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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.26 Valparaíso  2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552004002600029 

Estudios Histórico-Jurídicos 26, 622-626

BIBLIOGRAFIA

Dumouchel, Paul - Melkevik, Bjarne (dirs.), Tolérance, Pluralisme & Histoire (L'Harmattan, Paris - Montréal, 1998), 224 págs.

 

Guillermo Hierrezuelo Conde


 

Raymond Klibansky (pp. 9 - 13), profesor emérito de la Universidad McGill, en Montréal, y docente también en la Universidad de Oxford, a modo de prefacio, señala que "la tolerancia implica necesariamente una actitud positiva o negativa" (p. 9). Esta cuestión no había sido abordada sólo por Diderot, Mirabeau o Locke, una de las figuras más emblemáticas en materia de tolerancia, sino también por otros clásicos precedentes: Cicerón, San Agustín o Santo Tomás de Aquino. De hecho, en Inglaterra, la Tolerations Act de 1689 estableció la libertad de culto para los "disidentes", pero con ciertas limitaciones y algunas exclusiones. En una palabra, la tolerancia implica la búsqueda de un equilibrio entre los derechos fundamentales del individuo y los derechos colectivos reclamados por ciertos grupos de la sociedad.

La introducción del libro que comentamos (pp. 15 - 24) corre a cargo de Paul Dumouchel, profesor de la Universidad de Québec, en Montréal, y de Bjarne Melkevik, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Laval, en Québec. Ambos parten de que las sociedades modernas democráticas y pluralistas han visto incrementadas las esferas de tolerancia en los últimos tiempos, fruto de los cambios sociales (p. 15). Bayle, Voltaire, así como otros pensadores modernos, todos entendían la tolerancia como una virtud moderna fundada en el respeto del individuo, aunque la argumentación la desarrollaban de forma distinta (p. 20). Algunos autores conciben la tolerancia sobre el ideal de la neutralidad, idea que ya estaba presente en el pensamiento de Locke. Esta concepción se resume en tres puntos: la tolerancia como una virtud esencial del Estado, de la instituciones, etc., la tolerancia exige la neutralidad de las instituciones frente a las convicciones individuales, y la tolerancia es un derecho (p. 22).

En el capítulo primero, Josiane Boulad-Ayoub, profesor de la Universidad de Québec, y Michel Grenon, fallecido recientemente cuando era profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Québec, escriben sobre los debates en torno a la tolerancia en las vísperas de la Revolución francesa y el Edicto de Tolerancia de 1787 dictado por Luis XVI (pp. 27 - 41). En el s. XVI, los enfrentamientos entre la Reforma y la Contrarreforma encaminaron a ciertos Estados hacia la tolerancia. A través de este Edicto de 1787, que recibió duras críticas, se atribuyó el estado civil a los protestantes que ejercieran el culto en privado que, a partir de 1763, año en que finalizó la guerra de los siete años, habían sufrido un nuevo endurecimiento en la aplicación de las leyes. Los defensores de la causa protestante en Francia, por su parte, señalaban la injusticia de los anti-hugonotes, que habían revocado el Edicto de Nantes, de 1629, y se produjo una indignación general por los decretos que les privaban de derechos tales como el ejercicio de numerosas profesiones. Josiane Boulad-Ayoub y Michel Grenon destacan que el Edicto de tolerancia de 1787 supuso un triunfo para los protestantes y las filosofías modernas, al tiempo que los católicos quedaban reducidos al estado de "extranjeros en su propia patria" (p. 39).

Stamatios Tzitzis, director de investigación del CNRS en la Universidad de Paris II, Panthéon-Assas, estudia la semántica de la tolerancia y el humanismo jurídico (pp. 44 - 54). Tzitzis define la tolerancia como "un pilar de la moral, un ideal a realizar y a preservar", si bien "este vocablo es de naturaleza polisémica" (pp. 43 - 44). Stamatios Tzitzis se remonta al concepto de la antigüedad greco-latina de tolerancia, pero también analiza concepciones como las de W. Shakespeare. Los filósofos de las luces se han esforzado por elevar a lo más alto la dignidad del hombre, en contraposición al oscurantismo del pasado. Para lograr este propósito, se basa asimismo en la elevación espiritual del hombre (en el sentido no religioso del término) a través del culto a la razón. De ahí que Stamatios Tzitzis llegue a calificar el humanitarismo moderno, que alcanzó un notable desarrollo a partir de la Revolución francesa, como una "moral de la apariencia" (p. 50).

Pierre Robert, profesor del Departamento de Ciencias Jurídicas de la Universidad de Québec, se refiere en su colaboración al pensamiento de Voltaire sobre la tolerancia, y en especial se refiere al célebre caso de Jean Calas, personaje de la crónica judicial local cuyo drama filosófico y político aparece reflejado en el Traité sur la Tolérance à l'occasion de la mort de Jean Calas, del mismo Voltaire, obra publicada en 1763, y que fue una víctima inocente el 10 de marzo de 1762, en Toulouse, del fanatismo y de la intolerancia religiosa (pp. 55 - 74). De hecho, Pierre Robert atribuye al affaire Calas el mérito de haberse convertido en el anticipo de la modernidad jurídica y de la misma idea de tolerancia (p. 55). A través de este asunto, Voltaire pretende hacer una crítica del sistema judicial que condenó a un inocente de la muerte de su hijo Marc-Antoine Calas, por el simple hecho de su pertenencia a la comunidad protestante de Languedoc. En palabras de P. Robert este caso reveló la permeabilidad de las institucionales a la intolerancia religiosa. Durante el juicio algunas de las acusaciones estaban dirigidas a que Jean había dado muerte a su hijo con el complot de la comunidad protestante ante el rumor de la inminente conversión de Marc-Antoine al catolicismo. Con esta obra, Voltaire manifestaba su odio por el crimen cometido y el fanatismo que se había impuesto, al tiempo que hacía una apología de la tolerancia (p. 62). Todo debe de entenderse dentro de los presupuestos radicalizados y anticristianos de Voltaire.

Bjarne Melkevik dedica el cuarto capítulo a la noción de la tolerancia en el modelo comunicacional del Derecho, que fue desarrollado básicamente por Jürgen Habermas (pp. 77 - 93). Esta teoría le otorga un lugar privilegiado a la concepción política de la tolerancia, que se constituye en un pilar fundamental en el sistema democrático. Melkevik distingue básicamente tres modelos de la modernidad jurídica: el racionalista, el contractualista y el de la soberanía popular. Aunque las dos primeras concepciones han prevalecido en el mundo del derecho a lo largo de los tiempos, Melkevik otorga primacía a la última de ellas, en la medida en que le atribuye a la liberación de las identidades el carácter de "horizonte indispensable de la modernidad jurídica" y que hay que reivindicar la identidad, en oposición al universalismo y racionalismo (pp. 79 - 82). En ocasiones, la intolerancia se manifestaba en las injusticias que antaño se cometían a las minorías y que suponían un atentado a su dignidad. La tolerancia implica asimismo una selección de normas y de valores que deben recogerse, tanto en el aspecto positivo como negativo. B. Melkevik entiende que "la selección de normas representa una situación de tolerancia", al tiempo que "somete a los participantes a un proceso de aprendizaje intersubjetivo" (pp. 87 - 88). En este esquema de negociación intersubjetiva, una teoría de los derechos fundamentales refuerza el concepto de individuo que reivindica en Derecho la tolerancia. Esta argumentación le lleva a afirmar que la tolerancia en el mundo del Derecho, puede entenderse como el resultado de la deliberación de todos. De este modo, al exigirse un consenso en el discurso de la selección de normas se obliga la necesidad de diálogo permanente entre las mayorías y las minorías, culturales o de otro tipo. Y es el concepto de "libertad comunicacional", la que facilita la comprensión del concepto de derechos fundamentales en la medida en que protege a los individuos frente a la intrusión de otros. Llama la atención que Melkevik sólo conoce a Habermas a través de traducciones francesas e inglesas. ¡Hay que leer sus obras en alemán! Por otro lado, aplicando las teorías que recoge Melkevik y que no son originales suyas, muchos valores y principios pueden entrar en situación de quiebra técnica y el Derecho natural cuestionarse desde sus más elementales consideraciones.

Respecto al tema de la tolerancia como fundamento y límite de los derechos de identidad autóctonos (pp. 95 - 105), que tiene mucho que ver con esas ciencias de la Etnología y la Antropología jurídicas, consideradas como sendas parcelas de la Historia del Derecho y de las Instituciones, Ghislain Otis, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Laval, llega a afirmar que los derechos de identidad autóctonos tienen su fundamento mismo, si bien también su límite, en la tolerancia. Y esta tolerancia implica reconocer a los autóctonos el mismo grado de derechos de que goza la mayoría en una democracia representativa. Los pueblos autóctonos anteriores a la colonización de Canadá reivindican toda clase de derechos colectivos, que vienen a representar una manifestación de la tolerancia en una democracia liberal, de naturaleza fundamental, política y cultural como medios de preservar su misma identidad. Estos derechos de identidad no pueden, asimismo, conferir un status privilegiado a una determinada identidad, en cuanto que eso implicaría discriminación. Pero es evidente que, por otro lado, el respeto a la diferencia puede implicar un tratamiento diferente que tenga en cuenta situaciones singulares. La concretización de la tolerancia por el principio de igualdad requiere necesariamente el mantenimiento de equilibrios intercomunitarios en el plano económico, pero también exige el mismo disfrute de los derechos y libertades políticas.

François Crépeau, profesor del Departamento de Ciencias Jurídicas en la Universidad de Québec, en el capítulo sexto hace un análisis de la evolución histórica del concepto de tolerancia, y para ello se refiere a las instituciones del asilo y el refugio, en cuanto que representan la afirmación de la dignidad individual (pp. 107 - 116). Crépeau se refiere a pasajes bíblicos, como el Libro del Éxodo, y a la antigüedad clásica griega. Pero a lo largo de los Derechos de la antigüedad y de los diversos sistemas normativos medievales y hasta el Renacimiento la realidad fue que "el asilo protegía especialmente a los criminales" (p. 109). Con la aparición de los Estados-Nación era un medio de proteger a los que huían del Príncipe que les perseguía. Pero su sentido humanitario se alcanzará con la Sociedad de Naciones y las posteriores persecuciones nazis. No obstante, la práctica inexistencia de regulación quedó menguada tras la entrada en vigor de la Convención de Ginebra de 28 de julio de 1951 sobre el estatuto de los refugiados, y su posterior Protocolo de Nueva York de 10 de enero de 1967, que pretenden preservar la dignidad de los refugiados, si bien _como señala Crépeau_ este reconocimiento de derechos a los refugiados tenía un interés estratégico y era una consecuencia de la guerra fría (p. 110). Pero, a partir de los setenta, aparecen algunas fisuras en este tipo de solidaridad, ampliándose este problema a ámbitos geográficos más amplios y diversos. Las enormes diferencias entre el Norte y el Sur han propiciado los desplazamientos de la población, pero también un fenómeno más reciente como es el de la globalización.

La relación de la tolerancia con otros fenómenos, como el pluralismo y el imperialismo (pp. 119 - 134) viene de la mano de Paul Dumouchel. Ciertamente, desde la Antigüedad al menos, el pluralismo se ha venido presentando como una solución real al problema de la coexistencia de grupos diferentes. Sin embargo, P. Dumouchel distingue entre la injusticia del pluralismo imperial, basado en la conquista y dominación y la justicia más propia del moderno (pp. 121 - 124). Efectivamente, el poder imperial es, por propia definición, desigual, y se manifiesta fundamentalmente en las mismas relaciones con los individuos, en la medida en que el poder imperial no somete a individuos, sino que conquista Pueblos. De hecho, ambos pluralismos se aplican en regímenes políticos distintos.

France Gagnon, de la Universidad de Montréal, se refiere nuevamente a la tolerancia y al pluralismo, pero en correlación con una política liberal de neutralidad (pp. 135 - 152). En la modernidad, el ideal liberal de ausencia de cualquier tipo de intervención del Estado en las cuestiones privadas, se vino a traducir en el principio de neutralidad al tiempo que implicaba otro principio, el de separación entre la Iglesia y el Estado. Para acercarnos al significado de estos términos, F. Gagnon estudia estos conceptos en el pensamiento de Rawls y Dworkin (pp. 139 - 143). La política de neutralidad requiere, por otro lado, una condición formal de la igualdad, pero es esta neutralidad, precisamente, la que viene a identificarse con el régimen democrático. Uno de los puntos que ha originado más enfrentamiento entre las minorías y las mayorías se refiere a la interpretación misma del concepto de igualdad en una democracia, en la medida en que las relaciones igualitarias entre la mayoría y las minorías pueden desarrollarse de múltiples maneras.

En el noveno de los capítulos, Geneviève Nootens, profesora adjunta en el Departamento de Ciencias Humanas en la Universidad de Québec en Chicoutimi, examina las relaciones entre la tolerancia y el multiculturalismo, que viene a designar diversas formas de pluralismo cultural (pp. 153 - 171). El multiculturalismo consiste en intentar acomodar las diferencias étnicas y nacionales para asegurar la existencia de un Estado pluriétnico o plurinacional. La cuestión del multiculturalismo alcanzó una meridiana importancia a mediados de los ochenta en países con una tradición liberal. A partir de ese momento comenzó una larga lucha para defender derechos diferentes para ciertos grupos. En realidad, el pluralismo cultural nos obliga a examinar los criterios de justicia social, así como a diferenciar los valores morales y las conductas.

Un estudio sobre la tolerancia y la moralidad de las prácticas, pero desde una perspectiva jurídica (pp. 175 - 189), nos ofrece Luc Bégin, profesor de la Universidad Laval. La tolerancia, que se asienta sobre una base política, ha hecho viable el desarrollo de las sociedades modernas. Luc Bégin nos acerca a la concepción de la tolerancia liberal (pp. 176 - 181), defendida por Michael J. Sandel, y que estudia en su colaboración sobre "Moral Argument and Liberal Toleration: Abortion and Homosexuality", publicada en California Law Review, 77, nº 4 (1989), pp. 521 - 538.

Jean-François Niort, profesor adjunto de la UFR de Ciencias Jurídicas y Económicas de Guadalupe, en la Universidad de Antillas-Guayana, dedica el capítulo 11 a la filosofía jurídica de la tolerancia del jurista francés Jean Carbonnier (pp. 191 - 211), que, nacido en 1908, ocupó el puesto de catedrático en la Facultad de Derecho de Poitiers y, posteriormente, hasta su jubilación, en la Facultad de Derecho de París. Aunque se le considera como civilista también se interesó por la sociología del Derecho, pero igualmente fue legislador, ya que redactó los anteproyectos que sirvieron de base a las Leyes fundamentales de 1965 sobre los regímenes matrimoniales y de 1975 sobre el divorcio. Jean-François Niort le atribuye a su pensamiento jurídico las notas de pesimista, escéptico y empírico, que recoge el testimonio de una obra marcada por el espíritu de la tolerancia, el pluralismo jurídico y la paz civil. Carbonnier adopta el punto de vista de entender el pluralismo como una doctrina radicalmente escéptica y neutralista, al mismo tiempo que concibe la tolerancia, como una actitud de respeto de las diferencias, pero también de afecto a ciertos principios de justicia (p. 209).

En el último de los capítulos, desde París Isabelle Schulte-Tenckhoff cierra esta obra con una aproximación histórico-jurídico-antropológica de la tolerancia (pp. 213 - 224). La noción de tolerancia depende de la ideología que se haya adoptado, lo que implica que las ideas de la sociedad liberal que están arraigadas en la cultura occidental también determinan qué haya de entenderse por tolerancia. Schulte-Tenckhoff señala que toda sociedad posee su propia antropología, su propia cultura. Al mismo tiempo, señala que toda antropología es, a consecuencia de los mismos cambios, un discurso sobre la alteridad y llega a distinguir dos órdenes en la antropología: el genérico y el específico (pp. 214 - 215). Otra convergencia de ideas entre el proyecto antropológico y la noción de tolerancia se remonta, en palabras de Schulte-Tenckhoff, al siglo de las Luces. En este periodo tan trascendental para todas las ciencias y artes, cita como representante más significado a Buffon (pp. 218 - 220).

Terminamos diciendo que la presente es una obra interesante para los Historiadores de las ideas políticas y jurídicas, que de la mano de Melkevik constituye una vez más un instrumento de reflexión. El profesor Melkevik ayuda a pensar, aunque cualquier persona que piense algo más de la cuenta observa un positivismo y un relativismo abracadabrante y una huída del iusnaturalismo cristiano de Michel Villey, que nos causa honda preocupación. Nos atreveríamos a postular: ¡Bjarne Melkevik vuelve a tus raíces!

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