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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.59 no.204 Santiago Dec. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902005020400005 

 

Revista Musical Chilena, Año LIX, Julio-Diciembre, 2005, N° 204, pp. 93-97

ENSAYOS Y DOCUMENTOS

Rescatando la memoria olvidada cuando se ha cumplido el 50° aniversario de la Orquesta Filarmónica de Santiago

 

Agustín Cullell

Director de Orquesta, España


Aquel martes 5 de julio de 1955, en el Teatro Municipal, mi esposa y yo formábamos parte del público asistente al concierto inaugural de la recién creada Orquesta Filarmónica de Chile, actualmente Orquesta Filarmónica de Santiago. Era la cristalización de un proyecto gestado a lo largo de muchos meses de ardua labor, con grandes esfuerzos, no pocos sacrificios y, sobre todo, una enorme tenacidad desplegada por ese grupo de visionarios que la hicieron realidad.

En los viejos programas de la Orquesta Filarmónica aparece un expresivo comentario que describe con sentidas palabras este hecho; las cito textualmente: "...fue un esfuerzo heroico, sí, porque las dificultades que presentaba entonces una empresa de tal envergadura eran casi insuperables. Hacía falta mucha fe, un gran espíritu de sacrificio, y solamente personas dotadas de un gran sentimiento idealista podían emprender la tarea y llevarla a cabo. Mencionar los nombres de aquellos pioneros encierra el riesgo inevitable de incurrir en omisiones; pero aún así no podemos dejar de nombrar a quien se transformó en el cerebro de esta gran cruzada, el maestro Juan Matteucci, durante 10 años su primer Director Titular, junto a él, entre otros, los músicos Ramón Bignon, Erwin Heyl, Enrique Artigas, Mario Valenzuela, Joaquín Sánchez, Eduardo Salgado y Armando Aguilar, que se entregaron por entero a consolidar la obra iniciada. Por último, factor determinante en la consolidación del proyecto lo constituyó la Ilustre Municipalidad de Santiago, al facilitar a la orquesta recién formada la Primera Sala de Conciertos del país". A este comentario correspondería añadir que en sus primeros 10 años de labor la Orquesta Filarmónica llevó a cabo con gran éxito su misión bajo la exclusiva responsabilidad artística y administrativa de su propia directiva.

La fundación del nuevo organismo sinfónico trajo aparejado un hecho que, aún cuando pertenece a los entresijos de la pequeña historia, merece que se le otorgue un espacio en estas líneas, ya que no todo el mundo musical estuvo de acuerdo en apoyar la iniciativa; algunos ni siquiera ocultaron su abierta oposición hacia la nueva empresa. Yo era en aquellos años miembro de la Orquesta Sinfónica y Juan Matteucci también; por tanto, recuerdo perfectamente las tensiones que se generaron en nuestro propio seno cuando se difundió la noticia del proyecto en gestación.

Sin duda el temor a la pérdida de protagonismo de unos en beneficio de otros, ignorando, por otra parte, el extraordinario aporte que ello significaba para el enriquecimiento cultural del país, explicaría el porqué, en aquella espiral de antagonismo, alguien hubiera llegado al extremo de solicitar a las casas de música Ricordi y Gerard de Buenos Aires que no facilitaran sus materiales a la orquesta recién creada. Otros pensaron que sólo cabía sentarse y esperar a que el proyecto se derrumbara en poco tiempo.

Pero la entonces llamada Orquesta Filarmónica de Chile inició su camino con paso firme, conquistando rápidamente el respeto de propios y adversarios. Pronto se comprobaría que había público suficiente para llenar las programaciones de ambas orquestas.

A pesar de que en el viejo texto se explicita el riesgo inevitable de incurrir en omisiones al señalar nombres, y por lo mismo sólo se menciona a quienes cumplieron tareas de liderazgo, desearía con estas líneas descorrer siquiera en parte el manto de olvido que hoy relega a ese histórico pasado y sus protagonistas, a una mención intrascendente en las publicaciones de turno. Porque, como en otro orden de cosas relacionadas con los acontecimientos ocurridos en el país durante los últimos 30 años, aquí también existe un antes y un después. Todo parece indicar que los sucesos previos a la gran ruptura tienden a diluirse en referencias sesgadas donde la verdad a veces se trunca sin el menor reparo.

Por todo ello al rememorar los 50 años de la Orquesta Filarmónica sin mencionar de forma destacada a Juan Matteucci, sería contribuir a la inexcusable ingratitud con la que la posteridad ha relegado su figura. Un ejemplo que reafirma mis palabras lo constituye un artículo de prensa publicado en 1993 que atribuía la fundación de la Orquesta Filarmónica al Mto. Juan Pablo Izquierdo... en 1970 (!), y que el suscrito junto al profesor Armando Aguilar nos vimos en la ineludible obligación de corregir, como así consta.

Porque, digámoslo claramente y sin menoscabo de quienes participaron en la materialización del proyecto: la Orquesta Filarmónica fue Matteucci. Sin él probablemente ésta no existiría... o habría transcurrido mucho tiempo antes que el Teatro Municipal y la Alcaldía de Santiago dieran los pasos necesarios para la creación de una orquesta propia.

Yo le conocía desde aquellas épocas pretéritas en las que agotó sus últimos años el viejo Conservatorio de la calle San Diego en Santiago. Cursaba estudios de violonchelo y perteneció a la generación de instrumentistas que formaron parte de la Orquesta Sinfónica de Chile desde sus inicios en 1941. Sin embargo, su verdadera vocación estuvo siempre guiada hacia la dirección orquestal. De hecho, antes de asumir la tarea de fundar un nuevo organismo sinfónico, había demostrado ya con creces su talento como director. Cuando años después ingresé a la Orquesta Sinfónica pude apreciar de primera mano la transformación que se operó en Matteucci durante ese tiempo, impulsándole finalmente a romper lazos con su Alma Mater y entregarse por entero a la empresa que tenía entre manos.

Hago un pequeño paréntesis: quiero dedicar unas palabras a la impresión que desde un principio produjo en mí su compleja y, al mismo tiempo, fascinante personalidad, cuya singularidad de carácter me atrevería a situar entre los de difícil clasificación. Talvez, como buen exponente de la herencia italiana, en su actitud se articulaba una sorprendente gama de sentimientos encontrados que, en escaso margen de tiempo, podían pasar de la alegría exultante a estados de marcada irritabilidad, sobre todo, cuando un hecho adverso transgredía su personal límite de tolerancia. Sin embargo, era un hombre que se distinguía por su pródiga sensibilidad humana, generalmente oculta tras una máscara de dureza, pero siempre en disposición de tender la mano a quien pudiera necesitarla. Célebre por su peculiar sentido del humor, entre burlón e incisivo, casi rozando con sus legendarias travesuras la frontera de lo excéntrico, mantenía, sin embargo, una perfecta simbiosis con otra serie de cualidades que es preciso destacar: gran capacidad organizadora; indiscutible solvencia artística, que testifican comentarios de la época; infatigable empeño en conducir la Orquesta Filarmónica cada vez a un mayor nivel de excelencia; habilidad en la elaboración de temporadas de conciertos con programaciones ambiciosas y atractivas; su juicio certero al contratar célebres directores y solistas, verdadero cartel de lujo pocas veces repetido en años posteriores.

Llegado a este punto es imperativo reivindicar también la memoria de un grupo de instrumentistas que con gran espíritu y responsabilidad contribuyeron al prestigio de la institución. Como injustamente suele ocurrir con quienes conforman la mal llamada "masa orquestal", sus nombres han sido en gran parte olvidados y sólo figuran en los listados de viejos programas. Sin duda, cumplieron todos una importante misión, ya sea ejerciendo cargos relevantes o en modestos puestos de fila. Pido disculpas por nombrar sólo aquellos que mis recuerdos puedan buenamente rescatar de la época en que estuve al frente de la orquesta, imaginando sus ya lejanas figuras como si emergieran de un escenario virtual.

Veo a Pedro D'Andurain en su papel de concertino, luego de una notable carrera internacional; a la violinista húngara Magdalena Ötvos, jefa de fila en los segundos violines; al violinista Elías Friedensohn, auxiliar de concertino, años después ocuparía el mismo cargo en una importante orquesta de Estados Unidos; al carismático violinista Jascha Friedmann, conocido por sus éxitos en la dirección de orquestas populares; Aziz Allel, años después auxiliar de concertino en la Orquesta Sinfónica de Chile; la profesora Isis Muñoz, a quien de muy niño debo mis primeras lecciones de violín; los violinistas Manuel Bravo y Harald Brosheck; Enrique López, primera viola, y Virginia Canzonieri, arpista, ambos argentinos; los violinistas Hernán Jara, auxiliar de concertino; Joaquín Sánchez, varias veces miembro de la Junta Directiva de la Orquesta; el ruso Yura Yastremsky; los violistas Eduardo Maturana, conocido compositor, y Cecilio Venegas, ambos en diferentes períodos también presidentes de la Junta Directiva; los violonchelistas Fulvio Kirby, ecuatoriano; Eduardo Salgado, Carlos Chávez y Ximena Bravo; el inolvidable profesor Manuel Pérez, quien reemplazó a Ramón Bignon como primer contrabajo. En el grupo de las maderas, los flautistas Fernando Harms y Alberto Almarza; el primer oboe Cancio Mallea, posteriormente ocupando el mismo puesto en la Orquesta Sinfónica de Chile; el excelente clarinetista Juan Correa; el inolvidable y malogrado clarinetista Jaime Escobedo; el gran fagotista Emilio Donatucci junto a su compañero Armando Aguilar, este último a petición de Matteucci cambió el violín por el fagot vista la escasez de profesionales en este instrumento. En la familia de los bronces, al primer corno Jorge Maltraín, junto a Gilberto Silva, Miguel Estrella y el trompetista José Modia. En percusión al timpanista Uldaricio Oñate y Víctor Alonso, quien por su gran carisma se granjeó la simpatía de todos. También cabe agregar los nombres de algunos importantes músicos de la Orquesta Sinfónica de Chile que se integraron a la orquesta: los violinistas Ernesto Ledermann, Enrique Kleimann, Ernesto Garrido, los violistas Zoltan Fischer y Nachmann Godorecki; los violonchelistas Ángel Cerutti y Dobrila Franulick. Con posterioridad a mis años en calidad de director titular, ingresaron al conjunto otros notables músicos, entre éstos, los oboístas Enrique Peña y Alfredo Kirsch, argentino; además, la reincorporación al conjunto de la violinista Liselotte Hahn, ejerciendo durante un tiempo el cargo de concertino.

Un aporte extraordinario para la Orquesta Filarmónica lo constituyó en esos años la contratación temporal de uno de los afamados virtuosos pertenecientes al Quinteto de Vientos del Mozarteum de Buenos Aires: el oboísta Pedro Cochiararo.

He dejado para este momento la oportunidad de dedicar una mención especial al insigne primer violonchelo Hanns Loewe, músico excepcional, también virtuoso en corno inglés, cuyo recuerdo más sobrecogedor lo constituyen dos conciertos en los que actuó de solista interpretando la misma obra; el primero, en 1944 recién llegado al país huyendo del nazismo. Tuvo lugar en el Teatro Municipal con la Orquesta Sinfónica bajo la dirección de Víctor Tevah, que yo presencié en compañía de Pedro D'Andurain y Arnaldo Fuentes; el último, con la Orquesta Filarmónica en 1966 bajo la batuta del malogrado Mto. Jorge Peña Hen, viviendo Hanns sus últimos días aquejado de una grave enfermedad. En ambas ocasiones interpretó Schelomo de Bloch. Yo, entonces director titular de la orquesta, profundamente conmovido, también me hallaba presente.

Otra referencia a destacar es la de un grupo de renombrados intérpretes internacionales cuyos nombres han quedado, al parecer, en el olvido con motivo de celebrarse estos 50 años. Se trata de directores tan ilustres como el polaco Stalislaw Wislock y el ruso/alemán Jascha Horenstein; de violinistas insignes como la mítica Ida Haendel, Isaac Stern, Cristian Ferraz, Samuel Shkenazi, Salvatore Accardo; de pianistas excepcionales como José Iturbi y Abbey Simon; el brillante flautista Alfredo Ianelli; de magníficos cantantes como Tagliavini, Ausensi, Kabaisvanka. Entre los solistas nacionales no es de recibo ignorar al menos cuatro nombres: las pianistas Flora Guerra, Herminia Raccagni y María Angélica Castelblanco junto al violinista Jaime de la Jara, posteriormente brillante concertino durante varios años de la propia Orquesta Filarmónica.

En 1960 la Orquesta Filarmónica y su director Juan Matteucci realizaron con gran éxito una gira al extranjero, visitando Argentina, Uruguay y Brasil. Era la primera vez que una agrupación orquestal chilena viajaba al exterior.

Entre fines de los años 50 y 1964, Matteucci inicia una carrera internacional. A raíz de la actuación en el Teatro Municipal de la gran bailarina Tamara Toumanova, cuyas presentaciones dirige, es invitado en calidad de director musical a integrar el conjunto en su gira por el resto de América.

En 1964 recibe la propuesta de asumir el cargo de director titular en la Orquesta Sinfónica de Nueva Zelandia, oferta que acepta trasladándose a ese país. Como consecuencia de este nombramiento, al no quedar designado un sucesor, la Orquesta Filarmónica se enfrenta a un período de inestabilidad e incertidumbre. A comienzos de 1965 el problema desemboca en una severa crisis que amenaza, incluso, con una posible suspensión de actividades. En el mes de abril de aquel año, la junta directiva se pone en contacto conmigo y me propone asumir la dirección titular, sin ocultarme, por cierto, el desafío que en tales condiciones representaba aceptar esta responsabilidad. Si bien consciente del riesgo, no obstante acepté el reto y aquel crítico período fue superado felizmente. Se recuperó el optimismo perdido y se reanudaron con éxito las actividades normales de la orquesta.

Ejercí este cargo hasta 1968, renunciando a él para asumir la decanatura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Austral de Chile; sin embargo, continué participando como director invitado en las sucesivas temporadas oficiales. Una significativa circunstancia lo constituyó el hecho de que mi primera despedida del país tuviera lugar precisamente en el propio Teatro Municipal, dirigiendo en noviembre de 1973 varias presentaciones de la ópera Madama Butterfly.

 

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