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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.64 n.213 Santiago jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902010000100018 

Revista Musical Chilena, Año LXIV, Enero-Junio, 2010, N° 213, pp. 157-158

IN MEMORIAM

 

Becerra y los de 1925

 

El año 1925 fue generoso para la música chilena. Nacen entonces cuatro compositores, aunque de naturaleza muy diferente, de méritos dignos de ser considerados. El 23 de agosto nace en Temuco Gustavo Becerra, uno de los más grandes del siglo XX en Chile. A él se agrega el 8 de marzo Darwin Vargas, oriundo de Talagante —tierra de artesanías—, místico y reflexivo, cuya obra aún se conoce poco. El 26 de ese mismo mes, en Santiago, se suma Claudio Spies quien, desde muy joven, es apreciado como estudiante y profesor en Estados Unidos, cuya pequeña producción casi no se conoce en su país natal. El 23 de diciembre, en Santiago, nace Carlos Riesco, creador de rigurosa técnica, tradicional discurso y gran espontaneidad. Dos de éstos han sido agraciados con el Premio Nacional de Arte, Becerra y Riesco.

A Becerra lo conocí de adolescente en la sala en la que el maestro Pedro Humberto Allende recibía colectivamente a sus alumnos, en el segundo piso del Conservatorio Nacional de Música, en la Calle San Diego. Ahí llegaban semanalmente Alfonso Letelier, Rene Amengual, Pedro Núñez, Armando Urzúa, yo y otros. A ninguno dejaba de sernos evidente cómo el profesor distinguía a Becerra, y también el interés de los trabajos que presentaba en cada lección, los que ya en esa temprana edad revelaban no sólo un talento excepcional, sino que una sorprendente capacidad para desarrollar sus ideas.

Su formación académica en la música se inició a los 10 años, a la que muy pronto agregó la de un inteligente autodidacta y pensador, capaz de descubrir por sí mismo los más ricos cauces de la técnica, el análisis y la composición. Llegó así a reunir un vasto y surtido catálogo de compositor, distinguirse como un profundo pensador en la docencia e investigación y, además, desempeñarse durante un tiempo en el espacio de la administración. Muchos de sus alumnos, activos hoy, se han destacado en la creación musical de Chile y tres de ellos han sido reconocidos con el Premio Nacional de Arte, Fernando García, Cirilo Vila y Miguel Letelier.

A los 25 años ya había escrito un número importante de obras que incluían música incidental para el teatro, composiciones para instrumentos solistas y conjuntos de cámara, un hermoso Concierto, para violín y orquesta, y el Cuarteto N° 1, para cuerdas, de sus siete obras de este género que, tal vez, representan su contribución más profunda a la música.

Sus viajes por Europa, pocos años después, le abrieron las puertas hacia nuevos horizontes en la didáctica de la composición, que formuló en sus escritos sobre "Crisis de la enseñanza de la composición en Occidente", ocho artículos publicados sucesivamente en los números 58 al 65 de la Revista Musical Chilena, de los años 1958 a 1959.

Produce un torrente de composiciones que parecen no excluir género alguno, desde su temprano neoclasicismo, pasando por el empleo de técnicas politonales y dodecafónicas, de fusiones con la tradición popular, procedimientos aleatorios hasta el empleo de los medios electroacústicos. En éstas y mucho más, se expresa dentro del espacio de una estética muy personal, afines a las motivaciones que le proveen sus ideas, en el momento histórico y sociopolítico en que le toca vivir.

La obra de Gustavo Becerra merece ser estudiada en profundidad y extensión, como lo han sido en Iberoamérica las de Heitor Villa-Lobos, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas o Alberto Ginastera, por sus contribuciones a la música más allá de sus propias fronteras geográficas. La de Becerra es difícil conocerla en su totalidad dadas las dimensiones de su catálogo. Aun con esta limitación, me es posible destacar de épocas diferentes de su creación —además de su Concierto, para violín y orquesta— su Sonata N° 2, para guitarra; su Sonata N° 5 para violoncello y piano; sus Cuartetos de cuerda N° 4 y N° 6; sus Sinfonías N° 1 y N° 2; su Concierto para guitarra y orquesta, de 1964; su Concierto, para percusiones y orquesta, que enclava un mensaje de paz; su oratorio Macchu Picchu, sobre el poema de Neruda, como obras del más original discurso y factura, y un par de sus atrayentes canciones en el estilo popular escritas para el conjunto Quilapayún.

Juan Orrego-Salas
Universidad de Indiana,
Bhomington, Estados Unidos
jucar@ciswired.com