SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.60 issue206Signos del tiempo y la memoria. Obras orquestales (1965-2000)Marta Sánchez Cerani ( 1923-2006) author indexsubject indexarticles search
Home Pagealphabetic serial listing  

Services on Demand

Journal

Article

Indicators

Related links

Share


Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.60 no.206 Santiago Dec. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902006000200013 

 

Revista Musical Chilena, Año LX, Julio-Diciembre, 2006, N° 206, pp. 128-129

IN MEMORIAM

Patricio Bunster (1923 - 2006)

Patricio de perfil

En algún momento descubrimos que Patricio Bunster era de perfil. No es que estuviera de perfil en algún momento determinado, era en esencia y permanentemente de perfil. Esta percepción no proviene de los fugaces encuentros que tuvimos en el Instituto Nacional. En aquel tiempo (años 1941 o 42) él estaba por egresar del 6º de Humanidades. Yo, nosotros, éramos más chicos, estábamos a tres o cuatro años de distancia, en aquel tiempo, sideral.

En su curso había tres personajes ilustres siempre unidos como los tres mosqueteros, a quienes sus profesores consideraban llamados a los más altos destinos. Eran Adolfo Bañados, José Venturelli y Patricio Bunster. Los veíamos figurar y actuar en el doméstico escenario del colegio con desevoltura sobrehumana. Escribían y publicaban caricaturas recíprocas en el Boletín del Instituto Nacional y se permitían (o les permitían) hacer y publicar caricaturas de profesores como don Gustavo Fernández, "El Pito" Fernández, un jorobado de gran estatura y extremidades larguísimas, casi una caricatura per se, maravilloso profesor de historia y geografía que, cuando hablaba de historia, iba recorriendo la geografía y viceversa.

Después de egresar y rendir bachillerato, Patricio se convirtió rápidamente en primera figura del Ballet de la Escuela de Danza, fundada en 1941, que cuatro años después se transformó en el Ballet Nacional. En esos tiempos se crearon la Orquesta Sinfónica y el Teatro Experimental de la Universidad de Chile. Era la época del Frente Popular y del entrañable "Don Tinto", el Presidente Pedro Aguirre Cerda. En ese mismo período ocurrió otro acontecimiento artístico: la visita del Ballet Jooss y su temporada en el Teatro Municipal en 1940, a la que asistimos desde el gallinero del Teatro Municipal, con la viva sensación de descubrir un nuevo lenguaje en el ballet, capaz de hablarnos de nuestras inquietudes actuales y de someter a crítica el mundo, muy lejos de la danza tradicional, tan cortesana y artificiosa, bailada en puntas de pies por bailarinas vestidas de repollo. (La belleza de aquel ballet sólo pudimos apreciarla sus buenos años más tarde).

Para Patricio Bunster el descubrimiento del Ballet Jooss fue trascendental: significó nada menos que el descubrimiento de su vocación más profunda. Era para él un tiempo de búsqueda y de elección de su camino. Le interesaban muchas cosas. Por ejemplo, la arquitectura, disciplina que estudió durante cinco años y que dejó cuando sólo le faltaban las pruebas finales. Lo cierto es que lo suyo fundamental era la danza. Así lo descubriò y lo decidió, no sin contrariedad y oposición de su padre, don César Bunster, que deseaba para su hijo una profesión más seria.

Patricio ingresó en la escuela de danza de Ernst Uthoff desde su comienzo. Allí completó su formación, la que completó con actuaciones en todas las coreografías de los ciclos de ópera entre 1942 y 1945. Llegó a ser uno de los bailarines más destacados de la compañía profesional. Bailó todos los papeles importantes, como Coppelius en Coppelia. Lo vimos como la Muerte en La mesa verde, figura terrorífica, obsesionante, que se avanzaba con movimientos de robot amenazantes y expresaba con cada uno de sus pesados pasos su carácter implacable y fatal. Sentíamos la actualidad del mensaje político de aquel ballet (eran los años que el mundo vivía bajo la amenaza de guerra nuclear): una sátira sañuda de aquellos diplomáticos y políticos burgueses que gesticulaban en torno a la mesa verde de una negociación interminable mientras permitían que la Muerte continuara su avance.

Ya por entonces descubrimos que era de perfil. Y, además, en un escorzo agudo. Patricio parecía simultáneamente estático y en movimiento. A partir de 1951 fue invitado a integrar el Ballet Jooss como solista en numerosas giras por Europa: Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza y Gran Bretaña. Luego siguió estudios intensivos en Londres con el maestro de la danza moderna Sigurd Leeder, experiencias decisivas para su formación y su maduración plena, que iba a expresarse ampliamente en su creación coregráfica original.

Al parecer, era más fácil (o más accesible) en aquellos tiempos asistir en el Teatro Municipal a los estrenos musicales y de ballet. Rara vez nos perdimos alguno de importancia. De paso adquirimos una cierta educación en la danza, disciplina notablemente ausente de la formación liceana tradicional. Nos conmovieron coreografías suyas como Calaucán, con su fuerte latido latinoamericano en la música del mexicano Carlos Chávez, sus retorcimientos convulsivos y su mensaje de fuerzas primordiales que parecía venir de ancestros subterráneos. Y Surazo de Ginastera, y el excitante juego rítmico jazzístico de Capicúa 7/4 de Brubeck, cuya música escuchábamos una y otra vez en casa.

A través de amigos comunes y del partido común, esto es, Comunista, me fui convirtiendo a partir de los años 50 en amigo de Patricio Bunster y de su esposa de entonces, Joan Turner. Fue el escritor costarricense Joaquín Gutiérrez quien nos amigó, como a tantos otros, en su casa, en torno de su mesa o en su interminable tertulia de la Librería Nascimento. Una noche (esto lo he contado en otra parte) se celebraba el cumpleaños de Joaquín en su casa de la calle Eduardo Castillo Velasco. Una fiesta alegre y muy regada, en la que Carlos George Nascimento, gordo y bigotudo, se sacó los zapatos, se arremangó los pantalones, se puso un chullo en la cabeza e interpretó un disparatado baile incaico, mientras sostenía en las manos un chuico sacramental. El dueño de casa bailó un tango arrabalero con Elena, su mujer, y después el baile se hizo general. Entonces por primera vez vi bailar a Joan. La música era un bolero, o talvez una rumba o una guaracha. No se podían despegar los ojos de ella. Es que no bailaba de manera "normal", según el aburrido un-dos-tres de los bailes chilenos de salón. Ella bailaba con todo el cuerpo. No había en sus movimientos nada exagerado, pero su manera de mecerse, palpitar y expresar desde las entrañas, de manera total, el contenido sensual de aquella música y el goce del baile, paraba los pelos, producía escalofríos y un deseo casi incontenible de acercarse a ella y sumarse a la danza. No lo hice, maldita cortedad nacional.

Patricio y Joan nos enseñaron con sus cuerpos en movimiento lo que es en esencia la danza, lo que tiene de expresión instintiva, de goce animal. Patricio fue, además de intérprete extraordinario, un creador genial de bailes individuales y colectivos.

Por otra parte, parece que era bueno para todo. No cabe duda de que habría sido un estupendo arquitecto, si hubiera continuado en ese camino. Ya se dijo que era un dibujante excepcional. En los años 90, de regreso del largo exilio, nos dejó con la boca abierta con sus actuaciones en películas chilenas como La Frontera, El Chacotero sentimental y Sub-Terra.

En los últimos años nos vimos con frecuencia en las sesiones de directorio de la Fundación Víctor Jara. No se puede olvidar su perfil, él era de perfil, con aquella gran nariz coreográfica, su barba en punta, su sonrisa frecuente y, sobre todo, su mirada infinitamente pícara y cómplice y sabia.

José Miguel Varas

Premio Nacional de Literatura 2006

 

Creative Commons License All the contents of this journal, except where otherwise noted, is licensed under a Creative Commons Attribution License