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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.71 no.227 Santiago jun. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/s0716-27902017000100170 

In Memoriam

Agustín Cullell Teixidó (Barcelona, 17 de junio, 1928 - Madrid, 20 de abril, 2017)

Luis Merino Montero1 

1Departamento de Música, Facultad de Artes, Universidad de Chile, lmerino@uchile.cl

La fecunda trayectoria de Agustín Cullell se vertebró en cinco grandes líneas a lo largo de su vida: la interpretación en el violín, la dirección de orquesta y conjuntos musicales, la del maestro formador, la del directivo superior y la del escritor acerca de la música y de músicos. Incursionó también en la composición; no obstante, según me confidenciara hace algunos años, no la prosiguió, porque sentía que no tenía un nivel de originalidad compatible con el gran rigor y exigencia de calidad en la música que fue la impronta de toda su existencia.

Llegó a Chile en 1936, “junto con otros refugiados españoles que enriquecieron la vida cultural del país”, de acuerdo con el académico de la Facultad de Artes profesor Hanns Stein. En el Conservatorio Nacional de Música estudió violín con el gran maestro Werner Fischer y composición con uno de los artífices de la institucionalidad musical de Chile, Domingo Santa Cruz. Integró el cuarteto de cuerdas del Conservatorio junto con otra gran figura también recientemente fallecida, el intérprete en violín Jaime de la Jara, además del intérprete en viola Abelardo Avendaño y el intérprete en violonchelo Jorge Román. Al término de sus estudios se integró al Conservatorio como profesor de música de cámara y conjunto instrumental, junto con ingresar como miembro de la Orquesta Sinfónica de Chile. Como director de la Orquesta del Conservatorio inició lo que sería una de las grandes cruzadas de su vida: la comunicación de la obra de los compositores chilenos al más alto nivel de excelencia.

Decisiva en su formación como director de orquesta fue la permanencia de un año y medio en Europa becado por la Universidad de Chile. A su regreso al país en 1959 había realizado estudios con el destacado director español Ataulfo Argenta, los que después de su trágica muerte prosiguió en San Sebastián, España, con Juan Gorostidi en dirección coral, continuó en Siena, Italia, con otro de los grandes directores orquestales de la época Alceo Galliera, y completó en Francia con los maestros parisinos Robert Fouriestier y Fernand Oubradous.

Por intermedio de Ataulfo Argenta, “le fue posible conocer el pensamiento de notabilidades en la Dirección Orquestal; sus particulares puntos de vista acerca de autores, obras, estilos, sus convicciones acerca del mundo musical de hoy; sus reacciones psicológicas y consejos frente a problemas determinados. Pudo valorar las bondades y defectos de las orquestas más representativas en cada país visitado con el maestro: Orquesta Nacional de España, Orquesta de Conciertos del Conservatorio de París, Orquesta de la Suisse Romande en Ginebra, Orquesta Sinfónica de Zürich, Orquesta Sinfónica de Nápoles, etc. Entre los Directores a quienes fue introducido gentilmente por Argenta, figuran en lugar destacado Ernest Ansermet, Karl Schuricht, Pierre Dervaux, Karl Münchinger, Franco Ferrara”.1

Con este magnífico bagaje realizó una significativa labor como director titular de dos de las principales orquestas del país: la Orquesta Sinfónica de Chile (1960-1962, 1991-1992) y la Orquesta Filarmónica de Chile (1965-1968). Célebre fue su participación con la primera de ellas en los Festivales de Música Chilena, en los que abordó con profundidad y musicalidad obras nacionales de los más variados estilos y orientaciones estéticas. Fue en esa época además que ejerció una importante labor formadora en la entonces Facultad de Ciencias y Artes Musicales, antecesora de la actual Facultad de Artes. Tuve el privilegio de asistir a sus clases de dirección orquestal, y apreciar de primera fuente su rigor y su pasión por la música, a la que nadie podía en verdad sustraerse.

Posteriormente actuó como director invitado de otras orquestas del país: la Orquesta de Cámara de Chile, la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil, la Orquesta de Cámara de Concepción y la Orquesta Sinfónica de Concepción. Su calidad y prestigio traspasaron las fronteras de Chile. Durante su exilio dirigió la Orquesta Filarmónica de Bogotá (1979-1982), además de la Orquesta Sinfónica del Valle en Cali, Colombia, y la Orquesta Sinfónica Nacional de Costa Rica (1982-1984). El mismo Agustín acota que en esa época reanudó sus “actividad como director invitado participando regularmente en temporadas de conciertos con diversas orquestas del continente, así como varias españolas”2. Además fue invitado a dirigir las orquestas sinfónicas de Columbia y de Charleston, en el estado de Texas, en Estados Unidos.

Su actividad como directivo superior la desarrolló inicialmente en la Universidad Austral de Chile, en la ciudad de Valdivia, en la que entre 1968 y 1973 se desempeñó como Decano de la Facultad de Bellas Artes, Director del Conservatorio y como Director de la Orquesta de Cámara. Las pesadas responsabilidades directivas inherentes a dichos cargos no fueron óbice para que continuara con renovado vigor la comunicación amplia de la música de los compositores chilenos y del continente americano, esta vez desde esta ciudad del sur de Chile.

Durante su exilio, la Universidad de Costa Rica lo designó catedrático en su Escuela de Artes Musicales, con la tarea de planificar y coordinar la labor del Departamento Instrumental y de Canto.3 En ese país tuvo además a su cargo la Dirección del Programa Orquesta Sinfónica Juvenil fundado en 1970, según él mismo lo señala de acuerdo con el “modelo importado de Chile desarrollado en La Serena por el malogrado músico y mártir de la dictadura, Jorge Peña Hen, muy pronto imitado en otros países”.4 Además asumió la Dirección del Centro Interamericano de Estudios Instrumentales, organismo internacional dependiente de la Organización de Estados Americanos (OEA) con sede en Costa Rica, donde se formaron numerosos músicos, que se han destacado en escenarios europeos y americanos.

Como escritor acerca de la música y músicos hizo gala de un nivel profundo de pensamiento analítico y ético, conjugado con un manejo acabado del español. Fue un colaborador permanente y decidido de la Revista Musical Chilena. En 1967 aparecieron sus sentidas palabras por la muerte de uno de sus grandes amigos, el intérprete en oboe y violonchelo Hans Loewe.5 En 1991 se publicó el discurso que pronunciara el 1 de octubre de ese año durante el homenaje que la Universidad de Chile rindió a Jorge Peña Hen, músico y mártir en las palabras del destacado humanista Miguel Castillo Didier.6 A contar del año 2000, otros significativos escritos fluyeron de su pluma: el obituario del compositor Eduardo Maturana fallecido en el exilio el 2003;7 sus recuerdos acerca del gran maestro y músico Cirilo Vila,8 del solitario pionero Acaro Cotapos,9 y de la Orquesta Filarmónica de Santiago al cumplirse su quincuagésimo aniversario,10 junto con su comentario acerca del estreno en Madrid el 3 de abril de 2006 del Concierto para arpa y orquesta del compositor y Premio Nacional de Artes mención Música (1971) Gustavo Becerra Schmidt.11

En estos escritos se advierte la visión de un historiador que repasa de manera crítica a músicos y conjuntos con lo que estuvo personalmente vinculado en un país como Chile, que constituyó su segunda patria. Esta visión se profundiza en dos ensayos y un libro escrito en Madrid durante el último lustro de su vida. En 2013 publicó en el volumen XXXII de Anales del Instituto de Chile su “Crónica del histórico conflicto que afectó a la Orquesta Sinfónica de Chile entre el 29 de abril y el 29 de diciembre de 1959” (pp. 135-150), en el que le cupiera una importante participación y que constituye un punto de inflexión en la historia de este importante conjunto. Este volumen fue editado por el compositor Fernando García (Premio Nacional de Artes Musicales, 2002) y presenta un conjunto de perspectivas concernientes a la música en Chile.

Para el volumen correspondiente al 2017 de estos Anales, el que aparecerá a finales del presente año, Agustín Cullell remitió otro enjundioso ensayo, en que aborda la “ruptura sin retorno [que] tiene lugar entre quienes son destinatarios del mensaje musical y quienes son sus autores” a partir de 1950. En estos dos ensayos se aprecia de manera palmaria los grandes méritos intelectuales y artísticos que propiciaran su nombramiento como Académico Honorario de la Academia Chilena de Bellas Artes del Instituto de Chile.

El libro fue escrito en colaboración con la musicóloga Raquel Bustos, aborda la figura de Armando Carvajal como un “artífice del progreso musical chileno”, y es objeto de una reseña de Fernando García en el presente número de la Revista Musical Chilena. Resulta muy significativa la conjunción entre Armando Carvajal y Agustín Cullell que se puede establecer a partir de este libro, porque si se piensa una línea cronológica de los grandes directores de orquesta históricos con que ha contado Chile, Armando Carvajal es el primero, Víctor Tevah el segundo e indudablemente Agustín Cullell es el tercero.

En otro escrito publicado en la Revista Musical Chilena en 2003, Agustín Cullell entrega un testimonio estremecedor de su vida como una cadena de procesos de exilio que se inicia con su partida de España, su forzada salida de Chile en 1973 a raíz del golpe militar de septiembre de ese año, su ulterior estada en Costa Rica y Colombia, seguidos de lo que él señala como “un regreso frustrante a Chile y finalmente la reinserción en mi patria de origen”, como un “ciudadano del exilio”.12 Durante toda esta vida de exilio contó con el apoyo inquebrantable de su esposa y fiel compañera Mirla Montero y de sus dos hijos, que actualmente residen en Madrid y Barcelona, respectivamente. Fue reconocido en su país natal mediante el otorgamiento de la Cruz de Caballero de la Orden del Mérito Civil otorgada por el Rey Juan Carlos I de España.

A este respecto, su esposa, hijos y nietos han hecho envío del siguiente testimonio:

“Agustín era una persona de enorme belleza interior, educado, distinguido, culto, responsable a toda prueba en todos los actos de su vida. Sus amigos, sus alumnos, y quienes le conocieron apreciaban de inmediato su bondad y su gran calidad humana. En el diploma que sus hijos y nietos le obsequiaron por su último cumpleaños, dice así:

‘Al mejor de los padres y al mejor de los abuelos que nos ha tocado en esta vida. Tus hijos Agustín Alfredo y Myrla Alejandra; tus nietos, Alejandro, Daniel y Rodrigo'.

Yo, su esposa Mirla Lidia, desearía encontrar las más bellas palabras para expresar como él se merece mis sentimientos y mi infinito amor, pero la tristeza y el gran dolor que llevo en mi corazón nublan mis pensamientos y solo puedo agregar con la más profunda emoción que le doy gracias por los más hermosos e inolvidables años vividos junto a él, con un inmenso amor”.

Con la partida de Agustín, se plantea el desafío de valorizar su macizo legado como músico ciudadano e integral, que se tradujo en la comunicación incansable de la música de los compositores chilenos y americanos en el país e Hispanoamérica. En un correo de 1 de mayo pasado, su esposa Mirla me escribe que “Agustín se dio a la tarea de rescatar de sus archivos, grabaciones de conciertos en directo que él dirigió con la Orquesta Sinfónica —creo no equivocarme—, desde los años 60”. Estas ascienden a 70 grabaciones reunidas en su página web, y en el siguiente link:http://agustincullellt.wixsite.com/agustincullell, un material que su esposa acertadamente califica como “histórico por la época y su contenido”.

En esta tarea se debe incorporar a los músicos jóvenes, en particular considerando que el legado de Agustín Cullell permanece vivo entre muchos de ellos. Al respecto, resulta pertinente evocar el trabajo que el destacado musicólogo José Manuel Izquierdo, recientemente doctorado en la Universidad de Oxford, publicara en la revista Resonancias, perteneciente al Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile, bajo el significativo título: “‘Al maestro con cariño'. Reflexiones sobre unas reflexiones de Agustín Cullell”.13 En similar tenor, el obituario escrito por el joven crítico Jaime Torres, publicado el 28 de abril de 2017 en http://elmuro.cl bajo el título “La partida de un gran maestro: Agustín Cullell Teixido”, considera a Agustín como un “maestro de gran solvencia musical e intelectual”, y concluye con el siguiente juicio: “Sin duda, [es] un maestro que dejó profundas huellas en el país que lo cobijó, y con proyecciones a gran parte de Latinoamérica”.

La valorización de su legado es el mejor homenaje que podemos hacer a su memoria.

1S.f., “Agustín Cullell y sus estudios de dirección orquestal en Europa”, RMCh, XIII/64 (marzoabril, 1959), p. 94.

2Agustín Cullell, “Alguna vez en Chile”, RMCh, LVII/200 (julio-diciembre, 2003), p. 105.

3Ibíd., p. 104.

4Ibíd., p. 105.

5Ibíd., “Palabras para Hans Loewe”, RMCh, XXI/99 (enero-marzo, 1967), pp. 111-112.

6Ibíd., “Homenaje a Jorge Peña Hen”, RMCh, XLV/176 (julio-diciembre, 1991), pp. 5-8.

7Ibíd., “Eduardo Maturana (1920-2003)”, RMCh, LVII/200 (julio-diciembre, 2003), pp. 133-134.

8Ibíd., “Recordando a Cirilo Vila. Exégesis alrededor de un viaje”, RMCh, LIX/203 (enero-junio, 2005), pp. 54-57.

9Ibíd., “Mis recuerdos de Acario Cotapos: personajes y episodios olvidados de una época”, RMCh, LXII/209 (enero-junio, 2008), pp. 56-60.

10Ibíd., “Rescatando la memoria olvidada cuando se ha cumplido el 50° aniversario de la Orquesta Filarmónica de Santiago”, RMCh, LIX/204 (julio-diciembre, 2005), pp. 93-97.

11Ibíd., “A propósito del estreno absoluto en Madrid del Concierto para arpa y orquesta de Gustavo Becerra-Schmidt”, RMCh, LX/206 (julio-diciembre, 2006), pp. 92-26.

12Ibíd., “Alguna vez en Chile”, RMCh, LVII/200 (julio-diciembre 2003), p. 104, 108.

13Resonancias, XVI/31 (noviembre, 2012), pp. 5-7. El trabajo de José Manuel Izquierdo se refiere al siguiente escrito de Agustín Cullell: “Sobre Roberto Duncker (1870-1946)… y algo más. Mis recuerdos sobre un gran maestro de piano, hoy olvidado, durante la primera mitad del siglo XX en Chile”, Resonancias, XVI/31 (noviembre, 2012), pp. 9-14.

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