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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.59 no.204 Santiago Dec. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902005020400006 

 

Revista Musical Chilena, Año LIX, Julio-Diciembre, 2005, N° 204, pp. 98-101

ENSAYOS Y DOCUMENTOS

60 años después

Hanns Stein

Facultad de Artes, Universidad de Chile, Chile.


En el año 1945, hace 60 años, terminó la Segunda Guerra Mundial y con ella el nazismo alemán, que fue su iniciador; se abrieron las puertas de los campos de concentración y se pudieron conocer finalmente todos los horrores cometidos tras sus alambradas. Todo el mundo rememora este año la dramática fecha que invita a profundas reflexiones. ¿Cómo fue posible que seres humanos de un pueblo culto se prestaran a ejecutar políticas de exterminio, con un fanatismo propio de épocas que considerábamos pasadas hace ya muchos siglos?

Pero no es el objetivo de estas líneas ahondar directamente en esa problemática. Queremos más bien llamar la atención sobre hechos que -si bien relacionados con lo anterior- tienen que ver con la música de aquella época; qué enseñanzas podemos desprender hoy de lo acontecido y en qué sentido todo ese drama -el nazismo y sus consecuencias, tales como el racismo, que terminó en holocausto- también afectó la vida musical chilena.

Un importante sector de la intelectualidad alemana y centroeuropea en general era de origen judío. Muchos de estos científicos y artistas profesaban, además, ideas progresistas, al igual que una importante parte de los intelectuales no judíos. A partir de la toma de poder por Hitler y su partido nazi, comenzó la sistemática persecución de los "no arios" y de la gente con un pensamiento no acorde con el dogma nazi. Esto incluía desde luego a los creadores, a los compositores en nuestro caso, que buscaban caminos y lenguajes artísticos de avanzada, como también a los intérpretes que llevaban este lenguaje al público. Inventaron los nazis la denominación entartete Kunst (arte degenerado) en el cual incluyeron hasta a Mendelssohn por su origen judío. Comenzó entonces, a comienzos de la tercera década del siglo 20, una masiva emigración de artistas alemanes que vieron cerradas todas las posibilidades laborales, y posteriormente vieron incluso amenazadas su libertad y su vida. Poco más tarde sucedió lo mismo con sus congéneres austríacos, checos, polacos, al ser sus países ocupados por los nazis. Esto significó un empobrecimiento total de centros culturales tales como Berlín, Viena, Praga, cuyas personalidades artísticas emigraron a distintas partes del mundo: una gran parte a los Estados Unidos, también a Inglaterra y a América Latina.

También a Chile llegó un importante grupo de estos inmigrantes quienes, al integrarse a la vida musical chilena, fueron un elemento importante para el desarrollo de nuestro ambiente cultural. Instrumentistas como Hans Loewe, Stefan Tertz, Fredy Wang, Fritz Bergmann, Zoltan Fischer, Jaime Cherniak, Jascha Friedmann, contribuyeron en importante medida al nivel de la naciente Orquesta Sinfónica de Chile. Otros trajeron su experiencia en la docencia, como Rudy Lehmann, gran profesor de piano, o Ilse Pola y Ruth Hennig en canto. Los grandes directores de orquesta Erich Kleiber y Fritz Busch emigraron solidarizando con sus colegas judíos, y fueron los verdaderos formadores y educadores de nuestra Orquesta Sinfónica. Ellos realizaron en Chile una labor cuasi regular, año tras año y aún se recuerdan conciertos de una calidad histórica, así como importantes estrenos en Chile dirigidos por ellos. Cuando hoy -al cumplirse 60 años del término de una de las peores tragedias que ha vivido la humanidad- recordamos que de una u otra manera también la vida musical chilena fue afectada por aquel acontecimiento, tenemos que aceptar el hecho de que existe una permanente interacción y de que -aunque estemos a miles de kilómetros de distancia y nos separen océanos y cordilleras- lo que sucede en el mundo nos atañe y nos obliga a tomar posiciones frente a ello. Las evoluciones y las revoluciones, los desarrollos científicos, artísticos y sociales en cualquier parte del mundo afectan al resto de la humanidad y sería el peor error tratar de aislarse, intento que, además, estaría destinado al fracaso más absoluto. Y, afirmado lo anterior, me parece pertinente comentar otro notable suceso ligado a la guerra, a las persecuciones, a los campos de concentración.

A menos de 60 km al norte de Praga se encuentra la pequeña ciudad de Terezín. Originalmente, bajo el Imperio Austro-Húngaro, ésta fue una fortaleza construida en 1780 por el emperador José II en honor a su madre, María Teresa. Su nombre original alemán es Theresienstadt. Al ocupar los alemanes Checoslovaquia, 150 años más tarde, convirtieron a Terezín en un campo de concentración destinado especialmente a los judíos checos. Era un campo de paso. De allí salían periódicamente los transportes a Polonia, a los campos de exterminio. Y en esa "antesala de la muerte", como el campo ha sido denominado, se produjo un fenómeno asombroso. Los prisioneros del campo -entre los cuales se encontraba una notable cantidad de artistas- superando las privaciones, humillaciones, torturas y ejecuciones, comenzaron a desarrollar una actividad artística, principalmente musical, que en su momento cúspide superó la de las capitales europeas durante la guerra. Al comienzo se trataba de una actividad clandestina no permitida por los alemanes. Entre los 50 kilos de equipaje que cada persona podía llevar al campo no estaba permitido incluir instrumentos musicales. Pero luego, al darse cuenta los alemanes de que esta actividad artística en el campo les podría servir en términos propagandísticos, para disimular ante el mundo la cruel realidad, permitieron que los presos dedicaran parte de su tiempo al arte.

Las cosas que se lograron hacer son casi increíbles: desde conciertos de cámara, recitales de solistas, cabaret literario, hasta oratorios y ópera. Para lograr eso tuvieron que arreglar un viejo piano desvencijado que encontraron en alguna bodega y un armonio que a veces reemplazaba a la orquesta. La falta de partituras la suplían reescribiéndolas de memoria. De esa manera se montaron óperas como Carmen, Las bodas de Fígaro, La novia vendida, El murciélago; oratorios como Elias, de Mendelssohn, o el Requiem, de Verdi. Veamos un ejemplo de programación: el día 28 de setiembre de 1944 se ofrecía:

Calle Mayor N° 2, a las 18.15 hrs. Cuarteto Ledec: Haydn, Schul, Borodin.
Calle del Parque N° 14, a las 18.15 hrs. Recital de canto con Helly Eisenschimmel y el Dr. Erich Klapp: Mussorgsky y Hugo Wolff.
Calle Mayor N° 22/entretecho, a las 18 hrs. Juego en el palacio de Molnar; regie: B. Spanier, producción: Agnes Reimann.
Calle del Oeste N° 3, en la terraza, a las 18.30 hrs. De Viktor Ullmann El corneta Rilke, recitado por H. Lerner, y Canciones y Danzas de Pierrot. Dirigido por Rafael Schächter.

Calle de la Estación N° 3, a las 19.30: obras de Strauss.

En la misma fecha salía un transporte hacia Auschwitz, en el cual viajaban hacia la muerte, entre muchos otros, los compositores Viktor Ullmann y Gideon Klein, destacados representantes del importante grupo de autores que se encontraban entre los reclusos y que participaban en forma muy activa en la actividad musical actuando como creadores, como intérpretes y como organizadores. Los más famosos: Gideon Klein, Hans Krása, Viktor Ullmann y Pavel Haas. De ellos se estrenaron numerosas obras en el campo, muchas compuestas allá mismo. Ullmann compuso más de 20 obras durante su estadía en el campo; su vida terminó con su envío a las cámaras de gas de Auschwitz. La misma suerte corrieron los otros tres compositores mencionados y la inmensa mayoría de los judíos internados en el campo. En total pasaron por Terezín 136.000 personas. 32.000 murieron en el campo, víctimas del hambre, los maltratos, epidemias y ejecuciones sumarias. 88.000 fueron deportados a los campos situados en Polonia, cumpliendo el programa nazi para la "solución final", es decir, el exterminio total de los judíos.

Y en esas condiciones inhumanas un grupo de artistas logró sobreponerse a la degradación impuesta por el nazismo. Su actitud y actividad eran una faceta -y una faceta muy importante, por cierto- de la resistencia contra el terror que imponían sus carceleros. Ellos creían firmemente en el valor del arte y de la cultura y de su contenido humanista, exactamente opuesto al del terror: no atormentar a las personas, sino regocijarlas; no anular su individualidad, sino motivarlas hacia la participación. Con ello fortalecieron su propia voluntad de vivir y la de sus compañeros de sufrimiento, su público.

Hay testimonios de sobrevivientes, que lamentablemente no son demasiado numerosos. Zuzana Ruzicková era una niña de 13 años cuando fue internada en el campo. Fue una sobreviviente del campo de Terezín. Al ser liberado éste, se convirtió en una mundialmente famosa clavecinista y profesora de su instrumento en la Academia de Música de Praga. Ella declara: "A menudo les digo a mis alumnos o a jóvenes que asisten a mis conciertos, que el arte hoy en día puede ser una entretención; pero que puede llegar el momento en que el arte realmente le salve a uno la vida, o por lo menos la salud espiritual. Y eso es lo que sucedió en Terezín". Otro sobreviviente, el cellista Rafael Sommer, dice: "…no se puede hablar mucho de comida, no había mucho para comer; y esta actividad, esta actividad cultural era en realidad el alimento y lo esencial para que esta gente pudiera seguir adelante".

Todos los que vivieron ese infierno y lograron sobrevivirlo, entre ellos Karel Ancerl, que llegó a ser director titular de la Filarmónica Checa, o el gran bajo de la ópera del Teatro Nacional de Praga, Karel Berman, coincidían en que su esfuerzo artístico en el campo de concentración significaba para ellos preservar su dignidad de seres humanos.

Richard von Weizsäcker, Presidente de la República Federal de Alemania, en una carta dirigida a la Filarmónica Checa con motivo del primer festival recordatorio de la música de Terezín, escribió: "El secreto de la salvación está en recordar". Qué emblema para recordar es la maravillosa hazaña de los músicos que dignificaron su vida y la de los que compartían su trágico destino. Qué manera ejemplar de vencer el poder de los tiranos. Y qué ejemplo para nosotros hoy, aquí en Chile, cuando el arte se ha transformado en producto, en mercadería y su valor se mide en pesos. Recordemos lo dicho por Von Weizsäcker. No olvidemos que el arte es la esencia del humanismo. Tratemos -con el ejemplo de Terezín presente- de recuperar el rol originario del arte, que así como salvó a las víctimas del nazismo en ese campo de concentración de la indignidad en la que sus carceleros trataron de sumirlos, puede contribuir a salvarnos -y especialmente a las generaciones jóvenes- de una existencia sin sentido, dominada por el consumo, que a la postre también tiene como resultante una humillación deshumanizadora.

Creo que no está de más informar al lector, para acercarlo a los hechos, que 14 de mis parientes cercanos, abuelos, tíos y primos hermanos, pasaron por Terezín. Sólo dos de ellos, una tía y una prima sobrevivieron.

 

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