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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.29 Valparaíso  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552007000100020 

 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos XXIX, 2007, pp. 534-537

RECENSIONES Y RESEÑAS

 

ALCALÁ GALIANO, Antonio, Máximas y principios de la legislación universal. (Estudio preliminar sobre "Antonio Alcalá Galiano y los dilemas del liberalismo originario en la España del siglo XIX", de José Luis Monereo Pérez, Comares, Granada, 2006), lxii+130 págs.

 

Guillermo Hierrezuelo Conde


Antonio Alcalá Galiano, fallecido en 1826, era tío paterno del famoso Antonio Alcalá Galiano [1789-1865, de qua vid. María Isabel Lorca Martín de Villodres, Alcalá Galiano, Antonio, en Diccionario crítico de juristas españoles, portugueses y latinoamericanos (Barcelona-Zaragoza, 2005), I, N° 29, pp. 64-65], lo que ha dado lugar a ciertas confusiones. De hecho, la obra que aquí recensionamos en numerosas ocasiones se le ha atribuido a su sobrino, de mismo nombre y apellidos (entre otros, la propia Isabel Lo rea, pero esto no es nada si se compara con las docenas de errores, erratas y equivocaciones que había en los libros de su padre, José Lo rea Navarrete, por lo demás persona inteligente. Ver el citado Diccionario crítico, I, N° 487, pp. 500-501). Por otro lado, desde mitad del siglo XVIII hasta 1940 hay en España al menos seis juristas que llevan el nombre de Antonio Alcalá Galiano. Nuestro biografiado fue jurista de formación y oficial de la Chancillería real de Valladolid y llegó a ser consejero de Hacienda. En su obrase observan reminiscencias de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), Adam Smith, así como de otros clásicos ingleses que en el orden social establecían el respeto a los derechos de libertad, propiedad y seguridad individual, pero también sobre la justicia social, respetando en todo momento el ideario liberal democrático o progresista (p. xlix). Los Alcalá Galiano, de carácter intelectual, asumieron una concepción elitista de la política, y abogaban porque pocas personas estaban en condiciones de establecer las bases del gobierno de la Nación.

José Luis Monereo hace una valoración de la obra Máximas y principios de la legislación universal, de Alcalá Galiano (tío) en los siguientes términos: "es una obra extraordinariamente importante para conocer un período esencial de nuestra historia apasionante del primer tercio del siglo XIX. Es una obra, por lo general, poco conocida, y menos aún leída con la atención que merecería. Merece la disposición a leerla críticamente, con el recuerdo de una reflexión del pasado que influyó, entre nosotros, expresión paradigmática de un criterio conservador muy extendido en su época en el marco de un liberalismo en no pocos aspectos indeciso e indecisorio" (p. xii). Añade Monereo Pérez que "en ella se refleja la lucha de ideas, la confrontación del liberalismo democrático con el régimen absolutista y con el liberalismo doctrinario" (p. xii).

Monereo Pérez, al analizarlas palabras de Alcalá Galiano, tío, señala que éste otorgaba "al texto constitucional un valor o fuerza político-jurídica impulsora e influyente en el poder legislativo ordinario (sin dejar de ser eminentemente una 'constitución política', más que propiamente normativa en el sentido contemporáneo), incluidos los códigos de Derecho privado" (p. xxv). Por otro lado, afirma que "Alcalá Galiano defiende la necesidad de promulgar códigos que faciliten la aplicación del derecho positivo, la seguridad y la certeza jurídica; pero, ante todo, porque los códigos son reflejo de la pretensión de conformar un 'orden social' procedente del Parlamento dotado de fuerza normativa bilateral [...]" (p. xxv). Como reseña Monereo Pérez, en el "Prólogo" a su obra, "asume de modo concluyente el ideal moderado típico del pensamiento conservador, y en gran medida doctrinario" (p. xxix), al tiempo que "exhibe el nuevo ideario por él asumido, reflejando una orientación de tendencia hacia el desplazamiento de los ideales liberales revolucionarios por los del 'moderantismo' del liberalismo conservador; que en algún caso llega tan lejos como para ser calificado de anti-liberal" (p. xlv). Asimismo "ve críticamente la comprensión de la doctrina del pacto social como base de la sociedad civilizada integradas por individuos como sujetos del orden social establecido" (p. xxix). El pensamiento económico de Alcalá Galiano, como menciona José Luis Monereo, aparece recogido expresamente, el "Prólogo" a esta obra, redactado posteriormente, se sustentaba en las ideas liberales de su hermano Vicente Alcalá Galiano, acérrimo defensor del liberalismo económico de Adam Smith (p. xxx). De hecho, Monereo Pérez le califica como "una figura situada exactamente en medio, en el mismo centro, de la historia europea de transición del viejo al nuevo orden del capitalismo liberal" (p. xxxv).

Aunque estas Máximas se publicaron en 1813, su autor ya "veía con verdadero temor el proceso revolucionario iniciado en nuestro país en 1808 que desembocaría en la promulgación de la Constitución de Cádiz, y en la inmediata reacción absolutista de 1814 [...]. Esto pone de relieve por sí mismo su falta de decisión para establecer un nuevo orden con arreglo a las premisas políticas del liberalismo en sus distintas dimensiones (políticas, jurídicas y económicas) [...]. Su teoría política —a menudo primaria— intenta responder a los problemas planteados por la construcción de una monarquía parlamentaria, pero desde el temor a la Revolución" (pp. xlvi-xlvii). La adopción de un conservadurismo moderado, recogido en sus Máximas, le hizo reforzar el poder regio y limitar al mismo tiempo el derecho subjetivo de sufragio. En su pensamiento político también abogó por la compatibilidad entre una monarquía constitucional y los postulados del liberalismo moderado como eran la libertad, la igualdad y la seguridad (p. liv).

En el Libro primero (pp. 7-52) afirmaba la existencia indubitable de un Ser Supremo, que debía ser venerado, y que representaba la suma sabiduría, la suma justicia y el sumo poder de todo el Universo. Manifestaba que para que las leyes fueran justas no debían ser arbitrarias ni representar voluntades particulares de los legisladores (p. 22). De este modo, Antonio Alcalá establecía una distinción entre las leyes físicas, las leyes naturales, el Derecho de gentes, el Derecho político, el Derecho civil, etc. Las primeras eran las que ordenó el Supremo para la conservación y dirección del Universo; las segundas las que dimanaban sólo de la naturaleza, y que estaban presentes en todas las sociedades. Lo que se conoce como Derecho natural, el Derecho de gentes, estaría conformado por las leyes que adoptara una sociedad en sus relaciones con otras; pero si las leyes entre los gobernantes y los gobernados, formaban el Derecho político, el Derecho civil estaría integrado por las relaciones que tuvieran los individuos de una sociedad entre sí. Le atribuía a la sociedad la naturaleza de "ser abstracto que no existe más que en sus miembros, y su felicidad consiste en que estos sean felices" (p. 25). Y era la propia naturaleza, patrimonio del hombre, la que le proporcionaba los bienes necesarios. Por ello, "el buen legislador debe dictar leyes que proporcionen a los miembros de la sociedad la adquisición y el goce de estas tres clases de bienes" (p. 41). Propone que en todas las naciones se respetase el derecho de la propiedad, única vía para su florecimiento; de esta forma, la repartición de las propiedades, se presentaba como un bien en la sociedad que la haría progresar. En este escenario, la agricultura era el pilar básico del poder de las naciones, y reflejaba la idea del auge de una Nación o de su propia decadencia. Como la agricultura, la industria o las relaciones comerciales representaban una verdadera riqueza real, todo buen legislador debía dictar leyes que las protegiesen y favoreciesen (pp. 44-49). Pero el signo universal de las riquezas en todas las naciones estaba reflejado en la moneda, que representaba el valor de todas las mercancías; aunque también sería un error confundir las señales o los signos de las riquezas con las mismas riquezas.

El segundo de los libros estaba dedicado a cuestiones de naturaleza política (pp. 53-92). De esta forma, la soberanía consistía en el derecho de mandar, así como el de obediencia de los subditos; y los gobiernos se dividían en monárquicos —basados en el principio del honor—, despótico —que tendría como fundamento el principio del terror— y republicano, pudiéndose plantear este último como democrático —cuyo principio sería la virtud política— o aristocrático —fundamentado en la moderación— (pp. 55-62). Alcalá Galiano hizo una valoración positiva del gobierno monárquico, en la medida en que "la mayor duración del Gobierno monárquico, en comparación de los demás Gobiernos, es prueba de que es el más conforme a el orden natural. La inobservancia de las leyes en las monarquías, puede repararse por su mayor conformidad con la naturaleza; mas no en las democracias, pues cualquier inobservancia de las leyes causa su destrucción. En las repúblicas casi siempre hay revoluciones que producen y causan a la sociedad males incalculables; no así en las monarquías" (p. 64). Sin embargo, consideraba que la elección del Soberano en las monarquías, se presentaba como uno de los mayores males de la sociedad, por lo que para evitar cualquier tipo de enfrentamiento presentaba como modelo el hereditario. En todo momento, mostró su posición contraria a la guerra, que se opone al Derecho natural y a la propia justicia. Tan sólo "será justa la guerra en el caso de que una sociedad se vea amenazada por la invasión de otra sociedad" (p. 76). Y sólo podía causar una conquista legítima, aquella guerra que fuese declarada por causa justa. Asimismo, consideraba como revoluciones justas las que se originaban en los Estados para resistir a un poder opresor que privase a los subditos de lo que la naturaleza les concedía. Desconoce o, al menos, no refiere las teorías clásicas elaboradas por la doctrina de siglos XII, XIII y XIV sobre las condiciones de la guerra justa.

Otras cuestiones son tratadas en el libro tercero (pp. 93-130). En el Estado social eran necesarias las leyes positivas para regular las relaciones entre los ciudadanos, que debían ser concisas, claras, simples, nobles, irretroactivas y en el idioma común. Pero para asegurar el cumplimiento de estas leyes positivas estaban los jueces, que no podían modificar la ley, ya que sus funciones se reducían al examen de los hechos, así como a la aplicación del derecho. Asimismo, se haría imprescindible establecer reglas fijas y precisas, para que el juez preparase y se pronunciase: las formas judiciarias (pp. 100-102). De otro modo, no existiendo las formas judiciales, el Juez podía denegar la justicia a su libre arbitrio, prolongar el procedimiento o alterar las pruebas. Hacía referencia a los contratos y sus requisitos: la compraventa, el empréstito, el depósito, la donación, el arrendamiento, el matrimonio, etc. No olvida el tema de los extranjeros, resaltando los pactos que las naciones tuvieran entre sí para reconocer los derechos de los otros nacionales. Pero dichos acuerdos debían ser conformes a lo establecido en el Derecho internacional. Una vía para ello era el establecimiento de los requisitos para la naturalización de los extranjeros. Finaliza haciendo referencia a los delitos, las penas y la policía (pp. 121-130).

En la presente edición, José Luis Monereo ha utilizado la versión publicada en Madrid en 1813 de esta obra de Alcalá Galiano. Es una reedición de un clásico, que ha quedado "lamentablemente ensombrecida por la notoriedad y la talla ciertamente excepcional de quien fuera su sobrino con el mismo nombre y autor de obras tan importantes como Lecciones de Derecho político, Recuerdos de un Anciano y Memorias' (p. liv). Por otra parte, es "un libro importante [...] para conocer la evolución del ideario liberal en ese primer tercio del siglo XIX, pues exhibe en gran medida los argumentos más contundentes del liberalismo conservador que desea introducir reformas moderadas en las estructuras del Antiguo Régimen, procurando establecer una evolución no brusca hacia un nuevo orden integrador" (p. liv). José Luis Monereo cabalga con gran seguridad científica por el siglo XIX y los primeros sesenta años del XX, por lo que merece una nueva felicitación, en la que no podemos dejar de lado a Miguel Ángel del Arco, verdaderamente no un ángel, sino auténtico arcángel ministerial protector benéfico de estas magníficas ediciones de clásicos del Derecho de la editorial Comares.

 

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