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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.27 Valparaíso  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552005000100062 

 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos XXVII, 2005, 591-594

RECENSIONES Y RESEÑAS

Rodríguez Ortiz, Victoria, Mujeres forzadas. El delito de violación en el Derecho castellano (siglos XVI - XVIII) (Universidad de Almería, Servicio de Publicaciones, Almería, 2003), 125 págs.





Rodríguez Ortiz aborda en esta obra el estudio de la violación en el Derecho castellano en los siglos XVI - XVIII, pero remontándose a los periodos romano y visigodo, en la medida en que "la evolución del Derecho durante los siglos XVI y XVII en gran medida se desarrolla de acuerdo con las pautas establecidas en la Baja Edad Media" (p. 21) ya había publicado una obra sobre el delito desde la época romana hasta el final de la Edad Media en 1997, que fue objeto de comentario en esta misma Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXI (2000), pp. 645 - 649 por parte de Elena Martínez Barrios.

En la Edad Moderna la castidad y la sumisión de la mujer al hombre se consideraban las virtudes más valiosas, y sólo las recatadas y puras tenían la consideración de "honestas", si bien en los sectores más marginados de la sociedad existían otras normas de conducta. En la práctica, la esfera de libertad sexual era mucho mayor en el varón, ya que la mujer honesta no debía mantener relaciones sexuales antes del matrimonio y, una vez casada, sólo con su marido y orientada a la procreación. Al varón, en principio, también se le exigía lo mismo, pero socialmente, e incluso desde el punto de vista del Derecho, se toleró una sexualidad más activa. La reputación de la mujer que se entregase a un hombre fuera del matrimonio quedaba destruida para siempre, y dejaba de pertenecer al grupo de las "buenas" y "honestas", para integrarse en el de las "malas" y "deshonestas" (p. 34). Las mujeres de buena reputación podían ser solteras, casadas, viudas o monjas. De hecho, durante la Edad Moderna, el matrimonio y el monasterio constituían las dos instituciones privilegiadas para aquellas mujeres que querían vivir con dignidad. Las que llegaran a cierta edad sin estar amparadas en ninguna de ellas, caían en la marginalidad, viviesen o no dentro del núcleo familiar. Asimismo, caían frecuentemente en los abusos sexuales de sus amos o vivían voluntariamente amancebadas para poder sobrevivir. Incluso la viuda sufría a menudo el rechazo social, si bien tenía más consideración que la soltera. Victoria Rodríguez, al analizar este supuesto, señala que "difícil era, por otra parte, para la viuda cambiar de estado pues, al igual que sucedía en épocas anteriores, los obstáculos morales y legales dificultaban las segundas nupcias" (pp. 35 - 36). En Castilla, el matrimonio "atendía a intereses de carácter social y económico y ello provocó en numerosas ocasiones infidelidades y adulterios, que social y jurídicamente se condenaban con mayor dureza en la mujer que en el varón" (p. 36). En ocasiones, incluso la simple sospecha era suficiente para que el varón agraviado reparase su honor por medio de la venganza. De hecho, en el Fuero Real se admitía que el marido pudiera acabar con la vida de los adúlteros, y la Ley 82 de las Leyes de Toro hacía referencia a la justicia de esas muertes. La actitud de rechazo social se mantenía también en el caso de la mujer que había sufrido una violación. A medida que avanzaba la Edad Moderna, la relajación de las costumbres sexuales afectaría a todas las capas de la sociedad, y se fueron superando los usos sociales heredados de épocas anteriores. A finales del siglo XVII y sobre todo en el XVIII los usos sociales fueron modificándose hasta el punto de que el marido en ocasiones consentía el adulterio de su cónyuge si de ese modo conseguía mejorar su situación económica. En la Edad Moderna, la indignidad del hecho afectaba a la víctima, aún en el supuesto de haberse producido contra su voluntad y mediase denuncia.

La violación tenía la consideración jurídica de un delito sexual que se caracterizaba por el empleo de la fuerza, y consistía en el yacimiento de un hombre con una mujer conseguido sin el consentimiento de ésta y por medio de la fuerza. En las Partidas, la violación se consideraba "atreuimiento", ya que la fuerza se realizaba en personas honestas y porque el hecho no sólo suponía la deshonra de la víctima, sino la de sus familiares, e, incluso, la del señor de la tierra donde tal suceso se producía (p. 44). La fuerza constituía el elemento fundamental del delito, que lo diferenciaba de otros delitos sexuales, como el simple estupro o el adulterio. Pero en las Partidas se distinguían dos tipos de fuerza: con armas o sin ellas, por lo que de forma indirecta se estaba haciendo alusión a la fuerza moral o intimidación. En el Fuero Real no se castigaba al varón que yaciese con una mujer que prestase su consentimiento, siempre que ésta no se incluyera dentro del grupo de las que no se pudiese mantener relaciones sexuales. Por el contrario, en las Partidas el mantenimiento de relaciones sexuales con mujeres de buena fama, tanto si ellas prestaban su consentimiento como si eran forzadas, estaba castigado. Existía la idea de que en la mayoría de los casos, las violaciones no tenían la consideración de tales, en la medida en que el hombre que conseguía realizar el acto carnal había logrado superar esas iniciales resistencias de la mujer, que simulaba para aparentar ser virtuosa. Aunque un elemento esencial del delito de violación era el yacimiento o acceso carnal del forzador y la víctima, el mismo no aparece claramente conceptualizado en el ordenamiento jurídico castellano. Tanto en el Fuero Real como en las Partidas el yacimiento que originaba el delito parecía tratarse de una conjunción heterosexual, si bien el primero de ellos también hacía referencia al forzamiento de los hombres (7, 21, 2). A pesar de todas estas reflexiones, Rodríguez Ortiz destaca que "aunque la sociedad no aceptase las violaciones, pues suponían un grave ultraje en la honra de los varones emparentados con la víctima del delito, sí aceptaba, como algo natural, que los hombres realizasen todos los yacimientos que les fuesen posibles, aunque empleasen la fuerza" (p. 50). Esto implicaba que con frecuencia la víctima perdonase a su agresor si éste decidía reparar su castidad y honor mancillados casándose con ella.

Existía una serie de figuras afines como el rapto (pp. 53 - 57). En el Fuero Real, la violación se incluye dentro del rapto, en la medida en que se castigaba el delito de rapto, que podía o no incluir el de violación (4, 10, 1). En las Partidas también existía una gran relación entre ambas figuras, ya que en ambos casos se producía un ultraje a la honestidad de la mujer y a la honra de sus familiares e, incluso, del señor de la tierra en la que tenían lugar los hechos. Rodríguez Ortiz, tras analizar ambas legislaciones, señala que "la proximidad entre violación y rapto es mayor en el Fuero Real que en las Partidas, pues en éstas el consentimiento de la mujer no constituye un requisito esencial del rapto; sin embargo, en el Fuero Real, el raptor y el violador actúan en contra de la voluntad de la mujer y por medio de la fuerza" (p. 54). Otra figura afín es el adulterio (pp. 57 - 58). Desde el punto de vista jurídico, en el adulterio la mujer prestaba su consentimiento para mantener la relación sexual, mientras que en la violación, la ausencia de dicho consentimiento constituía un requisito fundamental en la consideración del delito. Por ello, la violada no sufría castigo alguno, mientras que la adúltera sí (Fuero Real, 4, 7, 1; Nueva Recopilación, 8, 20, 1 y Novísima Recopilación, 12, 28, 1). La violación también podía relacionarse con el "pecado de luxuria" o seducción (pp. 58 - 63). En las Partidas el delito de seducción se castigaba atendiendo a la condición del sujeto pasivo: cuando la mujer era vil no era penado el hecho; pero a las monjas, vírgenes o viudas de buena fama no les estaba permitido el mantenimiento de relaciones sexuales. En dicho texto jurídico, parecía existir un rechazo hacia los seductores incluso mayor que el que despertaban los violadores, pero al establecer la penalidad, la sanción era mucho más severa con el violador, estableciendo como sanción para éste la pena capital.

El forzador tenía que realizar voluntariamente los movimientos del acto carnal para su propia satisfacción sexual; aunque en ocasiones la violación podía tener como trasfondo conseguir que accediera a contraer matrimonio o como ofensa o a ella o a sus familiares. Los sujetos que podían realizar esta acción eran los siguientes: el sujeto activo era el hombre (Fuero Real, 4, 10, 1); el sujeto pasivo, según las Partidas, sólo podía ser la mujer (7, 20), si bien en el Fuero Real se contemplaba la sodomía, considerándose coautores del delito y acreedores del mismo castigo a ambos participantes. El bien jurídico tutelado en las Partidas (7, 19) era la castidad u honestidad de la mujer, así como de los varones emparentados con ella (pp. 76 - 78); mientras que en el Fuero Real la honestidad era la que alcanzaba más relevancia. La conducta antijurídica consistía en yacer con una mujer que fuese "propiedad" de otro, destruyendo, de este modo, la honestidad femenina y la honra del varón vinculado a la víctima.

En estos textos jurídicos del Derecho castellano que estamos estudiando, el delincuente sabía lo que hacía y quería hacerlo, ya que mientras actuaba era consciente de que estaba realizando una conducta prohibida. Las causas de inimputabilidad o de moderación de la pena eran la edad; la enajenación; la obediencia debida como causa de exclusión de la culpabilidad; el sexo como causa de moderación de la pena; la moderación de la pena en atención a ciertos estados pasionales o situaciones personales; la moderación de la pena del delincuente que era entregado a la justicia por sus padres, y la exclusión o moderación de la pena en consideración al bien que se produjo como consecuencia del delito (pp. 86 - 95). El Fuero Real establecía como pena principal en todos los casos de violación la capital, salvo en la violación de la mujer casada, que se castigaba con la traditio in potestatem. En las Partidas la defensa de la castidad de la mujer dependía en gran medida de la buena fama de ésta: sólo en el caso de que la mujer fuese considerada honesta se castigaría con la máxima severidad el ultraje que se infiriese a su virtud (pena de muerte y confiscación de bienes); si la mujer era deshonesta, el juez decidiría según las circunstancias de cada caso concreto: es decir, se castigaba de diferente manera la violación de las mujeres, dependiendo de su consideración social: mujeres de vida honesta (vírgenes, casadas, desposadas, religiosas o viudas de buena fama); mujeres no consideradas de buena fama; e hijas u otras parientes del monarca (pp. 99 - 102). Era frecuente que el violador fuese castigado con pena de menor gravedad o que obtuviese alguno de los tipos de perdones permitidos por la ley, sobre todo si se trataba de una persona de cierta consideración social. En el caso de los nobles, incluso se evitaba el castigo pagando una cantidad de dinero que se ingresaba en la Cámara Real. A partir de las Pragmáticas de Carlos I, de 1552, y de Felipe II, de 1566, la pena de muerte se conmutó por la de galeras.

Victoria Rodríguez, que en la actualidad ejerce docencia como Profesora Titular en la Universidad de Almería, estudió la violación en la Historia del Derecho castellano cuando elaboró su tesis doctoral, defendida en la Universidad de Granada en 1995, que le ha dado para escribir este libro y el de 1997. En la presente oportunidad analiza de forma brillante las fuentes normativas, las fuentes documentales, doctrinales y literarias, aunque el primero era un volumen de muchísima más envergadura que esta segunda entrega, que hasta cierto punto se nos antoja como un subproducto de la tesis. Victoria Rodríguez es discípula de José Antonio López Nebot, que fue catedrático de la Universidad de Almería y que ahora rige los destinos de la cátedra de Granada.

Guillermo Hierrezuelo Conde

 

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