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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.26 Valparaíso  2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552004002600061 

Estudios Histórico-Jurídicos 26, 699-701

BIBLIOGRAFIA

Rousseau, Félicien, C'est la misère qui juge le monde (Les Presses de l'Université Laval, Québec, 2001), 462 págs.

 

Guillermo Hierrezuelo Conde


 

Félicien Rousseau justifica su obra en la medida en que el progreso de la ciencia y de la técnica ha abocado al hombre actual a plantearse interrogantes sobre los mismos límites de su sumisión a la naturaleza. De hecho, le atribuye a la naturaleza el carácter de limitar en lo posible a la persona humana, al tiempo que es lo que distingue a la persona humana de los demás seres (pp. XIII - XIV). Sin duda, y como señala su autor, la ley natural, así como el Derecho natural, es inmanente a toda persona humana, al igual que el Derecho natural es un Derecho inherente a todo individuo de la especie humana (p. 332).

Comienza esta obra con un estudio sistemático sobre la concepción de la virtud de justicia y de ley natural en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Una de las argumentaciones en la que se fundamentaba Tomás era que lo que pertenecía a la naturaleza debía estar protegido de las otras inteligencias (p. 11). La nota más distintiva de la doctrina de la ley natural en la concepción tomista, según advierte Félicien Rousseau, se trasladaba precisamente a la ambigüedad del término "naturaleza" (p.15). De hecho, tanto para Aristóteles como para Santo Tomás "naturaleza" era un término análogo que, sin duda alguna, abría la puerta a diversos significados.

La ley natural, en tanto que natural, se presentaba en los clásicos como apta para dar respuesta a las nuevas y profundas necesidades de la consciencia humana. Pero en la filosofía moderna este concepto de ley natural vino a ser sustituido por el de ley moral racional, como exaltación de la razón de la persona humana. De hecho, Tomás describió el humanismo diciendo que "la vía propiamente humana es la vía activa que consiste en el ejercicio de las virtudes morales" (p. 19), distinguiendo de esta forma la vía activa "humana" de la vía contemplativa (pp. 20 - 23). De hecho, en el origen de la ley natural se encontraba la inteligencia y, en cierta manera, la razón se superaba a sí misma. Sin embargo, Félicien Rousseau advierte que "los criterios que utilizaba Tomás sugerían con claridad que la persona humana no podía aspirar a una plena emancipación de sus inclinaciones específicamente racionales" (p. 46).

La distinción que separa la "razón propia" de la "naturaleza" del espíritu humano es, a primera vista y, en opinión de Félicien Rousseau, bastante difícil. El férreo ataque que se inició en el Renacimiento y en la Modernidad contra la propia naturaleza, lleva a F. Rousseau a señalar que favoreció la confusión del "humanismo" con el "antropocentrismo" (p. 62). F. Rousseau sintetiza una idea fundamental en el tema que plantea ya en las primeras páginas, afirmando que la naturaleza en tanto que esencia precede a la misma existencia (p. 73). El primer principio o el más fundamental de todo el dinamismo de la naturaleza humana, como en las demás naturalezas, se encontraba en el mismo alma humana. Y todas las sustancias, a excepción de Dios, existían por una o más causas que la producían. Tomás entendió asimismo que la criatura racional estaba sometida a la providencia divina más aún que cualquier otra criatura en tanto que participaba más de ella. De hecho, Félicien Rousseau afirma que al hombre se le llama "su propia providencia", en cuanto que representa la providencia de sí mismo en delegación de la Providencia divina. En otras palabras, y como afirmaban los primeros cristianos, el hombre era la imagen de Dios (pp. 98 - 99). En consecuencia, participaría el hombre de la misma manera de la ley eterna en la medida en que se proyectaba sobre él mismo esa ley.

Santo Tomás de Aquino, refiriéndose a la prudencia, le atribuía la posesión de "la razón de la virtud de que gozan las virtudes morales" (p. 114). De ahí la concepción tomista de que la prudencia aportaba su complemento a todas las virtudes morales. En efecto, la prudencia de Sto. Tomás representaba una buena actitud natural para la consideración de los fines humanos. Y fue, precisamente, el desarrollo de la prudencia y de las virtudes la que nos acercó a la libertad humana. Pero la dialéctica de la interdependencia y de la solidaridad es la relación que siempre ha caracterizado, entre otras notas, el pensamiento de Tomás (pp. 135 - 139). Sin embargo, un cambio radical en este planteamiento tomasiano se produjo, en palabras de Félicien Rousseau, cuando comenzó a plantearse si la caridad era anterior a la misma esperanza (pp. 140 - 149). Asimismo, F. Rousseau, al estudiar el Derecho natural en el pensamiento de Santo Tomás, concluye que el tratamiento del Derecho natural, en cuanto que discernimiento propio de la razón humana, no recobra el espacio ocupado por lo "justo natural" en el ser humano (p. 168). La realidad es que los teólogos contemporáneos a Santo Tomás de Aquino se mostraron disconformes en muchos aspectos con la concepción que aquél ofrecía del Derecho natural clásico. Santo Tomás de Aquino, influido por el pensamiento platónico, llegó a manifestar que el hombre era alma solamente, si bien se servía del cuerpo, y que el espíritu humano no era sólo razón, sino también voluntad y libertad. Santo Tomás venía a anunciar de este modo que la naturaleza era la "primordial mediación de la libertad" (pp. 230 - 233).

Pero con el tiempo se sustituyó la concepción aristotélica que se tenía del Derecho natural entendido como una especie de naturalismo jurídico por un humanismo jurídico, que reflejaba este último el paso que se había efectuado bajo la influencia de la filosofía de un "ego cogitans" totalmente emancipado de la "tutela de la naturaleza" (p. 220). Había una diferencia abismal entre la tradición de los griegos, y en particular de Aristóteles, y la que arraigó en la modernidad. De hecho, con la llegada del modernismo se impuso el racionalismo jurídico, que supuso la aparición de un hombre nuevo y el retorno a la cultura antigua efectuada por el Renacimiento. Como señala Félicien Rousseau, el rechazo de la ley natural en la modernidad era una manifestación clara de la misma negación del concepto de naturaleza (p. 257). De hecho, Kant rechazaba el concepto de Derecho natural, tal y como la tradición clásica lo había entendido. En este momento tan trascendental para el Derecho natural, se vino a producir un acercamiento al mundo material, lo que supuso, al mismo tiempo, un desgarramiento de la persona humana y de la humanización de la moral aristotélica. Descartes abrió la puerta a esta actitud negativa en el respeto a la naturaleza, que fue el motor, según señala Félicien Rousseau, de las nuevas artes, ciencias y técnicas (p. 263). De este modo, se llegaron a reflexiones que identificaban la prudencia más esencialmente como una virtud moral que como una virtud intelectual.

Félicien Rousseau se refiere a la justicia como la más perfecta de todas las virtudes morales. De hecho, Santo Tomás, refiriéndose a este aspecto humano, señaló que la vía propiamente humana era la vía activa que consistía en el ejercicio de las virtudes morales. Además, le atribuía a la justicia las notas de "pura y simple" y goza, asimismo, de preeminencia sobre todas las otras virtudes morales. Pero si la prudencia es, como indica F. Rousseau, esencialmente una virtud intelectual, las demás son más formalmente una virtud moral. Y, añade, que quizá fuera difícil para un moderno aceptar la necesidad de un mayor conocimiento de la prudencia (p. 304). Santo Tomás de Aquino, al referirse a un aspecto extensamente estudiado en su pensamiento como era la justicia, especula sobre cuál era el objeto de la justicia legal o general, que definió como la relación con el bien común humano, la justicia particular, la distributiva o la conmutativa, así como la idea de bien común (pp. 344 - 355). Uno de los aspectos sobre el que gira toda la moral de Tomás de Aquino tenía su base en la idea de la solidaridad de los derechos del hombre (p. 423). Con el advenimiento de la modernidad se puso fin al monopolio del Derecho divino y se comenzó la nueva formulación de las declaraciones democráticas, que se basaban en derechos puramente "racionales", al tiempo que se iniciaba una lucha sistemática contra todas las formas de la naturaleza. Pero, en palabras de F. Rousseau, "la concepción del hombre de Santo Tomás era mucho más prosaica que la de Descartes" (p. 427). En la postmodernidad prevalecerá, sin embargo, la integración de las inclinaciones de autoconservación y conservación de la especie, pero subyugándose al universo del Derecho. Y la Justicia natural consistirá en la voluntad perpetua y constante de respetar los derechos naturales o fundamentales de la persona, que venían a configurarse como derechos racionales.

Félicien Rousseau, profesor asociado de la Universidad Laval, cuenta en su haber con otras publicaciones, entre las que destacan La croissance solidaire des droits de l'homme (1982), Courage ou résignation et violence (1985), con una versión inglesa publicada dos años más tarde, Modération ou manipulation et violence (1990), y L'avenir des droits humains (1996).

 

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