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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.21 Valparaíso  1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54551999002100057 

URBINA BURGOS, Rodolfo, Gobierno y Sociedad en Chiloé Colonial (Valparaíso, 1998), 297 págs.

La obra en comento, publicada con el auspicio de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Playa Ancha, en una excelente colectánea de estudios escritos por el profesor Rodolfo Urbina en diferentes tiempos y publicados en sedes variadas como Revista Chilena de Historia del Derecho, Revista Chilena de Historia y Geografía, Anuario de la Iglesia Chilena, Anales de la Universidad de Chile o El Boletín de la Academia Chilena de la Historia; ahora reunidos, revisados y publicados, con importantes adiciones, en un macizo volumen de casi 300 brillantes páginas.

Sus 11 apartados se ocupan de develar un total de 41 temas específicos conectados con la historia de Chiloé. En rigor, sobre la periferia meridional indiana, el borde del mundo civilizado, el limes austral del imperio español en América, la popa del mundo; en fin, sobre la región non plus ultra de América, como la calificaría en el siglo XVII el notable padre Alonso Ovalle.

La obra, ya la sexta del profesor Urbina, ciertamente no es divulgación y menos un anecdotario razonado de situaciones. En verdad, está escrita con rigor científico y apoyada en un abundante apartado de notas con información documental contenida en archivos chilenos y españoles. Asimismo, el contenido del libro excede en largueza cuanto sugiere su título, jalonado por interesantísimas anotaciones e interpretaciones sobre tópicos específicos conectados con el gobierno y la sociedad de la capitana de las tierras australes.

También hay que destacar, amen de la pluma fina y sutil del autor, la riqueza de la información documental exhumada; son centenares los folios utilizados para armar una historia comprehensiva que abraza las relaciones de gobernadores, vecinos, indígenas, religiosos y encomenderos en el Chiloé colonial. Más todavía: la razonada miscelánea de tópicos abordados -sin ripio histórico, sin alambicadas teorías- permiten augurar que este volumen será material de consulta obligada para los doctos o curiosos en la historia de Chiloé indiano. En verdad, el profesor Urbina ya largo rato forma parte de un selecto grupo de historiadores -como Gabriel Guarda o Walter Hanisch, ambos premios nacionales de historia- preocupados de la apasionante historia de la sociedad chilota.

Sumariamente, y simplificado quizá en demasía el contenido de una obra muy rica en variedad y matices, comenzaría destacando la peculiaridad de que administrativamente Chiloé, hasta 1768, fue una gobernación menor o dependiente, pasando luego a depender administrativamente de Lima, y desde 1784 elevada a la categoría de intendencia peruana, cuestión en la que influyen su importancia estratégica y su inestabilidad fronteriza.

Sociedad muy particular, tierra de permanentes disputas entre gobernadores, cabildo y encomenderos por causa del trato indígena y los deslindes de tierras; tensionada frecuentemente por el arribo de jefes políticos foráneos poco avenidos con la población chilota. Además, como anota certeramente su autor, excesivamente autoritarios, frecuentemente dedicados al comercio y no siempre residenciados al fenecer sus mandatos. Quizá las administraciones de Berenger y Hurtado, ambas de la segunda mitad del XVIII, sean la excepción en un cuadro que lindaba en el escándalo y que los hacía colisionar con vecinos-encomenderos nobilísimos como los Barrientos, Vargas, Andrade Colmeneros, Pérez de Alvarado, Vidal, Moreno de Aguilar, Loayza, Cárcamo, Oyarzún y otros. Sociedad rústica, pobre e ignorante -así catalogada por los peruanos-, vengativos, noveleros, inconstantes, falaces, perjuros impenitentes y hasta sediciosos, según los pareceres del visitador Francisco Verdugo y los Gobernadores Castelblanco y Juan Dávila, pero que descollaron por su fidelidad al monarca y en la prontitud en ofrecer sus servicios militares. Sociedad en permanente alerta, asaltada por los holandeses en el XVII y amenazada por los ingleses en el XVIII; sociedad excéntrica, mal comunicada con el Chile Antiguo y virtualmente esquilmada, comercialmente hablando, por los comerciantes de Lima y los armadores del Callao. Sociedad eminentemente campesino-marinera, dispersa en más de 25 islas y en la que la convivencia entre los hispano-criollos con huilliches, chonos, veliches, payos, juncos y otras denominaciones vino a quebrarse con la rebelión que estalla un 10 de febrero de 1712, momento en que la república de los españoles fue puesta en jaque por indígenas abatidos, melancólicos y fatalistas. Sociedad -en este punto el cuadro trazado por el profesor Urbina es notable- en la que la labor de la Compañía de Jesus fue fundamental para desterrar la brujería, separar las uniones poligámicas, generalizar la importancia del matrimonio o enseñar las primeras letras, tareas verificadas en Quicahuin, Añique, Butachauques, Tenaun, Calem, Quetalco, Dalcahue, Linlin, Lingua, Curaco, Guiyar, Palgui, Quinchao, Achao, Meullin, Caucahue, Quenac, Chelin, Apiao, Tey, Puteumun, Nercon, Rilan, Caraque, Vauco y muchos otros puntos insulares. Sociedad en la que la encomienda indígena, abrogada en 1782, fue fundamental, tópico sobre el cual el profesor Urbina se ocupa de manera especial reconstruyendo en la larga duración todos los aspectos particulares conectados con las vacancias, oposiciones, concesiones y confirmaciones.

Sociedad, y aqui me explayo siguiendo la Relación del Gobernador Antonio Narciso de Santamaria, fechada en 1756, en la que las cualidades de la tierra y ejercicio y género de sus habitantes era el siguiente: El país es todo montuoso, por cuya razón todos los vecinos y naturales están poblados en las orillas del mar, y por esta razón y la de los malos tiempos de lluvias y temporales que siempre reinan, la gente revienta para hacer unas cortas sementeras de trigo, cebada y papas, las que para llegarlas a lograr es forzozo que los demás años después de segados los granos, los cuelguen en sus casas al humo para que se seque, que es causa de que salga el pan malísimo, y que los más años se experimente necesidad como nos sucede en el presente. Las estancias de los vecinos no tienen de serlo otra cosa sino es el nombre, pues apenas se encuentran tres o cuatro en que se pueda hacer una mediana siembra y crias doscientos cabezas de ganado ovejuno. La gente toda la mas es robusta y sufrida en este trabajo y su principal ejercicio, así de los nobles como humildes, es de labradores teniendo que romper la tierra a fuerza de brazos y empujones de barrigda, pues no se usa de bueyes como en las demás partes del mundo, así por ser la campaña corta como por estar llena de troncos de árboles, que todos los años rozan para ver de sembrar y que se logre su trabajo, pues en la tierra que no se le da este beneficio o el de la majada es infructífera y no sirve de cosa alguna. Asimismo, los nobles se ejercitan en sembrar algunas cantidades de lino, con el cual hacen lienzo más burdo, que es roan, que venden a los pobres para camisas; y son también aplicados a la mercancía, aunque tiene poco que vender por ser todos sumamente pobres, así los nobles como los humildes, los cuales, además de su principal ejercicio de labradores, también se ocupan en hacer tablas de alerce que, con inmenso trabajo y evidente riesgo de perder su vida, sacan de las cordilleras para vender a los navieros y comerciantes de la provincia a trueque de sal, ají, ropa de la tierra y demás cosas precisas para su sustento y vestuario. El genio de estas gentes en cuanto a los nobles es como el de las demás que son nacidos y criados en otras islas. La gente pobre es muy humilde y de bastos y rudos entendimientos y observan algunas costumbres de los indios que no se les puede quitar. Usan dos lenguas, la castellana, muy mal hablada, y la veliche -que es la general de los indios de Chile, con poca diferencia-, muy bien generalmente los nobles que la gente común, pues todos frecuentan más que la castellana, así hombres como mujeres. Los indios son los menos malos de Chile y los mejores instruidos en nuestra santa fe católica y política cristiana, todo debido a los reverendos padres misioneros de la Compañía de Jesús, que siempre está labrando sobre ellos. Son generalmente flojos y delgados y amantes del ocio y libertad, no obstante que siembran algo para mantenerse y tener chicha para beber -que es lo que más apetecen- y la razón mayor que tienen para experimentar todos los años necesidades, pues consumen la mayor parte de sus cosechas en hacer chicha mascada que es la bebida que tienen y no otra alguna. El temple del país es sano para los naturales, pero inaguantable para los españoles, que es necesario que sean muy robustos y de salud cumplida para sufrirlo. Podríamos continuar.

Sólo me resta señalar que la vasta labor historiográfica del profesor Rodolfo Urbina Burgos se ha traducido en una obra completa, macizamente documentada, sólidamente fundada en la historia; ahora sólo cabe esperar sus nuevas contribuciones para el estudio del XIX chilote, el único siglo sobre el cual todavía no incursiona con otro libro de excepción.

Gilberto Harris B.

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