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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.21 Valparaíso  1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54551999002100027 

BRAVO LIRA, BERNARDINO y CONCHA MÁRQUEZ DE LA PLATA, Sergio, Codificación y descodificación en Hispanoamérica Vol. I (Santiago, Universidad Santo Tomás, 1999), 333 pág.

El académico de la historia, catedrático y profuso escritor Bernardino Bravo Lira, auxiliado por el profesor Sergio Concha Márquez de la Plata, se ha dado a la ingente tarea de reunir en lo que próximamente serán dos tomos, una apreciable cantidad de trabajos en torno al acuciante tema de la codificación y la descodificación.

Consta esta auspiciosa obra, de la que conocemos hoy sólo el primer volumen, de una Introducción, escrita por Bravo Lira, relativa a codificación y derecho común en Europa e Hispanoamérica y la disociación de los derechos nacionales respecto del derecho común, a la que siguen dos partes, la primera, dedicada primordialmente a las personas de los codificadores, su formación y pensamiento, y la segunda, a un aspecto específico de la codificación, el del derecho civil, castellano -en cuanto escrito en lengua castellana- y portugués -en cuanto escrito en lengua portuguesa-.

En la primera parte, nos encontramos con un estudio, de carácter introductorio, de Bravo Lira, acerca de las relaciones entre la codificación europea y la hispanoamericana. Fijado el marco temático, sigue un análisis de la obra legislativa del mariscal Andrés de Santa Cruz, de Valentín Abecia Baldivieso, de la Academia de la Historia de Bolivia; otro, de la labor de Pedro II entre las grandes codificaciones imperiales, de Silvio Meira, romanista brasileño recientemente desaparecido; una comparación entre los pensamientos sobre codificación y consolidación de Bello y Freitas, de Alejandro Guzmán Brito, de la Academia Chilena de la Historia; la formación romanística de Vélez Sarsfield, del iushistoriador argentino Abelardo Levaggi y un estudio sobre romanismo y latinaomericanismo en el jurista panameño Justo Arosemena, debido a la pluma del romanista de igual nacionalidad Carlos Cuestas Gómez.

La segunda parte se refiere más particularmente, como se ha adelantado, a la codificación de una rama del Derecho, la del Civil, examinándose su devenir en diversas partes del mundo hispanoamericano. Una visión de conjunto es proporcionada por Bravo Lira, al referirse a la codificación civil en Iberoamérica y la Península Ibérica (1827-1917); luego, Carlos Ramos Núñez, historiador del derecho peruano, hace una aproximación al tema de la incidencia del Código Napoleón en el derecho hispanoamericano, y lo propio, desde una perspectiva portuguesa, realiza Antonio dos Santos Justo, catedrático de la Universidad de Coimbra. Por su lado, Alejandro Guzmán Brito, se explaya sobre las operaciones lógicas de Bello en el proceso chileno de codificación civil mientras que la mexicana María del Refugio González Domínguez, entrega unas notas para el estudio del proceso de codificación civil en su país entre 1821 y 1928.

La descodificación es uno de los más temas más recientemente abordados por la ciencia jurídica contemporánea. Forma parte de lo que, con razón o sin ella, se denomina hoy postmodernismo.

Al mentar el postmodernismo nos encontramos con una figura intelectual que provoca bastante desconcierto. Lo moderno, y su correlato, el modernismo, son expresiones demasiado vagas como para entregarnos un sentido unívoco, como lo ha mostrado cabalmente Julio Retamal Favereau en su discurso de incorporación a la Academia Chilena de la Historia hace ya varios años. Lo que es moderno hoy, no lo será mañana. Con todo, hay una creencia comúnmente compartida, que asigna la expresión modernidad al sistema de ideas amasado a partir del racionalismo, cuya más alta concreción se halla en la Ilustración. Al efecto, el profesor Bravo ha postulado desde hace ya bastante tiempo, el distingo entre una modernidad barroca y otra ilustrada: la primera conserva la visión teocéntrica del mundo y del hombre como personaje: por eso acentúa lo moral y lo jurídico en un sentido casuista como ha destacado Víctor Tau Anzoátegui. La segunda, reacciona contra todo lo que se aleje de la ley natural crítica que ella postula fundada en el intelecto individual, alejándose así del concepto escolástico de ley natural ínsita en la realidad de las cosas y apreciable por la razón humana orientada por la fe. No se limita a constatar lo que ofrece la naturaleza, sino que la trasciende, pasando del estado de naturaleza al estado civil, para lo que crea modelos o estructuras que encarnen el arquetipo ideal que la razón individual postula.

El predominio de la razón así entendida lleva a los modernos de los siglos XVI a XVIII a repudiar por punto general la falta de sistematicidad que campeaba en la vida social. Particular blanco de sus embates será la vida política, para interpretar racionalmente la cual, se darán explicaciones que abarcaron desde el absolutismo hobbesiano hasta el comunismo de corte rousseuaniano, mablyano y morellyano. La invasión napoleónica y el quiebre de la estructura del nuevo régimen mueve a los hispanoamericanos a idear un nuevo modelo político racional a través de un «pacto que debe intervenir entre el pueblo y sus gobernantes» como se afirma en el exordio del reglamento constitucional chileno de 1812. De ahí la seguidilla de textos de fundamentación constitucional idealista de ninguno o poco afincamiento en la realidad.

Hay otro aspecto de la vida social que choca a los racionalistas y es la poco sistemática formulación del derecho en que campeaban indistintamente leyes, costumbres, sentencias de los tribunales -amparadas en un arbitrio judicial demasiado amplio y tildado por lo mismo de «cerebrino»-, opiniones de autores de difícil armonización y aun disposiciones del pretérito Derecho Romano. El casuismo de este último es puesto en entredicho, permitiéndose Jean Domat enmendarle la plana a Justiniano y sus colaboradores cuando presenta Les lois civiles dans leur ordre naturel (París, 1689-94). No escapan los pensadores españoles a la moda de criticar, por influencia sucesiva del humanismo, el iusnaturalismo racionalista y la Ilustración, tanto el derecho vigente como el romano, en lo que destacan Pablo de Mora y Jaraba, Juan Francisco de Castro y Gregorio Mayans y Sicar.

Frente a la magna creación jurídica de Occidente encarnada en el Ius Commune, la crítica modernista se apartará de la regla odia restringi, que llevaba a limitar el derecho propio en pro del común, para adoptar la regla inversa; pero deja en pie la utilización del derecho romano a título de equidad. Este ius proprium debía de manifestarse en una forma ordenada. En tal sentido, la naturaleza vino a proporcionar un modelo a seguir. ¿No había postulado acaso el controvertido Galileo Galilei que «il mondo é scritto in lingua matematica e i carattieri sono triangoli, cerchi et altre figure geometriche»? El lenguaje matemático, dotado de una lógica glacial, permitiría presentar el derecho con las características de la deducción de un teorema. Spinoza había presentado la moral en forma geométrica. Leibniz, el creador del cálculo infinitesimal, argüirá que el derecho sea presentado también geométricamente. El modelo de los códigos estaba dado.

Los primeros intentos codificadores europeos no se apartan mayormente de los derechos tradicionales bávaro, prusiano o austríaco. El Código Napoleón, emblema del nuevo sistema, es una afirmación del predominio del derecho propio frente al común por la acción del Estado soberano, que no permite que particularesdeterminen qué es justo y qué no lo es. No es que el derecho común desaparezca, sino que se lo inserta en la legislación nacional. Así, se pretenderá establecer un nuevo sistema que no sólo intentaba acabar con lo que se consideraba un desorden jurídico inaceptable -consolidación-, sino que se aprovechó la coyuntura para trasbordar ideológicamente nuevos conceptos entre los que el más relevante era la destrucción de las bases políticas y económicas que sustentaban a los estamentos privilegiados dándose, por fin, la ansiada libertad tan cara para la burguesía.

La doble faz, Jano-Juno del modernismo -constitucionalismo y codificación- tendrá en las emergentes naciones hispano-luso-americanas una adecuada concreción. Lo más acuciante era lograr un modelo político: trabajo de Penélope, que sólo algunas naciones pudieron alcanzar. La codificación vendría después. A veces, el cántico de sirenas del Código Napoleón hechizó a algunos, produciéndose efectos poco duraderos. En otro casos, surgieron estructuras propias de indudable consistencia debidas a juristas de la talla de un Bello, un Texeira de Freitas o un Vélez Sarsfield. Sus obras fueron modelo para otros ensayos.

Pero el siglo XX, con sus dos guerras declaradas y una fría, con su extraña mezcla de globalización y ansia de nacionalismos neo-románticos, de escepticismo y búsqueda de místicas orientales, de marcado hedonismo y aspiración a una ética universal en materia de derechos humanos, de destrucción de la naturaleza con las bombas atómicas y búsqueda de protección de la ecología, de protección del hombre y apoyo al abortismo, de comunicaciones instantáneas y la soledad escalofriante del cybersexo, hace pensar a algunos en el fin de la historia. Se ha producido el «desencanto del desencanto». En lo jurídico, los esquemas aportados por la razón: tratados internacionales, constituciones políticas, códigos y leyes no han permitido alcanzar ni la paz social ni la individual al través de modelos únicos y finales.Se ha producido la «révolte des faits contre le code» referida ya en 1920 por Gustave Morin. Será en 1978 que el jurista italiano Natalino Irti acuñe la expresión «descodificación» para nombrar el deterioro de los códigos. Según Bravo Lira el sentido de descodificación es «abandonar la veneración servil del texto -sic scriptum est- para fijarse en su contenido y servirse de él según lo exijan las variables condiciones de tiempo y de lugar en que disucrre la vida jurídica. Esto supone, ante todo, que el jurista y el juez dejen de ser servidores de la ley, para volver a ser ministros del derecho».

A este apasionante tema estará dedicado el tomo segundo.

Antonio Dougnac Rodríguez

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