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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.57 no.200 Santiago July 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003020000029 

Revista Musical Chilena, Año LVII, Julio-Diciembre, 2003, N° 200

IN MEMORIAM

Eduardo Maturana (1920-2003)

Nuestros últimos encuentros tuvieron lugar en la ciudad de Panamá. Por aquellos años (1978-1983) yo viajaba con frecuencia desde Costa Rica a Colombia en virtud de mis nexos con la Orquesta Filarmónica de Bogotá y, al regreso, aprovechando la escala obligada, solía conciliar mi itinerario a fin de permanecer unos días junto a Eduardo, Blanca su mujer y la hija menor, Ágatha.

Deambulando por la zona opulenta de esa pretenciosa little New York, bien paseando a orillas del Canal o contemplando las ruinas de su Ciudad Vieja, nuestras conversaciones casi nunca hacían referencia a las adversidades que nos deparaba el exilio. La profunda tragedia que se abatió sobre Chile aquel siniestro martes de 1973 y que destrozó miles de vidas, anuló conciencias y aplastó la dignidad de un pueblo aniquilando su autoestima y pisoteando su moral, había creado en nosotros la certidumbre de no ser más que un par de extraños transitando por un mundo aparente donde la esperanza se trocaba en oscuros enigmas. Por lo demás, Eduardo tenía el firme convencimiento de haber ingresado a ese punto de no retorno que marca inexorablemente una imposible vuelta atrás. Me decía, "mis únicas opciones son quedarme aquí o trasladarme con mi gente a Toronto, Canadá, donde se encuentran nuestros hijos Brunilda y Leonardo".

En el curso de aquellas jornadas los temas giraban invariablemente en torno a nuestro pasado, al que nos tocó vivir durante las tres décadas que algunos reconocen hoy como "la época dorada" en el Chile de los años 40/60. Y con ello no es que intentáramos ejercitar un melancólico brindis a la nostalgia. Nuestro propósito era más bien rescatar de la memoria episodios y personajes cuyo legado histórico, como de hecho así ha ocurrido, se disgregaría al correr de los años dejando a la posteridad sólo una crónica fragmentada de aquel tiempo y sus protagonistas. Según Eduardo nuestra condición de proscritos nos exigía el deber imperativo de transformarnos en notarios de una Era irrepetible, prevenir su deformación y tal vez su olvido. "Lo peor que nos podría ocurrir es que se transmitiera a las futuras generaciones una manipulación histórica, un teatro de sombras del tiempo que fue, de su nivel cultural, sus conquistas, su mística, y que nuestros descendientes no pudieran vislumbrar de aquel ayer ni siquiera la lógica fascinación que producen los paraísos perdidos".

Conocí a Eduardo el año 1940 en el viejo Conservatorio de la calle San Diego, formando parte ambos de un pequeño grupo de cámara organizado en la clase de violín del Prof. Werner Fischer. Yo tenía entonces 12 años y él 20. A partir de ahí y pese a la diferencia de edad fuimos amigos inseparables. De modo que hoy, al rendirle este homenaje, desearía que mis palabras tuvieran la capacidad suficiente para recrear el perfil de una personalidad fuera de lo común, multifacética, de un ser íntegro a carta cabal, de carácter recio, severo guardián de su independencia y luchador infatigable contra cualquier injusticia, hasta el extremo de transformarse casi en romántico paladín de las causas perdidas. Por tanto, no voy a describir aquí la trayectoria de Eduardo Maturana como compositor. Esta misión ya ha sido cumplida de manera encomiable por la profesora Silvia Herrera en su excelente trabajo,"Eduardo Maturana: un compositor del siglo XX", publicado en esta misma Revista Musical Chilena. Más bien, parafraseando a García Márquez, mi propósito es rememorar al hombre "en su laberinto", en ese antes y aquel después de la gran ruptura, cuyo último testimonio es la carta de Toronto recibida en días previos a la muerte de Blanca, y la dramática conversación telefónica sostenida por ambos al producirse ésta. Entonces presentí que su final estaba cerca, como así fue.

Aun cuando en su vida profesional desarrolla simultáneamente la actividad de compositor e intérprete, en varias ocasiones duda de la primera; de ahí que el catálogo de su obra revele constantes vacíos en la secuencia de su labor creadora. Los 40 y gran parte de los 50 son dos décadas azarosas en el curso de su existencia, durante las cuales para obtener los recursos indispensables y sobrevivir precariamente ejerce los trabajos más variopintos: ofrece clases de violín en conservatorios marginales, integra orquestas en emisoras de radio y clubes nocturnos, cumple labores de copistería, se desenvuelve como experto fotógrafo y al mismo tiempo escribe artículos para diferentes medios de comunicación, lo que por cierto permite descubrir sus grandes dotes de escritor y le conduce a una tremenda incertidumbre: si dedicarse por entero a la literatura y abandonar la música para siempre o hacer todo lo contrario. Me lo comunica y le sugiero que haga ambas cosas. Con su posterior ingreso a la Orquesta Filarmónica en calidad de violista se distancia de la primera.

También son los años de una enriquecedora bohemia. Por ella transitan intelectuales y artistas recorriendo los emblemáticos bares y cafés del Santiago nocturno. Acompaño a Eduardo en estos peregrinajes y el recuerdo me trae a la memoria las tertulias del Café Iris en Alameda con Estado, donde se reúne con uno de sus inseparables amigos, el grande y malogrado poeta Teófilo Cid, arrastrando siempre su orgullosa miseria dentro de un raído y manchado gabán. Al grupo se solían integrar otros conocidos personajes: Andrés Sabella, Manolo Segalá -un pintor catalán excéntrico, más tarde desaparecido en Brasil- junto a dos que con el tiempo se harían célebres: Alejandro Jodorowsky y un joven y tímido Jorge Edwards. Tales romerías se proyectaban igualmente a distintos lugares no menos simbólicos: El Negro Bueno, El Bosco, Café Sao Paulo y sobre todo el Bar Black and White al interior de la antigua Casa Colorada, en cuyo amplio recinto Eduardo, Carmelo Soria, mártir de la dictadura, y quien esto escribe, jugábamos interminables partidas de ajedrez hasta altas horas de la madrugada. Es también la época en que Eduardo destaca como impulsor de dos importantes proyectos: la creación, junto a Salvador Candiani de una nueva orquesta, por cierto de corta vida, la Sinfónica Santiago (1944), dirigida por este último, y la fundación de la Sociedad Tonus (1950), orientada a la divulgación de la música de vanguardia.

Como compositor Eduardo Maturana nunca obtuvo un reconocimiento explícito por parte de los medios oficiales. Quienes regían los destinos de la música en Chile le consideraban una especie de rara avis, un outsider al que, si bien se le concedía talento, al mismo tiempo se le marginaba del círculo de los elegidos. Su culpa: haber sostenido frente al poder una invariable postura crítica junto a una actitud inconformista y rebelde, hecho que se refleja en algunas de sus obras sinfónicas impregnadas de un sentimiento cáustico de denuncia que alcanza su máxima expresión en Responso para el guerrillero. A la memoria del Comandante Che Guevara, cuyo estreno con la Orquesta Sinfónica en el Teatro Astor causa las iras de un sector del público que nos increpa a ambos, a él como autor y a mí por su dirección.

Al llegar a este punto debo manifestar que en la personalidad de Eduardo Maturana coexistían otros dos aspectos muy marcados y contrapuestos: el primero correspondía a un hombre vital, alegre, con peculiar sentido del humor irónico y mordaz; el otro, más intenso que el anterior, reflejaba su inclinación hacia un escepticismo amargo y fatalista en cuanto al futuro del hombre; un culto casi mórbido a la muerte como causa primera y última de su razón de ser, sentimiento que por lo demás subyace en toda su obra, ya sea musical o escrita.

A partir de 1982 Eduardo Maturana no vuelve a componer. Durante el cuarto de siglo que transcurre entre 1977 y 2002 sólo se estrenan tres de sus obras, dos de éstas en Brasil, Una temporada en el infierno (1980) y Concierto para violoncello y orquesta (1982); la tercera en Chile, Dos canciones (2002), cuya fecha de composición se remonta a 1970. Del total de su producción (43 obras) un 25% permanece aún sin estrenar.

No quisiera finalizar este homenaje al gran amigo ausente sin antes ofrecer, a manera de epitafio, el último fragmento de su mayor trabajo literario, Tiempo de nebulosa. Gesta, magnífico poema en el que las palabras parecen transformarse en bella sublimación de los sonidos:

"¡Oh niebla!/ Amparad esos oscuros bultos sin contorno ni faz que ruedan a través de los monásticos ventanales/ Y el siniestro limo que encadena estos augurios puesto que la agonía está vaciada en la renuncia [...] Henos aquí superados y desnudos por el torbellino de los vientos [...] La muerte nos hizo nacer/la niebla conoce la Gracia [...] Incorporados: Recordando o no a la vida".

Agustín Cullell

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