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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.62 n.210 Santiago dic. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902008000200016 

Revista Musical Chilena, Año LXII, Julio-Diciembre, 2008, N° 210, pp. 87-88

RESEÑAS DE FONOGRAMAS

 

Gabriela Mistral/Hernán Ramírez. CD. Obras de Hernán Ramírez sobre textos de Gabriela Mistral, intérpretes varios. Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Fondo para el Fomento de la Música Nacional. 2008.

A cincuenta años del fallecimiento de nuestra Gabriela, el Dr. Hernán Ramírez recoge algunos versos de la poetisa que ha musicalizado en el transcurso de su dilatada trayectoria como compositor, en un repertorio variado que nos transporta entre los dispares universos del dolor y la angustia, la maternal ternura y el ludismo infantil. Participan en esta producción, realizada con apoyo del Fondo de Fomento de la Música Nacional, la soprano Paula Elgueta, los pianistas Manuel Montero y Michael Landau, la Orquesta de Cuerdas y el Coro Femenino de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, los directores Pablo Alvarado y Boris Alvarado y, por supuesto, el propio Hernán Ramírez en la interpretación al piano de sus Canciones de cuna.

Un primer momento del disco está marcado por el universo del dolor, con textos que han logrado especial significado para el autor. Desolación (1922) marca una presencia importante en la selección de obras musicales.

En La espera inútil, op. 100, el autor plasma la dolorosa angustia de la pérdida que inunda el poema, recurriendo a elementos aleatorios y a un inteligente uso de los colores instrumentales. La línea de la soprano se somete a la potente expresividad del texto, y se trabaja en un estilo declamatorio que no logra, sin embargo, perder su cualidad melódica. Obtiene con ello un lamento que se adecúa muy bien a la sensibilidad de los versos, y que se erige en la marca estilística del canto a lo largo del disco. El grupo instrumental hace eco de esa carga emotiva creando una atmósfera densa y oscura, que envuelve más que acompaña, lo que intensifica el efecto dramático de la pieza.

Sensaciones semejantes producen el Nocturno, op.80, en que la poetisa clama a un Dios ausente que deje caer sobre ella la muerte y la libere así del sufrimiento y Cima, op. 74, con el sangrado arrebol sobre las montañas del Valle del Elqui que refleja las angustias de un corazón desgarrado. Con una mayor presencia espacial de las cuerdas y una variedad de recursos sonoros enjuego se logra que, pese a su instrumentación más austera, Nocturnoy Cima disten de aparecer empobrecidos en relación a La espera inútil.

Las dos obras compuestas por encargo de la connotada pianista y profesora Elvira Savi son piezas intensas e interpretativamente complejas. El piano aparece acá en constante tensión, la que es especialmente notoria en Balada, op. 122. En El amor que calla, op.88, Ramírez permite a la voz una relativa libertad para la elaboración del ritmo y, por ende, un mayor control de la prosodia por parte de la intérprete, mientras que en la partitura del piano aparecen pasajes de improvisación.

Miedo, op. 133, escrita también para soprano y piano, expresa el sentimiento de una madre que proyecta el inminente alejamiento afectivo de su hija. Su lenguaje es diferente a las anteriores piezas. Rompe con la atmósfera apesadumbrada que predomina en la primera sección del disco y nos prepara para oír las Cuatro canciones de cuna, op. 132. En ellas el piano se repliega hacia armonías más suaves, acogedoras y emotivas, con pasajes que, en el particular estilo de Ramírez, evocan al Zjerf romántico e incluso sugieren ciertos dejos impresionistas. En Apegado a mise encuentran reminiscencias de anteriores musicalizaciones del poema, que con inteligencia se reelaboran en el lenguaje de Ramírez. Rocío anuncia en su introducción el carácter de la siguiente pieza.

Las Jugarretas, op. 110, para coro femenino y piano, son cinco piezas breves, de fácil y amena audición, cuyas armonías corretean homorrítmicamente sobre el vivaz jugueteo del piano, haciendo justicia al nombre del ciclo. El color y la ligereza del coro femenino contribuyen a remarcar el aire lúdico de la obra donde, como siempre, se observa una cuidada representación de los textos.

Las obras para piano que cierran el disco, agrupadas en los ciclos, Siete secuelas para piano, op. 120, y Preludios obsesivos, op. 131, están interpretadas por Manuel Montero. Consisten en episodios breves en los que, en gran medida, se repite la atmósfera tensa cuasi frenética de la Balada y El amor que calla, sobre todo en el segundo ciclo. Acá se encuentra una rica elaboración musical, llena de complejidades, en la que se entretejen con maestría diversos tratamientos que exploran una amplia gama de sonoridades.

El disco se desarrolla con fluidez y delicadeza en los diversos estados por los que transita. Una constante en la música son las exigencias técnicas que se imponen a los intérpretes, las que son sólidamente resueltas por ellos.

Es dable lamentar los errores en la preparación de la carátula, de la que el autor ha dispuesto una versión corregida en su página (http://hernanramirez.com). Contiene interesantes comentarios personales que ayudan a poner en contexto las piezas con indicaciones sobre su creación y, de paso, dejan entrever algunas problemáticas del medio musical en nuestro país. Incluye además las apreciaciones del compositor Gustavo Becerra-Schmidt, maestro de Ramírez, sobre su audición de algunas de las piezas incluidas en el disco.

Más de seis décadas de trayectoria del compositor se cristalizan en este homenaje a la poetisa. Con creatividad y oficio el maestro Hernán Ramírez ha poblado el universo musical chileno con más de ciento treinta obras escritas. Su calidad lo ha posicionado entre los autores vivos más importantes de nuestro país y, por supuesto, como una figura referencial para la academia.

Nicolás Masquiarán D.
Universidad de Concepción, Chile.
zigurun@gmail.com

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