jorge Peña Hen, concebida poco después de saber de su asesinato y motivada por el deseo de dar a conocer su maravillosa labor, tronchada y silenciada, tampoco pudo materializarse. Me parece que alcancé a participar en uno o dos de los últimos recitales que dio la Asociación de Organistas de Chile, a la que pertenecía, antes que, de hecho, por la dispersión de sus miembros, este organismo también desapareciera.

Después de haber colaborado, en la medida de mis fuerzas y junto con mi esposa, en labores relacionadas con la denuncia de las violaciones de los derechos humanos y ayuda a las víctimas, sin haber tenido jamás la idea de salir del país, me vi en 1976, de un día para otro, fuera de Chile, puesto en un avión que aterrizó en Caracas. Venezuela era un país del cual -dentro de la "interignorancia cultural" entre países hermanos- nada sabíamos, salvo que allí habían nacido Francisco de Miranda, Andrés Bello y Simón Bolívar (y de esos personajes sólo a Bello conocíamos por nuestros estudios literarios). No podía imaginar que allá llegaría a saber que aquel "Carreño" del Manual de urbanidad de que se nos hablaba cuando niños, había sido un venezolano, un músico, pianista, organista, compositor, maestro de capilla, llamado Manuel Antonio Carreño, hijo del mayor compositor colonial del país, Cayetano Carreño, y padre de una de las más grandes pianistas de la historia del instrumento, Teresa Carreño.

Llegué a un país de una muy interesante historia musical; de una música popular muy rica, variada y diferente de la nuestra. Poco a poco fui conociendo algo de la historia musical colonial de Venezuela y de la labor de rescate que habían realizado principalmente dos compositores y pedagogos: Juan Bautista Plaza (1898-1965) y Vicente Emilio Sojo (1887-1974); supe del gran movimiento musical de los años 20 y sobre todo de la década del 30, cuando esos dos maestros y otros como José Antonio Calcaño, Miguel Ángel Calcaño, Juan Vicente Lecuna, Ascanio Negretti, Moisés Moleiro, crearon dos instituciones fundamentales: la Orquesta Sinfónica Venezuela (equivalente a nuestra Orquesta Sinfónica de Chile) y el Orfeón Lamas, organización coral que lideró un formidable movimiento coral. Supimos de los compositores de la llamada Escuela Nacionalista, discípulos principalmente de Sojo: Evencio Castellanos, Gonzalo Castellanos, Antonio Lauro, Inocente Carreño, Antonio Estévez, José Clemente Laya y varios más. Y hasta tuvimos el honor y la emoción de conocer a algunos de ellos, como los maestros Castellanos, Estévez y Lauro.

Pude observar que en un medio musical tan rico y variado había una escasa actividad musicológica. Juan Bautista Plaza había desarrollado una importante labor. Y por entonces hacían importantes trabajos Luis Felipe Ramón y Rivera, violista, compositor y estudioso, y su esposa Isabel Aretz. Era muy escaso el material que permitiera adentrarse en la historia musical del país. Resultaba fundamental la obra de José A. Calcaño, La ciudad y su música. Crónica musical de Caracas (1958), obra utilísima, basada en una respetable cantidad de fuentes, pero, desafortunadamente, escrita como crónica, sin notas.

Gracias a la generosidad venezolana y a la ayuda del distinguido historiador José Luis Salcedo-Bastardo, pude comenzar a trabajar en la catalogación de los órganos de la capital. El Instituto Latinoamericano de Investigaciones y Estudios Musicales Vicente Emilio Sojo, publicó el resultado como libro, en 1979, con el título de Caracas y el instrumento rey. Esta edición trajo como consecuencia una decisión de las autoridades para la restauración de los seis instrumentos de la factura Cavaillé-Coll que se conservaban en Caracas. A su vez, este rescate de un patrimonio artístico poco conocido, permitió ampliar la labor de catalogación a toda la nación, lo que significó conocer y tocar todos los instrumentos del país. El resultado fue un voluminoso tomo: Venezuela y el instrumento rey (1983). Y la generosidad y apertura de las autoridades eclesiásticas facilitó dos trabajos de archivo: Historia de los órganos, organistas y organeros de la catedral de Caracas e Historia de los órganos de la catedral de Mérida. En estos trabajos fuimos respaldados por el mencionado Instituto Sojo, cuyo director era el pianista y profesor José Vicente Torres.

En ese Instituto pudimos emprender una tarea que, pensamos, constituyó un aporte a la musicología venezolana. Escribo "pudimos", porque fue una labor conjunta con el inolvidable amigo Mario Milanca Guzmán (1948-1999), tan prematuramente desaparecido sin haber podido regresar a la patria. Me refiero a la creación de la Revista Musical de Venezuela. En este punto, tenemos que recordar el caso tan especial de Mario Milanca. Profesor de castellano, poeta, joven de profundas inquietudes literarias, no había tenido estudios musicales ni contacto con el mundo de la música, salvo como asiduo auditor de "música clásica". En el exilio fue derivando de la investigación literaria a la investigación histórica y luego, específicamente, a la historia de la música. Hizo en Caracas un brillante postgrado en historia latinoamericana, mientras trabajaba ya en sus primeras investigaciones sobre el material musical de la notable revista cultural El Cojo Ilustrado (1892-1915). Se dedicó con pasión y gran abnegación y sacrificio personal a trabajos sobre fuentes hemerográficas; trabajó en diversos archivos eclesiásticos y civiles de Venezuela, Cuba, Curazao. Una serie de libros, en torno a Teresa Carreño, Reynaldo Hahn, Ramón de la Plaza, amén de diversos trabajos inéditos, constituyen su aporte a la historia de la música del país hermano que lo acogió durante veinte años.

La Revista Musical de Venezuela no habría podido nacer sin el trabajo de Mario Milanca; sin el respaldo del Instituto Sojo dirigido por el profesor Torres; y, sobre todo, sin el apoyo generoso, ilimitado, de Luis Merino y Magdalena Vicuña, quienes en condiciones nada fáciles mantenían la Revista Musical Chilena. Ellos nos ofrecieron su experiencia, sus consejos, sus contactos académicos, y nos autorizaron para "piratear" ampliamente, al comienzo, lo que fue verdaderamente fundamental. Así, en los dos primeros números, publicamos el trabajo del Dr. Stevenson sobre la música colonial venezolana, aparecido en la Revista Musical Chilena. En esa y otras tareas, tuvimos el apoyo generoso de esos compatriotas; y además el del Dr. Curt Lange, desde Uruguay; del Dr. Stevenson, desde Estados Unidos; del maestro Ramón y Rivera, en Venezuela. Igualmente, del Dr. Béhague, de quien tradujimos el libro La música en América Latina. Gracias a la inestimable ayuda de la señora Nolita de Plaza (†1992), viuda del maestro Juan Bautista Plaza, pudimos hacer su biografía, publicada en 1985; con una extensa segunda parte de análisis de obras, parte en la que recibí el generoso consejo de Luis Merino. Y gracias a las facilidades de las autoridades catedralicias, pude dar cima a la biografía de Cayetano Carreño (1774-1836), el mayor de los compositores venezolanos de la Colonia. Se publicó en 1993. Diversos artículos y muchas reseñas aparecieron en los primeros 14 números de la Revista Musical de Venezuela.

De regreso a Chile, sólo dos trabajos pudieron materializarse: Órganos de Santiago, publicado por el Consejo Nacional del Libro en 1997 y la Biografía del maestro Jorge Peña Hen, aparecida en una limitadísima edición el año 2001.

El golpe de estado y el exilio significó truncar mi carrera y restar trabajo para la musicología chilena. Significó poder adentrarme en la historia musical de un país hermano y ofrecer allá algunos modestos aportes a los estudios musicológicos. También ser testigo de la fecunda labor malograda de un compatriota que no pudo regresar a la patria a la cual quería aportar. No sé si para otros músicos, compositores, intérpretes, musicólogos, en fin, hombres del mundo de la música que hubieron de salir forzadamente del país, pueda caracterizarse el exilio como un itinerario del saber y del dolor.

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