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 número27García y García, A., Historia del Concilio IV Lateranense de 1215 (Centro de Estudios orientales y ecuménicos "Juan XXIII", Salamanca, 2005), 332 págs.Guyon, Gérard D., Le legs du christianisme dans l'Histoire du Droit européen (Pierre Téqui éditeur, Paris, 2004), 61 págs índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.27 Valparaíso  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552005000100044 

 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos XXVII, 2005, 536-539

RECENSIONES Y RESEÑAS

García y García, Antonio, Historia del Concilio IV Lateranense de 1215 (Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos Juan XXIII, Biblioteca Oecumenica Salmanticensis 31, Salamanca, 2005), 332 págs.





El profesor Antonio García y García, que fuera durante años catedrático de Historia del Derecho Canónico en la Facultad de cánones de la Universidad Pontificia de Salamanca, ha dedicado más de cincuenta años a estudiar uno de los concilios más importantes en la bimilenaria historia de la Iglesia, el Concilio IV de Letrán (1215), del que hizo años atrás una edición crítica, publicada en la Ciudad del Vaticano en 1981. En distintos momentos ha dedicado trabajos parciales al mismo, algunos de los cuales ahora reúne, revisados y actualizados.

El Concilio IV lateranense se celebró en momentos en que se hacía urgente una reforma en la Iglesia y en él se abordaron, además, problemas políticos del momento. Las soluciones que él postuló para éstos tuvieron escaso resultado al momento de aplicarlas, pero sus constituciones constituyeron el bloque legislativo más sustancial y de mayor incidencia en la Iglesia y en la sociedad medieval. Con posterioridad, el Concilio de Trento recogió las reformas postuladas en el IV lateranense, y la proyectó a los tiempos modernos, de manera tal que el Código de Derecho Canónico de 1917 cita en 228 cánones las constituciones del laterano, las que en gran parte fueron recibidas, a su vez, por el Código de Derecho Canónico de 1983 proyectándose, así, hasta los tiempos presentes. Es por lo que estudios recientes, debidamente individualizados por el autor, han puesto de relieve la importancia que estas constituciones conciliares han tenido para la historia de la Iglesia y de la civilización occidental en los diferentes reinos europeos y en la proyección ultramarina de los mismos. Datos, todos estos, que revelan la utilidad del libro del profesor García y García.

El primer capítulo está dedicado a lo que el autor denomina la "prehistoria del Concilio IV Lateranense", desarrollando en el mismo los primeros anuncios y alusiones al futuro concilio, los precedentes de concilios generales, de los concilios particulares y sínodos diocesanos, para culminar con la convocatoria hecha por Inocencio III mediante la bula Vineam Domini Sabaoth de 19 de abril de 1213. Siguiendo una secuencia cronológica, en el capítulo segundo se aborda la celebración del concilio. Lamentablemente se carece de un relato oficial extenso y detallado como sucede para otros concilios, como los de Lyon de 1245 y de 1274; existen, en cambio, algunas fuentes no oficiales que, en su conjunto, proyectan abundante luz sobre el contenido y matices de los asuntos tratados y de la secuencia de los actos que tuvieron lugar durante su celebración. De ellas el autor extrae la información necesaria para desarrollar en este capítulo los actos que tuvieron lugar para solemnizar el concilio y los asuntos tratados en las tres sesiones conciliares. Se ha discutido acerca de la autoría y redacción de las constituciones conciliares: una primera interpretación, corriente en algunas historias generales de la Iglesia, presenta las constituciones conciliares como una especie de fruto maduro de las discusiones habidas en el aula conciliar. Otros, han entendido que las constituciones fueron redactadas con posterioridad a la clausura del concilio. La opinión más aceptada en la actualidad, que es compartida por el autor, señala que las constituciones conciliares fueron fruto del trabajo personal del Papa Inocencio IV y de su curia, realizado en gran parte antes de que se diera inicio a la asamblea conciliar, las que fueron objeto de retoques, más bien ligeros, con posterioridad a la misma. La coincidencia temática de las constituciones conciliares con numerosos concilios y sínodos anteriores es índice de que Inocencio III no era ajeno a las preocupaciones reformadoras de los obispos de su tiempo, expresadas en dichas asambleas conciliares y sinodales anteriores a 1215; preocupaciones reformadoras, por cierto, que en numerosos casos habían sido alentadas por el propio pontífice.

En el capítulo III, se hace un repaso del contenido de las constituciones conciliares, antes de lo cual el autor trata los problemas que afectan al texto conciliar, partiendo por la tradición manuscrita del mismo, toda vez que no se conoce el texto original de las constituciones lateranenses que fue leído en el Concilio, no obstante lo cual el autor pudo recoger 66 códices al momento de abordar la edición crítica de estas constituciones, número realmente elevado si se compara con las de otros concilios medievales y otro indicio de la importancia que tuvieron las mismas. Las constituciones se refieren a cuestiones relativas a la fe (cc. 1 - 3), relaciones con la Iglesia oriental, necesidad de los concilios provinciales y de los sínodos diocesanos como instrumentos de reforma (c. 6), la reforma del clero, la palabra de Dios (c. 10), los sacramentos y temas afines: sacramentos de la penitencia (cc. 19 - 22) y del matrimonio (cc. 50ss.), establecimiento de un maestro en las escuelas catedrales (cc. 11 y 27), normas referentes a los monjes (cc. 12 - 13, 55, 57 - 61, 63 - 64), decoro de las iglesias (c. 19), elecciones eclesiásticas (cc. 23 - 26), sacramento de la Eucaristía y el tema de las reliquias (cc. 20 - 22, 62), sistema beneficial (cc. 28-32), bienes temporales (cc. 33 - 34, 53 - 56, 63 - 66), la administración de la justicia en la Iglesia, relaciones con el poder secular (cc. 43 - 46), los judíos (cc. 67 - 70), la cruzada (c. 71).

Los capítulos siguientes que van del IV al VIII están dedicados a estudiar el impacto que el Concilio IV Lateranense tuvo en diversos reinos de la época, en concreto, la Península Ibérica (cap. IV), Francia (cap. V), las Islas Británicas (cap. VI), el Sacro Imperio Romano Germánico (cap. VII), y, finalmente, Italia (cap. VIII). En todos estos capítulos el autor trata de los asistentes de cada reino, de los asuntos nacionales tratados respectivamente en el concilio, y de del impacto y proyección que los ideales lateranenses tuvieron o dejaron de tener en cada uno de estos lugares.

El capítulo IX está referido a la vida monástico-religiosa en el Concilio IV Lateranense, lo que se hace recordando los antecedentes históricos a partir de la reforma gregoriana del siglo XI, los presupuestos jurídicos-canónicos inmediatos al pontificado de Inocencio III, la vida monástico-religiosa durante el pontificado de este último pontífice, y, finalmente, en las constituciones conciliares. A las iglesias orientales y la manera como el concilio abordó el tema, nada de fácil por cierto, está dedicado el capítulo X; en palabras del autor, el largo y fatigoso recorrido de las relaciones entre el Tíber y el Bósforo durante el pontificado de Inocencio III no tuvo propiamente vencedores ni vencidos en lo que se refiere a la unión de las iglesias latina y griega. El fracaso afectó a la causa misma de la unión, más que a las personas que con mejor o peor acierto la protagonizaron. En todo caso, los principios seguidos por Inocencio III permanecieron incambiados durante mucho tiempo en la Iglesia.

El capítulo XI, penúltimo de este libro, estudia el impacto y la iconografía de este concilio, impacto tanto en la legislación de la Iglesia universal como en la escuela canonística, y la iconografía que sobre el mismo se encuentra en algunos manuscritos medievales. El último de los capítulos, el XII está referido al uso de la Biblia en las constituciones lateranenses de 1215; para ello, se precisa tener presente que Inocencio III había recibido una formación jurídica en Bolonia, y teológica en París, lo que define las posibles influencias recibidas de las dos grandes universidades de la época, la segunda de las cuales era el cerebro teológico de Europa en tanto que la primera lo era en el ámbito de los saberes jurídicos. Como apéndice se incluye el texto de un nuevo testimonio de un testigo de vista sobre el concilio estudiado.

La apretada síntesis que he expuesto muestra un volumen que ofrece la más moderna historia del Concilio IV Lateranense, cuya importancia para la historia no sólo de la Iglesia, sino de la cultura occidental, ya he puesto de relieve. Se trata de una síntesis actualizada de lo sabido, a la que se ha añadido no poca información hasta ahora desconocida. Si a ello unimos una bibliografía completa y actualizada, aunque sea un lugar común, no puedo menos que entender que se trata de un libro que ha de estar en cualquier biblioteca culta sobre historia de la Iglesia. Las erratas que se deslizan aquí y acullá no alcanzan a entorpecer la lectura ni a desmerecer un libro en que el autor ha recogido conocimientos y vivencias de más de medio siglo de estudio de este importante momento de la historia de la Iglesia.

Carlos Salinas

 

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