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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.26 Valparaíso  2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552004002600048 

Estudios Histórico-Jurídicos 26, 668-671

BIBLIOGRAFIA

Orella Unzue, José Luis, El humanismo postmoderno. Historia de los humanismos (Universidad de Deusto, San Sebastián, 2001), 294 págs.

 

Guillermo Hierrezuelo Conde


 

José Luis Orella, profesor titular de Historia del Derecho y de las Instituciones en la Universidad del País Vasco y catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Deusto, dedica el presente libro al humanismo postmoderno como "lugar de encuentro de los hombres y mujeres del primer y tercer mundo, de distintas culturas, lenguas, religiones y razas" (p. 7). El primero de los capítulos se refiere al Renacimiento y al humanismo del siglo XVI (pp. 9 - 113). Aunque el término Renacimiento fue utilizado por primera vez por Giorgio Vasari en 1550, no se generalizó hasta 1860 de la mano de Jacob Burckhardt en su obra Die Kultur der Renaissance in Italien, traducida al castellano en 1941, entendida como "la etapa del resurgimiento del arte, de las ciencias, de la economía y de la filosofía" (p. 9). José Luis Orella divide el Renacimiento en cuatro periodos claramente diferenciados: el primero de ellos lo denomina Renacimiento humanista y comprendió desde 1300 a 1400; el segundo, Primer Renacimiento, desde 1400 hasta la invención de la imprenta; el tercero, Segundo Renacimiento, que abarcó desde 1486 hasta 1536; y, el último de ellos se extendió hasta la apertura del Concilio de Trento en 1545. Nos ofrece concepciones diferentes de esta crucial etapa: desde la visión de Jan Huizinga, Wilhelm Bauer o Jean Delumeau, hasta las concepciones hispanas de Jaime Vicens Vives, Ricardo García Villoslada, José Luis Abellán o Fernando Prieto. Sin embargo, el término humanismo, que no fue utilizado en época renacentista, no apareció hasta que en 1856 Georg Voigt lo manejó por vez primera. A partir del siglo XIX su utilización haría referencia al renacimiento de los escritores antiguos. José Luis Orella nos ofrece visiones tan dispares como las de García Villoslada, Renaudet, S. Dresden, F. Prieto o el mismo humanismo cristiano de Heinrich Lutz. Algunas de las figuras más significativas de este periodo estuvieron representadas en la persona de Nicolás Maquiavelo (1469 - 1527) o Tomás Moro (1478 - 1534). Entre los humanistas que más influyeron en el siglo XVI se encontraban Desiderio Erasmo (1466 - 1536), nacido en Rotterdam, y que mantuvo una lucha ideológica con Martín Lutero (1483 - 1546) en su obra De libero arbitrio, en 1524, como réplica a la "Assertio" luterana, publicada cuatro años antes. La amplia difusión de la obra de Erasmo en España se debió, en gran parte, a la traducción castellana en 1526 del Enquiridion, publicada veintitrés años antes. Orella Unzué califica al Enquiridion de Erasmo como "un manual de cristianismo interior, no es un tratado de filosofía, ni una disputación teológica, ni un manual de moral cristiana" (p. 77), ya que hacía una exposición de la teoría de la realidad de la vida cristiana. La concepción erasmiana se fundamenta en la antropología platónico-origenista tricotómica, en la medida en que entiende que el hombre está compuesto por cuerpo, espíritu y alma (p. 90). Juan Luis Vives (1492 - 1540), representante del eramismo hispano, fue otra de las insignes figuras del humanismo y del renacimiento. En su azarosa vida llegó a escribir más de cincuenta obras de muy diversa temática, religiosa y profana. Su obra más relevante en el ámbito europeo fue De Europae statu ac tumultibus, editada en 1522, en la que proclamaba la intervención del Papa Adriano VI para restaurar la paz entre los príncipes cristianos, aunque también cabe reseñar De Condicione vitae Christianorum sub Turca (1526). En sus obras abogó en todo momento por una Europa en paz y tolerante, en la que se instaurase un mercado único, para compensar las necesidades de algunas regiones.

Al humanismo de las corrientes religiosas de la primera mitad del siglo XVI se refiere el segundo capítulo (pp. 115 - 142). En el mismo Orella Unzue hace referencia a los alumbrados, los iluminados y los recogidos. Los primeros nacieron como secta perseguida por la Inquisición en la ciudad toledana en los primeros años del reinado de Carlos I, ya que pretendía encontrar la unión inmediata del alma con Dios, sin necesidad de representantes terrenales. Francisca Hernández, Francisco Ortiz o Juan de Vergara fueron algunos de los primeros alumbrados españoles pertenecientes al grupo de Toledo (p. 118). Los recogidos, tales como Francisco de Ortiz o Francisco de Osuna, vivían la espiritualidad del recogimiento a través de la oración. Los alumbrados, por el contrario, no pretendían llegar a Dios a través de la oración, ni la meditación, ni las penitencias ni ninguna otra ceremonia. El dejamiento, sin embargo, lo distingue José Luis Orella porque "pone al alma en la cumbre de la perfección y cerciora a los dejados en su nivel adquirido con desprecio de la tradición y de la obediencia y con menosprecio de las obras externas" (p. 120). Pero a comienzos del siglo XVI también se mezclaban con estas corrientes como el antierasmismo, cuyos principales ideólogos estaban representados en la persona de Francisco de Vitoria, Alonso de Córdoba, Diego López de Zúñiga o Sancho Carranza de Miranda, si bien más tarde se adhirió al erasmismo. En las primeras décadas del siglo XVI comenzó a tener una gran influencia en España la corriente luterana, a pesar de la reacción del Santo Oficio. Además de estas corrientes humanistas hay que reseñar en el siglo XVI hispano otras como la escolástica, la escrituraria, la inquisitorial, la contrarreformista, la jesuítica, la espiritual, la luteranizante, la ascética o la mística. A esta corriente ascética y mística perteneció, como máximo representante, Ignacio de Loyola, si bien se acercó a otras como la espiritual o la erasmista.

En el tercero de los capítulos hace referencia a las humanidades (pp. 143 - 166). Nos señala José Luis Orella que los colegios jesuíticos, de la mano de Ignacio de Loyola y a partir de 1552, implantaron el método de París en las humanidades, lo que implicaba que el discípulo iba a ser sometido a un aprendizaje práctico y de forma progresiva, así como el establecimiento de un control del alumno desde el inicio hasta el final, al tiempo que el maestro dirigía de forma constante la formación individual de cada discente. Con el tiempo en los colegios de Jesuitas se logró unificar el método parisino con la experiencia portuguesa y la formación universal. A finales del siglo XVI se contaban 62 colegios en España seguidores de esta doctrina y 32 entre América, India y Japón, que fomentaban la formación en las humanidades. De hecho, para la primera generación de Jesuitas tenían la consideración de ser el mejor instrumento para la formación del futuro sacerdote, al tiempo que se imbuía del espíritu humanista de Erasmo, Nebrija o Luis Vives, pero más tarde Ignacio de Loyola fue abandonando el humanismo erasmiano o vivista.

Refiriéndose a los humanismos del siglo XVI (pp. 167 - 204), José Luis Orella estudia el humanismo de la Iglesia católica, el de la Reforma protestante, así como el laico, representado este último en los miembros de la familia Borgia y Nicolás de Maquiavelo, entre otros. El de la Iglesia católica se centró en la libertad individual, en contraposición a la negación de la misma por el luteranismo. El humanismo católico durante la etapa de la Reforma acogió en su seno el expuesto por Erasmo en su obra De libero arbitrio, si bien en la etapa contrarreformista se convirtieron en su máximos detractores (pp. 172 - 175). Por otro lado, aunque el humanismo jesuita en su origen, que se sitúa a mediados del siglo XVI, se trataba de un humanismo cristiano, que pretendía mantener el equilibrio entre el humanismo erasmiano y el luterano, con el tiempo, y tras el Concilio de Trento, se hizo más práctico, más intransigente, intolerante y contrarreformista. Martín Lutero, con el tiempo, comenzó a separarse del humanismo escolástico para elaborar su propia doctrina. De este modo, empezó a negar la existencia del libre albedrío respecto a la gracia. Y sólo Dios podía salvar, en la medida en que las obras y las penitencias nunca podían proporcionar la salvación, sino Dios.

El quinto capítulo está dedicado al humanismo occidental (pp. 205 - 226), y se centra en el Tratado de Westfalia de 1648, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años (1618 - 1648) entre católicos y protestantes. Con la llegada de la Ilustración se conformó un humanismo en el siglo XVIII, radicalmente distinto al del XVI, si bien considera que se nutrió también del humanismo de Erasmo o de Vives, entre otros. El jesuita Pedro Arrupe comenzó a preguntarse en 1968 por el nuevo humanismo que estaba conformándose. Creó en España el Instituto Fe y Secularidad, que agrupaba tanto a creyentes como a agnósticos, a cristianos, a políticos, a intelectuales y a teólogos para reflexionar sobre Dios y el Hombre en un mundo en continuo cambio. A partir de este momento el Padre Arrupe comenzó a proclamar un nuevo humanismo, al que José Luis Orella le atribuye los calificativos de "cristiano globalizador" que seguirá luchando por los más pobres y desheredados más allá de cualquier doctrina o idearios (pp. 215 - 226).

El último de los capítulos está dedicado al humanismo postmoderno (pp. 227 - 256), como corriente surgida en la segunda mitad del siglo XX en el mundo occidental y en el entorno de la cultura. El postmodernismo parte de la premisa de cuestionar la realidad existente hasta ahora, y deja de representarse al hombre como el centro y la medida de todas las cosas. Ahora comienza a prevalecer la pluralidad y multiplicidad de la sociedad, que debe convivir en un marco de globalización económica más humanizada. El humanismo postmoderno ha perdido muchos de los valores clásicos y la consideración que entonces tenía la educación de humanística, clásica y latinista. De ahí que sean necesarias nuevas normas políticas y de convivencia social, así como ético-personales, al tiempo que se salvaguardan los derechos de los demás, y todo ello desde el altruismo, la estética, el sentimiento y la imaginación. José Luis Orella entiende que las bases del nuevo humanismo postmoderno "no pueden sustentarse en una trascendencia divina", sino "en la misma condición humana" (p. 252).

En esta publicación se recogen las cuatro primeras conferencias que José Luis Orella Unzué impartió en 1998 en la Universidad Iberoamericana de México, DF. Algunos de sus ensayos más significativos publicados están representados por títulos como La ciudad de los vascos o Nueva invención de una España plurinacional, así como Partidos políticos en el Primer Renacimiento.

 

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