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Revista musical chilena

Print version ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.72 no.229 Santiago June 2018

http://dx.doi.org/10.4067/s0716-27902018000100169 

In Memoriam

María Elena Guíñez Quevedo (Carahue, 16 de agosto de 1930 - Santiago de Chile, 2 de diciembre de 2017)

Patricia Díaz-Inostroza1 

1Facultad de Artes, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile. patidiazi@gmail.com

Ha desaparecido una gran voz. Cuando eso ocurre un país entero debiera detenerse, pues un artista que traspasa el umbral de lo cotidiano y se yergue como signo único de lenguaje sensible –parafraseando a Heidegger– rompe el silencio del ser y comunica al mundo el sentido de la (su) existencia. La soprano chilena María Elena Guíñez ha muerto el último mes del año, y con ella parte de una generación que hizo escuela en el canto lírico nacional.

La conocí a fines de la década de los setenta. Profesora de canto, en ese entonces, de un curso de verano junto con otro destacado músico forjador de generaciones: Guido Minoletti. Se trataba de un acercamiento al trabajo educativo de la voz y la dirección coral en la Escuela Moderna de Música que dirigía la formidable pianista y pedagoga Elena Waiss.

Acogedora y amorosa; atenta, prolija y profunda al escuchar. Poseedora además de aquel humor que no deja de advertir cualquier situación inesperada graciosa o ridícula por insignificante que fuese. En eso tenía cierta cercanía con su maestra Clara Oyuela.

Si bien María Elena no actuaba con la severidad de la otrora soprano argentina, sí compartían esa inteligencia que se denota con el uso fino de la ironía en las ocasiones justas y precisas. Ella irradiaba por momentos esa felicidad que la música confiere a quienes la aman.

María Elena Guíñez nace en los albores de la década del treinta en Carahue, ciudad sureña que en 1966 la nombra Hija Ilustre. Aproximadamente en 1952 ingresa al Conservatorio Nacional de Música cuya cátedra de canto estaba a cargo de quien hoy es una leyenda de la lírica chilena, ya mencionada: Clara Oyuela Supervielle. Con ella aprende y hace suya la técnica de canto que la maestra creó luego de sus experiencias con Ninon Vallin y Editha Fleischer. Es así como tempranamente participa en las obras La Serva Padrona (Pergolessi) y L'enfant et les sortileges (Ravel) dirigidas por la Oyuela y donde Sylvia Soublette protagoniza el rol de El niño en el segundo caso.

El compositor Miguel Aguilar le dedica su Sonata N° 2 para piano y también sus obras vocales. Se casan en Concepción.

En agosto de 1956, con ocasión del bicentenario de Mozart, el Ballet Nacional Chileno creado por Ernst Uthoff y Malucha Solari, realiza el montaje de Bastián y Bastiana de W.A. Mozart, la ópera ballet Les Petit, un histórico momento del ballet del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile. En la ocasión María Elena Guíñez y Hernán Würth participan con las voces de los protagonistas.

Termina sus estudios en 1960 y viaja becada a Austria donde se perfecciona en la Academia de Viena y luego en Italia, en la Academia Nacional Santa Cecilia en Roma. Estudia ópera con el eximio director italiano Tullio Serafin y música de cámara con Giorgio Favaretto, relevante pianista experto en canto de concierto y guía de importantes voces internacionales femeninas.

Permanece seis años en Europa y es contratada profesionalmente para actuar en Alemania en los teatros de Ulm, Bonn, Dusseldorf y Colonia, donde además graba la obra completa de Anton Webern para la radioemisora de esa ciudad. Más adelante hará lo mismo con la obra del compositor contemporáneo Karlheinz Stockhausen.

En 1965 obtiene el segundo lugar del Concurso Internacional de Canto en Bélgica. De regreso a su país en 1966, se presenta en el Teatro Municipal de Santiago en un concierto oficial junto al pianista Dieter Zechlin; y en la ópera El Barbero de Sevilla en el rol de Rosina. Ese mismo año, con el Ballet Nacional dirigido por Uthoff actúa en el Teatro Colón de Buenos Aires en la obra Carmina Burana, recibiendo extraordinarias críticas de la prensa argentina. Al año siguiente vuelve a ser solista en la temporada oficial de concierto junto con la Orquesta Filarmónica de Santiago dirigida por Héctor Carvajal.

A fines de la década debuta en Estados Unidos con un recital en la ciudad de Washington, y es contratada en 1969 por la Universidad de Indiana como integrante del elenco de ópera y asistente de la profesora Margaret Hashwa. Dos años después, convocada por la Juilliard School, audiciona junto a 368 destacados cantantes de diversas nacionalidades para tener el privilegio de estar entre los 25 seleccionados a las clases magistrales que impartiría María Callas, la gran diva griega.

María Elena fue la única cantante latinoamericana elegida en lo que se denominó “The Lyric Tradition” y que hoy representa uno de los legados de la Callas al ejercicio operático. En estas sesiones, que duraron dos semestres, la soprano chilena interpretó Ah! fors e lui che l'anima y Addio del passato, arias de la ópera La Traviata de Giuseppe Verdi. La participación de la Guíñez no pasó inadvertida, lo que se observa en el artículo del experto norteamericano Paul Thomason: “…A medida que las clases continuaron y se desarrolló una relación entre algunos de los estudiantes y Callas, algunos trataron de bromear con ella. Pero Callas tenía muy poco sentido del humor. El único momento verdaderamente divertido que recuerdo fue cuando ella estaba trabajando con una joven soprano de Violetta en “Addio del passato” del último acto de Verdi La Traviata. El aria desgarradora termina con una frase de cinco notas que se repite cuatro veces, y la última vez sube a un la. La puntuación indica que la última nota debe cantarse muy, muy suavemente. Es bastante difícil de lograr. Callas, una de las grandes Violettas del siglo XX, quería que la cantante para “construir la tensión” (una frase favorita de ella), diera una repetición a la siguiente. Cuando la estudiante vacila, Callas comenzó a cantar el final del aria en voz alta. Un escalofrío recorrió el auditorio cuando la voz de Callas se elevó con seguridad. Luego las frases crecieron, exactamente como Callas le había pedido a la cantante que hiciera, llenándose con toda la desesperación de Violetta. Fue el ejemplo perfecto de la unión de palabras y notas, drama y emoción en un todo abrumador”1.

El articulista no menciona que el humor y la calidez presente en ese momento es generado por María Elena y denota una relación cercana entre la diva y su alumna. Este sentimiento fue muy valorado y atesorado por la Guíñez durante su vida, experiencia que comparte en aquellas conferencias de antología que dictó junto al operático Gonzalo Bustos en excelsos lugares, como la sala América de la Biblioteca Nacional y la Arrau del Teatro Municipal de Santiago.

María Elena permaneció en Nueva York cinco años actuando en el City Opera, Opera de New Yersey y North Bergen. También ofreció recitales en el Carnegie Hall de Nueva York. En 1974, luego de su retorno a Santiago, ejecuta el rol de Norina en Don Pasquale de Gaetano Donizetti, en el Teatro Municipal de Santiago. Al año siguiente se radica en Buenos Aires y actúa en el Teatro Colón y en el Teatro Argentino de La Plata con diferentes orquestas. Tras acrecentarse su enfermedad a la vista, la que comenzó en el sur siendo niña, su participación en los escenarios de la ópera se distancia. Estrena en Chile, en versión concierto, la ópera Wozzeck de Alban Berg, y Las Bodas de Igor Stravinsky; ejecuta el rol de Mlle. Jouvent en Adriana Lecouvreur de Francisco Cilea, en 1981, y Norma, en la función de la temporada de 1987 del Municipal. Considerada la Callas como la mejor en ese rol protagónico de la obra de Vincenzo Bellini, María Elena le dedica la que resultó ser su última actuación en los escenarios de la ópera.

Maestra de canto de las voces femeninas del Coro Profesional del Teatro Municipal de Santiago, y de alumnos que la recuerdan con admiración y melancolía, no concebía el ejercicio de la música sin una refinada preparación intelectual y cultural; dominaba varios idiomas acordes a la exigencia lírica, sin embargo, nunca se jactó de ello, como tampoco de su talento y trayectoria. María Elena Guíñez tal vez exageró en su modestia, su falta de ambición. Pudo haber llegado aún más lejos, pues, según la opinión de quienes la conocieron, la humildad ante sus dones y la generosidad para con los otros que buscaban alcanzar su técnica depurada y exquisita, le impidieron erguirse como una diva, mas, seguro que nunca fue ese su deseo, sino solamente cantar.

La ciudad capital sigue en su ritmo acelerado. Una voz excepcional se ha apagado y, al parecer, a muy pocos importa.

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