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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.62 n.210 Santiago dic. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902008000200019 

Revista Musical Chilena, Año LXII, Julio-Diciembre, 2008, N° 210, pp. 89-91

RESEÑAS DE FONOGRAMAS

 

Santiago Vera-Rivera. Compositor chileno. Obras de orquesta, cámara, coro y solistas, período 1977-1994. 2 CD. Intérpretes diversos. Santiago: Academia Chilena de Bellas Artes del Instituto de Chile, SVR Producciones Limitada, ABA-SVR-900000-14, 2008.

El disco doble Obras de orquesta, cámara, coro y solistas, período 1977-1994, del compositor chileno Santiago Vera-Rivera, pertenece a la serie Música de Concierto Chilena y tiene sin lugar a dudas un carácter antológico. El autor ha dividido su contenido en obras doctas y populares, representadas igualitariamente con un disco cada una. Llevan por subtítulo el apelativo de aires, una palabra que nos remite a una esfera coloquial, quizás más cercana con lo folclórico y lo popular. Así, los aires doctos, como Vera-Rivera titula al primero de los discos, tiene la virtud de acercarnos casi familiarmente a esta selección, comentando la génesis y circunstancias de cada una de las obras, entrelazadas con rasgos biográficos de su formación musical, en el librillo que acompaña al registro. Me detengo en este punto, porque interesa destacar las estrategias, las señales que ha usado un compositor como Santiago Vera-Rivera, para ofrecer su producción musical, o, en otras palabras, como ella es transmitida y comunicada. En los tiempos en que la composición era considerada mayormente como un oficio en el mismo nivel que las artesanías, los compositores no hablaban de sí mismos ni de sus obras. La sobriedad luterana impedía que un Bach o un Buxtehude se refiriese al quehacer de su arte y sólo tenemos excepciones cuando los italianos del temprano barroco, en breves introducciones de obras, daban algunas pistas de su pensamiento musical, tal como aconteció con Giulio Caccini, en la introducción a la Nuove Musiche o del mismísimo Claudio Monteverdi en muchos de sus escritos. En el clacisismo es fundamentalmente la correspondencia de Haydn, Mozart y Beethoven la que nos puede dar pistas de cómo ellos se veían a sí mismos. Pero el ideario romántico ya produce un cambio, como lo atestigua ese simpático libro que el mismo Héctor Berlioz tituló Mis memorias. Desde ese momento hasta nuestros días, acelerándose con la llegada del siglo XX, los compositores se han atrevido a abrir a sus congéneres su ideario estético, y lo han hecho con mucha elocuencia como es el caso de Stravisnky en su Poética musical o Ligeti en numerosos escritos donde ha plasmado brillantemente su estética musical. Valoramos entonces el texto que acompaña al disco, el cual incluye también fotografías que ilustran diversas etapas en la formación y vida profesional de Santiago Vera-Rivera.

La paradoja prosigue en la temática de cómo un compositor se dirige a una audiencia potencial. Los autores del pasado eran escuchados por sus contemporáneos, incluso con intervenciones entusiastas, a viva voz, de estos últimos en los conciertos. Ellos realmente componían para un público ansioso de escuchar las más recientes obras. Sin embargo, este interés, más que una paradoja, parece ser un mito inventado para desprestigiar la producción actual ¿Acaso la audiencia de una Schubertíada no era un pequeño y cerrado círculo de la elite de la Viena del siglo XIX? La gran población, estratificada social-mente mucho más claramente que hoy no participaba ni menos conocía de la existencia de un Schumann o de un Brahms. En nuestros tiempos existe la radio, el disco y el INTERNET para democratizar el acceso a la creación contemporánea. Sin embargo, parece que se abre un abismo entre la masa e incluso el llamado público de concierto, que mayoritariamente acepta a la música del pasado en desmedro de la producción actual. Las razones para este divorcio, acápite que abordaré sólo tangencialmente, tiene muchas explicaciones. Estas abarcan desde aquella que asume que la anterior supremacía del serialismo hasta los años 50, instaló la imagen de una música compleja, rígida, carente de melodía, hasta aquellos que señalan el agresivo ingreso de la música comercial y la influencia del trust económico, manejando los gustos populares. Frente a esta disyuntiva, un autor podría asumir dos posiciones. Una es la del aurista, esto es, el compositor que compone sin preocuparse del receptor y a través de qué medio recibirá su producción. La otra posición es la del creador como un agente activo y facilitador para que su mensaje sea conocido por sus contemporáneos. Y de estos últimos es Santiago Vera.

Aquí es imposible no referirse a la iniciativa que Santiago Vera tuvo al impulsar, en agosto de 1987, la creación de un sello discográfico cuya finalidad era "promover, estimular, difundir y editar fonográficamente la música docta chilena y latinoamericana", aventura que desde sus inicios contó con la abnegada colaboración de su esposa, la señora María Angélica Bustamante. En la página web del sello SVR, se puede leer las razones fundamentales que motivaron la creación del sello: "dar a conocer el arte musical que permanece en las sombras" y promover una "verdadera democracia musical". Esta idea, que podría haber sido otra quijotada químicamente pura, logró sin embargo sostenerse exitosamente, acompañada por la coincidencia que supuso el incremento de las políticas públicas de apoyo a la cultura y el arte a través del FONDART A poco más de 20 años de su creación, SVR puede mostrar una producción consolidada, que permite que bibliotecas públicas, escuelas de música, establecimientos educacionales y centros culturales diversos y medios de difusión, puedan acceder a la adquisición de la única colección en serie de autores e intérpretes chilenos. Para ello cada disco de SVR ha contado con los mejores estándares técnicos, tanto en el proceso de grabación y masterización requeridos, como en el diseño, arte y las respectivas traducciones del texto que completan cada disco compacto.

El registro reseñado demuestra la versatilidad de su autor, quien no tiene pudor para incluir un repertorio, que ocupa un disco completo, con los aires populares que se comentaban al inicio de esta reseña. Con ello, Santiago Vera ingresa al exiguo grupo de autores chilenos que se han atrevido a trabajar tanto en lo docto puro como en aquella producción que se recrea con raíces populares y folclóricas. La veta popular y la raíz folclórica de Santiago no tiene misterios, ya que él mismo se encarga de rememorar en el librillo del disco sus inicios musicales de niñez y de juventud, especialmente en la Escuela Normal José Abelardo Núñez, componiendo sus propias canciones, tocando guitarra o cantando en un cuarteto vocal. Estos, sus "recuerdos del pasado", parafraseando el título del libro de Vicente Pérez Rosales, nos hacen reflexionar acerca de la importancia que revisten las improntas musicales de la niñez y la adolescencia, hecho del cual no escapamos ninguno de quienes hemos dedicado nuestra vida a la música y al arte en general. Es igualmente un recordatorio de que los aprendizajes de la música pueden provenir tanto de la educación formal como de aquellas prácticas que se han denominado como educación extracurricular y que, al parecer, son cada día más preponderantes. A pesar del nombre genérico que, al menos en el país se da a la composición y práctica de la música clásica de nuestros días, es más asertivo y riguroso definir que todas las músicas, sean ellas de tradición oral o escrita, tradicionales, populares o eruditas que se practican en el mundo actual, son músicas contemporáneas.

Todos los afanes de Santiago Vera Rivera, como compositor actual, debe yuxtaponerlos con inquietudes profesionales que lo han llevado a pertenecer a sociedades diversas, tales como el Comité Permanente del Pequeño Derecho de Autor, al directorio del Consejo de la Música, al capítulo chileno del CIM, UNESCO, a la secretaría y luego presidencia de la Asociación Nacional de Compositores del período 1987-1988, a la secretaría de la Academia Chilena de Bellas Artes, asumiendo luego la presidencia de esta entidad hasta la actualidad. A ello se suma la de director del Departamento de Música de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), presidiendo además la Asociación de Directores de Carreras Musicales. Toda esta incesante actividad profesional aparece como una metáfora de la variada producción musical de nuestro autor y que ha sido brillantemente plasmada en el disco que ha originado el presente comentario. "Turbinas, grillos y canarios" cantó en su momento nuestra Violeta, en portentosa síntesis de los afanes del ser humano en la búsqueda de su felicidad.

Octavio Hasbún Rojas
Profesor
Instituto de Música Universidad Católica de Chile, Chile.
ohasbun@uc.cl

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