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vol.59 issue204Juan Javier Rivera Andía y Dávila Franke (eds.). Músicos en los Andes. Testimonios y textos escritos de dos músicos del valle de Chancay (sierra de Lima). Lima: Pontificia Universidad Católica de Perú, 2005Música para guitarra de Víctor Biskupovic. CD. Patricio Ruiz Tagle (guitarra). Valdivia: Instituto de Acústica, Universidad Austral de Chile/Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y FONDART, 2004 author indexsubject indexarticles search
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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.59 no.204 Santiago Dec. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902005020400014 

 

Revista Musical Chilena, Año LIX, Julio-Diciembre, 2005, N° 204, pp. 131-132

 

RESEÑAS DE FONOGRAMAS

La Isla de los Muertos. CD multimedia. Composición musical colectiva sobre un texto de Manuel Zúñiga. Grupo instrumental-coral La Desooorden (Alfonso Banda, guitarra; Rodrigo González, batería y percusión; Peter Pfeiffer, saxofones; Francisco Martín Subercaseaux, bajo y piano; Benjamín Ruz, violín; Fernando Tagore y Karsten Contreras, voces: canto, recitación y narración). Valdivia: Estudios RAF/Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y FONDART, 2004.


Este conjunto musical nació hace 11 años como una banda de rock. Sin embargo, en el transcurso de estos años y con el testimonio de sus dos grabaciones anteriores, se observa una progresiva influencia de otros géneros musicales, tales como el jazz, la música tradicional y la contemporánea. De esto se podría concluir que estamos frente a un grupo orquestal-vocal clasificable, tal vez, como rock-fusión. Esto no sólo por las influencias musicales, sino, además, por la gran cantidad y variedad de instrumentos de diferente origen que incorporan a su quehacer, particularmente en el área de la percusión y también a la inserción de sonidos de la naturaleza, los que en el caso de este CD están grabados directamente en la playa y el bosque sureños. Con el montaje en el escenario y la grabación de su tercera obra, La Isla de los Muertos, el grupo estudiantil, que se iniciara en la Universidad Austral en Valdivia en 1994, ha evolucionado hacia un estadio superior de la creación musical, conceptualmente de una gran seriedad artística. Actualmente todos sus integrantes son profesionales y varios de ellos viven y trabajan en otras ciudades del sur, pero se reúnen en Valdivia regularmente con gran perseverancia y puntualidad, ya sea para ensayar, realizar presentaciones en la ciudad o giras a diferentes puntos del país, que en diversas ocasiones han culminado en Santiago. La otra característica, que los hace diferentes a grupos similares, es su notable capacidad técnica en el manejo de sus instrumentos. Si bien no son egresados de conservatorios regulares, con excepción del violinista _incorporado al conjunto para los efectos de esta obra_ todos tienen estudios en buenas academias privadas o con profesores competentes, y varios han realizado estudios de instrumento y armonía en la Escuela Nacional de Arte en Cuba. Ellos han ido creciendo como queda demostrado al escuchar sus anteriores obras grabadas: El monstruo de 7 cabezas (2001) y Ensayo (2003), ambas en CD digital.

La Isla de los Muertos se presentó en enero pasado en Valdivia y Chiloé, y en Santiago en la Sala SCD del Mall Vespucio, en abril de 2005. La presentación pública del disco en todas estas ocasiones va acompañada de un montaje teatral que, sin alcanzar la calificación de teatro musical, está en camino de ello. De todos modos, además de la escenografía y la iluminación, incluye un sobrio vestuario y hay algunos desplazamientos en escena, especialmente de los cantores-narradores.

La música, una creación colectiva sobre el texto poético homónimo, fue compuesta, al igual que en anteriores producciones del grupo, mediante prácticas de conjunto. Cada uno de los integrantes realiza proposiciones que se pulen, modifican y armonizan hasta ser grabadas en cinta. Estos trozos, una vez corregidos, son incorporados a la obra en gestación para, finalmente, ser llevados a su soporte definitivo, el disco compacto, en grabación de estudio.

La Isla de los Muertos se basa en un texto del poeta chilote Manuel Zúñiga, quien en sus versos narra la escalofriante historia de los hechos ocurridos entre 1903 y 1906 en el territorio cedido por el Estado de Chile a la Compañía Explotadora del Río Baker _actual XI Región_ que terminó con la muerte de una cantidad indeterminada de personas, de 100 a 200, entre hombres, mujeres y niños. En este caso fue la totalidad del "enganche" de hacheros chilotes y sus familias, llevados hasta la remota región de Caleta Tortel, donde una vez realizado el trabajo habrían sido asesinados para no pagarles el salario acordado. La versión que circula con más fuerza es que se les habría envenenado el pan. Para esto se entregó al panadero del campamento una sustancia que debía agregar al amasijo de harina. De esta manera el causante inocente de estas muertes, paradójicamente fue el propio "baker", panadero en inglés. Los cadáveres de estos infortunados fueron sepultados en una isla del delta del río Baker, próxima a Caleta Tortel, conocida por ello como la Isla de los Muertos. Las crecidas del río durante el siglo transcurrido fueron desenterrando y llevándose a muchos de estos muertos hasta el mar. De allí la imprecisión sobre la cantidad de ellos. Aun cuando nunca se haya conocido la causa de estos fallecimientos simultáneos, la historia es verídica. Hoy día yacen 30 muertos en el destartalado cementerio con algunas cruces de buena madera de ciprés, para señalar el lugar de la tragedia.

Está aún pendiente la revisión histórica de la explotación y los crímenes contra aborígenes y obreros por el hombre blanco en las inmensas estepas patagónicas y en tantos lugares ubicados en remotas islas del austro chileno. El poeta Zúñiga, a través de su verso encantado, rodeado de misterio y envuelto en las brumas y lluvias del sur, nos va develando una de estas historias que los jóvenes artistas de La Desooorden han trasladado a la música para ser cantada. Así, ellos tratan de ajustar cuentas revelando uno de los muchos episodios de engaños, traiciones y crímenes que ensombrecen la historia del hombre en nuestras tierras australes.

La obra tiene once partes que corresponden a cada uno de los cortes de la grabación. Nueve de ellas tienen letra y dos son instrumentales. Desde el primer corte, que corresponde a la introducción, la obra posee una gran fuerza dramática que se mantiene a lo largo de todo su desarrollo con una gran simbiosis entre texto y música, aparte de los sonidos incidentales logrados con grabaciones directas de la naturaleza y cantos de ave, así como con la serie interminable de instrumentos de percusión. Son notables los efectos ambientales logrados con la "tabla" o las "latas" hindúes, junto al "trompe", la "trutruca", el "bombo legüero" y el "palo de agua", todo bien conjugado con los instrumentos convencionales acústicos y electrónicos y las voces cantadas o recitadas.

Los coros, junto a los solistas vocales, van desgranando la historia en versos que juegan con una fantasmal vuelta a la vida de esos cadáveres a través de la música y el recuerdo de su trágico destino.

"… ¿y qué pasó?... ¿cómo murieron?
¿Fue escorbuto?, ¿fue hambre?
¿Un barco que se hundió?
¿…veneno?
"… si fueron 50, 70, 112 o 200 no importa,
la isla es de los muertos".

Los sugerentes versos avanzan en la historia en forma un tanto intrincada, metafórica y surrealista en la voz de los cantantes y recitadores o del coro general. Ellos desarrollan el texto sobre un fondo rítmico rico y variado, en el que emergen los instrumentos melódicos que se suman al mensaje verbal. La base rítmica sobre la que se teje la historia, en lo oral e instrumental, está dada en la más diversa gama de ritmos, que oscilan desde el "tempo di valse" hasta los de 6/8 y 7/8, siempre al servicio del carácter de la narración dramática. La grande y completa batería de jazz, más el aditamento de instrumentos de percusión, presente a lo largo de toda la obra, tiene en el percusionista Rodrigo González un ejecutante que aumenta los kilates del conjunto. Muy bueno el guitarrista Alfonso Banda, tanto en guitarra eléctrica como acústica. El bajista Martin Subercaseaux, que también incursiona en el piano, posee un gran talento rítmico y es base indispensable en el andamiaje armónico y rítmico. La parte melódica tiene su puntal en Peter Pfeiffer en saxofones alto, tenor y bajo, aportando intensidad melódica y en ocasiones apoyando al ritmo con singular maestría. El violín de Benjamín Ruz, músico invitado, aporta melodía y sentimiento al mensaje dramático general, y logra amalgamarse al grupo agregándole otro color. Los cantantes Contreras y Tagore, además de buenas voces y cabal afinación, son ágiles y versátiles. Su contribución es fundamental dentro del mensaje musical y declamativo e indispensable para la comprensión de la obra, a lo que se suma su buen desempeño actoral en las presentaciones en vivo.

La Isla de los Muertos, junto con narrar la historia de esta tragedia ignorada, como muchas ocurridas en el sur profundo, demuestra en su versión teatral, tal como en la discográfica, la capacidad creativa musical en una forma, si se quiere, alternativa, pero no por ello menos válida e interesante.

 

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