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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.58 no.201 Santiago Jan. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902004020100017 

 

Revista Musical Chilena, Año LVIII, Enero-Junio, 2004, N° 201, pp. 125-126

IN MEMORIAM

Sergio Ortega está en el corazón de todos

Horacio Salinas
Director Escuela de Música SCD.


 

Como ustedes comprenderán, hablar de alguien con la vitalidad de Sergio Ortega en estos momentos resulta en especial doloroso por su temprana partida.

Sólo hace unos meses compartió emocionado con nosotros su experiencia de hombre consecuente hasta el cartílago y esa pasión por la música que selló cada una de las extensas huellas de sus creaciones mestizas, esa gran obra en que encontró "el sonido de Chile".

Habló de la vigencia de la oralidad, de la importancia de escuchar, de perder el miedo a lo nuevo y partió con la pregunta ¿al menos a alguien le sirve lo que hablo?-decía-.

Estoy convencido que muchos, son muchos quienes agradecen tus himnos, cantos, y espero en que muchos más sepan dar el justo valor a tu labor, para mantenerla viva en la memoria de América Latina y el mundo.

Quienes tuvimos el honor de compartir la ruta con él no podíamos estar ausentes en esta mañana de septiembre. Para despedirlo como maestro, amigo, compañero de ruta y autodenominado bardo de vocación, pero sobre todo creador magnífico, anti cualquier clase de sistemas, y contrario a los intimismos. Nunca se rindió ante la moda. Buscó las formas musicales adecuadas a su creación más allá de las convenciones, de las salas de conservatorio. Indagó en las calles el sonido. Hizo su revolución en la música chilena.

Podría decir tantas cosas de Ortega y ninguna sería justa con la dimensión de su espíritu seguro, inquebrantable, consecuente, honesto que creó con lo que tuvo a su alcance sin esperar que se dieran las condiciones.

Sergio no se anduvo con chicas. Fue reconocido en vida en los grandes teatros del mundo, y tristemente, en Chile durante los últimos años lo vimos mucho menos de lo que hubiéramos querido. Pero sé que Sergio siempre añoró Chile.

"Uno nunca es más chileno que cuando está lejos, eso es lo primero que ustedes tienen que saber. Nunca se va tan profundamente hacia la médula del país que cuando uno no lo tiene cerca". Dijo hace tan poco en la SCD (Sociedad Chilena del Derecho de Autor).

Con respecto a su vida, Ortega en sus primeros años de trabajo fue funcionario del Instituto de Extensión Musical, seis años sonidista del Teatro Antonio Varas y luego fue profesor de Composición del Conservatorio desde el '69. En el '70 asumió la Dirección Artística del canal de televisión de la Universidad de Chile hasta 1973. Permaneció en ese puesto hasta septiembre de 1973 y a fines del mismo año emigró a Francia para vivir un largo exilio que finalizó en 1983. Siguió radicado en Europa donde durante 22 años fue Director de L'Ecole Nationale de Musique de Pantin. Sustentó una escuela bajo el precepto de que la música es anterior a cualquier nomenclatura o técnica. Extrajo de sí mismo y de sus alumnos la propia armonía.

Conocí a Sergio hacia finales de los años '60 en la Facultad de Artes cuando tuve el honor de ser su alumno en la Universidad de Chile, la misma academia donde fue discípulo de Gustavo Becerra, y compañero de Luis Advis. Ahí, donde Ortega años después lideró una verdadera revolución que tocó todos los puntos de la cultura.

Como pedagogo era inolvidable y su enseñanza certera. Caló hondo en la problemática de la creación con ejemplos divertidos que no olvido, mantuvo vivo el espíritu del juego para crear. Poco antes de partir de Chile, en su último viaje, conversamos con entusiasmo la posibilidad de que viniera algunos meses como profesor de composición a nuestra Escuela de Música Popular de la SCD. La idea le pareció magnífica pues se sentía libre como el oxígeno -según sus palabras- luego de sus responsabilidades parisinas. Me ha quedado el recuerdo del brillo en sus ojos entusiasmados ante la posibilidad de trabajar nuevamente con otra generación de jóvenes músicos.

En esta última visita y a casi 40 años de los inicios de la Nueva Canción Chilena, recordó que aquella era "inevitable" porque fue producto de una ola profunda de transformación, de un sentido esencial que no se dio en ningún otro lugar del mundo. Esa transformación que Ortega tradujo a formas musicales nuevas. A Sergio le debemos que en gran medida la música chilena se hiciera universal.

Quiero recordar su pensamiento en afirmaciones como estas:

"Estábamos buscando el sonido de Chile, porque las culturas resuenan, no son datos sin vida, se expresan en colores, en movimientos, en sonidos. Escuchábamos que se venía abajo una manera de escribir la música, muy abstracta, en la que se había roto el vínculo social".

O esta otra:

"Hay que soñar en este mundo. Hay que empujar de esta manera. Si puedo dar un consejo: la música antes. La música tiene un lugar preeminente. La música al comienzo no al final".

O aquella recomendación a los nuevos creadores:

"Son ustedes los que tienen que hacer. Ustedes tienen que establecer los puntos de contraste con nosotros. No te quedes en las contradicciones. Mezcla cosas que no se mezclaban. Ve qué pasa. No hay música sin contradicciones. No hay nada sin contradicciones. La música sin contradicciones es música muerta".

Quizá la muerte es menos dolorosa cuando se crea en la vida y en esto Ortega dio clases, apasionado, humano, generoso, provocador y directo. Nunca perdió de vista la esencia por los adornos.

"Estoy loco por eso soy compositor".

Sí, loco, pero lúcido hasta abrir las puertas de la imaginación y hacernos escuchar las voces de los textos de su amigo Pablo Neruda. Lúcido como para bailar la protesta, como se suele hacer en América Latina.

Aunque fue juzgado por los doctos como muy popular y por los populares como muy docto, Ortega enfatizó las contradicciones para lograr la unidad. Compuso desde la contingencia y la utilidad del texto hasta la altitud de las melodías líricas. Derribó las fronteras entre las categorías doctas y populares y ofreció el desafío que interroga por la diferencia, invitándonos a descubrir la identidad.

Su obra sería larga de enumerar. Ortega componía a una "velocidad espantosa". Himnos y canciones, Venceremos, El pueblo unido entre tantos frutos de la fuerte actividad social. Recuerdo, además, las comedias Asunto sofisticado de Alejandro Sieveking y La dama del canasto de Isidora Aguirre, las crónicas populares grabadas por Quilapayún en 1972, La Fragua, cantos para chilenos, relatadas por Roberto Parada.

Extrajo las voces de la literatura en Relato de un náufrago con textos de García Márquez, en Tacuabé con texto de Galeano. Indagó en las obras de tradiciones antiguas, como sonatas, valses, quintetos, cuartetos, partitas, cantos.

Fue actual en el cine desde El chacal de Nahueltoro hasta el reciente Taxi para tres con su bolero. Esto sin mencionar muchas obras para las pantallas grandes y chicas, divulgadas en Europa.

Era de las grandes obras. En eso destaco el himno de la CUT, de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile hasta la reciente presentación de Fulgor y muerte de Joaquín Murieta que triunfó en el Festival de Ópera de Savonlinna (Finlandia) donde fuiste admirado y querido.

Su huella es profunda. Inolvidable.

Sucedió hace tiempo pero recuerdo claramente cuando, junto a Luis Advis, compuso a base de textos de Julio Rojas la obra Canto al programa, que presentamos con Inti Illimani en alabanza al programa de Salvador Allende. Y espero que pronto sea en Chile donde se estrene la última obra compuesta por Sergio junto a su hijo Chañaral Ortega. Me refiero a la ópera Pedro Páramo, basada en la obra de Juan Rulfo.

Sergio Ortega: músico contrario al intimismo, de las obras enjambres, domador de la escena, creador de la dignidad, figura imperecedera. Elocuente por vehemencia, profundo, épico, reflexivo, optimista hasta el delirio.

Estoy convencido de que su alta figura excepcional y su música perdurarán en el corazón de nosotros, sus amigos.

Nos queda la figura de Sergio Ortega marchando por las calles, apropiándose de las avenidas y de los teatros donde estalló su creación, donde fue posible unir las tradiciones de viejos y nuevos lenguajes en una combinación justa y actual.

Invito a los músicos a reflexionar y continuar por esa ruta.

A sus familiares les manifiesto mi hondo pesar, y admiración por la valentía para vivir y generosidad al permitir que los acompañemos este día.

Sergio Ortega está en el corazón del mundo.

Descansa en paz, maestro...

 

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