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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.22 Valparaíso  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552000002200047 

Guzmán Brito, Alejandro, Historia de la interpretación de las normas en el derecho romano (Santiago de Chile, Ediciones del Instituto Juan de Solórzano y Pereyra, 2000), 466 págs.

El libro se articula en tres partes dedicadas a las sendas épocas de la historia del derecho romano: arcaica, clásica y postclásica, en relación al tema general del libro, vale decir, al de la interpretación en cada una. Las partes se dividen en capítulos, y éstos en párrafos de numeración corrida (47 en total). Hay tres apéndices, distribuidos en el interior de la obra, después del párrafo 8 (apéndices I y I) y del párrafo 10 (apéndice III). Al principio se presenta una tabla de abreviaturas usadas, y al final, la lista de la bibliografía empleada por el autor y el índice de las fuentes consultadas.

La primera parte sobre La interpretación de las leyes en el derecho arcaico, con un capítulo único (La práctica interpretativa) y cuatro párrafos, trata del concepto de la interpretación, la extensión de la ley, su restricción y del literalismo en la interpretación y el formalismo en las actuaciones jurídicas. La tesis central del A. es que las principales operaciones hermenéuticas (ampliación, analogía y también restricción) ya eran practicadas por los juristas de la época más antigua de la historia del derecho romano, lo que entiende demostrar merced al examen de casos concretos de interpretación de leyes, de cuyas noticias disponemos por fuentes posteriores. En este sentido, el A. se opone a la doctrina romanística más o menos difundida de que tales juristas, en cambio, habrían practicado un método literalista y estricto de interpretación. Según él, cuando tal ocurrió, ello se debió a una decisión consciente, destinada a favorecer ciertas relaciones jurídicas y no a un método, como el único conocido, o bien, a ciertas concepciones dominantes en la época, que indujeron a una necesaria interpretación restrictiva.

La segunda parte sobre La interpretación de las leyes en la época clásica es la que ocupa el mayor volumen del libro, como es natural, y se extiende por 39 párrafos (del 5 al 43), a través de 10 capítulos más los tres apéndices antes anunciados.

El introductorio capítulo 1º, además de reseñar el estado de la investigación romanística en materia hermenéutica, plantea el punto de partida de la doctrina romana sobre la materia, a saber su descomposición de la ley (por ley el A. entiende cualquier norma oficial, porque el libro no se reduce a las leyes públicas o comiciales y a los plebiscitos, y se amplía a los senadoconsultos, al edicto del pretor y a las constituciones imperiales, de donde el uso del término genérico "norma") en dos elementos: los verba y la sententia, que límpidamente aparecen enunciados en un texto de Ulpiano (D. 50, 16, 6, 1). Este binomio sirve de base a su íntegra exposición de la doctrina hermenéutica de los clásicos.

De esta manera, el capítulo 2º se concentra en los verba (18 párrafos), en donde se examina alternadamente el estado de cada materia en el cuadro general de la ciencias y la cultura de la época y la posición de los juristas. Comienza con una visión general de las ciencias antiguas del lenguaje (párr. 7) frente a la cultura lingüística de los juristas (párr. 8), de quienes sabemos que tenían intereses y conocimientos pertinentes. Sigue con la estructura de la palabra como complejo de significante y significado (párr. 9), especialmente desarrollada por la lógica estoica y recibida por los juristas como se evidencia en varios textos (párr. 10). Y así sucesivamente con los siguientes temas: la anomalía semántica, la koiné synétheia (consuetudo loquendi), la anfibología o ambigüedad, la definición, división y partición como método para fijar el significado de las palabras, la etimología, la objetividad del lenguaje, y la analogía y anomalía en la declinación de las palabras, siempre, como dijimos, alternando la exposición de cada tema según las doctrinas filosóficas y lógicas imperante en la época clásica con las posturas concernientes a cada uno asumidas por los juristas, como se ve a través de sus textos conservados en el Digesto.

El capítulo 2º (párr. 26) se centra en el tema de la sententia (o mens), sobre todo para explicar diversos alcances del significado y uso de esos términos. El capítulo 3º relaciona los verba y la sententia, hasta el momento tratados separadamente. El constituye uno de los puntos centrales de la obra. Lo que el A. intenta demostrar a través de los 4 párrafos que componen el capítulo, es que en el binomio verba - sententia reconocido por los juristas como presente en toda norma, el elemento principal a efectos hermenéuticos era la sententia, de modo que aquéllos aplicaban las normas no según el dictado de sus palabras, sino según el alcance de su sentido. El A. pone de manifiesto esta doctrina examinando una multitud de textos en que se interpreta alguna norma y aparecen expresamente invocados los verba o la sententia, o bien, en donde no aparecen esos términos, pero que implícitamente discurren sobre la base de su existencia. En todo los casos, la solución es siempre la misma: la norma se aplica sólo si el caso cae dentro de la sententia, aunque no quepa dentro de los verba, o no se aplica si cae fuera de ella, aunque los verba incidan en el caso. Esto conduce a una extensión o a una restricción de la norma, aunque la tipología de situaciones que el A. distingue es más rica que esta dualidad.

El capítulo 5º (3 párrafos) se dedica a la determinación de la sententia. Pues si una norma, compuesta de verba y sententia, se aplica según su sententia, entonces ¿cómo se fija ésta? El A. encuentra la respuesta en el concepto de ratio, que identifica con el fin objetivo de la norma. Con base en éste, afirma, los juristas construían todas las hipótesis funcionales al mismo, y cada una de estas hipótesis es lo que denominaban sententia. Pero hay normas que no tienen ratio, o la que tienen no es posible descubrirla. A propósito de este tema, el A. se enfrenta con el concepto de voluntas, que cree no haber tenido un valor general (contrariamente a lo que pensamos modernamente, cuando hablamos de la voluntad de la ley), sino muy técnico y preciso, pues aludiría a las prescripciones de la norma, a las cuales no hay que buscarle una ratio y que se justifican por ser decisión (voluntad) del legislador. También entra en su estudio la noción de aequitas, muy vinculada con la de ratio, por cuanto aquélla se presenta como la ultima razón de todas las normas, a la que puede recurrirse en defecto de otra más específica conocida.

Completan esta visión central de la hermenéutica de los clásicos los temas tratados en los capítulos 6º (Dos cánones interpretativos complementarios: de la totalidad y coherencia), 7º (La analogía) y 8º (Limitaciones a la interpretación).

Entonces aparece el primer apéndice o excurso: La noción de epieikés en Aristóteles y su coincidencia con el método interpretativo de los juristas romanos (párr. 37). Se trata de la famosa epieikeia aristotélica. La exposición del A. en este punto se justifica ya por el título, que contiene una tesis muy novedosa: la epieíkeia, lejos de ser, como se la mira habitualmente por los expositores modernos, como algo equivalente a la equidad o justicia del caso concreto, para morigerar la ley debido a su generalidad e inflexibilidad, es un método interpretativo, que coincide sorprendentemente con el de los juristas romanos. El A. explica cómo en un medio, como el griego, que carecía de una verdadera ciencia jurídica y de juristas profesionales, en que la aplicación de los nómoi quedaba entregada a tribunales legos y a rétores y en el que las leyes mismas ofrecían una formulación muy imperfecta, lo que Aristóteles pretendió hacer fue ofrecer una doctrina acerca de la interpretación de las leyes según la díanoia (sententia) y no según sus palabras, o sea, construir una doctrina hermenéutica. Ahora bien, cuando una ley se aplica según su díanoia, muchos casos quedan fuera de su ámbito, aunque cupieran en lo literal de las palabras, lo cual conduce a una restricción. Como esto normalmente opera, según los ejemplos de Aristóteles, en materia penal, ello aparece como una morigeración de la ley, cuando, como se ve, no es nada más que una normal interpretación restrictiva. Así, y se trata de uno de esos ejemplos, si la ley sanciona las lesiones causadas a otro con un metal, el que provisto un dedo de su mano con un anillo de metal hiere a otro al levantar la mano, debería ser sancionado merced a esa ley, es decir, a su texto, pero aplicada ella según su díanoia, vale decir, según la idea legal de sancionar al que dolosamente ataque a otro con armas de metal, el resultado es la no aplicación de la ley y la absolución, lo que externamente aparece como una moderación del nomos o su adaptación al caso concreto, igual que la regla de plomo de Lesbos se adapta a las sinuosidades de la roca por medir.

Sigue el segundo apéndice Sobre la influencia de la tópica o dialéctica en el método interpretativo de los juristas romanos (párrafos 38 y 39). Sobre la base de exponer los conceptos antiguos de tópica o dialéctica, equivalentes a nuestra lógica, la idea central de esta parte es mostrar cómo la lógica antigua influyó en la dogmática de los juristas clásicos, lo que el A. logra con su método habitual de presentar y examinar una gran cantidad de textos del Digesto, en los que, en efecto, aparecen practicadas operaciones lógicas en función jurídica.

Los capítulos que siguen, el 9º sobre la interpretación auténtica y el 10º sobre la interpretación judicial, examinan la presencia de estas clases de interpretación en el derecho clásico.

A ellos sigue el tercer apéndice Sobre la influencia de las doctrinas retóricas en la formación del método interpretativo de los juristas clásicos. Como se sabe, desde los trabajos de Stroux en la década de los años 20, se ha venido imponiendo paulatinamente la creencia de que los juristas resultaron decisivamente influidos por la retórica en su trabajo dogmático, especialmente en su trabajo hermenéutico. El A. se opone a esta visión y niega tales influencias o las reduce a aspectos marginales, con base en una serie de argumentos muy sólidos.

En fin, se presenta la tercera parte titulada La interpretación de las leyes en la época postclásica, con dos capítulos. El 1º versa acerca de la Centralización de la hermenéutica en el emperador y el desarrollo del `referimiento al legislador' en la época postclásica con dos párrafos. La rúbrica es suficiente indicación del contenido. La labor interpretativa de la jurisprudencia va desapareciendo paulatinamente con los juristas mismos; en la época postclásica ya no existe, y es reemplazada por un monopolio imperial sobre la materia. Paralelamente se desarrolla la figura que el A. denomina "referimiento al legislador", o sea, la práctica obligatoria o voluntaria de remitirle un caso judicial fundado en que la norma por aplicar es oscura o insuficiente, para que él dé la interpretación adecuada o colme la laguna y después el juez falle conforme a su decisión. En tiempos de Justiniano esta práctica queda completamente perfilada como obligatoria. El capítulo 2º, en dos párrafos, torna sobre la equidad para el examen de sus funciones en la época postclásica. La equidad continuó cumpliendo una función interpretativa, sólo que ahora reservada al emperador, y quiso agregársele una función crítica del derecho vigente, lo que no pudo prosperar, porque ello hubiera implicado atribuir un poder legislativo al juez o al intérprete.

Quien a partir de ahora pretenda estudiar el tema de la interpretación en el derecho romano no podrá prescindir de obra, que constituye el trabajo más exhaustivo y completo escrito sobre la materia, y prácticamente la única exposición moderna de conjunto sobre ella. En efecto, los estudios anteriores, que forman un abundante caudal, con títulos de gran mérito, ofrecen, sin embargo, un talante diverso: o son muy generales o esquemáticos, o se concentran en el problema del influjo de la retórica en el campo de derecho, o apuntan al estudio de la interpretación en algunos juristas determinados o sobre temas bien acotados. La obra de Guzmán es diferente. A la comprensividad referida, únese tanto la novedad en el enfoque -como es frecuente en todos los trabajos del A., quien muchas veces ofrece lecturas nuevas a textos muy conocidos-, como el rigor y la profundidad con que aborda su tema, donde no hay fuente ni estudio pertinente que haya dejado de examinar, como lo revela el impresionante registro de textos de una y otra índole mencionados en los índices.

Sólo después de leer esta obra se comprende la razón de los trabajos del mismo A. sobre lingüística antigua que venía realizando desde hace algún tiempo, que entonces tuvieron un carácter preparatorio encaminado a la ejecución de este libro. Y ello especialmente para esclarecer la expresión ex legibus que aparece en D. 50, 16, 6, 1 (Ulp., 3 ed.) en cuanto ella se orienta también a las "palabras" (verba) de las leyes como uno de los elementos de la interpretación. Este es el fragmento conductor del trabajo y a la vez su compás, con que el A. mueve la batuta desde el inicio de la obra, y que le otorga motivo para entrar en el análisis de la teoría antigua del lenguaje, que, como es sabido, se inicia como disciplina sistemática sobre todo a partir de los estoicos.

El estudio de este libro no es cómplice de una lectura ligera, y ésta requiere de especial concentración en ciertas partes, pero en ningún caso por defecto en el tratamiento de los temas, sino por la complejidad que ellos ofrecen. El A. los examina en todos sus pormenores e implicancias, sin ceder un ápice a las exigencias técnicas que imponen. Esto resulta finalmente gratificante para el propio lector, quien tiene la seguridad de estar no sólo ante una obra de altísimo nivel absoluto, incluso para el estudio de la interpretación en el derecho moderno, sino, a la vez, de enorme valor para la ciencia romanística.

I. Merello

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