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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.27 Valparaíso  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552005000100056 

 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos XXVII, 2005, 575-582

RECENSIONES Y RESEÑAS

Pérez-Prendes Muñoz-Arraco, José Manuel (dir.), La violencia y los enfrentamientos culturales (Prólogo de Santiago Muñoz Machado, Madrid, Fundación Ricardo Delgado Vizcaíno / Iustel / Instituto de Metodología e Historia de la Ciencia Jurídica de la UCM., 2004), 383 págs.





El presente volumen es el resultado final, escrito y acompañado del indispensable material crítico bibliográfico, del coloquio celebrado en Pozoblanco en noviembre de 2003, bajo los auspicios de la Fundación Ricardo Delgado, con tema propuesto por el director académico de la misma, el profesor Santiago Muñoz Machado, administrativista, y cuya realización, coordinación y dirección fue encomendada al profesor Pérez-Prendes, historiador del Derecho. El tema no podía ser más atractivo en estos tiempos inciertos que corren de globalización, transnacionalización, conflictos culturales, migración y demás realidades con las que tenemos y debemos coexistir todos los días. Los fenómenos que surgen concatenados a este mundo postmoderno requieren de un examen sereno, detenido y detallado, pues solamente así es factible captar sus orígenes causales, atisbar los efectos y remediar las posibles consecuencias nocivas que los mismos arrancan o pueden arrancar. La elección del tema no ha podido ser más acertada, decimos, máxime cuando los recientes acontecimientos que desde el ya trágico 11 de septiembre de 2001 hasta el 11 de marzo madrileño, han golpeado América y Europa, con las invasiones-guerras de Afganistán e Irak como telones de fondo. En este contexto trágico y bélico, agónico y postmoderno, realmente la violencia y los enfrentamientos culturales, como reza el título, son desgraciadamente ya constantes de nuestra existencia, son los perfiles indiscutibles de este arranque del nuevo milenio que, como dijo el teólogo, sería espiritual o no sería. Por lo que se ve caminamos en dirección a ese no ser.

Dos grandes marcos de referencia son señalados por el autor del prólogo, profesor Muñoz Machado, que sirven de encuadramiento general a todos los problemas que se suscitan a propósito de las luchas culturales. Esa violencia y ese enfrentamiento de las culturas obedecen a dos grandes parámetros que sirven para fijar las causas y las consecuencias derivadas de aquéllas. El primero de ellos es la concepción esencialmente individualista de los derechos, típica del moderno constitucionalismo, que ha dado pie a un intenso debate acerca del significado y régimen de los derechos colectivos, la organización de las diferentes comunidades culturales y sus derechos políticos en el seno de aquellas realidades estatales que las doctrinas políticas del siglo XIX habían configurado como estructuras uniformes (p. 15). Diferencias de encaje entre lo individual y lo colectivo, de armonización de esos dos ámbitos. El segundo elemento es ya creación de nuestro siglo XX, prolongado en el siglo XXI: el multiculturalismo, la pluralidad de enfoques culturales, la diversidad intelectual, tanto personal como territorial (p. 16). Tenemos un posible diagnóstico dúplice: uno jurídico-constitucional; otro cultural. Tenemos las plausibles explicaciones de muchos acontecimientos luctuosos que han teñido nuestra Historia. Ahora bien, ¿juega el jurista algún papel determinado en esta sucesión de acontecimientos, en este registro de catástrofes, en esta suerte de antología del dolor y del destierro? Nuevamente el profesor Muñoz Machado traza el perfil de las investigaciones que se deben auspiciar con la finalidad de seguir "el formidable viaje histórico de los derechos de los individuos y de los pueblos, desde sus primeras proclamaciones hasta las insatisfacciones y reivindicaciones actuales" (p. 16), en donde los hitos hispánicos son esenciales: Montesinos, De Las Casas, Vitoria, el constitucionalismo independiente norteamericano (con sus limitaciones de la personalidad de ciertos sujetos no contemplados expresamente en las diferentes declaraciones de derechos y libertades), la Revolución Francesa, los diferentes tratados actuales sobre el derechos humanos, la pugna ya multisecular entre los derechos individuales y los derechos colectivos, sus relaciones, sus concreciones, etc., las finales violencias y enfrentamientos culturales que derivan de esa lucha por el Derecho, en expresión ya famosa de Ihering. Nunca ha sido tan cierta como en nuestros días aquella frase de Jean Paul Sartre: el infierno son los otros. Cualquier referencia, por mínima que sea, a la alteridad _y con ella, la diversidad_ de inmediato provoca rechazo, reacción defensiva, temor, inseguridad, duda. Precisamente, en estos tiempos oscuros, en que lo necesario sería el desarrollo de cualidades opuestas a las anteriores: la aceptación, la comprensión, la ausencia de miedos, la certidumbre, la armonía. Un instrumento nos sirve como elemento de construcción y explicación, no meramente descriptivo: el Derecho en vertiente histórica1.
Inaugura las colaboraciones el director del curso, profesor Pérez-Prendes, sentando los perfiles intelectuales generales de la reflexión que formó el eje del coloquio2, con la contraposición entre civilización (nota 2, p. 24: "Situación social vertebrada jurídicamente por el principio de igualdad de los seres humanos en cuanto su dignidad como tales"), cuya finalidad es la construcción de una forma de tolerancia solidaria, la cual persigue la armonización _que no yuxtaposición_ en un espacio común de costumbres, dogmas religiosos, intereses de grupo tanto sociales como políticos, etc., haciendo que los elementos incluidos no destruyesen ese espacio, las culturas, que aparecen como ideologías justificadoras de todo tipo de actuación del poder político, generando diversas clases o modalidades de violencia cultural (culturas, entendidas conforme a p. 43, como "marco establecido por comportamientos humanamente significativos, definidos de acuerdo con un sistema de valores sociales"), y, finalmente, los intereses egoístas. Frente a la unidad o uniformidad de la civilización, culturas e intereses egoístas, por su parte, aparecen bajo el manto de la diversidad, de la pluralidad casi infinita. Los soportes que se han esgrimido para el sostenimiento de lo irracional (no lo absurdo), de esas culturas variables y variantes, ha sido variados a lo largo del tiempo: la sacralidad o la forma-soporte de la sacralidad, entendida como la afirmación hecha por ciertas teologías para elevar a la categoría de universales ciertas reglas jurídicas que se estimaban procedentes de la divinidad; o las formas-soporte imaginativas, con la idea del contrato social a la cabeza, y la confianza ciega en la posibilidad de que lo injusto o irrazonable fuese con el tiempo por ser corregido de una forma espontánea. La búsqueda de una justicia universal se convierte así en el imperativo que ha de tratar de fijar esos elementos comunes y universales a la idea de civilización, los cuales han de servir de base para la realización plena del ideal civilizador en el sentido ya expuesto. El papel de los juristas y la persecución de lo "racio-natural" (la naturalización de la razón) son las tareas a las que se debe orientar el papel del historiador del Derecho, en la línea crítica defendida entre otros por Derrida, Bourdieu o Zubiri. Ello conduce a una consecuencia básica: el Derecho es en cuanto es, en su esencia más íntima, razón y no fuerza, aunque ésta es el instrumento que se precisa no para realizarse, sino para esta impuesta en la sociedad esa razón jurídica que sirve de base a todo el edificio en elaboración (p. 63). Esa naturalización de la razón conduce a la defensa de dos postulados básicos: el respeto a la vida y el respeto a la dignidad de todo ser humano puesto que son "vida y dignidad concebidas como categorías articuladas entre sí de forma vertebrada y sinérgica. Dignidad como motivo y confín de la igualdad. Ninguna de las evidentes diferencias que separan a los humanos debe anular, ni siquiera modificar, la barrera que señala a todos ellos como iguales en esa dignidad, y esto en plenitud de consecuencias" (p. 65). Esa construcción corresponde a la ciencia jurídica, con arreglo a los principios de irreglamentabilidad (lo irreglamentable de lo jurídico supone la admisión de pocos desarrollos normativos que pudieran convertirse en objetos para mutilarse, conforme da p. 67, logrando el reconocimiento expreso, hecho por todos y cada uno de los países de que los principios básicos forman parte inspiradora de cualesquiera desarrollo normativo ulterior), jurisdiccionalidad (a través de instancias judiciales) y difusión social (para la erección de un clima necesario para su pervivencia como dogma jurídico, en p. 68). Solamente así se puede imbuir al Derecho del conjunto de caracteres racionales que le son propios. El instrumento normativo más preciso y adecuado viene conformado por la vigencia internacional de los documentos sobre derechos humanos, plenamente codificados por la labor de las Naciones Unidas. Jurisdicción, educación y medios de comunicación e información son las armas que permitirían consolidar ese predominio. Un campo de examen preciso es el que proporciona la vieja y polémica ideología construida por Sabino Arana, padre del nacionalismo vasco, quien con sus postulados plenos de racismo, xenofobia, discriminación y demás epítetos distorsionadotes (pp. 70 - 88), que representan todo lo contrario a lo que debe ser el papel de las ideas y de lo jurídico. La civilización, dice Pérez-Prendes a modo de corolario, requiere de un marco jurídico con valor universal para poder ser preservado. A la luz de los mismos, se deben examinar las culturas y los intereses egoístas, no obstante los sentimientos sacrales y las dimensiones imaginativas, consustanciales a la naturaleza humana, que han venido siendo empleadas como soporte de las conveniencias culturales e insolidarias. Concluye el profesor Pérez-Prendes con un llamamiento: "Ninguna cultura, ningún interés, puede existir si ello supone la destrucción o lesión grave de la civilización. La tarea primordial del presente e incluso del futuro más próximo consiste en averiguar qué debe recordar de sí cada cultura y cada interés, para asegurar la pervivencia de la civilización universal" (p. 88).

Uno de los factores que ha dado pie de modo decisivo a los choques culturales ha sido la emigración. De ella se ocupa Gonzalo Anes, de la Universidad de Oviedo3, trazando un fresco ejemplar acerca de las causas y efectos de la emigración española, tema de rabiosa actualidad porque parece que la Historia ha cambiado el lugar ocupado por España (tierra tradicional de exportación) para convertirse en la actualidad en receptora de enormes contingentes de población procedentes de otras latitudes: la emigración. El examen de los condicionantes socioeconómicos que a lo largo de los siglos XIX y XX provocaron el éxodo de buena parte de la población española a la busca de un mejor futuro se complementa con breves comentarios y notas acerca de la legislación que acompañó todo ese proceso.

La Historia no siempre es maestra de la vida. Sin embargo, el profesor José María Coma Fort, de la Universidad Complutense4, recuerda el modo acertado (no sin polémicas y conflictos) que los romanos emplearon para la configuración de una de las mayores estructuras de poder de toda la Antigüedad. La creación de diversos estatutos jurídicos, de entre los que destaca el Derecho de Gentes, basado en la confianza recíproca entre las partes implicadas, respetuosos con la peculiaridad cultural de cada una de las regiones que integraron ese amplio mapa político que fue el Imperio, es acaso un espejo histórico en el que nos podemos ver reflejados, como muestra clara del intento de compatibilizar el respeto a los derechos particulares de cada colectividad y el cumplimiento y posterior realización de los intereses de los poderes dominantes. Coexistencia de diversidades que se mantiene hasta el año 212, fecha de la constitución de Caracalla que extiende la ciudadanía (y con ella la totalidad del Derecho romano) a todos los habitantes del Imperio, provocando ya, de modo oficial, la uniformidad (la práctica dará pie a la modulación de ese Derecho romano por medio de la creación de peculiaridades vulgares, entendiendo este adjetivo sin ánimo peyorativo). Pero como hemos dicho, este proceso no se llevó a la práctica sin conflictos: el profesor Coma pone el ejemplo de la religión (tanto la cristiana como la judía) como casos claros de discriminación dentro del mundo romano, primero como credos opuestos a la religión oficial, después cuando el cristianismo el mismo se convierte en religión oficial e inicia la misma política de marginación que había sufrido en sus propias carnes con anterioridad.

El papel de la Iglesia, como elemento constructor de la realidad europea, tan discutido ahora como consecuencia de los nuevos tiempos constitucionales supranacionales que estamos viviendo, es algo indiscutible. El papel protagonista que la Iglesia ha jugado ha dado pie a la profesora Gloria M. Morán García, de la Universidad de Coruña5, para examinar en perspectiva histórica el tratamiento que se ha dispensado a los gentiles, infieles y paganos, culminando con la regulación dada en los dos códigos de Derecho canónico y en el Derecho de las Iglesias orientales. Un ánimo de dulcificación y de flexibilidad ha presidido esta trayectoria histórica que todavía no ha concluido, pero que permite ampliar el círculo de personas o sujetos que puede operar como tales en el campo eclesiástico.

El mito de las tres culturas o de las tres religiones es examinado por Emilio Cabrera Muñoz, de la Universidad de Córdoba6, quien glosa el tratamiento de los judíos, musulmanes y cristianos en la Baja Edad Media a la luz de la legislación, las crónicas y noticias varias que ponen de relieve cuánto de mixtificación existía en la visión idílica de una España de la tolerancia, de la convivencia pacífica, de la armonía confesional, tópico acuñado, como se sabe, por Américo Castro frente a la postura más radical y beligerante de Sánchez-Albornoz. Las restricciones a la capacidad de las religiones minoritarias o sujetas al poder dominante, o las marginaciones impuestas ex lege manifiestan claramente la existencia subterránea de un componente racista que ocultaba odios sociales, políticos y culturales de muy diferentes signo (con los judíos con el nada complaciente título de comunidad más odiada), que no concluyen cuando se produce la unificación religiosa, sino que permanecen soterrados bajo otros perfiles (mudéjares, conversos o moriscos, por citar tres ejemplos). Milouda Hasnaoui, de la Universidad de Tetuán7, hace lo propio desde la perspectiva islámica explicando cuáles fueron los instrumentos empleados para garantizar esa coexistencia pacífica desde los tratados o alianzas de paz hasta los dictámenes de los juristas musulmanes.

Junto a las diferencias religiosas, las diferencias étnicas han sido también caldo de cultivo de violencias sociales. Remedios Morán Martín, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia8, se ocupa del tratamiento legislativo dispensado a los gitanos, desde su consideración inicial como extranjeros, pasando por la de vagos y maleantes, hasta su equiparación a los naturales. El caudal normativo, compilado en pp. 256 - 273, no es ni más ni menos la expresión, en palabras de la mencionada profesora, que la manifestación clara de la inexistencia de una voluntad de renuncia por ninguna de las dos partes puesto que "ni la sociedad quiso asimilar a los gitanos, ni ellos tuvieron disposición de integración" (p. 254).

El tema vasco, de rabiosa actualidad ante el nuevo embate de Ibarretxe a favor de su plan soberanista, ocupa el trabajo de la profesora Lourdes Soria Sesé, de la Universidad del País Vasco9, quien desglosa dos de los elementos que han sido los pilares tradicionales sobre los que se apoya la construcción del mundo nacionalista: la hidalguía, como presupuesto histórico que marca la idiosincrasia, y la reacción contra el proceso de industrialización y la subsiguiente emigración, que eclosionan en el nacimiento del pensamiento de autoafirmación nacional, donde vuelve a aparecer Sabino Arana, quien hábilmente juega con las herencias y sus propias aportaciones para erigir un mundo ideal e irreal de fuerte rechazo a la realidad histórica que le tocó vivir al País Vasco de finales del siglo XIX. No es, de todos modos, una línea intelectual novedosa. Como afirma a modo de conclusión la profesora Soria Sesé, se trata de dos concepciones, hidalguía y patriotismo, que del siglo XVI al XIX vertebran la configuración política de las provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, pero que son "subsumibles en las corrientes de su época, con la particularidad de que, dentro del contexto español, ambas se radicalizan, extremándose" (p.302).

José Francisco Gálvez, de la Pontificia Universidad Católica del Perú10, resume el tratamiento dispensado al indígena a lo largo de la dominación hispánica, para pasar después a analizar el reflejo de ese problema derivado del choque de culturas en el constitucionalismo decimonónico, centrándose en el caso del Perú (tangencialmente se alude a otros países americanos como México, Argentina o Ecuador) y en el nuevo marco que se produce como consecuencia de las disposiciones de la Organización Internacional del Trabajo (convenios 107 y 169). Un tránsito que ha permitido pasar de la homogeneidad al pluriculturalismo, aunque no se sepa muy bien qué es realmente el conjunto de los derechos indígenas que se tienen que respetar o ser objeto de reconocimiento. El conflicto ha adquirido un nuevo tono porque ya no se trata de afirmar esos derechos (una vez que se ha conseguido su reconocimiento), sino de precisar exactamente el contenido de los mismos, cuestión esta en la que entran una serie de consideraciones más amplias y diversas que afectan a la Antropología o la Sociología, no exclusivamente al universo jurídico.

La profesora Magdalena Rodríguez Gil, de la Universidad de Extremadura11, aporta nuevamente una visión histórica de la emigración, con referencia puntual a lo que acontece en el norte de África, describiendo su tipología, el entramado institucional y normativo que allí se crea, causas, efectos y consecuencias, en unas páginas plenas de Historia y, al mismo tiempo, de reflexión, auspiciada por citas a Joaquín Costa, Ángel Ganivet u Ortega, respecto al papel fallido que España dejó de desempeñar en el norte del continente africano. La mezcla del componente económico con un marco perfil ideológico de esta colonización, teñido de patriotismo, romanticismo y nostalgia, acerca de lo que pudo haber sido y no fue, tanto por la torpeza de los gobernantes patrios como por la presión de las dos grandes potencias coloniales del momento (Francia e Inglaterra).

Finalmente, el libro se cierra con la colaboración de Blas Matamoro, presidente de la prestigiosa revista Cuadernos Hispanoamericanos y miembro de la Agencia Española de Cooperación Internacional12, quien retoma muchos de los aspectos esbozados por el profesor Pérez-Prendes en el trabajo inicial de este. Repasando grandes construcciones históricas o con un acentuado perfil histórico (el evolucionismo de Darwin, el marxismo _así como sus derivaciones o desviaciones_, las opiniones de Gehlen y el posthistoricismo, Fukuyama y el fin de la Historia, o Huntington y la vigencia de la idea de la Historia como proceso, que marcan claramente el papel decisivo respecto al rol que ha de jugar tanto la Historia como la historicidad del ser humano) y manejando expresiones o conceptos ya precisados (civilización como algo artificial, racionalizado; cultura como una suerte de vegetación interior, anímica e imaginaria), expone los grandes retos que el panorama internacional ha puesto ante nosotros, con ese nuevo orden mundial que conforma una suerte de asignatura pendiente. La religiosidad, el capitalismo, la recuperación del papel vertebrador de la Historia y de su sentido, etc., son cuestiones que han calado hondo pero que están lejos de resolver la compleja situación en la que está embarcado el hombre actual. El sentido de una Historia, concebido desde un prisma profano o estético, con las representaciones famosas del círculo y de la línea, como ejemplos extremos de dos visiones diferentes del acontecer que nos circunda. Repetición o no, ese es el dilema que sirve para justificar el recurso al saber histórico. Goethe armonizaba el símil referido en la figura del cono, expresión del crecimiento y de la decadencia de las civilizaciones, de la unión de la línea y del círculo. Las concepciones cosmogónicas de la Historia, más ambiciosas, menos puntuales, como es el caso de los griegos, los chinos o los hindúes, defienden un creacionismo y una consecuente valoración cualificada del tiempo. El esquema cristiano prácticamente lo inunda todo. Precisamente una de las posibilidades, dice el autor en p. 379, de la deriva de la Historia puede proceder de la devolución a la misma de su carácter sagrado y su entrega en manos de los monoteísmos institucionalizados. El resultado no sería el choque o el conflicto, sino la guerra de religión, acaso las más feroces. Los riesgos del monoteísmo son evidentes: el dogmatismo y el fanatismo no son más que sus conclusiones lógicas. El llamado a la tolerancia y al respeto son, pues, necesidades inexcusables, cosa que no está siendo practicada por los Estados Unidos, líderes de ese nuevo orden mundial establecido. Porque a su fanatismo se opone otro no menos fuerte: el Islam. Pero no son los únicos. El cristianismo también ha jugado sus bazas con una mayor efectividad, teñida de sentimientos solidarios e igualitarios. Queda excluida así cualquier salida política porque "nada hay menos político que la religión" (p. 381): "Lo sagrado es violento, porque la verdad trascendente no puede discutirse y el que se escapa a sus límites no es el adversario de una parcialidad humana, sino el enemigo de Dios. Los dioses no negocian. Es propio del hombre religioso la sumisión al orden de las cosas, que no ha sido obra de los humanos sino del mismo Creador. En la hondura natural del hombre donde opera lo religioso, el mantra de los hindúes que se da en cualquier confesión, hay una compacta unidad identitaria donde todo es igual a sí mismo y no llega el principio de contradicción, esencial a cualquier alternancia política" (pp. 381 - 382). No se trata de cercenar la dimensión religiosa del hombre, sino de reconducirla por otros cauces más saludables: preservar la religión de su institucionalización política, de su ingerencia y desvío en los asuntos propios de la relatividad de las cosas mundanas (p. 382). La solución pasa indefectiblemente por una recuperación del aura del Derecho Internacional. La guerra, eso está claro, no es la solución. Es preciso recuperar ese Derecho Internacional basado en el consenso, no en la imposición, en el diálogo, no en la fuerza: "Hay tratados y resoluciones, mas no hay una fuerza imperativa que los convierte en auténtica ley supranacional y sin ese imperium, según sabemos, no hay legalidad posible" (pp. 382 - 383). Ese panamericanismo que ha devenido en imperial y republicano, aunque le falte la ética imperialista: hegemonizan, dominan, someten, pero no colonizan porque salen de sus fronteras para volver a ellas y así "aseguran su perpetua condición de extranjeros, a menudo indeseables, que deben acudir a la belicosidad para permanecer donde les interesa" (p. 383). Un laicismo moderado, no excluyente, se deja traslucir en las páginas finales de este ensayo: "Tal vez la Europa comunitaria, todavía inoperante en la política internacional por falta de unidad en sus decisiones, e indecisa en materia de intervenciones forzosas, tenga un papel que desempeñar en la repolitización del mundo, dejando de lado esta ola aniquilante de guerras de religión que padecemos. La separación entre política y sacralidad, promovida desde una Europa que parece haber superado el culto a las deidades nacionales, madres de la guerra, puede conectarse con las tendencias comparables que hay entre los países sometidos a las dictaduras teocráticas que santifican la intolerancia y el suicidio. La tarea no es fácil ni cabe una confianza pueril en las soluciones permanentes y definitivas. La historia cierra siempre en falso sus puertas y cualquier vendaval de barbarie las puede volver a abrir. Pero no hay otra alternativa visible que jubile a los dioses en su aplastante labor de guerras perpetuas. Pues los dioses no negocian" (p. 383).

Se pone así broche de oro a un selecto grupo de colaboraciones, debidas a plumas diversas, que desde sus respectivas disciplinas han tratado de explicar, como reza el título, las causas y los orígenes de las violencias y conflictos de culturas, a explicar en suma la compleja condición humana y los resultados más destructores (expresados en varios conceptos: emigración, discriminación, minorías, etc.) derivados de la misma.



NOTAS

1 Asumiendo el punto de vista de Arthur Kaufmann para quien la historicidad del Derecho no debe entenderse como una "causalidad histórico-empírica del contenido cambiante del Derecho, sino que se entendería como un modelo de estructura jurídica basada antológicamente en el modo de ser del Derecho, y en consecuencia no arbitraria, de todo ordenamiento jurídico concreto. Con la pregunta sobre la relatividad histórica del Derecho no se cuestiona el Derecho como tal, es decir, no se pregunta cómo está el Derecho simple y realmente en la Historia, sino cómo, por su esencia, posee historia, cómo se caracteriza esencialmente en el transcurso del tiempo. Se trata, por lo tanto, de la propia historicidad ontológica del Derecho y no de la historia empírica de las interpretaciones jurídicas históricas y de las materializaciones jurídicas". Cfr. Kaufmann, A., Derecho, Moral e Historicidad (Traducción de Emilio Eiranova Encinas. Madrid, Marcial Pons Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A., 2000), pp. 36 - 37.

2 "Civilización y culturas en la historia jurídica. Las violencias parasitarias de un talante racio-natural", pp.23 - 88.

3 "Factores socioeconómicos de la diversidad. El caso de la emigración", pp. 89 - 103.

4 "¿Un marco romano de integración de culturas?", pp. 105 - 119.

5 "Los grupos sociales de religión no cristiana en el ámbito del Derecho canónico", pp. 121 - 163.

6 "Judíos, musulmanes y cristianos en la Baja Edad Media. Discriminación y tolerancia", pp. 165 - 203.

7 "Diferencia y convivencia de las culturas en el marco islámico", pp. 205 - 222.

8 "Los grupos gitanos en la Historia de España", pp. 223 - 273.

9 "Hidalgos y patriotas: problemas de configuración política en Euskal-Herría", pp. 275 - 302.

10 "Las comunidades de indígenas en el Constitucionalismo Iberoamericano", pp. 303 - 335.

11 "Un apunte sobre los emigrantes españoles en las formas políticas norteafricanas precoloniales", pp. 337 - 367.

12 "Los dioses no negocian. Emigración, convivencia y conflicto en el ámbito contemporáneo", pp. 369 - 383.

 

Faustino Martínez Martínez

 

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