SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.58 número201Sergio Ortega (1938-2003)Sergio Ortega está en el corazón de todos índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.58 n.201 Santiago ene. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902004020100016 

 

Revista Musical Chilena, Año LVIII, Enero-Junio, 2004, N° 201, pp. 123-124

IN MEMORIAM

Mucho le debemos a Sergio

Rodolfo Parada
Director del Conjunto Quilapayún, Chile.

 

Antes que nada, nuestras condolencias más sinceras a su familia, Chañaral, Sophie, Leonardo y Gabriel.

Naturalmente, el grupo musical Quilapayún es el fruto de las personas que lo han integrado, intérpretes y creadores. Pero es justo reconocer que la idea germinal sobrepasa hoy a los propios integrantes del conjunto musical.

Porque nuestro conjunto es también el resultado profundo del movimiento popular ascendente de los años 60 en Chile, así como de la influencia de innumerables personalidades externas al conjunto.

Lo que hoy queremos subrayar, en estos momentos de separación definitiva, es que de entre estas personalidades externas al conjunto, pero que influyeron enormemente en su destino, Sergio Ortega ocupa un lugar de privilegio.

Yo conocí a Sergio a principios de 1968, en momentos en que le habían dado la responsabilidad de grabar un disco en homenaje a la Central Unica de Trabajadores de Chile (la CUT). Fue mi primer contacto con el hombre jovial y atento con los músicos más jóvenes, siempre abierto a las ideas ajenas y siempre disponible para las tareas militantes más exigentes. Lo que más me impactó desde nuestros primeros encuentros fue su permanente recurrencia a las imágenes fuertes, y por lo general divertidas o irónicas, para describir todo tipo de situaciones; una manera probablemente de otorgarse una distancia personal frente al rigor de lo que emprendía.

Desde entonces seducido por el personaje, mi curiosidad sería sólo satisfecha después de años de amistad y de colaboraciones intermitentes. En efecto, sólo hace unos dos o tres años me decidí a abordarlo para grabarle más de 20 horas de entrevistas personales que algún día serán transcritas.

A la luz de su relato, muchas aventuras vividas en otros tiempos adquirieron nuevas perspectivas. Entrego sólo dos ejemplos.

El primero, las llamadas canciones "contingentes", creadas en conjunto por iniciativa suya en los años 70.

Sergio salía de sus reuniones de la Comisión de Cultura del PC (Partio Comunista) y nos llamaba apresuradamente para que nos fuéramos a su casa para trabajar en algunos temas que le habían sugerido. Entre vinos y bromas, la seriedad de la tarea nunca se perdía de vista: una canción para celebrar el triunfo, otra para ayudar a las medidas económicas del gobierno de Allende, otra para estigmatizar a la derecha golpista, otra para llamar a la unidad del pueblo, en fin, a medida que la lista se alargaba, nuestra complicidad se profundizaba. Las canciones que resultaban de estos trabajos "de taller" que él dirigía (El enano maldito, A comer merluza, Las ollitas, El pueblo unido,…), estaban marcadas por el sello de su relación con la música popular y más ampliamente con la música oral.

Esta relación no obedecía a un azar. Tenía que ver con su historia personal y con su postura intelectual.

Sergio me reveló haber comenzado a tocar el piano sólo a los 15 años, descifrando "de oído" las canciones Blue Moon y Night and Day siguiendo los consejos de unos amigos de colegio. Después de haberse constituido un profuso catálogo de boleros, quedó preparado para descifrar el comienzo de la obertura de Tannhäuser, con todos sus colores y funciones armónicas. Empezó a estudiar música alrededor de los 18 años mientras estaba en la Facultad de Arquitectura de la universidad. "Yo no he perdido jamás el contacto con mi infancia -me decía. La música ha sido siempre para mí un pasaporte para la infancia, he estado siempre en contacto con recuerdos muy profundos que se materializan por el lado sonoro".

Y añadía: "Aun cuando yo conozca hoy casi todo lo que se hace en la escritura musical europea, para mí se trata sólo de técnicas y procedimientos, aplicados a partir de una manera de pensar. Pero en mi concepción intelectual, todo esto coexiste con el ritmo indígena del huayno y con el caballo que está parado en una esquina, porque en nuestros países todas esas cosas coexisten realmente. Aquí sería raro encontrar un caballo parado en un carrefour... llamarían a los bomberos!! A mí me interesan los Incas y me importa un carajo la moda musical desde el punto de vista de los estilos".

Músico con formación académica, autor de música de cámara, obras sinfónicas, óperas, etc…, Sergio Ortega siempre estuvo pendiente de los desafíos musicales de la época, pero nos transmitió con su ejemplo que hacer canciones, incluso canciones "contingentes", era simplemente otra manera de hacer música, en la cual también había que dar lo mejor de sí.

Y agregaba: "Si se transita a veces por caminos conocidos como una cierta tonalidad, una armonía y todo lo que todo el mundo usa, bueno, hay que hacerlo con una visión y con una exigencia propias a lo que un pueblo merece". Su visión política de la sociedad se unía así de manera natural a su experiencia musical.

El segundo ejemplo tiene que ver con la génesis de la Cantata Santa María de Iquique, obra del compositor chileno Luis Advis.

Sergio me contaba lo siguiente:

"Luis Advis, con ocasión de un viaje a Iquique, descubrió en sus recuerdos, artículos y libros, el suceso de la Escuela Santa María (una masacre de obreros) y escribió allí las grandes líneas de esta Cantata. Volvió para Santiago con la Cantata escrita, para soprano, tenor, piano y algún otro instrumento. Originalmente, era entonces una obra escrita para solistas líricos. Cuando me la mostró, yo me di cuenta de que esta obra tenía que pasar a instrumentos vernáculos y le hablé del Quilapayún, que él fue a conocer en un concierto del grupo poco tiempo después".

La existencia de un fuerte movimiento de canción popular en Chile en esos años, unido a los problemas composicionales e ideológicos que se planteaba, hicieron que Sergio tuviera esta importante intuición que marcará grandemente las opciones creativas de nuestro conjunto. La oralidad y el oficio de la escritura (y por lo tanto de reflexión sobre lo escrito) ya se habían imbricado profundamente en su personalidad de compositor.

El mismo lo describía de manera feliz : "La concepción de la composición que yo adquirí en mis discusiones con Falabella, con Becerra y con Neruda, es una concepción que tiende a precisar que el compositor es aquel que asocia todo lo existente... que conoce, selecciona, trabaja y combina todo lo que tiene a mano, es decir… com-po-ne".

Le debemos a Sergio su generosidad musical, su sentido del humor, su finura de espíritu, su concepción profunda de un arte popular, exigente y asequible a la vez.

Le debemos su lucha por nuestra identidad cultural, por nuestro destino de pueblo cantor.

Le debemos sus ansias de fusión con nuestra tierra y el coraje de sus utopías.

Le debemos todas aquellas horas frente a su piano, del que poco a poco, como en una película en retroceso, los granos de notas se iban adhiriendo al racimo de una obra.

Si ser humanista es tener la capacidad de asumir la parte del "otro", compartir sus impulsos, sus ilusiones, Sergio era un humanista apasionado y realizado.

Por eso, sin duda, muchos pueblos en el mundo entero seguirán aún cantando sus canciones por largo tiempo, acompañando así esperanzas, luchas y banderas.

Es el legado indeleble del Maestro, hermano y camarada, Sergio Ortega.

 

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons