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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.28 Valparaíso  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552006000100020 

 

Revista de Estudios Histórico–Jurídicos 2006, XXVIII, 629 – 631

RECENSIONES Y RESEÑAS

 

ALTURO, JESÚS – BELLÈS, JOAN – FONT RIUS, JOSEP M. – GARCÍA, YOLANDA – MUNDÓ, ANSCARI M., Liber iudicum popularis. Ordenat pel jutge Bonsom de Barcelona (Generalitat de Catalunya, Departament de Justícia i Interior, Barcelona, 2003), 812 págs.


Nos encontramos frente a una edición muy importante y extraordinariamente laboriosa de llevar a cabo, en la que resulta necesario combinar conocimientos de Derecho, Historia, Literatura, Filología y Paleografía y Diplomática. El venerable sabio y antiguo catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Barcelona Josep Maria Font Rius sitúa el manuscrito de Bonsom, confeccionado probablemente en Barcelona, en el año 1011 (p. 24). En palabras de Font Rius esta obra de Bonsom recogía una "edición crítica de una de las versiones más caracterizadas de aquel código –el Liber iudiciorum– de entre las elaboradas en Cataluña en los siglos medievales" (p. 19). Por otro lado, señala que hay que modificar sensiblemente el enfoque tradicional de los autores que consideraban ese texto como una expresión oficial y definitiva del reino visigodo, ya que se admite de forma casi generalizada que los monarcas no consiguieron darle validez efectiva en todo el Reino, por lo que obtuvo una escasa y limitada aplicación. De hecho, el excesivo grado de romanización y su elevada técnica le hicieron poco accesible a la masa de pobladores, de forma que sólo tuvo aplicación efectiva en la Corte y en los círculos oficiales de las provincias o en los centros de poder (pp. 25–26).

Yolanda García López hace un estudio de la edición de Karl Zeumer (pp. 31–65), publicada en los Monumenta Germaniae Historica, en Hannover–Leipzig (1902) (reed. Graz, 1973). En esta edición se encontraban divididos por primera vez los elementos de las dos recopilaciones principales: las de Recesvinto (653–672) y Ervigio (680–687), que superaban las ediciones anteriores, que quedaron englobadas bajo una V de Vulgata (p. 33). Zeumer estudió la reconstrucción del Liber hasta la época visigoda, a pesar de que tuvo vigencia en ámbitos políticos diversos durante muchos siglos (p. 34). De hecho, existe una edición del Liber escrita en Barcelona en el año 1011 por Bonsom: juez, escribano y jefe de una escuela jurídica de Barcelona en torno al año 1000. Yolanda García llega a manifestar que "el ms. París 4667 F (Zeumer E2) aportaba una idea global de una edición de la Lex Gothorum en algunas cuestiones tratadas" (p. 44). Pero en la primera mitad del siglo X, las copias literales y las paráfrasis del Liber desaparecerían de los documentos. En esta época los dos testimonios manuscritos que permanecieron abogaban porque las copias del Liber estaban dotados de instrumentos gramaticales y literarios para su aprendizaje, y no exclusivamente jurídicos (p. 52). Pero estas pautas fueron cambiando a mediados del siglo X con el conde de Besalú y obispo de Gerona, Miró Bonfill (pp. 59–65). En realidad Miró se centró en el Liber "como una fuente expresiva y ética" (p. 62).

Font Rius se vuelve a ocupar de otro tema como es la Escuela Jurídica altomedieval de Barcelona (pp. 67–100). Los juristas más representativos de la misma –aparte de Bonsom– fueron: Oruç –que actuó más en calidad de jurista que como escribano en el periodo comprendido entre 971 a 1010–, Ervigi Marc y Ponç Bofill Marc –probablemente padre e hijo, respectivamente–, que adquirieron notoria relevancia desde las postrimerías del siglo X hasta finales del primer tercio del XI (pp. 77–100). El paterfamilias ejerció su actividad jurídica entre 975 y 1009; si bien se le ha acusado de que llevó a cabo funciones más propias de un notario que de un interventor de la justicia, no fue totalmente cierto. El supuesto descendiente ejerció su labor desde finales de la primera década del siglo XI, entre 1006 y 1010, como escribano; no obstante, a partir de 1011 ya figuraba como clérigo y juez. Por otro lado, existe constatación de que en los territorios de Urgell actuó en los lustros que van desde 1019 a 1030, tanto en la curia condal como en la episcopal (pp. 88–89).

Anscari M. Mundó, al estudiar la figura del juez Bonsom (pp. 101–124), se refiere al protagonismo que tuvo Bonsom o Bonushomo, sobre todo con la elaboración de su Liber iudicum popularis. De hecho, puede decirse que es "su autor moral y material" (p. 103). Este escritor laico, que vivió en torno al año 1000 en la ciudad de Barcelona, redactó su primer documento judicial el 17 de febrero de 988. En algunos de sus escritos Bonsom dejó en evidencia su condición secular como Levita et exarator. A continuación Anscari Mundó se refiere en unas breves páginas a los manuscritos del Liber iudicum popularis: el perdido de Ripoll, el de Vic–Manlleu y el palimpsesto de Sant Cugat (pp. 119–124).

Otro de los códigos estudiados por Anscari M. Mundó es el codex del Escorial Z.II.2 (pp. 125–135). Este manuscrito, datado según Mundó en el 1200, ha sido el único conservado en su totalidad del Liber iudicum popularis. El obispo de Vic, Joan Baptista Cardona (1581–1587), para obtener la benevolencia del rey, ofreció este código a Felipe II en 1585. Por este motivo, aunque se le atribuyeron los números Z.II.2, es más conocido con el nombre de codex de Cardona. Como señala Mundó "en el código de Cardona se observa la actuación de diversas manos" (p. 130), así como una escritura carolingia, si bien en otros casos se observan rasgos típicamente visigóticos. Sin embargo, la decoración del código de Bonsom no mostraba reminiscencias de estilo visigótico ni mozárabe o hispánico. Toda ella recogía la más pura tradición continental carolingia.

El Liber de Bonsom en la tradición catalana y la traducción del Centro Jurídico de Barcelona ha sido estudiado por Yolanda García López (pp. 137–144). En el año 982, Miró presidía en la sede de Gerona un tribunal para el cual había elegido como jueces a Arucius o Aruci en catalán y a un clérigo llamado Ató o Atón, según lo indiquemos en castellano o en catalán. García López destaca que en el Liber desapareció toda autoridad distinta del iudex durante los litigios, exaltando las prerrogativas y funciones del juez; si bien se constató en el siglo X la necesidad de incorporarse otros escribanos que no fueran jueces. Por otro lado, y refiriéndose al décimo de la dote matrimonial, a la tutela de las diferentes formas de testamento, a los términos para publicar las últimas voluntades verbales, etc., señala que fueron recogidas de forma paulatina por la Lex. De hecho, la incorporación por parte de Ponç Bonfill de las reglas testamentarias reflejaba la necesidad de ello (p. 143).

Al estudiar García López la Vulgata del Liber (Vulgata catalana) (pp. 145–166) afirma que "todos los códigos pertenecientes a la Vulgata muestran [...] una serie de innovaciones [...] que hacen que no sea una copia fiel y repetida de la edición originaria" (p. 147). A finales del siglo XI, el Liber fue traducido dos veces al catalán. De hecho, los fragmentos más antiguos que se han conservado de estas traducciones, también han sido los libros más antiguos en lengua catalana (p. 166). Tuvo como base la edición de Ervigio, ya que este monarca visigodo suprimió las novellae de Recesvinto así como aquellas frases que habían quedado marginadas por la tradición. La Vulgata se encontraba dividida en dos conjuntos: el barcelonés y el septentrional (pp. 150–156). Yolanda García destaca que "la Vulgata que circulaba por Cataluña en el año 1010, e incluso antes, en sus aspectos esenciales constituía la primera revisión catalana importante del Liber. De esta forma se eliminaban las ‘oscuridades’ procedentes de los modelos antiguos" (p. 156), aunque desde los comienzos del siglo XI se percibía por parte de los legisladores la necesidad de modernizar aún más el Código visigótico.

Otro aspecto estudiado por Yolanda García alude a los añadidos y revisiones internas del Liber iudicum (pp. 167–219). El edicto de publicación de Ervigio –en el cual justifica la revisión del Código– fue colocado al comienzo del libro II (2.1.1), mientras que el texto del edicto se presentaba como un prefacio a la obra (p. 170). Por este motivo, García López manifiesta que "es como si, para el redactor ervigiano, no existiera el Libro" (p. 170). Por otra parte, se recogieron infiltraciones de Derecho romano y franco (pp. 172–173); otros añadidos que pueden verse en 5.2.6 quizás hayan sido copiados directamente del Breviario de Alarico. Por supuesto las leyes visigóticas se superpusieron también dentro del Código. Entre las novedades "catalanas" del Código de Bonsom, habría que diferenciar las siguientes: las que figuraban con anterioridad del siglo IX; las que aparecían con los manuscritos de la Vulgata; y, finalmente, las realizadas por Bonsom (pp. 174–179).

Resaltamos, ya para terminar, que es un auténtico privilegio que Font Rius presente esta nueva edición del Liber iudicum popularis (pp. 17–30), que ha sido fruto de una laboriosa investigación de un equipo de filólogos, paleógrafos e historiadores del Derecho. En la segunda parte de este volumen se acompaña un texto catalán, es decir, una versión catalana del famoso Liber (pp. 295–801), pero se ha utilizado la basada en la edición moderna del Liber, considerada como la más solvente hasta ahora, y que ha tenido una aceptación general entre los estudiosos: la del alemán Karl Zeumer.

 

Guillermo Hierrezuelo Conde

 

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