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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.64 n.213 Santiago jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902010000100013 

Revista Musical Chilena, Año LXIV, Enero-Junio, 2010, N° 213, pp. 151-152

RESEÑAS DE PUBLICACIONES

 

María Elena Hurtado: Acario. El músico mágico. Santiago de Chile: RIL editores, 2009, 302 pp.

 

Pablo Neruda reconoció al compositor Acario Cotapos como "Un rebelde impenitente,/ que llegó al mundo / con su propio planeta, / y se puso a pasear por las ciudades, / abriendo las bodegas del sonido". Fue quien obedeció al llamado de la vida, con un corazón abierto a su música, a sus mitologías e invenciones, a los dictados de su imaginación, histrionismo y simpatía.

Se distinguió, por lo que acentúa su sobrina María Elena Hurtado en su libro, por haber sido un buscador infatigable de caminos, un acumulador de sonidos siempre conducentes a obras monumentales, en su mayoría sin terminar hasta el momento de caer en manos de un director de orquesta, de un pianista u otro concertista, que hechizado —no sólo por la partitura, sino por la descripción verbal del compositor— las dieron a conocer al público. Me son familiares algunas Fantasías, Preludios o Sinfonías Preliminares y otras especies que llamó óperas, música que se vació de un título a otro y que pocas veces llegó a existir en el mismo lugar, sino en el último instante antes de su estreno. Sin embargo, las partituras inconclusas, desbordantes de sonidos, los libretos, guías de acción teatral y coreográfica, expresaron siempre una motivación singular y de una imaginación que, sin ser la de un "dadaísta", es comparable con la de los más destacados innovadores del siglo XX. En las Américas y Europa, los ejemplos de Várese, Revueltas y Ivés aún parecen insuficientes.

El libro de María Elena Hurtado me ha permitido recordar a mi colega Acario con profundo afecto: pequeño, retaco, con su cara risueña, mirada afectuosa, siempre con un papel en la mano para defenderse de los microbios, limpiar el teclado del piano o tomar las perillas de las puertas, que consideraba contaminadas con sustancias enigmáticas. Nunca hablaba mal de nadie o despectivamente de las obras de sus colegas que podía suponerse que no eran de su gusto. Recuerdo que en el ensayo de una obra muy derivativa que se presentaba por primera vez en un concierto, expresó: "Esta me parece haberla escuchado antes". Se le dijo que ello no era posible porque era su estreno. "De ninguna manera puede suponerse un plagio —agregó—, porque siendo de un compositor de su categoría, conocimientos y honestidad sólo puede decirse que es una desviación de sueños, que a los más grandes suele sucederle".

La escritora describe muy bien y con muchos ejemplos el inagotable sentido del humor de su tío, que motivó el que García Lorca dijese que Acario le había enseñado a reírse de sí mismo.

La autora de este libro se aparta de dar opiniones técnicas sobre las obras de su tío-compositor. En cambio cita al respecto las de otros músicos, inserta partes de sus libretos, menciona fechas de estreno en diferentes países, nombres de los intérpretes yjuicios de la crítica. Y es así como, libre de mencionar escuelas, tendencias, órdenes y estilos, destaca algunas que no se olvidan, tales como El pájaro burlón, Voces de gesta, Felipe el árabe, sus Cuatro preludios y Sonata fantasía, hasta Balmaceday Semíramis, junto con las que no alcanzaron a existir, como Sol Verde. Nos lleva por el camino de los éxitos de este compositor en Estados Unidos, Francia, España, Argentina, Chile y otros lugares del planeta, con tanta sustancia como la que emplea en el relato de la vida de este compositor, desde su nacimiento en Valdivia, en 1886, hasta su muerte en Santiago, en 1969, después de haber padecido por algunos años los quebrantos físicos producidos por un accidente automovilístico. De esto se desprende fácilmente el valor de un legado pletórico de imaginación y genio, el de una obra singular que existió vaciándose en otras del mismo compositor o reclamando su propia singularidad.

María Elena Hurtado ha escrito un libro ameno que le revive recuerdos tiernos de su tío, como las invenciones con que la entretuvo siendo una niña, sentada en su falda. Además, su relato incluye el exilio del compositor y su familia balmacedista, después de la Revolución de 1891. Asimismo, menciona la pobreza en que vivió el compositor hasta recibir de sus amigos y colegas el regalo de un departamento en Santiago, con vista al Cerro Santa Lucía y a los Andes, su muerte en casa de Zaida Arias, su criada, en el barrio Recoleta, y la compañía con que en todo momento contó, ya sea en el recuerdo o en la presencia, de compañeros como Pablo Neruda, García Lorca, Alfonso Leng, Pablo Picasso, Buñuel, Messiaen, Juan Gris, Vicente Huidobro y tantos otros.

Es de esperar que el ejemplo de este libro se sume al de Mi vida en la música, de Domingo Santa Cruz, editado por Raquel Bustos, y sirva para que en Chile sigan produciéndose y publicándose estudios sobre tantos compositores que han sido parte de una realidad reconocida más allá de nuestras fronteras, cuyas obras permanecen durmiendo en los estantes de una biblioteca y desconocidas por cantidades de chilenos.

Juan Orrego-Salas
Universidad de Indiana,
Bhomington, Estados Unidos
jucar@ciswired.com