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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.26 Valparaíso  2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552004002600049 

Estudios Histórico-Jurídicos 26, 671-675

BIBLIOGRAFIA

Orlandis, José, Historia de las instituciones de la Iglesia católica. Cuestiones fundamentales (Eunsa, Pamplona, 2003), 178 págs.

 

Guillermo Hierrezuelo Conde


 

En el Nuevo Testamento, la piedra angular de la Iglesia católica está contemplada en la institución del primado (pp. 15 - 33), que estuvo representada por vez primera en la figura del Apóstol Pedro a través del mismo Jesucristo. El primado ejercido por Pedro tuvo reconocimiento unánime por parte de los demás Apóstoles y discípulos, tal como aparece en algunos pasajes de los Hechos de los Apóstoles, el segundo libro del Evangelista San Lucas (pp. 17 - 18). La acción apostólica ejercida por Pedro comprendió desde la curación del paralítico Eneas hasta la creencia popular de la virtud curativa de la propia sombra del Apóstol. La posición primacial de Pedro quedó manifiesta por tres acontecimientos: la recepción de los gentiles en la Iglesia, la persecución de Herodes Agripa y el concilio de Jerusalén (pp. 18 - 19). Y fue precisamente la sangre de los Apóstoles Pedro y Pablo la que engrandeció a la misma Iglesia. De hecho, la muerte del mártir Pedro en Roma, según han aceptado los historiadores eclesiásticos, hizo que se constituyera en la misma sede de la Iglesia (pp. 20 - 21). El edicto de Milán, otorgado por el emperador Constantino en el año 313, supuso la libertad de la Iglesia y la misma afirmación del primado. Al mismo tiempo se inició un periodo de convivencia entre el poder eclesiástico y el poder secular. Hasta mediados del siglo VI, la Sede romana ejerció una intensa potestad de jurisdicción, si bien a partir de esos momentos, y a consecuencia del sometimiento del pueblo italiano al Imperio bizantino, se produjo un cambio en el status quo (p. 24). El comienzo de la cristiandad medieval se inició con la coronación imperial de Carlomagno en Roma, en la Navidad del año 800. Este soberano consideraba que debía interferir en cuestiones como la vida del clero o la reforma monástica, quedando las competencias del Papa relegadas a la dirección del servicio litúrgico (p. 27). A partir de la coronación imperial de Otón I, en el año 962, se abrió la etapa de los Papas "pregregorianos" (pp. 27 - 28). Con el inicio del pontificado de Gregorio IX (1227 - 1241) comenzó la crisis de la Cristiandad, fundamentalmente a consecuencia del enfrentamiento entre el Papado y los emperadores Hohenstaufen. Esta crisis se agudizaría en el viejo continente con la Reforma protestante, que trajo consigo un debilitamiento y la división dentro de la misma Iglesia católica. Sin embargo, se reforzó de forma importante en el concilio Vaticano II el primado, así como otras instituciones eclesiásticas.

La elección del Papa (pp. 35 - 44), como sucesor de Pedro, siempre levantó un gran interés y expectación. Incluso con anterioridad al edicto de Milán, ya se hacían elecciones para el nombramiento del Papa. Aunque a mediados del siglo VI Roma quedó incluida en Bizancio, en el siglo VIII se produjo un nuevo acercamiento a Occidente. Con el declive del Imperio de Carlomagno, desapareció el férreo control imperial, y las grandes facciones feudales romanas asumieron esa autoridad: la familia de Teofilacto, los Crescencios o los condes de Tusculum. A partir de la coronación de Otón, el 2 de febrero de 962, el soberano volvió a asumir la confirmación imperial de los nombramientos pontificios. Esta fue la situación hasta la muerte de Otón III el 23 de enero de 1002. A partir de entonces, y durante casi cuarenta años, el nombramiento del Papa quedó en manos de los grandes clanes feudales romanos hasta el nuevo reinado del emperador Enrique III (1039 - 1056). En el Concilio de Letrán, en 1179, se estableció de forma exhaustiva el sistema de elección papal, exigiendo una mayoría de dos tercios de los cardenales integrantes del colegio electoral (p. 41). Las bulas del papa Gregorio XV, conocidas como Aeterni Patris (1621) y la Decet Romanum Pontificem (1622) establecieron tres procedimientos distintos: el escrutinio, el compromiso o el de aclamación unánime, que tuvieron vigencia hasta comienzos del siglo XX. Posteriormente, los Papas Pablo VI y Juan Pablo II introdujeron nuevas reformas.

Otra de las instituciones que José Orlandis estudia es el gobierno central de la Iglesia (pp. 45 - 60). El Palacio Lateranense tuvo su origen en el siglo IX, y con esta expresión se hace referencia a la residencia oficial de los Pontífices, o bien al conjunto de dignatarios y funcionarios que auxiliaban al Papa en el gobierno eclesiástico. En la segunda mitad del siglo XI se inició un periodo de centralización eclesiástica, cuyo propulsor fue el Papa Gregorio VII (1073 - 1085). De esta forma, se crearon el Consistorio, los Oficios, ya fuese la Cancillería, la Cámara apostólica, o la Dataría, todos ellos estuvieron vigentes hasta el siglo XX_ y los Tribunales eclesiásticos _la Audientia Sacri Palatii o Tribunal de la Rota, la Signatura Apostólica y la Penitenciaría_. La mayor complejidad del gobierno eclesiástico originó que el Palacio Lateranense diera paso a la Curia romana. Al mismo tiempo, se fueron acumulando un gran número de causas judiciales, lo que obligó a crear los altos tribunales de justicia, para resolver asuntos que le correspondían, en un principio, al Papa. Pero, aparte de las figuras mencionadas, existieron otras nacidas de la Reforma católica, como las Congregaciones, entre las que destacaron el Santo Oficio, fundada en 1547, la Congregación del Índice que fue suprimida en 1917, la Congregación del Concilio, instituida en 1564, la De propaganda fide, creada en 1622, la Congregación Consistorial, hoy llamada Congregación para los Obispos, y creada por Sixto V en 1588, así como otras congregaciones romanas (pp. 53 - 58). La Secretaría de Estado protagonizó y aún hoy sigue ejerciendo una función esencial en el gobierno central de la Iglesia, desde que se constituyera a lo largo de los siglos XVI y XVII.

Otra institución de la Iglesia católica está representada en la figura de los cardenales (pp. 61 - 66), como los más altos dignatarios de la misma. Son nombrados por el Romano Pontífice, si bien al mismo tiempo les corresponde en exclusiva la elección del Papa (p. 61). Aunque sus orígenes pueden remontarse al pontificado de Esteban III (768 - 772), la importancia de esta figura creció a consecuencia de la Reforma Gregoriana. De hecho, el Papa Nicolás II promulgó en 1059 un decreto en virtud del cual la elección pontificia estaría en manos de los cardenales, facultad que se ha mantenido hasta nuestros días. A partir de los siglos XIV y XV, en los países de Europa que se proclamaban católicos, como Francia, España y Portugal, los príncipes instauraron la costumbre de presentar ellos mismos los candidatos al cardenalato. Posteriormente, entre los siglos XVI y XVIII, apenas sufrió alteración alguna el estatuto jurídico de los cardenales, alcanzando mayor protagonismo en el Concilio de Trento (p. 66).

La acción exterior de la Sede Apostólica (pp. 67 - 74) está contemplada en los cánones 362, 364 y 365 del Código de Derecho Canónico (=CIC), de 1983, en cuanto que regulan la institución de los legados, que son nombrados por el mismo Romano Pontífice para que realicen la función de representación de la Iglesia católica ante las Iglesias particulares. Para reforzar la presencia papal ante las Iglesias particulares se crearon los Vicariatos, o bien el nombramiento de vicarios apostólicos. Estos Vicariatos se constituyeron en algunas sedes, a las que se les atribuyeron derechos especiales sobre las Iglesias en determinados territorios. Sin embargo, en España no se llegaron a establecer Vicariatos, sino Vicarios apostólicos a título personal. El primero de ellos data durante el pontificado del Papa Simplicio (468 - 483). En el siglo VIII, los Papas nombraron legados misioneros en los nuevos territorios cristianizados de occidente y centro de Europa, con la única finalidad de supervisar la vida de las jóvenes iglesias, así como la instauración de las instituciones eclesiásticas. En la Alta Edad Media, estos legados ampliaron sus funciones al ámbito político, junto a las autoridades, ante las que ejercían sus atribuciones. Pero fueron las Nunciaturas las que tendrían el carácter de embajadores permanentes, con unas misiones no sólo religiosas, sino también políticas. El primer nuncio permanente ejerció su función durante el Papado de Alejandro VI (1492 - 1503) ante la España de los Reyes Católicos. Antes del estallido de la Revolución francesa, se contaban catorce nunciaturas acreditadas en los Estados católicos de Europa. El Congreso de Viena, en 1815, supuso un resurgimiento de la institución de las nunciaturas, que quedó reafirmada en el Convenio de Viena de 1961. En el último siglo, el número de representantes de la Santa Sede en otros Estados se ha multiplicado (pp. 72 - 74).

Los concilios, celebrados por la Iglesia católica desde sus orígenes en el mismo Imperio romano-pagano hasta nuestros días, conforman el capítulo sexto (pp. 75 - 87) del estudio de José Orlandis. Con el Edicto de Milán, que concedió plena libertad a la Iglesia para el ejercicio de su apostolado, se vino a favorecer la celebración de las asambleas conciliares, ya fuesen ecuménicos, provinciales o nacionales (p. 76). En el primer milenio se llegaron a reunir un total de ocho concilios ecuménicos, celebrados todos ellos en Oriente. El primero de ellos en Nicea (325), definió la consustancialidad del Padre y el Hijo, y vino a condenar la doctrina de Arrio. En los concilios provinciales, los obispos de una determinada provincia se reunían bajo la presidencia del metropolitano, en reuniones que debían tener, en principio, una periodicidad semestral. Posteriormente, en el concilio IV de Letrán (1215) se acordó la celebración anual de los concilios provinciales (p. 80). Los concilios ecuménicos en la época de la cristiandad se celebraron, a diferencia de los del primer milenio, en Occidente. En todo momento, la convocatoria correspondía al Papa y los temas que se debatieron fueron cuestiones relacionadas con la disciplina eclesiástica. El primero de ellos fue el Lateranense I (1123), que venía a sancionar las normas sobre la investidura eclesiástica pactadas en el concordato de Worms. Señala y comenta brevísimamente Orlandis los grandes concilios de la Iglesia moderna y contemporánea: el concilio de Trento (1545 - 1563), el Vaticano I (1869 - 1870) y el Vaticano II (1962 - 1965) (pp. 82 - 86).

En el capítulo séptimo se estudian los patriarcados, las sedes primadas y las provincias eclesiásticas (pp. 89 - 99). El origen de los patriarcados se encuentra en Oriente. No fue, sin embargo, hasta el concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, cuando se estableció la estructura territorial de la Iglesia: un patriarcado para Occidente-Roma y cuatro para el Oriente, en Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén (p. 90). El concilio IV de Constantinopla (864 - 870) otorgó a Constantinopla el segundo puesto en dignidad después de Roma y, en tercer lugar, se encontraba Alejandría. Con rango inferior a los patriarcados, pero de nivel superior a las metropolitanas, se encontraban las sedes primadas, que encabezaban los obispados de una provincia eclesiástica en algunas regiones de la Iglesia Latina. La primera sede primada encontró su implantación en Cartago en el siglo III, a consecuencia de la importancia que en ese momento tenía esta urbe. En la España del siglo VII, y tras el concilio XII de Toledo (681) fue donde la sede primada alcanzó _en esa misma ciudad_ mayor número de competencias. El origen de la provincia eclesiástica se remonta a la época romano-cristiana, y tenía, en la mayoría de las ocasiones, correspondencia con la provincia civil. Esta figura fue tratada en los concilios de Nicea I y Calcedonia (pp. 94 - 95). En estos concilios se determinó que el metropolitano gozaba de una preeminencia honorífica y velaba por el buen orden en las elecciones episcopales de la provincia, así como de la consagración de los nuevos obispos. Posteriormente, se les atribuyeron nuevas competencias a los metropolitanos (pp. 96 - 97).

Los orígenes del episcopado (pp. 101 - 124) se remontan a la primera centuria. La definición del canon 375 del CIC de 1983, que establece que los obispos son los sucesores de los Apóstoles y se constituyen en los Pastores de la Iglesia, se adaptaba plenamente a la concepción de los primeros momentos en que surgió esta figura. La diócesis, entendida como circunscripción territorial que se encontraba sujeta a la jurisdicción de un obispo, se desarrolló de forma paralela a la institución del obispo. En el concilio I de Nicea (325) se estableció que el obispo fuera nombrado por todos los obispos comprovinciales. En el primer milenio, el Papado dictó numerosas decretales para determinar el nombramiento episcopal (p. 104). Sin embargo, durante el feudalismo en el viejo continente, los señores asumieron las facultades para la designación de los obispos, así como otros altos cargos eclesiásticos. En esta época tuvo lugar el conocido como conflicto de las investiduras. En el concilio de Trento se estableció un procedimiento para el nombramiento de los obispos, consistente en que el sínodo provincial presentaba al Papa tres candidatos y éste designaría uno de ellos. A lo largo de los siglos XIX y comienzos del XX, se introdujeron numerosas modificaciones en el sistema de nombramientos: unas veces se utilizó el sistema de presentación de ternas y otras el de información previa sobre los candidatos a los gobiernos. El CIC de 1917 estableció en el canon 329 que el Pontífice elegía libremente a los obispos. Esta fue la concepción asumida en el Código de 1983.

El CIC de 1983, refiriéndose al clero (pp. 125 - 136), señala que mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de los fieles quedan constituidos ministros sagrados (canon 1009). Ya desde los orígenes de la Iglesia, la ordenación ha sido necesaria para formar parte del clero, y el obispo el ministro que les ordenaba. En todas las iglesias han existido las tres órdenes mayores: el episcopado, el presbiterado y el diaconado (p. 126). La pertenencia al clero en los primeros siglos de la Iglesia requería la edad adulta. En la época apostólica, antes de procederse a la ordenación se hacía una encuesta para estudiar la fama y cualidades del candidato. A partir del siglo V, en Occidente se estableció una nueva forma de acceder al clero, en el caso de niños y jóvenes que habían nacido en familias cristianas y habían sido ofrecidos por sus padres para el ejercicio del servicio clerical.

Los institutos religiosos (pp. 137 - 151) se enmarcan en el CIC de 1983 como una especie de los institutos de vida consagrada. Se caracterizan por la profesión de los Consejos evangélicos en virtud de votos públicos, la vida en común y el apartamiento del mundo (cánones 607 y ss.). En palabras de José Orlandis "las Órdenes y Congregaciones de clérigos regulares respondieron a las nuevas circunstancias imperantes en la Edad Moderna y fueron instrumentos valiosos al servicio de la Reforma católica" (p. 138). En occidente, el primer monacato apareció en el siglo IV, a consecuencia de una mayor vida espiritual. Dentro del monacato había que distinguir entre aquellos que habían ingresado en el mismo desde su más tierna infancia y los conversos, que se incorporaban ya en edad madura. La nota que caracterizó a las órdenes y congregaciones religiosas en la época moderna fue la dedicación en exclusiva a la actividad apostólica (p. 150). Sin embargo, en el siglo XVIII la vida religiosa sufrió un decaimiento, a causa del regalismo borbónico, el josefismo y la Ilustración. Pero ya en el siglo XX, el concilio Vaticano II potenció la vida religiosa de estos institutos. De esta forma, se encuentran sometidos a la autoridad de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y a las Sociedades de Vida Apostólica.

Pero además de los clérigos y religiosos, participan en la vida eclesial laicos (pp. 153 - 159). De hecho, ya en los inicios de la Iglesia cristiana numerosos fieles, que no perdían su condición laical, colaboraban en los actos eclesiales. Durante la Edad Media existía una clara distinción entre clérigos y laicos, e incluso participaron en los concilios, si bien estos laicos estaban representados por magnates y altos dignatarios, pertenecientes a la aristocracia. En los tiempos modernos, las asociaciones laicas y pías uniones, como las Conferencias de San Vicente Paúl, fundadas en el siglo XIX, ejercieron numerosos actos de caridad. En el siglo XX, alcanzaron un gran protagonismo las órdenes y congregaciones como las congregaciones marianas. Además, el concilio Vaticano II proclamó el mensaje de Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, como doctrina de la Iglesia universal. San Josemaría fue canonizado en Roma el 6 de octubre de 2002 ante una multitud de más de cuatrocientas veinticinco mil personas procedentes de todo el mundo.

José Orlandis Rovira pertenece al orden clerical y salió catedrático de Historia del Derecho español en 1942 con apenas veinticuatro años cumplidos. En los últimos veinticinco años ha publicado numerosas síntesis de Historia de la Iglesia, a la vez que proseguía con trabajos suyos histórico-jurídicos o históricos. Sus cuatro libros de Memorias tienen interés para la historiografía jurídica. Orlandis es hombre claro y con un orden y una sistemática que resulta infrecuente entre algunos iushistoriadores españoles.

 

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