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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.74 no.233 Santiago jun. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902020000100181 

In Memoriam

Juan Antonio Orrego Salas (Santiago de Chile, 18 de noviembre de 1919 - Bloomington, Indiana, 24 de noviembre de 2019)

Luis Merino Montero1 

1Facultad de Artes, Universidad de Chile, Chile lmerino@uchile.cl

Sobre la base del amplio concepto de institución establecido hace más de treinta años por Alphons Silbermann, dos instituciones gravitaron decisivamente en el multifacético capital cultural de Juan Orrego-Salas. La primera de ellas fue su familia. Su padre, Fernando Orrego Puelma, de profesión abogado, se dedicó además al periodismo, participando activamente en la crítica musical. Su madre, Filomena Salas González, tuvo una relevante participación desde 1924 en el complejo proceso de plasmación de la vida musical chilena.

La segunda institución fue la Universidad de Chile, especialmente en el primer período histórico del proceso de institucionalización de la música entre 1928 y 1953, que se ha denominado como el del paradigma monoinstitucional. Dos figuras cumplieron un papel relevante en la dirección del proceso: Domingo Santa Cruz Wilson, decano de la Facultad de Bellas Artes entre 1932 y 1953, y el musicólogo español Vicente Salas Viu, exiliado en Chile desde 1939. Tres etapas se pueden distinguir dentro de este período. La primera de ellas se extiende entre 1928 y 1940, y tiene su foco principal en el cultivo de la música en la universidad desde una perspectiva académica. La segunda etapa, que se inició en 1940, estuvo orientada a respaldar mediante una ley de la república las actividades de su comunicación recurrente al público. Con la incorporación institucional de la investigación, hacia mediados de la década de 1940, se estableció de manera definitiva el tramado de la música en la universidad.

Junto con dos compositores de su generación, René Amengual Astaburuaga y Alfonso Letelier Llona, Juan Orrego Salas pudo tener una completa formación musical en el Conservatorio Nacional, adscrito a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile en 1928. Entre 1936 y 1943 cursó teoría de la música con Julio Guerra García, padre de la gran pianista Flora Guerra Vial, y piano con Alberto Spikin Howard, iniciándose en los aspectos básicos de la composición con un maestro de referencia en el país: Pedro Humberto Allende Sarón, con quien además estudiaron Amengual, Letelier, y muchos otros creadores chilenos. Además, Orrego Salas exploró con Santa Cruz materias complejas como el contrapunto, la historia de la música y el análisis.

Junto con los dos compositores de generación señalados, Orrego Salas estableció una vinculación con la universidad que se ha caracterizado como mayor. Poco antes de concluir su formación, fue nombrado profesor de historia de la música en el entonces Conservatorio. Además, desde este entorno institucional se le brindó todo el apoyo para el perfeccionamiento de sus estudios en Estados Unidos entre 1944 y 1946. Estos abarcaron la musicología con Paul Henry Lang y George Herzog, el contrapunto con William Mitchell, y la composición con Randall Thompson y Aaron Copland. De este modo, además de obtener una formación acabada en la composición, Orrego Salas fue el primer musicólogo chileno formado académica y profesionalmente como tal.

A su regreso a Chile, en este entorno universitario tuvo la oportunidad de desempeñar labores de dirección superior, y de contar con el apoyo para la circulación de su obra en el país y el extranjero, de acuerdo con los objetivos, políticas y acciones de estímulo institucional establecidos en esa época para la creación nacional.

En 1947 fue nombrado secretario del recientemente creado Instituto de Investigaciones Musicales, cuyo primer director fue Vicente Salas Viu. En 1949 sucedió a este último como director de la Revista Musical Chilena, dependiente a la sazón del Instituto de Extensión Musical, y con la que su madre había entusiastamente colaborado, desde la secretaría de redacción, en sus primeros años de existencia. Orrego Salas le imprimió a esta publicación un sello musicológico inspirado en la prestigiosa revista norteamericana The Musical Quarterly, que se mantiene vigente hasta hoy. Entre 1957 y 1959 se desempeñó como director del Instituto de Extensión Musical, dependiente de la Facultad de Ciencias y Artes Musicales de la Universidad de Chile. Al cesar en sus funciones asumió la dirección del Departamento de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile hasta 1961. Cumplió un importante papel en la institucionalización de la música en esta universidad, en el período de surgimiento en Chile del paradigma multiinstitucional durante la década de 1950. Siguiendo los pasos de su padre, Juan Orrego-Salas desarrolló en esta década una importante labor como crítico musical del diario El Mercurio (1950-1961), y prosiguió el cultivo de su doble calidad de profesor inspirador y conferencista de amplio vuelo intelectual.

En 1961 se radicó en Estados Unidos como profesor de la Universidad de Indiana en Bloomington. Con financiamiento de la Fundación Rockefeller creó, ese mismo año, el Centro Latinoamericano de Música en esa universidad, y en 1975 pasó a ser director del Departamento de Composición. La ingente labor académica y artística que desarrollara durante veintiséis años contribuyó de manera decisiva a un desarrollo de la música y la musicología en una perspectiva americana. En 1987 jubiló como Profesor Emérito para dedicarse exclusivamente a su labor como creador.

En sus propias palabras, su vida a contar de 1961 fue una cadena de partidas y regresos entre Chile y Estados Unidos. El alejamiento físico no le impidió mantener un vínculo intelectual, emocional y afectivo con Chile, que se reflejó en su vida, en la hermosa familia que constituyó con su amada compañera Carmen Benavente, y en una obra musical cargada de una sensibilidad amplia y siempre abierta a nuevas experiencias, pero anclada en su conjunto en la cultura chilena y latinoamericana. Nada de esta cultura le fue ajeno, desde sus ancestros hispánicos hasta sus complejidades sociales, políticas y religiosas en el siglo XX.

Desde la poiesis, explicó su cosmos creativo con las siguientes palabras: “Creo yo que mientras más vasta en la órbita ante la cual el artista se abra, más profundas serán las raíces de su arte y más nítidos los perfiles de su originalidad. Esta debe extenderse en el espacio cronológico, geográfico, cultural, social y humano. El artista sin raíces en el tiempo y en su suelo, el artista sin sueños, sin distancias, sin pueblo, sin la palabra de otros, sin compromisos, es un ser encerrado en su propio desierto”.

Para él la música constituyó “la expresión de una substancia emocional generada en el espíritu del creador”, estimulada por el amor y la convivencia con sus seres más queridos. De la emoción surgieron las ideas musicales que sirvieron de base a la organización de sus obras, las que plasmó de acuerdo con sus propios requerimientos formales. La fuerte incidencia de la familia en la génesis creativa de su música se trasuntó en forma tangible mediante las numerosas dedicatorias a su compañera de vida, a cada uno de sus cinco hijos, como también a su madre y hermana. Su profunda admiración por Mozart fue expresada con gran elocuencia en la dedicatoria y en la música de los Divertimentos op. 43 y 44 (1956). En términos cuantitativos su orientación creativa gravitó más hacia la música instrumental pura que hacia aquella con texto.

Fue un compositor completo. Cultivó la música instrumental solística, de cámara y sinfónica, la música coral y vocal, también de cámara y sinfónica, además de la ópera y de la música para el ballet, el teatro y el cine. Su catálogo superó las ciento veinte obras, y su aporte es doble: por una parte, a la cultura musical de nuestro país, en el que residió hasta 1961, y a la de Estados Unidos, donde falleció. Los textos que utilizó permiten tener una idea más precisa de su vasto cosmos creativo y de sus variadas inquietudes en el terreno de las ideas y del espíritu.

El Sexteto, op. 38 (1954) y el Cuarteto de cuerdas N° 1, op. 46 (1957) son dos de sus obras maestras. Las Canciones castellanas, op. 20 (1948), a base de poemas del Siglo de Oro español, son un logro sublime. Con El alba del alhelí, op. 29 (1950), se constituye en el primer compositor chileno que pone en música a poemas del afamado Rafael Alberti. Con la cantata América no en vano invocamos tu nombre, op. 57 (1966), se adentra por primera vez en la obra de Pablo Neruda, uno de los Premios Nobel que ha tenido Chile. Con la Missa in tempore discordiae, op. 64 (1968-1969), aborda por primera vez la poesía de Vicente Huidobro, en un gigantesco fresco que abarca tanto lo divino como lo humano. El gran drama chileno post-septiembre 1973, aflora en la Biografía mínima de Salvador Allende, op. 85, sobre un texto de David Valjalo (1983), y en la ópera Viudas, op. 101 (1987-1988), basada en la novela homónima de Ariel Dorfman.

Su ética como compositor tuvo como punto de apoyo la búsqueda constante de comunicación con el público. Al respecto declaró: “Cuando escribo, pienso en el público, y no para satisfacer sus preferencias conocidas, pero sí para entregarle una obra que traduzca con mayor claridad mis propósitos y, por lo tanto, que logre comunicar sin trabas el lenguaje de mis sentimientos”. Es necesario en tal sentido agradecer la ímproba labor de tantos artistas músicos que han impulsado la comunicación de su música en Chile, y que han contribuido a que obras como la Sonata, op. 9 (1945), Romances pastorales, op. 10 (1945), Variaciones y fuga sobre el tema de un pregón, op. 18 (1946), Canciones castellanas, op. 20 (1948), El alba del alhelí, op. 29 (1950), Cuarteto de cuerdas N° 1, op. 46 (1957), Esquinas, op. 68 (1971) y Variaciones serenas, op. 69 (1971), hayan circulado con relativa frecuencia en nuestro medio. De las restantes obras del catálogo del compositor, muchas han tenido una circulación escasa con posterioridad a su estreno, mientras que un número considerable es totalmente desconocido en nuestro país.

La calidad estética de su música, la dinámica constante de su trayectoria, y su apertura cada vez mayor hacia los problemas de la sociedad desde la perspectiva chilena y latinoamericana, junto con el conjunto de sus aportes a la música y a la cultura, fueron reconocidas en 1992 por el Estado de Chile mediante el otorgamiento del Premio Nacional de Artes Musicales. Este fue uno de los muchos galardones que obtuvo en su fecunda vida. Sin perjuicio de lo anterior, el mejor homenaje que se le podría brindar a esta personalidad ilustre, que se inició en la arquitectura y se desarrolló en la música, es un estudio que considere, aparte de la creación musical, las valiosas contribuciones de Juan Orrego Salas a la musicología, a la crítica musical, a la docencia y a la dirección superior. Esto, sumado a una circulación amplia de su obra creativa en Chile, permitirá a la ciudadanía aquilatar en su verdadera dimensión toda la valía de su legado.

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