SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número28Friedman, Lawrence M., A History of American Law (3ª ed., New York, Touchstone, 2005), 620 págs.Herrera, Carlos Miguel, La philosophie du Droit de Hans Kelsen. Une introduction (Les Presses de l’Université de Laval, Québec, 2004), 101 págs índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.28 Valparaíso  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552006000100038 

 

Revista de Estudios Histórico–Jurídicos 2006, XXVIII, 700 – 703

RECENSIONES Y RESEÑAS

 

Grossi, Paolo, Derecho, Sociedad, Estado (Una recuperación para el Derecho) (Escuela Libre de Derecho / El Colegio de Michoacán / Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México, 2005), 246 pp.





La verdadera grandeza de los hombres, decía Dickens, consiste en hacer que los demás se sientan asimismo grandes y no pequeños. ¿Cómo sabemos cuando nos hallamos ante un grande? ¿Existen en el campo del Derecho figuras comparables a los egregios juristas de antaño sobre cuyos hombres nos levantamos en la actualidad? ¿Existe un modelo de jurista que pueda ser calificado como universal, porque universal es su mensaje? Un síntoma o una señal pueden venir determinadas precisamente por la expansión de su pensamiento, por la fuerza con la que sus ideas son capaces de recorrer y asentarse en el mundo entero. Las ideas no conocen de fronteras y el pensamiento es acaso lo único libre que nos resta. Ambos elementos, pensamiento difundido y libertad (y responsabilidad) en su ejercicio, convergen en la figura central de este trabajo: Paolo Grossi. Desde su pequeño laboratorio florentino en la Villa Ruspoli, Grossi, primero, y sus colaboradores después, han conseguido crear todo un lenguaje propio, un universo intelectual singular y compartido, con unas expresiones, conceptos y categorías que prácticamente el mundo científico entero ha aceptado de una forma crítica y pacífica, sin complacencias, un modo de análisis del fenómeno jurídico ciertamente revolucionario. Ahí la clave del éxito: el localismo no se ha producido, sino que ha superado las fronteras de la Toscana. Porque sus estudios, al margen de un estilo literario fuerte y poderoso, contundente si se quiere, no dejan indiferente a nadie. Son páginas y páginas llenas de propuestas novedosas en lo formal y en lo material, complejas, reflexivas o que inducen a la reflexión, pero no son páginas sin más. Paolo Grossi habla, nos habla y ha hablado de instituciones, conceptos y principios del ordenamiento de la Iglesia (uno de los pilares de nuestra cultura jurídica), de la propiedad y sus variaciones (el dominio y las cosas: otro de los pilares de la modernidad), y, sobre todo, de la función de la ciencia jurídica y del jurista en el seno de lo que él denomina "absolutismo jurídico", retos ante un futuro incierto ante el que hay que adoptar una actitud valiente y decidida. El componente racional, la profunda meditación sobre el Derecho en toda su extensión, la expresión limpia de un honesto trabajo intelectual no corrompido, han hecho que Grossi rebase los márgenes de la Historia del Derecho (cosa lógica, si es que todo es Historia) y se pueda considerar con toda propiedad como un auténtico jurista, como un pensador y forjador de lo jurídico, que va más allá de la mera forma y hurga en la materia, un jurisperito con mayúsculas, una persona que estudia y aprende el Derecho, que lo vive, lo interioriza y lo reflexiona, que lo ha convertido en el eje de su existencia. Y su mensaje ha calado hondo en Europa y también en la América hispánica. Porque es un lenguaje comprensible, cercano, nada ajeno, ni impropio que convierte el Derecho en un elemento cotidiano, no meramente decorativo, sino pleno de sentido para nuestras existencias. Fisiológico, no patológico, como él mismo ha tenido ocasión de señalar. La dificultad de acceder a muchas de sus obras (producción ingente desperdigada en multitud de revistas de alcance internacional) es lo que ha justificado esta publicación de varios patrocinadores, que reproduce en sede unitaria lo que ya se había escrito en otros artículos y trabajos (muchos de ellos de procedencia mexicana, como la Gaceta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el Boletín Mexicano de Derecho Comparado o el Anuario Mexicano de Historia del Derecho). Su objetivo es claro: dar a conocer al público especialista mexicano (y al público en general, preocupado por la cultura en toda su extensión y colorido) una surtida selección de lo mejor del pensamiento del maestro florentino, cuyo éxito en México, tanto de crítica como de público, es realmente apoteósico y masivo. No espere, pues, encontrar el lector cosas nuevas, ideas, giros o reflexiones innovadoras. Se trata del material grossiano de siempre, de primera calidad, bajo envoltura y lenguaje mexicanos, con plurales presentaciones, y dos añadidos: una entrevista efectuada por alumnos de la Escuela Libre de Derecho, donde el maestro se vuelve, si cabe, más cercano (pp. 225 - 238) y unas fotografías de los diferentes eventos en los que participó Grossi en su último periplo mexicano allá por el año 2004, con conferencias a lo largo y ancho de la república, ante estudiantes, magistrados, defensores del pueblo y demás operadores jurídicos, públicos y privados. La traducción ha corrido a cargo de José Ramón Narváez, joven profesor mexicano que, a sus indudables méritos como historiador del Derecho, acreditados por una sólida obra científica, suma la condición nada despreciable de haber sido formado por Grossi y compañía en el Centro florentino en el período 2000 - 2004, compartiendo saberes, experiencias y, sobre todo, sentimientos. Nadie, pues, más capacitado que él mismo para verter al castellano lo que Grossi construyó en su elegante italiano. Y la verdad es que sale bien parado del complejo proceso de la traducción.

La obra es resultado de patrocinios varios, decíamos, y, por ese motivo, varias son las presentaciones que se corresponden con las palabras de los responsables de aquellas instituciones que acogieron a Grossi en su viaje mexicano: una introducción del rector de la Universidad michoacana; una presentación sólida del pensamiento de Grossi en sus líneas generales, por parte quien ha sido uno de sus más firmes defensores e introductores en el mundo latino, el profesor José Luis Soberanes, presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos; unas breves líneas de Rafael Diego Fernández, director del Colegio de Michoacán; un estudio sobre el influjo de Grossi en México, obra de su discípulo mexicano-florentino, José Ramón Narváez (acaso lo mejor de estos plurales prefacios por lo que tiene de novedoso, de rompedor, de realista, de espejo de lo cotidiano) y el discurso de bienvenida pronunciado por el profesor Jaime del Arenal con motivo de una conferencia de Grossi en la Escuela Libre de Derecho, uno de los centros educativos en donde la huella florentina es más intensa y perdurable, acaso porque sus orígenes reconducen a un sano naturalismo jurídico, alejado del positivismo del que se le acusa en ocasiones, institución que funge a modo de apóstol que guarda un gran paralelismo intelectual con el universo grossiano.

Los trabajos presentan, como hemos destacado, las ideas basilares del pensamiento del maestro. Los temas son los comunes en la producción de todos conocida. Así, se refleja de nuevo su reflexión sobre el orden jurídico medieval y el papel esencial que en su construcción juega la idea de autonomía, que no de soberanía, ("Un derecho sin Estado. La noción de autonomía como fundamento de la constitución jurídica medieval", pp. 15 - 33), en un mundo como el del Medievo que no es archipiélago de soberanías, sino precisamente tejido de autonomías (p. 32), con un Derecho que está claramente inspirado por lo social, dependiente de la realidad y de la naturaleza, inspirado por la sociedad en su conjunto y sus plurales intereses, no por un Estado, que no existe en el sentido y con los perfiles modernos del término, generándose un Derecho que representa su intimidad más profunda, lo más sólido del entramado político, social y sentimental, y con ello, en tono casi profético, su salvación, para incidir de nuevo en estas coordenadas de pensamiento en el segundo de los ensayos recogidos ("De la sociedad de sociedades a la insularidad del Estado. Entre Edad Media y Edad Moderna", pp. 35 - 60). A renglón seguido llega el mito: el absolutismo jurídico, con el Grossi mantiene una dura pugna desde hace tiempo: "Algo más sobre el absolutismo jurídico (o sea: de la riqueza y de la libertad del historiador del Derecho)", pp. 61 - 75, en donde procede a conceptualizar de nuevo esa frase terrible, ese mito peligroso que nos circunda. Absolutismo jurídico, ¿qué hay en esa palabra? Y responde nuestro jurista: ultralegalismo, defensa a ultranza de la propiedad y del contrato al estilo del XIX, aridez, rígido monismo dictado por imperiosos principios de orden público, que nos impiden una visión pluriordinamental y pluricultural, con un solo canal histórico de circulación dotado de amplios y altos márgenes para evitar "inmixtiones y conmixtiones" del exterior: "La regla, la norma, se genera en aquel solo curso; el regular, el normal, y sobre aquel se mide. Todo el resto tiene dos pesadas condenas: lo ilícito o, en el mejor de los casos, lo irrelevante" (p. 65). La civilización pierde así la capacidad para percibir la complejidad. De lo plural se ha pasado, hemos pasado a un orden simple, fortificado por una rigurosa lógica, poco sensible al devenir y al cambio, solidificada, por tanto, en cierto punto, irreal o apartada de la realidad. Las armas que combaten eso pasan necesariamente por la formación de los juristas, una formación amplia, sólida, universal y compleja. Así lo expresa en "El punto y la línea (Historia del Derecho y Derecho Positivo en la formación del jurista de nuestro tiempo)", pp. 77 - 97, o en "La formación del jurista y la exigencia de una reflexión epistemológica innovadora", pp. 183 - 224. Pero sin descuidar en sus reflexiones la posibilidad de que los nuevos creadores del Derecho reproduzcan los errores del pasado, de ahí la importancia de tener la vista puesta siempre en lo pretérito para aprender de los aciertos y corregir los errores ("Modelos históricos y proyectos actuales en la formación de un futuro Derecho europeo", pp. 99 - 110), advertirles sobre la importancia de la superación del individualismo más cerrado con la consecuente recuperación de la dimensión social del hombre y del protagonismo de las sociedades intermedias ("La última carta de los derechos", pp. 111 - 121), la huida del jacobinismo más cerril y ofuscado que debe ser evitado a toda costa, como expone de forma más detallada en "Las diversas vidas del jacobinismo jurídico (o bien: la Carta de Niza, el proyecto de constitución europea y las insatisfacciones de un historiador del Derecho", pp. 123 - 152. El jurista se apresta a buscar el orden, a eludir la absolutización y la preponderancia, a combatir ese jacobinismo monista, estatalista, amigo de verdades indiscutibles que devienen reglas absolutas1. Junto al absolutismo, la globalización y su incidencia en la ciencia jurídica ("Globalización, derecho, ciencia jurídica", pp. 153 - 181), en una época de movimientos, cambios acelerados, devenir y mutación, que ha incidido claramente en la formación y en la formulación de lo jurídico de una forma separada de los precedentes científicos con que contábamos. Varios factores han provocado el cambio, como es el caso de la desterritorialización o pérdida del territorio como elemento de referencia de cara a la aplicación del Derecho, o la marcada primacía de la economía y de la tecnología sobre la política (cuentan los hechos económicos, los informes, los dictámenes, los balances, informales y plásticos, plenos de atipicidad y de factualidad), que llevan al eclipse del Estado y de su soberanía. Globalización es, sobre todo, "ruptura del monopolio y del rígido control estatal sobre el derecho" (p. 161). Ello ha provocado dos consecuencias: la pluralidad de sujetos creadores y de las fuentes del Derecho (un nuevo pluralismo jurídico) y la reprivatización de inmensas zonas del planeta jurídico (un derecho privado producido por los privados, nuevamente). El Derecho es ahora un contenedor abierto y disponible; la idea de la plenitud del Código se ha evaporado, entre otros motivos, por el surgimiento de nuevos órdenes normativos superiores a los estatales. La globalización es, al mismo tiempo, una oportunidad, un reto. El movimiento existe y existe la crisis del orden jurídico, lo cual es indubitable. Hay que andar con pies de plomo para eludir cualquier intento de instrumentalización de la dimensión jurídica para la simple satisfacción de intereses económicos, dado que ello haría que los juristas perdiesen su condición de peritos, de prudentes, y deviniesen en exclusiva mercaderes del derecho, en acertada expresión de la p. 178. ¿Qué se le debe pedir al jurista? Valentía y vigilancia, dice Grossi en p. 180, para ordenar el grandioso proceso fenomenológico del Derecho, impedir y atenuar sus fáciles degeneraciones, y, sobre todo, convertirse en la "conciencia de los hombres de ciencia y de praxis, mancomunados por la posesión de un cierto pensamiento, de ciertos conocimientos, de ciertas técnicas, y unidos por la certeza del valor óptico del derecho para la vida de una comunidad local o global" (p. 180). He ahí el reto.

Selección de trabajos antiguos que, como ya decíamos, no aporta nada nuevo al universo grossiano, que se mantiene fresco y renovador todavía más si cabe, sino que persigue una diferente finalidad, cual es la difusión de sus más conocidas líneas de pensamiento en aquellas zonas del mundo, igualmente globalizado, donde es más difícil el acceso a sus trabajos ya versión libro, ya versión artículos de revistas especializadas. Solamente resta felicitar al maestro Grossi por su clarividencia y por la actualidad de muchos de sus mensajes, y a los promotores de esta feliz iniciativa por haber creado un compendio del saber florentino al que podrán tener acceso hombres y mujeres, europeos y americanos, que proporcione un material de primera magnitud para reflexionar en el futuro sobre el Derecho hacia el que vamos y sobre el Derecho que realmente queremos.



NOTA

1 Grossi concibe el jacobinismo del siguiente modo, en pp. 128 - 129: "Es central la idea de un Estado, que tiene por vocación transformar a la sociedad y modelar al pueblo y que, consecuentemente, es pensado y querido como Estado fuerte, centralizador. Con dos comportamientos complementarios: desconfianza en lo social, donde circula desgarrante una observancia incontrolable de la autoridad pero permeable, en cambio, por fuerzas desviadoras (por ejemplo, por los execrables influjos religiosos); y confianza, y, por tanto, completa entrega, en lo político (entendido en el modo más estrecho y exclusivo), al cual le es asignada la tarea de una vigilancia permanente sobre la sociedad civil, a llevarse a cabo gracias a una clase de profesionistas organizados en una comunidad ideológicamente bien cerrada (el partido). Las consecuencias son importantísimas también en el plano jurídico. La visión es rigurosamente estatalista, es decir, monista, con un único producto de derecho, es decir, el aparato estatal. Al centro de éste, la asamblea de representantes, omnipotente, ya que en ésta se encierra y se resuelve la soberanía del pueblo reducido a fungir como coro que aplaude al fondo, sin ninguna capacidad operativa directa; una asamblea que pretende actuar en nombre del pueblo pero en lugar del pueblo, el cual está completamente desprovisto de poderes de control y censura".


Faustino Martínez Martínez

Universidad Complutense de Madrid
España

 

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons