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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.67 no.220 Santiago Dec. 2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902013000200017 

RESEÑA DE FONOGRAMAS

 

Fernando Araque Gil. Música de cámara de compositores colombianos. 2 CD. Zulategi - Osorio. Medellín: Universidad EAFIT, Línea de Investigación en Musicología Histórica, 2009. 1:04:47'.

 


 

Continuando la colección de Música de cámara de compositores colombianos, este proyecto de la Línea de Investigación en Musicología Histórica ofrece un conjunto total de ocho piezas. Cinco de ellas son para piano, dos para piano y soprano, y la restante es para violín y piano. En esta oportunidad se trata de obras de Luis Miguel de Zulategi y Huarte, nacido en Pamplona (España) en 1898, y que muriera en 1970 en la ciudad de Medellín, en la cual residió desde mediados de la década de los años veinte, luego de abandonar el servicio religioso. Este fonograma nos presenta además una pieza del joven compositor antioqueño Juan David Osorio, cuyas obras han tenido acogida favorable no solo en su natal Medellín (Colombia), sino que también en América, Europa y Asia.

Las veintiún pistas que nos ofrece este fonograma son encabezadas por la tenaz interpretación de Blanca Uribe del Nocturno para piano de Zulategui, pieza que tiene un fuerte estilo romanticista que en casi siete minutos dialoga constantemente con recursos melódicos y armónicos que hacen recordar músicas españolas. Las cuatro partes de la Sonata para piano y violín (de 1942) de este compositor parecen la continuación lógica de esta muestra que continúa con una breve retrospectiva. Su Allegretto (1938) se enmarca en la forma sonata. Contiene pasajes muy líricos y dramáticos en los que se trabaja el motivo central de la pieza con variaciones que suceden en un diálogo vehemente entre piano y violín en el que hay secciones realmente interesantes. No obstante el dramatismo nos suena, en algunas escenas de este diálogo, exagerado. Esta exageración se refuerza con el final acelerado y fortísimo que -lo sabemos después- prepara el Larghetto con el que continúa la sonata. Este transmite melancolía y dulzura dentro de la forma canción. Si bien se advierte un fuerte carácter lírico en lo melódico, también hay secciones breves medianamente virtuosísticas a veces en el piano, y a veces en el violín, contra las cuales resaltan aquellas secciones que reiteran el motivo principal y aquellas más sosegadas. La simpleza del motivo temático es explotada por el compositor con recursos timbrísticos como las dobles cuerdas y armónicos además del paso de este motivo por cadencias tonales. El Minueto (Animato), a su vez, tiene un carácter clásico que contrasta con el romanticismo evidente en los otros movimientos de esta sonata. Sin embargo, la obra es bastante agradable y animada, las partes de ambos instrumentos se complementan sólidamente, pero por sobre todo, se hace evidente el sentido del humor y la creatividad del compositor. Finalmente, el Rondó funciona como colofón de la sonata Zulategi juega con la broma musical y recoge parte de los ambientes y pasajes expuestos en las otras piezas de la sonata, además del carácter de la narración que presenta entre el piano y el violín a lo largo de esta.

Desde los Andes, zortziko, también de 1938, es la última pieza de este disco que corresponde a su etapa más temprana. La primera audición de esta pieza la hace parecer simple. No obstante, al escucharla con más atención, se logra percibir ciertamente que hay complejidad tanto en la ejecución de la pieza como en el desarrollo del tema, que es elaborado a la manera de la danza vasca zortziko, en frases de ocho compases compuestos de 5/8 (3+2+2+3). Resulta muy interesante que la melodía del tema haya sido tomada del compositor colombiano Gonzalo Vidal Pacheco, amigo de Zulategi desde que este llegara a Medellín (1924), y que se trate precisamente de una reelaboración basada en una danza folclórica del lugar de procedencia de Zulategi. La siguiente pista, Hay un instante del crepúsculo, también da cuenta de la colaboración o vínculo de Zulategi con el medio artístico de la ciudad que lo recibió. Esta canción tipo lied, en la que el compositor recurre al poema del mismo nombre de Guillermo Valencia Castillo, es incluida como una muestra sólida de la influencia de la música clásica europea de la segunda mitad del siglo XIX, en particular de los creadores Cesar Franck y Gabriel Fauré.

Con la octava pista se inicia la presentación de un grupo de obras que son, a nuestro parecer, de lo más sugerente y atractivo del fonograma. Se trata de las Pequeñeces, piezas para niños de carácter didáctico que tienen -como dice Fernando Gil Araque en el librillo que acompaña esta edición- armonizaciones sugestivas, pero también melodías que aunque son sencillas tienen movimientos interválicos y rítmicos que, sin complejizarse excesivamente ni salirse del romanticismo que domina el estilo de Zulategi, constituyen breves divertimentos muy creativos. De estas llamaron especialmente nuestra atención Eulalia, que está basada en una sardana, y Marichu, que lo está en una melodía vasca. Para finalizar la colección de obras de Zulategi se presentan dos piezas cortas A Margoth, que consta casi exclusivamente de una melodía simétrica sencilla, y I like Schumann, una pieza acentuadamente romántica.

Por último, al igual que en el volumen anterior de esta colección1, se incluye en este disco una obra de un compositor formado en la escuela de música de la Universidad EAFIT que es la auspiciadora de este compilado. Juan David Osorio nos entrega en Simplemente, elaborada a partir del poema de Jorge Robledo, una muestra profunda de sus habilidades compositivas, que se manifiestan en un uso muy adecuado de los recursos musicales para reflejar efectivamente la tristeza y angustia de dos seres que se separan, y en la que los matices son usados de manera muy seductora.

Se debe celebrar que también en este volumen se continúe con la buena idea de presentar piezas de compositores jóvenes, junto con otras de compositores con trayectorias artísticas más asentadas. No obstante, en este fonograma uno resiente que sea tan poco el número de obras del compositor más novel. Por otra parte, la trayectoria de Osorio bien justifica la inclusión de más obras suyas, puesto que las que aparecen se perciben como apéndices poco conectados con el cuerpo mayor del disco.

La publicación de estas obras es realmente valiosa por dos motivos, además de aquel de reproducir creaciones a las cuales de otro modo el público general y especializado tendría muy pocas posibilidades de conocer. Primero, porque luego de su audición y la lectura del breve librillo que acompaña esta edición, queda una idea clara de la vida y obra de Zulategi, quien resulta por cierto un personaje que quizás deba ser revisitado por la historiografía musical colombiana, no solo desde un punto de vista estético, sino que también como parte del grupo de músicos europeos que emigraron a aquel país por diferentes razones y que hicieron parte de la formación moderna de la que suele llamarse música de arte colombiana. En este sentido es muy valiosa, por ejemplo, la interpretación de Blanca Uribe de una obra escrita por Zulategi para la pianista italiana Luisa Manighetti, formadora de instrumentistas en Medellín y Bogotá, entre los cuales se cuenta la misma Blanca Uribe. Por otra parte el documento deja entrever las vinculaciones entre estos músicos emigrados con los músicos nacionales, e instala la reflexión sobre cómo las músicas tradicionales no son usadas solo para reminiscencias nostálgicas del lugar de origen, sino que como elemento clave para conocer el estilo del compositor, y como puente entre este y su lugar de origen en el extranjero. Esta situación es compartida con otros como sucede con aquellas Pequeñeces -pistas 19, 18,17, 15, 10, 9, 8-, las que están dedicadas a los hijos de otros emigrados igualmente residentes en Medellín.

Para terminar, valga añadir que en el desempeño de los instrumentistas se nota la atención muy cuidadosa que se ha puesto a cada detalle de la obra y que no se encuentran escollos que técnicamente los intérpretes hayan sido incapaces de solucionar con el mejor de los criterios estéticos. Además de agradabilísimas, las interpretaciones de Juan David Mora Gaviria (pianista), Gonzalo Ospina (violinista), María Alejandra Velásquez Restrepo (soprano) y Juan Estaban Angulo (pianista) hacen buen mérito a la escuela de música de la Universidad EAFIT.

NOTAS

1 Reseñada por el infrascrito en RMCh, LXVI/217 (enero-junio, 2012), p. 87.

 

Antonio Tobón Restrepo
Historiador y musicólogo, Colombia
antonio.tobon@gmail.com

 

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