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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.61 n.208 Santiago dic. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902007000200019 

 

Revista Musical Chilena, Año LXI, Julio-Diciembre, 2007, N° 208, pp. 111

IN MEMORIAM

Carlos Riesco: una amistad en la proximidad y distancia

Nuestro vínculo con la música me mantuvo siempre cerca. Nos encontramos en ese oficio en Chile. Fue el comienzo de nuestra amistad, décadas antes en que el cambio de siglo nos sorprendiese en dos hemisferios distintos, cuando un mal progresivo e indómito, que parece haber sobrellevado con valentía, comenzaba a arrebatarle la vida; lo que tuvo lugar hace unos días atrás.

Escribo hoy recordándolo en la distancia aún mayor de donde él ahora se encuentra, ese pasado que subsiste en mi memoria, como una amistad obstruida por la separación geográfica. A este amigo -Carlos Riesco- lo he tenido siempre presente tal como le conocí: jovial, con sentido del humor, generoso, fiel a sus ideas como músico, con un dejo de franco chilenismo, abierto a comprender y ayudar a sus colegas.

Conservo en mi memoria su Sonata p?lv?l piano que me dedicó, obra bien construida dentro de la orientación neoclasicista que hasta entonces había dominado en su creación. Y en ese mismo espacio estilístico se expresó en otras dos composiciones, que también recuerdo con afecto, su Concierto p?lv?l violin y orquesta y su ballet La Candelaria. Sin ser innovadoras, se distinguen éstas por su frescura y sólida técnica, adquirida especialmente en sus estudios con el Maestro Humberto Allende en Chile y luego con Nadia Boulanger en París.

No hay progenie que explique su dedicación a la música. Sus inmediatos consanguíneos se han descrito a sí mismos como poseedores de oídos tardos. Esto posiblemente los apartó de manifestarse espontáneamente abiertos a su obra, aunque siempre he sabido que al observar su temprana afición, su padre le procuró un piano y costeó sus primeros estudios.

Los verdaderos estímulos los recibió de algunos colegas, como Alfonso Letelier y especialmente de Domingo Santa Cruz que lo incentivó como compositor y le proveyó trabajos que le costearon sus gastos de subsistencia, sin que tuviese que recurrir a la fortuna familiar.

Carlos conocía mucha música. En el aula de Nadia Boulanger había penetrado en profundidad en el siglo XX, desde Ravel y Stravinsky adelante. Sin embargo, no poseía una técnica analítica bien desarrollada, ni un vocabulario abundante para expresar sus conocimientos. Imagino que esto lo apartó de dedicarse a la enseñanza. En el pasado de nuestra amistad, tampoco observé que fuera un lector asiduo.

Murió al cabo de una vida de muchos reconocimientos y éxitos, incluyendo el haber recibido el Premio Nacional de Artes Musicales el año 2000, y del desempeño de elevados cargos administrativos.

A pesar de los años en Chile, que los recuerdo de una presencia diaria en mi casa y actividades, un virtual silencio suyo siguió después, desde mi partida con mi familia a Estados Unidos en 1961. Carlos ciertamente no era un hombre que practicase con facilidad el género epistolar. Esto para mí fue motivo de una constante aflicción. No obstante, los sentimientos de mi amistad subsistieron en continuidad y sin daño en lo esencial a través de todos estos años, y hoy son parte de mis recuerdos.

Juan Orrego-Salas
Bloomongton, Indiana, USA
jucar@webtv. com

 

 

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