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 número34Conde García, Francisco Javier, El hombre, animal político [1957] (con “Estudio preliminar” de Jerónimo Molina Cano, “La ontología política de Javier Conde”, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011), 149 págs.Domínguez López, Esther, La legítima defensa en el Derecho romano con referencia a la dogmática moderna (con “Prólogo” de Antonio Ortega Carrillo de Albornoz, Madrid, Dykinson, 2011), 197 págs. índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.34 Valparaíso oct. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552012000100021 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos
XXXIV (Valparaíso, Chile, 2012)
[pp. 525 - 527]

Bibliografía

Díaz Bautista, Antonio - Díaz-Bautista Cremades, Adolfo, El Derecho romano como introducción al Derecho (Murcia, Diego Marín, 2010), 301 pp.


El romanismo es, en ocasiones, una enfermedad hereditaria. Esta ciencia es capaz de generar pasiones que traspasan las generaciones y se transmite de padres a hijos, logrando que el fuego que consume al padre sea también el hogar del hijo. Así, en el caso que nos ocupa nos encontramos con un padre y un hijo que no sólo comparten la misma pasión, sino que incluso llegan a escribir juntos un libro sobre la materia, esta vez uno de vocación docente, un manual de Derecho romano.

La obra en cuestión no es un libro inocente. Desde su título, constituye una verdadera declaración de política educativa que no puede obviarse: el Derecho romano es un instrumento que permite a quienes comienzan a formarse como abogados introducirse en el Derecho vigente. En efecto, desde la codificación alemana el Derecho romano, como el capitalismo, pasa por crisis periódicas que nunca terminan de matarlo ni tampoco de las que consigue salir completamente. Los estudiosos del Derecho romano se han visto sometidos a un constante cuestionamiento de su labor, especialmente docente, puesto que muchos de los profesionales del Derecho positivo suelen mirarlo con desconfianza, como un objeto escasamente útil y, cuando no, intelectualmente subversivo. Recordemos que es una conducta habitual para los regímenes totalitarios el intentar suprimirlo, como en efecto hicieron tanto la Alemania Nacionalsocialista como la Unión Soviética. El Derecho romano guarda la memoria histórica de nuestro Derecho positivo, conoce sus secretos, sus orígenes, da cuenta de sus victorias, pero también de sus derrotas y bajezas desmitificando al legislador decimonónico, al cual el moderno Estado-Nación intenta disfrazar de divinidad para que nadie desconozca su omnicomprensiva voluntad. El Derecho romano nos recuerda que el orden jurídico se compone de razones que subyacen al mandato legislativo, que en ocasiones lo superan y que son capaces incluso de doblegarlo, imponiendo teorías sobre la misma sacrosanta voluntad de la Ley. Así, no es raro que el Derecho romano resulte incómodo, es más, debe serlo, como el tábano de Sócrates que importuna a los legisladores engreídos en un poder más aparente que real.

Sin embargo, la perpetua crisis del Derecho romano ha dado lugar a dos alternativas a la hora de enseñarlo: una –hija de la hipercrítica– es aquélla que postula al Derecho romano como un mundo aparte, desconectado del Derecho positivo y que debe impartirse desde una pureza conceptual propia del “cielo de los juristas” que suele llamarse período clásico. Así, el Derecho romano no sería un instrumento de interpretación del Derecho vigente, sino más bien un ejercicio intelectual propio de sabios que escriben obras incomprensibles para el abogado de la calle. Esta postura ha llevado a acrecentar la crisis de la enseñanza del Derecho romano, toda vez que este olímpico desdén hacia el Derecho positivo vino a confirmar –para sus detractores– la escasa utilidad práctica del mismo. Sin embargo, existe una segunda postura respecto al rol del Derecho romano en la docencia jurídica actual, la cual lo enfoca como una verdadera introducción a la Ciencia Jurídica donde se intenta mostrar la íntima conexión que existe entre el acervo jurídico romano y el desarrollo del Derecho en la actualidad. Esto no significa dar un paso atrás y volver a la Escuela pandectista, toda vez que dicha corriente intentaba no dar explicación del Derecho moderno, sino transformar el Derecho romano en una realidad actualmente aplicable, para lo cual debía, necesariamente, deformarlo.

La Ciencia Jurídica bebe de los conceptos e instituciones forjadas en Roma y cada vez que un país intenta incorporarse al orden jurídico globalizado ha de transpolar dichos conceptos a su ordenamiento. De ahí, por ejemplo, que Japón, a fin de realizar su codificación de 1896, haya debido primero establecer una cátedra de Derecho romano en la Universidad Imperial de Tokio en 1873. Otro tanto puede decirse de la China actual, que a fin de codificar, comenzó por traducir el Corpus Iuris. El Derecho romano es nuestra lengua jurídica común, universalmente aplicada y adoptada por todos aquéllos que desean incorporarse al tráfico económico globalizado. En efecto, a pesar de su crisis, el Derecho romano hoy en día se expande como ningún emperador habría soñado y penetra en la investigación y docencia asiática incorporando a la órbita romana-continental a una cuarta parte de la población mundial de un solo plumazo, esto porque la codificación en los países que no tienen una tradición propia en el ius commune significa la romanización de su Derecho.

En este contexto, la obra en comento adopta una postura clara desde su título, el Derecho romano es una introducción al Derecho, y como tal, no se dedica simplemente a la ardua labor de explicarlo, sino que lo relaciona con las disposiciones del Derecho positivo cada vez que tiene ocasión de hacerlo. A pesar de la complejidad de la meta propuesta, los autores han tenido la habilidad de no recargar el texto principal de la obra con demasiada información, el cual resulta de lectura simple y agradable, perfectamente comprensible para el alumno de primer año, aún lego en la materia. La riqueza de la obra está en sus notas, que conectan las fuentes romanas con las disposiciones del Derecho positivo, a la manera de concordancias en algún sentido similares a las que García Goyena realizó para redactar su proyecto de Código español.

La obra comienza con lo que solemos denominar la Historia externa, incorporando esquemas y tablas que facilitan la comprensión de los mil y tantos años de anécdotas que llamamos Historia de Roma. A continuación trata de las fuentes del Derecho objetivo y luego expone la dogmática romana siguiendo el tradicional orden Pandectista. En fin, para finalizar sólo deseamos expresar nuestros parabienes a los autores de un texto grato y que, sin duda, formará a varias generaciones de abogados y juristas murcianos.

Carlos Amunátegui Perelló

Pontificia Universidad Católica de Chile

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