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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.61 no.208 Santiago Dec. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902007000200020 

 

Revista Musical Chilena, Año LXI, Julio-Diciembre, 2007, N° 208, pp. 111-113

IN MEMORIAM

Fernando Rosas (1931-2007)

"Tardará mucho en nacer, si es que nace,
un andaluz tun claro, tan rico de aventura
".

Palabras del poema de Federico García Lorca ante la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías. Fernando Rosas Pfingsthorn, nada tenía de andaluz, pero sí mucho de torero y la imposibilidad de replicar su personalidad es un hecho indiscutible.

¡Qué vida la de Fernando, tan rica de aventura! Desde sus primeras empresas musicales, enfrentó vitalmente los desafíos de imponer la cultura musical en el país. Su actuar no dejó impávido a nadie, desde particulares sensibles hasta el propio Estado, quienes se rindieron frente a su elocuencia.

Lo conocí en 1965, cuando juntos abordamos la coordinación de los repertorios en un delirante festival internacional de coros en Viña del Mar. Eran más de cincuenta coros (sólo de Argentina vinieron más de quince) y había que seleccionar obras y lugares de actuación. Fueron, literalmente, días enteros en que poníamos las piezas del ajedrez: ¿Cuánto dura Bendita Sabedoria de Villa-Lobos y en qué lugar hacemos el concierto? "Ese coro quiere hacer el Magnificat de C. Ph. E. Bach, sería un indudable aporte, pero no trae orquesta, la exige y necesitan cuatro ensayos". "¿Dónde incluimos al Coro de Niños Cantores de Córdoba?". "Ese coro de Lima trae una cantata masónica de Mozart, que se puede acompañar con piano, pero en ese lugar no hay...". Esto, multiplicado por cien, y los comentarios de Fernando al respecto son irreproducibles aquí.

Hicimos buenas migas de inmediato, me impresionó su pragmatismo exento de futilidades o rebuscamientos y su gran conocimiento musical. "Don't worry", era su expresión favorita y aunque el Festival fue un caos, creímos haber cumplido nuestra tarea y sirvió para iniciar una estrecha relación.

En los días inmediatos a su muerte y antes, con ocasión del otorgamiento del Premio Nacional de Arte, mucho se habló y escribió sobre su aporte iluminado para la creación de la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles, cuyas consecuencias son un hecho estadístico y cualitativamente fundamental para el alma de Chile. Pero quizás no se ha destacado lo suficiente su aporte como músico, en particular su labor frente a la Orquesta de Cámara de la Universidad Católica de Chile. Más allá de las giras nacionales e internacionales y los reconocimientos, hubo temporadas pioneras y aportes innovadores sólo equiparables a la transformación musical que impulsó en su momento Domingo Santa Cruz o que en el ámbito teatral se produjo con la creación de los teatros universitarios y la renovación sustancial de la escena chilena.

Todos deben recordar los programas que, además de un repertorio barroco hasta esa fecha no suficientemente explorado, incluyeron primeras audiciones en el país de autores nacionales y extranjeros y los Festivales de Música Contemporánea en el Instituto Goethe. La Orquesta de Cámara, integrada por los mejores profesionales del medio, fue un referente ejemplar y demostró, ante oídos asombrados, que con determinación y audacia se elevaba el estándar de lo que en Chile se podía hacer cuando se disponía de buenos músicos con un director y gestor incansable al mando.

Entre muchas, en Fernando había una cualidad única: la desmistificación de su propia persona y de la autoridad, fuera política o empresarial. Sus ideas claras -y hay que decirlo, su estatura- le permitían irrumpir en las oficinas, solicitar recursos y plantear proyectos que sacaba adelante contra viento y marea, tanto, que a veces se podía dudar sobre quién era realmente la autoridad, si el que pedía o el que concedía. Igualmente presencié, en tiempos oscuros y difíciles para el país, arrojados y justicieros discursos que no medían los evidentes riesgos que enfrentaban los que desafiaban a la autoridad dictatorial. Todos fuimos testigos de su actitud cuando algunos de sus músicos fueron exonerados de la Universidad por razones políticas. Aunque nadie quiso tocar a Fernando, él, en un acto de generosa solidaridad, hizo causa común con ellos y renunció voluntariamente.

En la personalidad de Fernando hubo rasgos difíciles de imitar. A raíz del Premio Nacional de Arte, no pueden olvidarse sus declaraciones frente a la prensa cuando les contaba a los periodistas, sin pudor ni hipocresía, que si bien era honrosa la distinción, en esa etapa de su vida más importante era el dinero que recibiría. Otra vez la desmistificación, ahora respecto de sí mismo. Aquello que nadie se atreve a decir, aunque lo piense, él lo declaraba transparentemente, sin remilgos, sin miedo a una crítica que, por lo demás, quedaba desarmada frente a su franqueza.

La academia fue también objeto de sus desvelos. Transformó el Departamento de Música de la Universidad Católica de Valparaíso en una Escuela e impulsó una formación rigurosa en el Instituto de Música de la Universidad Católica de Chile, que se ha mantenido firme hasta hoy. Incontables son los intérpretes que se han formado en sus aulas y que dan vida, profesionalmente, a la música en Chile y el extranjero. La Orquesta de Cámara era el centro de la acción del Instituto y Fernando cumplía un doble rol, como Director de la Orquesta y del Instituto, es decir, los temas profesionales y los académicos aparecían indisolublemente unidos.

Un dato personal: gracias a él, tomé contacto con el maestro Martín Stephani, quien fue su profesor de dirección en Detmold, Alemania, y se convirtió en mi propio maestro. Ahí se podía comprobar y entender en parte su posición frente a la música. Stephani era un humanista y Fernando, junto con su sentido práctico, manejaba una visión cultural en la que, sin duda, sus estudios de Derecho y Filosofía desempeñaron un importante rol. Más de alguna vez se le oía opinar sobre el sentido místico en la obra de Bach, Bruckner o Messiaen, o sobre las influencias ideológicas y comprometidas de otros autores. Fernando nunca ostentó sus conocimientos y dada esta cualidad, no dejaban de resultar sorpresivas esas repentinas y contundentes opiniones que iban más allá de las notas.

Fernando Rosas, más que un director con una técnica acabada, era un comunicador de la música, hacia los intérpretes que trabajaban con él y hacia el gran público. Comunicar de esa forma, es hacerse uno con el compositor y la partitura y transmitir entusiasmo; no es sólo oír la música sino obedecer a ella, transmitiendo a los demás esta actitud de sometimiento. Fernando siempre se inclinó ante la música y quiso que todos participaran de ese convencimiento y de su propia alegría. No se cansó de redescubrir permanentemente sus obras predilectas y después de haber dirigido una vez más un Mesías, expresaba su asombro, como la primera vez: "Esta obra no se termina nunca de conocer".

Cómo omitir su rol decisivo en la formación de la Agrupación Beethoven, junto a Adolfo Flores, y posteriormente en la Fundación del mismo nombre. La actividad de Fernando, arriba de los escenarios, se vio reforzada con las ondas de la Radio Beethoven, que subsiste hasta hoy a pesar de múltiples avatares. La radio llenó un vacío evidente y cuando estuvo en peligro su existencia, fue Fernando quien, aunque ya no formaba parte de la emisora, con voz tonante salió en defensa de uno de sus proyectos más queridos. Cómo olvidar las temporadas internacionales del Teatro Oriente, de su creación, en las que gracias a la alta selección de los invitados extranjeros, a la ciudad de Santiago se le permite una vez al año creerse a la altura de las grandes capitales musicales.

Fernando logró ser una figura nacional que instaló un inédito concepto: un músico convocador de multitudes. Sus conversaciones directas con masas de niños yjóvenes, fuera de todo protocolo y apelando sólo a su vitalidad en torno a la causa que lo enamoraba, hacían de él un tribuno y un modelo de comunicación. Un niño, de no más de diez años, dijo al término de las honras fúnebres en la Catedral: "Yo vine a tocar porque don Fernando nos quería mucho y nosotros a él. Por eso quiero ser músico".

Es probable y deseable que surjan continuadores de su labor, pero no se trata simplemente de la vara alta que él dejó; mucho más que eso, es constatar que su medida fue única, por su particularísimo modo de ser. Indudablemente, los que vengan también harán gestión y conseguirán apoyos, pero no de la manera como él lo hizo. Tal vez las formas cambien, otros podrán ser más ponderados y exitosos, pero el modelo Rosas permanecerá como irreemplazable, no intercambiable, aislado en su originalidad y grandeza.

Entre las muchas distinciones recibidas, tal vez la que más significación tenga sea la Medalla Héroe de la Paz, otorgada por la Universidad Alberto Hurtado. Revela una gran visión de esa institución: la de unir la música con la paz. Los que están en la actividad musical, consciente o inconscientemente saben que en última instancia el arte refina y convierte a los hombres en "buenos ciudadanos de la Polis", como habrían dicho los griegos. Sólo hombres pacíficos y educados en la paideia son pilares de un Estado sólido. Fernando fue educado integralmente y llegó a ser pilar de la vida cultural chilena. Dios quiera que su obra permanezca para contribuir a la instauración de la paz entre nosotros.

Jaime Donoso Arellano
Facultad de Artes, Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile
jdonoso@uc.cl

 

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